La palabra ante la violencia

Testigo, síntoma y presencia en la poesía de Mery Yolanda Sánchez

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:Jorge Valbuena

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Colombia cuenta con algunas condiciones, que al manifestar una evidencia fehaciente, son también un misterio en permanente búsqueda, tal es el caso de la violencia. En torno a ella se suscitan escenarios de discrepancias sobre la forma de leerla, visualizarla, definirla, nombrarla, al punto de que existen posturas ¨polarizadas¨ sobre su interpretación en la actualidad, que determinan un debate abierto sobre ella, como si se justificara la violencia en alguna de sus dimensiones, héroes y victorias en una guerra donde todos perdimos.

Esta palabra parece estar unida al devenir de las circunstancias de nuestro entorno; es común verla rondar en diversos escenarios de nuestra vida, hasta influir en la forma de entender nuestro país incluso en sus particularidades estéticas, los marcos de acción sobre los que definimos el hilo cronológico de nuestras categorías determinantes como sociedad. Así es que: ¨La llamada Violencia, con mayúscula, que dominó la historia de Colombia entre el año 46 y el 58 (y se prolongó luego hasta hoy en sucesivos golpes de sangre), fue en realidad una suma de muchas y variadas violencias con minúscula: políticas, sociales, económicas y religiosas. Las unificó a todas el hecho de que fueron impulsadas por los gobiernos de la época.¨ (Lauchlin Currie, 1949). Se distingue en pasado y ya fuera de foco, como ajena y lejana pero vigente, real y fehaciente.

En la literatura colombiana existen episodios categóricos que hablan de ¨La violencia¨ como un punto de quiebre que determina un antes y un después en nuestra historia, como generadora de una tradición literaria, aunque la violencia sea un fenómeno de ¨siempres¨ y permanezca aún en nuestras ¨realidades¨. ¨Literatura de la violencia¨; ¨Narcoliteratura¨; ¨Literaturas del conflicto¨; ¨Literatura testimonial¨, entre otras acepciones, han acompañado esta intención de nombrar este hecho social y cultural como una prueba de continuidad y transición que no siempre ha acompañado de la misma forma a todos los países latinoamericanos, aunque se quiera postular una pasada ¨crisis continental del subdesarrollo¨.

Ubicar a la violencia en la línea de tiempo de nuestra historia ha generado una multiplicidad de términos, como una naturalización de ella. Ante esa dinámica de situar la continuidad como una justificación de la violencia se ha instaurado una negación del conflicto como acto presente para referenciarlo como una tradición, y las lecturas y discursos instaurados en torno a nuestra literatura han generado esta condición de interpretación en las generaciones recientes. ¨Literatura de la violencia. La llamamos así cuando hay un predominio del testimonio, de la anécdota sobre el hecho estético. En esta novelística no importan los problemas del lenguaje, el manejo de los personajes o la estructura narrativa, sino los hechos, el contar sin importar el cómo. Lo único que motiva es la defensa de una tesis. No hay conciencia artística previa a la escritura; hay más bien una irresponsabilidad estética frente a la intención clara de la denuncia. Es una literatura que denota la materia de que está constituida, es decir, relata hechos cruentos, describe las masacres y la manera de producir la muerte.¨ (Escobar, 2010)

Bajo esta mirada son más recurrentes las referencias a La violencia, en los análisis generados sobre la narrativa colombiana. En la poesía las alusiones a este fenómeno, de múltiples rostros, son breves y difusas. Se suele atender a la lectura de la literatura de la violencia desde los episodios y referencias que se narran en algunas novelas y dejan una marca permanente en la memoria o el imaginario colectivo, personajes que se convierten huella en el devenir de un país, hechos históricos que se vuelven a contar repetidas veces, en dinámicas polifónicas que cobran sentido en sus argumentos de ficción y visiones testimoniales, referencias de entornos que conforman una necesaria forma de diálogo con nuestras narrativas de identidad. La poesía colombiana ha transitado también por estos fenómenos socioculturales, siendo una ¨radiografía¨ que debe ser atendida también para develar esos síntomas que pueden diagnosticar muestra memoria.

