Salomón de la Selva

Por Stefan Baciu

Me acuerdo (¿cómo no va a ser posible acordarme?) todavía hoy, a pesar de que han pasado desde aquel primer «encuentro» más de 30 años (me parece -asimismo- que «no puede ser verdad»…) del día en que encontré por primera vez el nombre de este poeta. En 1950 alguien me había prestado en Río de Janeiro, la «Antología de la nueva poesía nicaragüense» por Orlando Cuadra Downing y E. Cardenal, y en la lectura de aquel libro -fundamental hasta hoy día, porque todavía no se hace un trabajo más serio y equilibrado– me llamaron la atención varios poetas post-darianos. Uno de aquellos nombres «sonaba» en mi memoria de manera muy peculiar, no so­lo porque era, a mi parecer, un nombre más bien «raro», sino por­que las poesías reproducidas en la antología tenían un tono único, algo así como un toque de expresionismo latino-americano, un gran «dolor universal» (Weltschmerz), con aire inconfundiblemente mestizo.

‒»¿Quién será este poeta, Salomón de la Selva, o en portugués Salomão da Selva, en alemán Salomon aus dem Walde y en rumano Salomon din Pádure?», me preguntaba a mi mismo, que en aquél entonces no pasaba de ser un simple aprendiz de lector, aunque aún hoy me sorprende mi acierto en el «descubrimiento» de muchos poetas que encontraba por primera vez: Jorge Carrera Andrade, el «Tuerto López», Pablo de Rokha, Manuel del Cabral, Octavio Paz, Demetrio Herrera S. y Demetrio Korsi (o Koorsi, a veces), estos últimos, panameños todavía no han sido «descubiertos» en Latino­américa!

Fui, enseguida, a pedir información a los únicos que, en aquel entonces y en Río de Janeiro, podían dármela o prestarme un libro, pero tanto Manuel Bandeira, como Hornero Icaza Sánchez no pu­dieron decirme sino que sí conocían el nombre del poeta, pero que nunca tuvieron en las manos uno de sus libros. Esto, cerraba prácti­camente, en el Brasil, la puerta para cualquier indagación futura, de manera que decidí -con la testarudez que me caracterizó en este camino por más de tres décadas- pedir «ayuda» en Centroamérica, donde ya en aquel entonces contaba con, no vamos todavía a decir unos «amigos», sino unos corresponsales cumplidos. Estos tenían, por increíble que pueda parecer, la costumbre no sólo de enviarme libros y revistas, sino que contestaban a mis cartas escritas en un portugués que era, supongo, bastante legible.

Fue así que escribí al ex-presidente Juan José Arévalo de Guate­mala, a Reynaldo Galindo Pohly a Hugo Lindo en El Salvador, a don Joaquín García Monge en Costa Rica, a Renato Ozores en Panamá y a Rafael Heliodoro Valle, el hondureño, en Washsington D.C., donde creo, para entonces era el jefe de la representación diplomá­tica de su país o de la delegación en la OEA.

Esta vez, hubo un silencio total, y —por supuesto- no llegó ningún libro, de manera que tuve que «archivar» la idea, por lo menos durante algún tiempo. Pero de los pocos textos reproducidos en la antología de Cuadra Downing, seleccioné algunos y me puse a tra­ducirlos al alemán, enviándolos al amigo Max Rychner que los publicó en Zürich en una selección de poesía del Istmo; creo que estaban Rafael Arévalo Martínez, de Guatemala, Hugo Lindo de El Salvador, Constantino Suasnavar, de Honduras, Salomón de la Sel­va de Nicaragua, y —me parece— Max Jiménez (¿o habrá sido algún otro?) de Costa Rica; la hoja —como tantas otras— se me traspapeló al correr de las mudanzas y de los años.

