Una fuerza para actuar

La marcha hacia ninguna parte de Tania Favela Bustillo

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Iván García

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Hace unas semanas, aquí mismo, Raúl Beceyro citó un pasaje de Robert Louis Stevenson: «¿De qué puede enorgullecerse un hombre, si no está orgulloso de sus amigos?» La marcha hacia ninguna parte, me hace sentir orgulloso de Tania. Disfruté mucho leer los poemas de este libro, porque encontré una suma de virtudes, pero también por saber que era ella quien había escrito un trabajo tan valioso.

La marcha hacia ninguna parte es un libro desconcertante por la hondura y la autenticidad que presenta. Esto no es común en el medio mexicano, ni en el de ninguna parte. Como dice Celan, «vivimos bajo un cielo sombrío y hay pocos hombres. Por esta razón, sin duda, hay también pocos poemas». ¿De dónde le viene a Tania esta fuerza para actuar? No de Hugo Gola, ni de nada del exterior. Esas cosas no se obtienen de alguien más. Gola está ahí, como figura ferviente en el desarrollo de Tania, pero no puede ser el proveedor de autenticidad, el mérito es de ella. Al leer este trabajo, me dio gusto ver en Tania a una poeta tan bien ajustada en sus fuerzas y en sus ritmos interiores.

Recientemente, en una nota celebratoria, leí que en este nuevo libro de Tania aparecen cambios radicales que no sólo evidencian una voz propia, sino que impiden toda semejanza con su trabajo previo y que rompen la proximidad y deuda con la poética de Gola. La nota no menciona cuáles son esos cambios radicales en los que se sustenta la lectura, pero considero que las cosas en la poesía de Tania no son tan así. Lo que Tania hizo es muchísimo más complejo e intentaré mostrar por qué.

Más allá de que el título y el epígrafe del libro provienen de un poema de Gola, hay numerosos detalles que demandan una lectura más detenida. Conviene recordar aquí un estudio de Tania sobre Resonancias renuentes, donde afirma que las acumulaciones de sonidos que permiten ciertos deslizamientos dentro del poema de Gola, están hechos a base de aliteraciones, asonancias, paronomasias, anadiplosis, paralelismos, anáforas y derivaciones diseminadas de ciertos vocablos. En su estudio, todo esto va sustentado con ejemplos puntuales y ellos me llevaron a percibir que hay una afinidad con su propio trabajo poético.

Si miramos con detalle su poesía, no sólo la del nuevo libro, sino también la de los anteriores, notaremos que aparece una batería similar de recursos con idéntico propósito, es decir, el deslizamiento. Tal deslizamiento, que tan importante fue para Gola a partir del tercero de sus Siete poemas, tiene también un carácter decisivo para Tania. Ya en el primer libro de la autora, abundan casos de estas figuras de repetición: 1) «Material de campo / materia del camin, 2) «el vuelo del abejorro / del ave roja», 3) «Mora / fruto del moral / morabito», 4) «sin morada / ni moral». Es obvio que todo esto se mantiene en el nuevo libro y que sigue generando repetición y diferencia. A lo largo de estos poemas, encontramos múltiples ejemplos: 1) «desciende hasta la carne / desciende», 2) «como de alguien que ha visto demasiado / como de alguien que ha visto tan poco», 3) «espiga espigón», 4) «tamborileo, tambor», 5) «el viandante el vidente». Incluso, hay conexiones tremendas entre sus libros. Si en el primero escribe: «afuera el ruido / el río adentro», en el primer verso de este nuevo trabajo aparece una resonancia: «Allá   río abajo   aquí (adentro) otro río»; y hay todavía un ejemplo más claro: «afuera resuenan las palabras /…/ adentro ríos profundos descienden».

Por otra parte, hay también muchos casos de este nuevo escrito en los que las figuras de repetición se mezclan: «Cómo se llama aquel pájaro de alas amarillas y cola amarilla / oropéndola    marinero    oropéndola   el canto allá (afuera) amarillo navega», donde no sólo hay trabajo de repetición en torno a las palabras «amarillo» y «oropéndola», sino también un recorrido muy sutil de la sílaba «la»: «alas», «cola», «oropéndola», «oropéndola». Esta observación quizá sería innecesaria, de no ser porque Tania estudió detalladamente ese mismo fenómeno en su tesis sobre Filtraciones, se ve que ese análisis le fue provechoso. Creo que no hay poema de este nuevo libro que no se apoye en esas figuras de repetición.

Incluso, si miramos esa especie de segunda voz –o voz intermitente dentro de la voz del poema– que atraviesa todas las páginas del libro, encontraremos el mismo fenómeno, la misma cicatriz: todos esos «dije», «dices», «piensas», «pensó» hacen del libro entero una caja de repeticiones. Todo el deslizamiento está hecho de resonancias, recodos, ecos y murmullos que se superponen en escena. Quizá por eso lleva ese título tan extraño: La marcha hacia ninguna parte. El lenguaje da un paso hacia delante, pero regresa, aunque más hacia el costado y parcialmente, al mismo tiempo que da pasos en otras direcciones, para repetirse una vez más, «en una perfecta indiferencia de sentido», como dice la última línea. En el fondo, el lenguaje parece estar machacándose, amalgamándose, golpeándose en varios centros a la vez.