Así las cosas, esta dualidad presente al visualizar la violencia desde un conjunto de aspectos determinantes y estilísticos uniformes, también es una evidencia de la forma de entender sus significados: La violencia solo como un fenómeno sociocultural, que contiene unos bandos en conflicto y que genera episodios que marcan la historia de un país. Esta síntesis no reúne la intención del rumbo que ha tomado la poesía para sugerir el tema de la violencia desde sus aristas estéticas, ya que no se basa solo en líneas de tiempo y episodios de una época, en detalles del pasado que se revelan temas de análisis al ser configurados en una referencia cronológica, ¨Poesía histórica¨, sino en una lectura que permanece intemporal y constante en su vocación de revelación y alegoría.

En la poesía de Mery Yolanda Sánchez (Guamo, Tolima, Colombia, 1956) este referente de ¨La violencia¨, se instaura de una manera ajena a las demás posibilidades consignadas en algunos análisis sobre la violencia en la literatura colombiana. Incluso la postura conceptual sobre lo que se entiende o debe ser entendido por ¨Violencia¨, se descubre matizado por aspectos donde el lenguaje reemplaza el imperativo de: ¨Lugar¨, ¨fecha¨, ¨acontecimiento¨, que se devela analizado en los entornos narrativos, y no porque la poesía esté distante a la narrativa y viceversa, ya que son géneros que se fusionan constantemente, me refiero a las la división que en la historiografía literaria ha desvinculado a estos géneros, que al parecer se determinan distantes, por sus cualidades formales, a una lectura de la memoria, la violencia, la historia; referencias que encuentro constantes  y recurrentes en la poesía de la escritora tolimense.

Su obra deviene de esa otra violencia que denuncia y busca una condición humanitaria, violencia que no se precisa en las narrativas de nuestra memoria instituida descrita con anterioridad; su poesía se remite a una sensibilidad en permanente fuga de lo continuo, que deshoja cualquier intención de temporalidad, para ser en la palabra una presencia fija de lo que sigue ocurriendo, una suma de hechos y episodios que determinan una voz reunida desde los vórtices aún dispersos de nuestras cicatrices en coro:

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Papá mezcla la tierra y dice que cubra mi pecho.
Lunas nuevas diseñarán la medida de la ropa,
el no me contará historias y tendré llenos mis
bolsillos de dudas.
Aprenderé con mis juguetes
qué tan cerca está la vejez en la luz del espejo.

(Canción de cuna) Fragmento

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Encuentros

Recuerdas cuando te reuniste con los verdugos en la casa del pan y te viste en la tierra desolada y volviste en saltos sobre las  horquetas sin nombre. Ni siquiera fechas en los caminos. Remolinos de polvo te hablaban del viento y te abrazaban y te mandaban a botes por las montañas. Te enredaste con un poco de sal que no hacía falta porque vacas y maíz se habían cansado de resistir.

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Con un tono y estilo conversacional – testimonial, la poesía de Mery Yolanda Sánchez, se instala en los ecos y rasgos de la memoria, configurando los detalles que se pasan por alto en la lectura episódica y generalizada, y nos revela con un enfoque narrativo: en primera persona, monólogos y descripciones líricas, los síntomas de la violencia que perduran intactos en el devenir de nuestras miradas, permitiendo que asistamos a sus poemas como a un espejo detenido que sigue reflejando el mismo trazo pendiente, que no puede desaparecer con el paso del tiempo, que sigue siendo testigo permanente de aquello que no se ha resuelto, de lo que requiere ser puesto en situación, de lo que merece una apreciación más detenida en la piel de nuestras huellas, su poesía no deja sepultar en lo temporal y pasajero la denuncia que debe ser escuchada y atendida, sentida y revelada en ese cuerpo, fecha y lugar que somos nosotros mismos.