Cuando, por no sé que milagro, conseguí obtener una buena parte de la obra poética del padre Azarías H. Pallais, me puse a estu­diarla, y traté de «encuadrarla» en el concierto universal del simbo­lismo. En aquellos años, el crítico y ensayista brasileño Andrade Muriey, acababa de publicar su monumental «Panorama de poesía simbolista» y como en mi Rumania natal había leído bastante a los simbolistas, manteniendo buena amistad con el líder de este movimiento, el poeta Ion Minulescu (de cuyo nacimiento —¡coincidencia!— se cumplieron cien años en los días cuando escribo estas páginas), como también con el crítico y antólogo N. Davidescu, decidí escribir un ensayo sobre la poesía del padre nicaragüense, titulado «Poesía, vida e morte de Azarías H. Pallais». Hasta hoy día —que yo sepa— es el único y más amplio texto crítico existente acerca de este notable poeta, sobre quien años más tarde, llamé la atención del padre Thomas Merton, al enviarle un ejemplar de mi ensayo, que el director del «Jornal do Commercio» (donde salió el texto), Elmano Cordim, editó en tirada aparte.

En aquel ensayo sobre Pallais, hice, bien me acuerdo, una intro­ducción en la que recalcaba la importancia de lo que fue el «trío de oro» de la poesía post-dariana de Nicaragua: Azarías H. Pallais, Alfonso Cortés y Salomón de la Selva.

Nadie, hasta entonces había escrito en el Brasil y creo que tampo­co en el resto de Latino-América sobre estos tres poetas, juntos, y me acuerdo todavía de los «ecos», las cartas y reseñas que me llegaron, confirmándome esto.

Decidí, pues, seguir adelante, para conocer la obra del otro poe­ta, pero la única cosa que conseguí obtener, fueron vagos detalles sobre su vida, por intermedio de dos nicaragüenses que entonces vivían en Río de Janeiro como becados: el poeta Ernesto Gutiérrez y Gutiérrez y el actor Henry Rivas Vargas. Eran más bien detalles apa­gados, cosas de «oír-decir», puesto que Salomón de la Selva había vivido fuera de Nicaragua desde su juventud, a veces en los Estados Unidos, otras veces en México o haciendo viajes por los países del Istmo. De esta manera, se había tejido una cortina de misterio alre­dedor del hombre, presentado algunas veces como «líder sindicalis­ta», otras veces como «militante revolucionario y defensor de Sandino». En la mencionada antología nicaragüense, el autor de las informaciones biográficas, Ernesto Cardenal, aprovecha este cla­roscuro para presentar al poeta en una luz bastante ambigua.

En 1956 se me presentó la oportunidad de viajar, por primera vez, de Río de Janeiro a los países hispanoamericanos: primero a México, después a Guatemala, Panamá y al Perú y me decía que de esta manera sería casi imposible no encontrar aquello que estaba buscando hace años.

Llegado a la capital mexicana en el mes de septiembre, me hospe­dé en un pequeño hotel cerca del «Caballito» (se llamaba, tal vez, «Carlton», pero no estoy seguro), con un grupo de escritores que participaban de una reunión interamericana del «Congreso por la Liberdad de la Cultura»; por casualidad, mi vecino de habitación era un salvadoreño con quien me había carteado: el crítico y ensayista Luis Gallegos Valdés. Por supuesto que una de las primeras preguntas que le hice, fue si sabía dónde se hallaba el poeta Salomón de la Selva, y cual era su dirección.

—¡Sí lo sabía!; el poeta vivía en la Ciudad de México, Gallegos Valdés, que también deseaba conocerlo, no tenía su dirección, pero me aseguró que trataría de obtenerla lo más pronto posible. Solo había un «problema», dijo mi amigo: era posible que el poeta estu­viera de viaje, porque últimamente trabajaba en unos largos poe­mas que se basaban en cierta documentación, a veces, difícil de obtener en México.

Pocos días después, Gallegos Valdés se me acercó, y con aire misterioso me dijo:

«Stefan, he obtenido la dirección, pero no puedo dársela, porque la persona que me la facilitó, me dijo que Salomón de la Selva vivía en una especie de «incógnito».

