El deseo infinito

Alejandro Sebastiani Verlezza

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No deja de llamar la atención que Juan Liscano de entrada concibiera como «tormentosa» la relación entre espiritualidad y literatura. El tema, nada fácil, no deja de rondarme, sobre todo si toca pensar en Armando Rojas Guardia, su poesía y su prosa, pues él siempre ha estado muy cerca de esas lidias, más aún si se toma en cuenta que fue el propio Liscano quien hizo el prólogo a la primera edición de El Dios de la intemperie. Se me antoja que esa pieza ensayística podría muy bien funcionar dentro del libro de Liscano como una suerte de capítulo perdido, pues situó con una claridad para entonces meridiana cómo en un poeta esta difícil «relación» puede encontrar más de una salida creadora. Y digo esto porque es el deseo por intuir o tantear el infinito lo que puede poner en marcha sus secretas corrientes en el decir, pasa en El Dios de la intemperie y de alguna manera así sigue siendo, claro está, con las variaciones del caso. Para Liscano, Rojas Guardia, a sus entonces 35 años, «redescubre la mágica unidad de la belleza física unida al pensamiento enamorado de Dios».

¿Pero tendrá que ver esta belleza con la búsqueda y el encuentro de un gramo al menos del infinito? No siempre, según parece, la belleza se basta a sí misma; a veces desea moverse, «salir» de sí, tal vez sus manifestaciones buscan entreverarse con otros terrenos todavía más alterados o duros de asir por las vías mucho más abstractas. Y por estos vericuetos, una vez más, Rojas Guardia se vale del diario para desplegar la transcripción del «bullicio cromático» que a diario presiente; en esa sonora frontera del embeleso que se expresa en imágenes y puede anunciar ciertas epifanías, conducido por esta íntima y sensible variante del ensayo que se muestra en El deseo y el infinito, Rojas Guardia despliega su consciencia vigilante y en la búsqueda de la vida plural que ya viene también de El calidoscopio de Hermes se adentra cada vez más en esa «lentitud tremendamente animada» que aprendió de Rafael López Pedraza y le permite explorar sus cotidianidades, sus asentimientos, sus encontronazos y desasosiegos, la percepción y la incorporación en sí mismo de la propia comicidad, lo que puede desembocar en una mayor ligereza, por aquello del «saber alegre» (vale recordar que en una de sus piruetas elegantes Montaigne se colgó a sí mismo esta seguidilla de caracterizaciones: vano, variable, banal).

La mirada, así, se abre paso dentro de cierto reposo que le permite a Rojas Guardia demorarse un tanto más en lo que me gustaría llamar el dibujo de los lugares. Si la percepción de ciertos instantes viene cargada como de una especial imantación, en la escritura del diario puede sobrevenir la expectación deseosa al borde de un muro que revela alguna trama que está por despuntar; pasa lo mismo a la hora del café, la admiración del cuerpo deseado, el brillo de la lámpara que se vuelve metáfora de la consciencia, la insinuación de los árboles, los ruidos urbanos, sus acompañamientos musicales, «una placidez coreográfica y libre» que abre paso a la visión diversísima de cada espacio recorrido y registrado, una suerte de personal poética del espacio que trabaja por golpes de visión y arrobo. Pero no todo es así de fluido ni ondulante, no siempre. Apenas Rojas Guardia avanza en sus «dibujos conceptuales de la belleza del mundo» se encuentra con la inminencia escandalosa de alguien que sufre y así esos asombros se ralentizan y hasta se suspenden con su buen punto de tremor y pesar.

El deseo y el infinito vuelve prosa las fenomenologías personales, el peso de la consciencia que reconoce los vaivenes entre el terror y la belleza; en suma, la percepción de lo real cada vez más cruda y susceptible de ser traducida por una sensibilidad inclinada a entrever «alguna geometría por debajo».