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Los otros

No alcanzaron a sentir miedo. Cuando los cortaron el dolor llegó primero, la boca
de la bota en la cara. Pronto el susurro de la sierra fue lejano. Un pajarito almorzó
los pecados de las vísceras.
Sus sombras siguen y recogen los sombreros que atajó el viento.
Las mujeres orinan cualquier lugar.
Los niños se volvieron ancianos amarrados a los alambres de púa.
Tres territorios debajo de las carcajadas de los asesinos.
Y sus sombras también son perseguidas, señaladas y marcadas desde los pájaros
metálicos, dueños del cielo.

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Al considerar ¨La violencia¨ como tema en la obra de Mery Yolanda Sánchez, también se ingresa a la confusión de la distinción sobre este concepto que manejan los marcos historiográficos de la literatura colombiana, ya que asistimos a una forma de representar la violencia, en permanente aparición, como una violencia que no acaba de suceder, que no es pieza de museo, sino registro vivo que nos devela memoria viva, herida compartida, instante que se fuga de la cuadratura del tiempo para ser síntoma reciente, y quizá merezca otra definición que no carezca del sentido humanitario, que sea más certera en su apreciación de la revelación compartida.

La ¨tradición¨ que es puesta en la violencia como condición para reunir diversas voces de autores colombianos, se diluye en esta poesía, al revelar otra  tradición que demuestra que el pasado no es olvido, que memoria no es sinónimo de pasado, que la poesía es intemporal y mantiene un registro permanente que dialoga con los mecanismos de reparación que siguen pendientes en una sociedad que busca aclarar tanto silencio doloroso. Ante las circunstancias que nos revelan este presente de diálogo, en esta Colombia que quiere escucharse para reparar lo herido, la poesía debería ser un escenario de encuentro, una forma de escuchar a las víctimas y el viento que brota incendiado aún entre los versos y nos permitiría dialogar con sentidos compartidos, con rastros recientes y vívidos, por dolorosos que sean y faltos de institucionalismos, como la poesía colombiana de Mery Yolanda Sánchez, archivo sonoro y sensorial de lo que hemos sido, más allá de la anestesia discursiva del patriotismo que contienen ciertas cronologías.

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Referencias bibliográficas:
• Historia de Colombia, Capt 11. Bibliotecanacional.gov.co
• Augusto Escobar, La violencia, generadora de una tradición literaria.
• Mery Yolanda Sánchez. Un día maíz. Colección Un libro por centavos. Universidad Externado de Colombia (2010).
• ———————————. Rostro de tierra. Esccuela de Estudios Literarios. Universidad del Valle. 2011.
• Historia de la poesía colombiana, seguida de un panorama de las tres últimas décadas. Casa de poesía Silva. 2011.

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Jorge Valbuena nació en Colombia, 1985. Poeta, Magister en Estudios de la Cultura con mención en Literatura Hispanoamericana, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito, Ecuador; Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas y Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central. Su poemario Presos, recibió el Premio Departamental de Poesía de Cundinamarca en el 2008. El mismo año Los arados del parpadeo fue merecedor del Premio de Poesía Revista Surgente. Su obra Péndulos fue reconocida con el primer puesto en el concurso Bonaventuriano de Poesía en 2010 y su poema Abismos del silencio fue ganador en el concurso nacional de poesía Palabra de la Memoria. Hace parte del comité editorial de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida. Autor de los libros La danza del caído y Pasajera de agua, publicados por El ángel editor, Quito Ecuador, 2012 – 2014. Recientemente se publicó su libro Árbol de navío, Editorial Cuadernos negros, Calarcá – Quindío. Valbuena también es Promotor de lectura y gestor cultural. Se desempeña como Docente en las universidades Distrital Francisco José de Caldas y Minuto de Dios, Bogotá.

La imagen que ilustra este post fue realziada por la artista venezolana Sain-ma Rada 
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