De esta manera el misterio fue total, pero a mí este aspecto me preocupaba poco, ya que mi amigo salvadoreño me dijo que trataría de arreglar una cita lo más pronto posible: esto me venía como anillo al dedo, puesto que prefería ir acompañado, y aún más por un amigo tan amable, que era para mí un «cicerone» ideal en las andanzas e inquietudes por los vericuetos de la cultura, la literatura y la política del Istmo.

Me ha sido bastante fácil reconstruir aquel ambiente, puesto que durante las semanas que pasé en México llevaba un diario (co­sa que nunca hice, ni antes, ni después), y éste me sirvió para escribir un reportaje sobre el poeta, titulado «Don Sal», publicado en la Revista «Cuadernos Brasileiros» de Río de Janeiro, que en seguida fue editado en un folleto por la «Peña Diplomática Ruy Barbosa». El trabajo contiene, además de una fotografía de grupo, un retrato del poeta basado en aquella fotografía, hecho por la pintora Beatriz Briceño.

Ha pasado desde entonces un cuarto de siglo, pero el rostro del poeta está tan vivo delante de mí, como lo encontré por ocasión de nuestra primera visita nocturna.

Salomón de la Selva se había mudado en aquella época de su casa, no sé bien por que razones (estaban pintándola o haciendo repara­ciones), y vivía en la casa de su amigo el general e ingeniero Crisanto de Mendoza y Fuentes, que ha tenido fama como «inventor» de la ametralladora Mendoza, bastante conocida, según me aseguraron, durante la revolución. La casa se hallaba en la calle Puebla, y cuando tocamos el timbre, nos abrió la puerta un señor más bien bajo, y amable, el mismo general Mendoza.

—»Pasen, pasen caballeros nomás, don Salomón está esperán­dolos» nos dijo el anfitrión, al llevarnos por un patio lleno de flores y de plantas. En seguida nos condujo a una habitación, donde, en medio de un grupo de cuatro o cinco señoras, hallábase el poeta Salomón de la Selva. Cuando estuvimos frente a frente, éste abrazó primero a Luis Gallegos Valdés, y en seguida, después de mirarme con sus ojos que tenían una fuerza casi hipnótica y una luz fosfores­cente, como la de los gatos, me abrazó fuertemente, y me dio la bienvenida a México. He aquí cómo lo describí en 1956: «percibí su rostro rosáceo, sin fijarme en sus ojos, que —instantes después—, bri­llaban en una inolvidable expresión pareciendo hechos de un metal extraño: los ojos más demoníacos y tiernos que me fue dado ver, bri­llando con una extraordinaria fuerza, a veces profundamente senti­mentales, otras veces centelleando exquisitamente, brillando con ternura e ironía». En una carta que me escribió después de leer aque­llas páginas, Salomón de la Selva, hijo, me aseguró que nadie había descrito tan exactamente el rostro de su padre.

Nos sentamos en el salón, alrededor de una mesa sobre la cual se hallaban unos refrescos y platillos con «tapas» o pasabocas.

—»¿Qué le parece, mi general?», preguntó Salomón de la Selva, «¿le servimos al huésped del Brasil un «jaibolito?». El general asintió y una de las señoras, que vi que era su mujer, retiró de una gaveta una botella de «scotch» y alguien fue a la cocina para buscar hielo. Como me parecía que la conversación se movía bastante difícil­mente, entregué al poeta el ejemplar dedicado (¡en portugués!) de mi ensayo.

—»¡Ah, el padre Azarías!, ¡que notable poeta!, ¿Pero de dónde y cómo llegó usted a leer su poesía? Sus libros solo se encuentran, con dificultad en Nicaragua!».

Aproveché la pregunta, muy acertada, para explicar las dificulta­des que, al correr de los años, había encontrado en Río de Janeiro, conté con detalles sobre mi «correspondencia» con Juan José Arévalo y Joaquín García Monge, y mis aventuras epistolares fueron reci­bidas con cierto asombro, especialmente el hecho de que los dos hubieran atendido mis pedidos. Un poco más tarde entró en el salón un hombre alto y delgado que nos fue presentado como el poeta Marco Antonio Millán, Director de la revista «Américas», donde Salomón de la Selva había publicado hace poco tiempo un ensayo sobre el poema «Tránsito de fuego» de la poetisa Costarricense Eunice Odio. Esta vez, Salomón de la Selva comenzó a buscar algo en un baúl que se encontraba en el fondo de la habitación y después se acercó, llevando en las manos algo que parecía un gran paquete.

