El toro de Hiroshima

Antonio Ochoa

 

 

el hierro vulnerable como la piel

no sé cuándo pasó
la piel al fuego
cuándo los huesos la
médula hirvieron
evaporados en nubes amarillas
la caída intervino
mientras leías sílaba tras sílaba los
anillos concéntricos
de la memoria
en un poema de Celan
los animales huyeron
un silencio profundo como
antes del primer bang
sólo más y más un tintineo
esperabas a ver qué
hacer después de ese
primer bang
parecía inevitable pero
no llegaba
sólo los animales
no estaban ya
sólo los árboles
no sostenían
pájaros sólo los estanques
no tenían peces y
los cocodrilos
no flanqueaban ríos ya
las vacas
ya no estaban
los pastos
vacíos dejaron solo al viento

el bang que esperabas
no llegaba
y ya no tenías más qué hacer
todos los rezos y deseos dados
no bajó nadie
la espera te consumió toda
tu silencio en la espera
de palabras finales
no había nadie para decir no había nadie
para escuchar
antes del desastre y aunque
el desastre
no llegara echada
con los dedos en la nuca
en silencio recordabas

:

:

sobre el río en Hiroshima la noche cae

los párpados caen
sobre las sombras en los círculos
de los ojos llovió ese día y
vimos los círculos de Giotto
sobre las cabezas de los santos
caminamos con el cordero y el vino dos
días antes en Asís un terremoto
rompió unos escalones de piedra
hacía frío—bajamos a la ciudad
después del bombardeo
el silencio
abre pequeñas luces entre las piedras
los músculos se contraen sobre los
huesos sobre
los nervios que hierven
como avispas
entre las ramas de un limonero

:

:

me voy a quedar en Hiroshima, con él

los pasos bajan
por donde habían bajado
todos tus padres y los míos
sus pasos en el sendero de piedras claras
amanecían bajo un sol de invierno blanco
amarillo de primavera seguían ahí
por lo que quedaba del río
toman menos tiempo los caminos
difíciles hoy toman menos tiempo o
no toman ya nada de tiempo
digitales no hay
pasos sobre el camino
no pasa
nadie ya sobre el sendero
había sido un río que habíamos
cruzado a nado cuando
el sol estaba alto al medio día

la tarde donde nos vimos
esa última vez
pasadas las tres
en el pequeño reloj de
tu muñeca
podía oír en tus pasos
los pasos de sus manecitas
marcando el ritmo
de las analogías de la mañana
empieza por tu espalda
los respiros rápidos del amanecer entre
el círculo completo del sol
las orugas
levantando sus pequeños
torsos lo reciben
los espárragos lo reciben y
atrapados en su encierro
los leones marinos gritan
y lo reciben

:

:

el hospital existe en Hiroshima

y así fue como el Hulk
perdió su brazo
en la búsqueda de la
venganza derrotado
la extremidad como calabaza
los filamentos verdes interiores
tocando el suelo sucio de
sangre y secas piedras que le
dieron en el tórax en la frente
entre muchos cansaron su
invulnerabilidad
buscando al toro
al negro toro vertido desde
las tinieblas hasta la amistad
que le costó la vida al Hulk
sin pensar dos veces y lo haría
una tercera sin vacilar a
pesar del vacío que ahora siente
en el hombro deshebrado
frente a todos que nunca
pensó pudieran detener su
amor por el toro encerrado en el encierro.
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:

 

:
Antonio Ochoa.
Ciudad de México, México, 1974. Poeta. Actualmente vive en Cambridge, Massachusetts. Ha publicado: Pulsos (2008) y El toro de Hiroshima (2016).

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