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Adalber Salas Hernández, en el prólogo de El deseo y el infinito, retomará la nada sencilla pregunta sobre el Paraíso. Y se pregunta si «es dado alcanzarlo». Aquí el compás se abre tanto que solo cabría decir que dicha experiencia está marcada, en palabras del joven poeta y ensayista, por una «saciedad transparente». En algún momento, por qué no, tendrá que ver con el descubrimiento de la alteridad, «la belleza en el prójimo, con el prójimo», asegura, pero también con una forma muy personal de asumir lo real. A lo anterior va unido un principio estructurante muy valioso para Rojas Guardia, la oración, pues le permite moverse desde la plegaria entonada al infinito hasta el encuadre meditativo sobre la página en una continuidad cuyas primeras manifestaciones están sin duda en su poesía, por aquello de encontrarse, a lo Cintio Vitier, entre la espada y la pared, quiero decir, en la búsqueda de la «poesía de la consciencia» que se va infiltrando en un conjunto de fragmentos encajados en la estructura de un diario ordenado por meses.

Sí, esa voz que aparece en El deseo y el infinito puede tornarse cada vez más reflexiva, dar ciertas piruetas desde un lirismo cromático y sensorial, insistir sobre las rutas de la vida interior y ponerle música a lo que desea, la experiencia de las emociones más sutiles, cuerpo adentro. En estas tareas podría ser el licor un conductor, al que con razón Rojas Guardia califica de «aliado ambiguo»; pero él ahora es la puerta y no el fin en sí mismo, ni mucho menos la llave maestra; de ahí que literalizar la tremenda riqueza que plantea su aparición en este diario, así sea un tanto discreta, sería más que un error, pues en El deseo y el infinito Rojas Guardia se mueve casi que con parsimonia y cada vez más hacia un centro que le permite estrechar la mano con una variante del ensayo dentro de su diario, conceptual y plástica, que lo hace capaz de emocionarse, pero sin extravío, ni abandono, sino ingresar como en una especie de interregno no siempre cómodo que lo puede hacer percibir «el múltiple rumor que bautiza al mundo».

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De cada tanto en tanto, Rojas Guardia afirma que no es un místico. Lo suyo, sostiene, es la oración. Sin embargo, asoma otras vertientes: en algún momento de El deseo y el infinito él mismo anotó que ya desde hace rato siente que pisa «terreno sagrado». Esta es otra cosa que me inquieta, como si esos mismos dibujos que ya he intentado describir lo condujeran a una consciencia más integrada, justamente, por la belleza y el terror de lo que se da en el mundo, la lenta embriaguez llena de pausa y mesura (uno de sus poemas hablará de «la promesa visual»). ¿Pero qué quiere decir cuando alguien dice que está «pisando» terreno sagrado? Si de eso se trata, ¿cómo podrá advertirse esa presencia? ¿Es solo, como quería Kazantzakis, «lluvia mansa»? ¿Será tempestad? ¿O ambas? ¿Quizá otro paso más hacia la unidad de ese pensamiento enamorado de Dios, pero no como una idea, ni un peso sobre los hombros, sino en sus manifestaciones más menudas, concretísimas y dibujadas? ¿Será la expresión de un conocimiento muy sensible sobre sí mismo? Aquel principio de incertidumbre, entonces, cede, se vuelve más oscilatorio, celebra muy a pesar del escándalo, a su pesar, y con él muchas veces, pero es seguro que la nota más importante de El deseo y el infinito –y me atrevería ya mismo a decir que de toda vida plantada desde su máxima intensidad– sea la de sostener aquello de asumirse «discípulo en la escuela existencial de Eros».

En Las bodas de Cadmo y Armonía, Roberto Calasso hace esta afirmación: «Sólo el amante está colmado del Dios». Se me ocurre conjeturar que ese es el oracular letrero que se encuentran los que van transitando la senda que conduce del deseo al infinito.

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Alejandro Sebastiani Verlezza. Caracas, Venezuela, 1982. Poeta, ensayista y profesor universitario. Es licenciado en Comunicación Social  por la USM y Letras por la UCV. Ha publicado una plaquette de poemas, Posdatas (2009), el diario Derivas (2013) y el poemario Canción de la encrucijada (OT Editores, 2018). Colabora con el Papel Literario. Cursó el Programa de Estudios Liberales en la Universidad del Valle San Francisco (2015). Actualmente termina la maestría en Estudios Literarios de la UCV.

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