—»¿Marco Antonio, que le parece a usted si le regalo al amigo del Brasil un ejemplar de «La Ilustre Familia?».

Me di cuenta en aquel instante, que al poeta le encantaba dar un aire solemne a ciertos actos o gestos más bien naturales, y que entonces «consultaba» a uno de los contertulios, para recibir su «aprobación». Naturalmente, Marco Antonio Millán creía que el amigo brasileño merecía el libro que Salomón depositó sobre la mesa con un gesto casi ritual. Se trataba de un tomo grueso, encua­dernado, en cuyo lomo brillaban letras de oro. Entonces, el poeta comenzó a buscar una pluma (no una pluma—fuente), para poder dignamente, firmar el libro, cuyo número marcó primero en un cuadernillo que llevaba en el bolsillo.

Fue bastante difícil encontrar tinta y pluma, pero después de buscar y buscar, una de las señoras entró a la habitación llevando en la mano un pomo y una pluma, que si no era exactamente una pluma de ganso, era, visiblemente una pluma fuera de uso hace tiempo. Entonces el poeta me preguntó cómo se escribía mi nombre y apellido, y al oírlos, comentó —como suele hacerse a veces (lo hizo también Manuel Bandeira)— que en la lengua italiana «baccio» significa beso. Y don Salomón, preguntó si «Stefan» no se escribía «Stephane» («como Mallarmé») y comenzó, con mucho cuidado, a caligrafiar algunas líneas, entregándome enseguida el libro y me dio un abrazo, sellando nuestra amistad que iba a durar hasta su muerte, algunos años más tarde.

A Luis Gallegos Valdés le tocó otro ejemplar de «La Ilustre Fa­milia», y nos pusimos a hojear cada uno su libro, admirando, prime­ro, la encuadernación de un gusto muy depurado, enseguida la calidad del papel, las letras y las ilustraciones. Era, realmente, una obra de arte en su género y pocas veces he sentido más la pérdida de un libro, que el día cuando en Honolulú, descubrí que en la mu­danza trans-oceánica desde Río de Janeiro, el libro ya no estaba!

Salomón de la Selva nos dio una verdadera lección de artesanía gráfica, y se veía en todos los detalles, cómo había participado de la confección de la obra, una de las más bellas que me fue dado a ver en Latinoamérica, y —por supuesto— una de las más caras. En esto de conversar y escuchar, entró en la habitación, sin decir palabra, un joven rubio de tez sonrosada que Salomón nos presentó «mi hijo Juan». Me di cuenta que probablemente en aquellos años cuando Salomón era el novio de Edna Saint Vicent Millay debía haber tenido el rostro y la apariencia del joven que acababa de llegar en busca de la señorita que estaba allí, silenciosa y amable, y que era su novia.

Como a las diez se decidió que ya era hora de cenar, y después de despedirnos de las señoras, salimos a la fresca noche mexicana, para buscar un taxi, Salomón de la Selva, el General Mendoza, Marco Antonio Millán, Luis Gallegos Valdez y yo. La calle Puebla se encon­traba desierta, un silencio provinciano había descendido sobre toda la «colonia», de manera que debimos caminar hacia otra calle, don­de —según los entendidos— era más fácil encontrar un «libre». Yo te­nía La Ilustre Familia bajo el brazo, Salomón me tomaba del otro brazo, caminando uno al lado del otro, el poeta me hablaba de sus proyectos y sus deseos de viajar al Brasil, puesto que nunca había visitado ningún país de Suramérica.

