Gunnar Ekelӧf

Un místico contemporáneo

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Eric Lindegren

 

 

Nacido en 1907, Gunnar Ekelöf publicó su primer libro de poemas, Tarde en la Tierra (Sen p ajorden), en 1932, en una edición privada de la Spektrum Press. El llamado «debate cultural» se hallaba por entonces en plena efervescencia pues la cultura humanística burguesa se veía atacada desde tres fuentes: el marxismo, el sicoanálisis y lo que se tenía por primitivismo. Los propagandistas se enfrentaban unos contra otros, y en el enjambre de voces estridentes y pugnaces, Tarde en la tierra tuvo el efecto de un acto de sabotaje largamente planeado en silencio, y efectivo. Distinto de aquellos propagandistas, Ekelöf empleó la aproximación furtiva del saboteador. Su meta era la destrucción de las «formas muertas» de la cultura, en vez de la salvación o el proselitismo. Al mismo tiempo, este libro de poemas representaba la primera introducción personal de las ideas surrealistas de tierra sueca.

Toda destrucción real se apoya en el pensamiento, y debe ir precedida de un amplio conocimiento tando del objetivo que va a demolerse como de los explosivos que conviene emplear. La parodia que hizo Ekelöf de las «obras maestras clásicas», ejecuta con desdén y velada admiración, muestra una profunda familiaridad con los estratos marmóreos del clasicismo. El mármol muerto se convertía así en un símbolo triple: de la belleza muerta, de cuanto estaba muerto en la seudo-cultura y de lo que había muerto entre la gente. La técnica misma fue en parte inspirada por el surrealismo, pero distaba mucho de la desenfrenada «inspiración» que rechazaba todo refinamiento artístico; y ello aunque Tarde en la Tierra es una obra objetiva como ningún otro de los posteriores libros de Ekelöf. Severo antisentimentalismo, auto-análisis disfrazado de arrogancia, que manipulaba el Yo con un frío tono científico: «He descendido de la función de hombre a la función de una estera en el piso»; sátira indirecta, sicoanálisis, métodos surrealistas, atonalismo y cacofonía, todo fundido en una nueva unidad: algo completamente distinto. Con crueldad suicida se despojaba al ego y a la cultura de todos sus atrayentes disfraces, de toda posibilidad de autodefensa y, ciertamente, de casi toda su realidad; lo que se dejó atrás fue un chiquillo perdido en una costa de mar donde una serie de plataformas perforadas estaban ardiendo…

De acuerdo con el punto de vista surrealista, hablar con un intenso sentimiento del yo debe ser el derecho inalienable y la herencia de cada hombre. Y esta confianza en sí mismo es lo que el banal e interesado sentimiento de culpa, igual en toda época, trata siempre de ahogar. Rimbaud escribió:

El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; él buscaba por sí mismo, agota, en sí todos los venenos para no guardar de ellos sino la quintaesencia. Inefable tortura para la que se tiene necesidad de toda fe, de toda la fuerza sobrehumana, en la que él llega a ser entre todos el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito  ̶¡y el supremo sabio!̶  ¡puesto que llega a lo desconocido, puesto que cultivó su alma ya rica, más que nadie! Llega a lo desconocido, y cuando, enloquecido, terminará por perder la inteligencia de sus visiones, ¡él las ha visto! ¡Qué reviente en su salto por las cosas inauditas e innumerables: vendrán otros horribles trabajadores; empezarán por los horizontes donde el otro se ha hundido!

Como moralista, Breton pensó que el beneficio que los poemas surrealistas derivan del inconsciente (el cual contenía, se supuso, la verdadera naturaleza del hombre), era indirectamente necesario para la transformación de la sociedad. Siguiendo el pensamiento de Breton, Ekelöf, anti-moralista, dice en el poema inicial de su segundo libro, Dedicación:

A la abrumadora, común estupidez,
……al estado, las leyes, la familia y la iglesia
……miedos y mentiras, con odio,
a fin de violar la falsa inocencia, devastar la linda
……fachada engañosa, forzar la pureza hasta ver sus manchas,
……y la razón hasta que encuentre su demencia, blanquear los
……sepulcros, aniquilar los escritos…