El propósito del que marcha no es danzar, decía Valéry, pero esta marcha de Tania no tiene que ver con eso, no es una marcha militar, ni la marcha de una prosa rutinaria. La marcha de Tania tiene que ver más, precisamente, con la danza en la que piensa Valéry. Para él, «la marcha y la prosa tienen siempre un objeto concreto, son actos dirigidos hacia ese objeto y nuestra finalidad es alcanzarlo; la danza es definitivamente otra cosa. Es, sin duda, un sistema de actos, pero tienen un fin en sí mismos. No va hacia ninguna parte. Si persigue alguna cosa, no es más que un objeto ideal, un estado, una voluptuosidad, un fantasma de flor, o algún encantamiento de sí misma, un extremo de vida, una cima, un punto supremo del ser…»

Si miramos tanto el epígrafe del libro como el del primer poema, notaremos que hay una insistencia en la imagen de la lluvia, más específicamente, diría yo, en el sonido o golpeteo de la lluvia, que tampoco va hacia ninguna parte. De igual forma, en el libro no hay una gota, no hay una voz, ni siquiera una segunda voz como dije anteriormente, sino múltiples goteos de voces, lo que ella llama «voces entretejidas» o «un drama coral». Como recuerda Felipe Cussen en su excelente comentario de este material, Tania ya se preguntaba en un ensayo sobre Juan L. Ortiz «¿cómo tejer todas estas voces?» No hay en Tania el afán de hacerse la complicada, sino una lluvia de timbres poblando la página, un ritmo sostenido de repeticiones, con intermitencias o con una «tos» que «interrumpe el tejido», como ella dice. Ahí se da su voluptuosidad, su extremo de vida.

A decir verdad, no es nada raro lo que sucede en sus poemas, está en la vida inmediata, cotidiana: escenas de voces en todos lados, tajos de locuacidad coral que se entremezclan en las calles, en los restaurantes, y que se desvanecen en el silencio, para seguir enhebrándose arbitrariamente. Los poemas de Tania nos llevan a convivir con esos ritmos que a menudo pasan inadvertidos.

En todo esto, obviamente hay un trabajo. No son recortes de locuacidad coral, sino una intuición de esos ritmos, que ella asimila y devuelve. Hay dos versos claves para percibir el proceso de esta textura: «desde el vientre habló         desde el estómago          desde ahí habló / ─desde ahí respira la voz─     las voces      desde ahí las voces». Los timbres o pulsos de estos poemas no sólo están para ser oídos, sino también respirados. Y más aún, sentidos en la caja torácica. Hay un recorrido del aire que baja al vientre y desde ahí sube. No en vano la poeta insiste tanto en la relación entre el adentro y el afuera. Esto, para mí, claramente se relaciona con la práctica de Tania como aikidoca. Para el aikido, como para otras artes marciales japonesas, el hara o tanden, es decir el vientre bajo, es donde se empoza la energía y se forma un enso, un semicírculo como el que trazan los calígrafos budistas. Así, las palabras son energía que emerge en espirales, son ínsulas o latidos que recorren el silencio, hasta que aparecen y desaparecen en la página, para descender nuevamente. En todo momento, aunque el verso se extiende, es posible reconocer segmentos de palabras.  Si lo miramos con más detenimiento, hay algo del sutil martilleo de Gola: «Siempre / dije / tengo / siento / álamo / ahora todo pasó / mi pobre escuálido cielo»; otro ejemplo: «Aquí / yo / y el tiempo / y todo lo demás /…/ Quiero / aquí / todavía no», que a su vez tiene la huella de Ungaretti. Es verdad que, a diferencia de Gola, Tania ahora escribe versos más extensos sobre la página, pero ese «tambor-tamborileo», con su paso balbuceante, sigue siendo la base de su fraseo poético. Sus versos se dilatan cada vez más, pero su sustancia es la misma. Tania se desplaza en obediencia a todos estos impulsos y ahí cifra su marcha. Se ha dado una extensión de lo mismo en estos nuevos poemas, y en esa extensión se ha abierto una diferencia.

¿Qué hizo entonces Tania? ¿Copiar, imitar? La imitación es una de las vías más importantes del aprendizaje humano y Tania lo hizo en otros trabajos, pero no aquí. ¿Qué hizo entonces? ¿Matar a su maestro? ¿Matar a aquel en el que uno reconoce la plenitud y el impulso de la vida misma? ¿Matar lo que da vida? Tania, como discípula, hizo algo menos común, pero mucho más interesante. Tania fue hasta el fondo, donde las identidades se deslían, donde árboles, animales y flores vuelven a ser sílabas, o cuasí-sílabas de una misma canción del mundo. Ha empozado lo recibido y ha empezado a danzar. Hasta donde yo puedo ver, este es el mejor libro de poesía mexicana que se ha editado en los años recientes.

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Iván García. Oaxaca, México, 1982. Estudió el Doctorado en Letras en la UNAM. Formó parte del Consejo Editorial de la revista El poeta y su trabajo (México) y de Sibila (Brasil). Recientemente publicó una antología poética de Hugo Gola, «Una vida sencilla», con epílogo de Olvido García Valdés, y «Un signo incompleto», volumen de ensayos, cartas, conferencias y apuntes del poeta brasileño Paulo Leminski. Traduce del portugués, inglés e italiano. Actualmente prepara una antología de poesía mexicana contemporánea para la colección Palavbras Andantes de Río de Janeiro.

Texto leído el 11 de octubre de 2018 en la presentación del libro en la Universidad Iberoamericana.
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