Llegando a una avenida amplia, llena de luces, nos ubicamos, en grupo, cerca a una bocacalle —»estratégicamente, mi general», ex­plicaba don Salomón—, para conseguir un taxi, pero los coches pasaban, ocupados o no, a una velocidad que me parecía tremenda, aunque no se puede decir que el tránsito en Río de Janeiro sea de los más lentos. Después de esperar bastante tiempo, don Salomón pen­só que era mejor «dividirnos» en dos grupos; uno, de un lado de la calle, el otro del lado opuesto, puesto que de esta manera era posible aprovechar el movimiento de los coches que iban para arriba y para abajo. Al mismo tiempo, el poeta decidió pasar a una, vamos a decir, acción directa, gritando a pulmón lleno, «libre», cada vez que alguno se acercaba. Finalmente, la táctica dio resultado, y entramos en un coche medio destartalado. El general dio las instrucciones para ir hacia un restaurante llamado «La Gloria», donde —parece— don Salomón se encontraba «en sus glorias».

El restaurante estaba, a nuestra llegada, lleno de gente y pude darme cuenta que se trataba no de una fonda «típica» (es decir de imitación), sino de una verdaderamente popular, donde la gente sencilla, del pueblo, comía, tomaba sus tragos y charlaba. Natural­mente que en aquel ambiente, nuestra presencia se notaba pronto: íbamos todos de saco y corbata, un grupo que no «cabía» exacta­mente en aquella «Gloria». Algunos de los parroquianos habían reconocido al poeta, y enseguida vino la dueña que lo saludó llena de alegría, llamándolo «licenciado». Después de algunos cambios en el que nos llevara a las «Vizcaínas», para conocer —según el poeta— uno de los más típicos monumentos arquitectónicos en la Ciudad de México. En el coche continuamos la charla, que, de hecho, era más bien una serie de monólogos del poeta, interrumpidos una y otra vez por respuestas que daban el general y Marco Antonio.

Llegados a las «Viscainas», bajamos y nos hallamos en una calle bastante pobremente iluminada; lo único que se veía a través de la niebla era una inmensa muralla sin detalles y sin formas definidas. Salomón de la Selva no se dejó impresionar por este «accidente» y nos habló largo rato sobre la cultura hispánica y la arquitectura de la construcción, y nosotros lo mirábamos como a un guía que iba adentrándose en aquel pasado. A veces, el general Mendoza hacía una observación y después el poeta seguía noche adentro, hasta cuando, probablemente, cayó en la cuenta de la hora avanzada. De­bían ser las dos o las tres de la madrugada cuando comenzamos, de nuevo, a «cazar» uno de los pocos «libres» que pasaban cerca.

Muchas veces, desde entonces, he pensado en aquel curioso pa­seo, que repetí unos veinte años más tarde, esta vez en París, tenien­do como cicerone a mi ex-profesor de filosofía en la escuela secun­daria en Rumania, E.M. Cioran. Nos hallábamos en «su» barrio, el Odeon, y el gran «moralista francés», según lo llamó uno de los crí­ticos, nos hablaba de su vida durante más de cuatro décadas, en ese perímetro de unas veinte cuadras, o tal vez menos.

Admirables aventuras nocturnas, que conté en una madrugada a Francisco Amighetti, cuando nos hallábamos sentados, tomando cer­vezas, en un café del mercado, en San José de Costa Rica.

Pero regresemos a Salomón de la Selva en aquél 1956 mexicano!

Durante los diez o doce días que permanecimos en la capital mexicana, «don Sal» venía a nuestro hotel, o nos daba cita en algún «Sanborn», por la tarde, y casi siempre en la misma compañía de nuestro primer encuentro, íbamos a «alguna parte», sea para charlar, sea para ver una pieza de teatro o película. Me acuerdo de sus co­mentarios sobre la «mexicanidad» de Cantinflas, y de la idea que solo el mexicano podía dar un artista de su talla, prueba concreta, decía él, que no hay un Cantinflas argentino, venezolano o chileno… Cuando le dije que en Río de Janeiro vivía el excelente actor «Gran­de Otelo», el «Carioca» típico, me pidió detalles, y —una vez más— me aseguró que planeaba llegar pronto al Brasil.