No es esta solo la voz anarquista de Rimbaud, ni la visión social del sicoanálisis en dosis concentradas; se trata también de una exigencia personal, relacionada a distancia con la vivida por Strindberg cuando escribió los poemas de Loki. Aunque esta parte de la declaración de Ekelöf pudo mejor haber formado un epígrafe de Tarde en la Tierra, ya que Dedicación iba a ser la proclamación positiva del poeta, un intento semi-mágico de «cantar toda la muerte desde su vida», de salvarse a sí mismo. Allí donde los surrealistas comprometían solo el inconsciente en su poesía,Ekelöf, perseverando su natural temperamento religioso, se remonta hasta Rimbaud y los simbolistas. Sin atender la recomendación de Breton de ser cauteloso, se compromete plenamente en el intento de llegar a un futuro «en el cual la unidad eterna será nuestra».

En un análisis de Una Temporada en el Infierno, de Rimbaud, escribió Ekelöf: «Contadas personas han doblado su arco tan fuertemente como para verse forzadas a oírlo quebrarse, de allí que la desesperación que recorre Una Temporada en el Infierno les parece fácilmente teatral e irreal». En Cantos del Transbordador (Farjesang, 1941), puede verse como su desconfianza en la realidad se amplía en desconfianza de nuestra identidad, de nuestro Yo. Cantos del Transbordador por sí mismo se ocupa de la batalla que sacude los espíritus de quienes «se proponen una meta».

El texto clave es Toma esto y escribe… Valiéndose de paradojas, este poema intenta arrancar a las palabras teñidas de dualismo un posible significado más allá del dualismo. La primera asunción es la de que debemos retirarnos de todo cuanto se halle dentro de la esfera del poder:

«–Canto la única cosa que puede reconciliar,
la única práctica, válida para todos:
cómo ganó poder a menudo la humanidad
abandono el poder.
Abandono el yo y las quejas, abandonarlos.
la única cosa que otorga poder».

La idea capital de la cultura, la noción positiva del dualismo, son miradas como ideas falsas, llenas de ansiedad y fantasía, erigidas sobre una errónea imagen del Yo. «El sistema legal, la dignidad humana, el libre albedrío / todas son imágenes pintadas con miedo en el cuarto vacío de lo real, / terror de admitir algo más allá de lo cierto y lo falso, / más allá de la tesis y la antítesis». El ansia y el miedo cavilando juntos han erigido la ilusión egoísta, el yo. Pero: «la verdad es que no eres nadie / un campo, unas piezas de ropa, un nombre / cualquier otra cosa es simplemente lo que anhelas ser».

La inocencia no identificada aquí con el ego sino con la vida misma, no es la que salva, más bien es la que resulta continuamente sacrificada en la permanente lucha de los contrarios:

«La vida no es la batalla del dragón y el caballero,
es la virgen.
Nadie puede venir con el hambre y el mal del dragón,
nadie puede venir con la nobleza del caballero,
aunque los dulces cuentos mientan tan bien!
Y nadie vendrá con fe y esperanza de la virgen
porque la batalla continúa,
y aquel que arriesgará su vida
no es el dragón,
ni el caballero,
sino siempre la virgen».

El caballero y el dragón son la batalla. «Es en ella (en la virgen) donde la batalla vive». El bien y el mal, aunque no en grado idéntico, viven como vampiros sobre la inocencia. La observación de que lo que es sacrificado en la incesante lucha es el instinto, y el deseo de Ekelöf por lograr una mirada desde un punto más allá del dualismo, conduce finalmente a la teoría de los tres diferentes tipos humanos. Aparecen descritos esos tres tipos de seres en el memorable poema Categorías (Kategorias). El primer tipo lo constituye el ingenuo e inocente, la tímida criatura salvaje «que aún no ha sido tentada por el dualismo». La segunda categoría está integrada por el grupo de moralistas, que se identifican con cuanto creen, y quienes se comprometen fervorosamente en la batalla del caballero y el dragón: es la gente comprometida, «aquellos que están magnetizados, los que se sumergen en las más pequeñas cosas apostando al corazón, el alma y el destino, en parte iluminados, en parte prisioneros; puesto que el hombre que es su propio acusador y defensor, es su propio criminal». La tercera categoría incluye en aquellos que han ido más lejos a lo largo del camino, los anónimos, es decir, aquellos que han transpuesto «la ley judaica del racionalismo». Esta tercera clase de ser humano halla incluso la ética como una forma del totalitarian opium: se halla libre de tomar posición (ante el Nazismo, por ejemplo), pero también libre en parte de su ser para rechazar identificación partidista. Puede decirse que tal persona es un rebelde contra la mentalidad entera en la guerra, que su odio y sus batallas son como el corazón y el destino, simples rehenes.