Cortesía de LA PRENSA (12/junio/2007)
Salomón de la Selva

 

Una tarde fuimos a tomar café con leche en el «Tupinamba», uno de los lugares, decía, donde aún era posible tomar el verdadero café arreglo de las mesas, nos sentamos sobre los bancos de madera, en­tretanto la dueña, ayudado por su marido y otra mujer, cubría la mesa con tiras de papel amarillento, a manera de mantel, arreglando los vasos y los cubiertos.

Después de algún tiempo, cuando nuestro grupo ya no presenta­ba mucho interés, el ambiente volvió a lo normal y se oían chistes y comentarios en voz alta, las meseras iban y venían con platos hu­meantes llenos de comida, y las tortillas doradas brillaban bajo la luz eléctrica: estábamos, si puedo decir así, en el «puro México» donde se reúne el pueblo y donde los extranjeros o los turistas pocas veces llegaban.

Comimos tortillas con queso fresco, frijoles, carnitas y huevos, tomamos un tequila muy democrático y la conversación iba desarro­llándose, noche adentro en medio del vocerío popular. Estábamos, realmente, en el corazón de México y no puedo olvidar la satisfac­ción con que el poeta nos miraba. Hablamos de los poetas del Brasil, tan desconocidos en México, de la dificultad de hacer traducciones del portugués al español, después la conversación dio un giro hacia la política y don Sal, como lo llamaban sus amigos, habló sobre la idea de la unión centroamericana, lleno de entusiasmo pero tam­bién de melancolía, puesto que se daba cuenta de que las dictaduras existentes o pasadas habían aislado a Costa Rica, transformada en un pequeño baluarte democrático, que difícilmente aceptará la unión con Honduras o Nicaragua. Según él, había —en 1956— dos es­tadistas sinceramente unionistas: el doctor Juan José Arévalo y el coronel José María Lemus. (El doctor Ramón Villeda Morales no se hallaba todavía en el foco de la atención…) Así la conversación giró hacia Alberto Masferrer, Rafael Arévalo Martínez y su novela tan desconocida en América Ecce Pericles; a veces el poeta alzaba la voz, de manera que en las mesas vecinas se hacía silencio, y la gente se transformaba en público.

Fue, para mi, una noche inolvidable, y también una lección que al correr de un cuarto de siglo traté de poner en práctica de la mejor manera en mis artículos y reportajes, en mi columna «Palabras en Libertad» y en mis clases en la universidad.

Cuando salimos a la calle, conducidos por los dueños de la fonda, una niebla azulosa había caído sobre la ciudad y como ya era tarde, fue más fácil hallar un «libre», que se nos acercó atraído por el «grito de guerra» de don Salomón. No puedo localizar en mi memoria, el lugar donde estuvimos, pero me acuerdo que se le pidió al taxista con leche, cosa que unos pocos años más tarde iba a confirmar Ma­riano Picón Salas, al encontrarnos delante de una «media» carioca, leche con café, pero que —según Picón— no era el «café con leche» auténtico, en vía de desaparecer en Hispanoamérica, debido al café enlatado, observación que nos fue confirmada por el salvadoreño Alfonso Rochac, el más grande «cafetólogo» de Latinoamérica.

A Salomón de la Selva, poeta popular (escribió «corridas» sandinistas, en los años ’30, cuando fue uno de los contados escritores nicaragüenses que osaba llamarse así…) y aristocrático (Evocación de Píndaro y Evocación de Horacio) le encantaba mezclarse con el pue­blo, hablar con los guardias de tránsito, con los meseros, con los dueños de las fondas, y cuando cierta vez, Luis Gallegos Valdés habló de los organilleros de los barrios de San Salvador, el poeta se empeñó en visitar no me acuerdo qué lugar en la capital mexicana, donde había los —tal vez— últimos representantes de esta expresión de la música popular. Desafortunadamente, no hubo tiempo y tuvi­mos que desistir del proyecto.

En cambio, dimos vueltas por la «Lagunilla», el mercado popu­lar, donde comimos tortillas y donde el poeta compró algunos regalos para mi mujer: un sarape, un «calendario azteca» y una pequeña alfombra con motivos aztecas. En la misma oportunidad, —me regaló un canasto de mimbre, «tamaño especial», para que pue­da llevar —»en la mano»— mi ejemplar de la Ilustre Familia. Natural­mente que todos los demás del grupo recibieron regalos aunque el general Mendoza rehusó aceptar «su» inmenso sombrero de charro, que el poeta loaba como «auténticamente Pancho-Villesco».

Después nos encaminamos hacia el taller de un fotógrafo, no muy lejos de la «Lagunilla», (en aquel día estaba con nosotros la novia de Juanito) y don Salomón nos presentó con tantos elogios, que el fotógrafo no sabía como arreglar la sala que iba a servir para un retrato «inmortal». Hubo discusiones sobre el «telón de fondo»: el poeta quería algo «a lo Xochimilco», pero tuvimos que contentar­nos con algo más corriente y banal. Allí estamos en aquella noche de septiembre de 1956: Salomón de la Selva, yo, Luis Gallegos Valdés, Marco Antonio Millán y la novia juvenil, sentada en una silla, en el centro del grupo. Falta, lamentablemente, el nombre del maes­tro fotógrafo!

Yo, tenía, entonces, el firme propósito de hacerle una entrevista a Salomón de la Selva, pero de un día al otro el proyecto era aplazado de manera que sin darme cuenta se llegó el momento de viajar y resultaba tarde para entrevistas, porque… aún no habíamos termi­nado la conversación.

La última tarde que nos encontramos, salimos de un café y entra­mos al otro, y finalmente, comimos en un restaurante donde había mariachis y «ambiente». Como de costumbre, después de la comida, anduvimos por las calles, y al dar con una «fuente de soda» (¿o far­macia?) abierta, entramos porque al poeta se le ocurrió hacernos más regalos. Era, me acuerdo, un «drug-store» de barrio, el dueño hacía la cuenta del día, y Salomón de la Selva compró plumas-fuentes, peines, cuadernillos para apuntes. A mí me regaló un «bolsilibro», que guardo hasta este día: ¡El Indio de Gregorio López y Fuentes!

Después salimos, como ya teníamos la costumbre, en busca de un «libre»; la noche era fresca y los coches bastante escasos, de manera que tuvimos que caminar largo rato, hasta llegar a una de las avenidas iluminadas y concurridas por la gente. Estábamos tristes, pero nadie quiso decirlo: hablábamos de «nuestras» cosas, de poe­sía y revistas, de libros y proyectos, y Salomón de la Selva me pidió más detalles sobre el Brasil y Río de Janeiro, como si el viaje que planeaba fuera a hacerlo mañana. En pocos minutos el chofer paró delante del hotel y bajamos para darnos un abrazo de despedida y decir «hasta la vista». Salomón de la Selva me abrazó fuerte, una, dos, tres veces y después hizo lo mismo con Luis Gallegos Valdés. Nos despedimos del general Mendoza y de Marco Antonio Millán, y cuando entramos en el pequeño «hall» del hotel, desde la calzada, Salomón de la Selva gritó a pulmón pleno:

—»¡Hasta pronto, en Río de Janeiro!».

* * *

A Luis Gallegos Valdés, con quien seguí, una que otra vez, carteándome, lo encontré años más tarde en los días turbulentos que siguieron a la caída del presidente Lemus, en San Salvador: fue mi anfitrión y mi guía, durante los pocos días agitados que pasé en la capital salvadoreña. A Marco Antonio lo reencontré varias veces en la Ciudad de México, y al general ‒»mi general»‒, lo he perdido, no sé cómo, de vista. Pero lo recuerdo con cariño y simpatía.

Salomón de la Selva nunca vino a Río: unos años después de nuestra jornada mexicana, lo mató el corazón, en París.

La reflexión sobre «Salomón de la Selva» forma parte de una serie reali­zada por el poeta rumano Stefan Baciu sobre escritores nicara­güenses.
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