El problema para esta última clase de hombre es, naturalmente, la sociedad. Una comunidad de personas se le convierte en la conciencia de la soledad de los otros. Los hombres solo puede manifestarse mutuo respeto por la soledad de cada uno, basados en la comprensión de que lo que de común tienen entre todas es lo mejor de la naturaleza humana, en otras palabras, «lo que te oprime a ti, oprime también a los otros». El místico que elige «la vía interna e inferior», que nunca renuncia a la condición de su libertad, permanece en esta forma siempre leal:

«Quien lo hace nunca estará desamparado, en todo caso,
quien lo hace, permanecerá leal, en todo caso.
Lo impráctico es lo único práctico
a la larga».

Ekelöf pudo alcanzar esta postura solo después de aceptar, con mejor ánimo que antes, su propia naturaleza, transformando en fuerza su debilidad, según la manera clásica del poeta. Lo que una vez le pareció «el infierno de la indiferencia» ha sido acogido y transformado mediante un distanciamiento esotérico y aristocrático. En este sentido, la soledad, con su «infinita angustia» ha sido vencida al aceptar «el abandono» como la única forma de vida. Ya el poeta no insistirá más en su anormalidad; no se creerá elegido ni despojado, tampoco vidente, ni ciego ni payaso. Desde el exterior podrá mirarse a sí mismo tal como las personas más irreflexivas lo ven, serenamente como «un ser humano absolutamente inútil».

Si quisiéramos citar un simple fragmento que encarne la nueva concepción de Ekelöf de lo genuinamente individual y de su vida, podríamos escoger estos versos:

«–Quien vive separado está muerto, ¡viva el separado!
¡Viva el retirado!
Viva el hombre que tiene el coraje de estar muerto,
de ser lo que es: una tercera cosa,
algo en el medio,
en todo caso una cosa anónima, fuera de todo…»

La poesía de Gunnar Ekelöf es difícil. El tiempo, por otra parte, no ha transcurrido lo suficiente como para una cabal comprensión de su originalidad. Inicialmente se debe a la notable belleza de sus poemas la alta posición que ocupa entre los poetas suecos de hoy. En este estudio he dejado de lado enfoques sociales y estéticos, pues me he propuesto simplemente mostrar la íntima continuidad de su desarrollo.

Desde muchos ángulos Ekelöf ha sido considerado el poeta raro entre los que maduraron por la década del treinta. Se le ha mirado fuera de corriente a veces, o contrario a las modas, aunque él encarna en su personalidad algunas de las preocupaciones más profundas del romanticismo sueco ortodoxo. Conclusiones audaces ha logrado en su «pensada vida emocional», y ello ha conferido a su experiencia privada un rango inusual y le ha permitido arrojar nueva luz sobre el problema de la personalidad. Ha dado a la defensa del individualismo una voz más profunda y personal que ningún otro de los poemas suecos contemporáneos.

Por haber tenido el coraje de seguir una línea de pensamiento cuando la juzgó importante, por aceptarse a sí mismo, ha alcanzado algunas veces lo sublime. Ha mantenido su independencia y libertad, disponiéndose, al mismo tiempo, a pagar por ello. Puesto que, para ser uno mismo debe mirar la verdad a la cara, aunque la cara y la verdad choquen golpeándose hasta la médula.

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Eugenio Montejo fue el traductor del importante ensayo de Lindegren sobre el gran lírico sueco Ekelöf, el cual se encuentra publicado en nuestra edición impresa n° 27 (pp. 33-38). La imagen que ilustra este post es cortesía del portal web HD.
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