Wang Ping

Trad. César Panza

 

Un hakka cultiva tierras raras en el sur de China

Primero que nada, no es tierra ni es rara, como dicen
yace a nuestros pies, haciendo brillar el suelo que cultivamos
Rojo, verde, amarillo, azul, púrpura, cielo de pastos
Y búfalos, parcelas de arroz, bambú y batatas
Vinimos aquí como huéspedes, los Hakka, huyendo
De Señores enfurecidos. Años tras año, nos inclinamos hacia la tierra
Con los pies y las manos sobre el suelo neón, nuestro sudor
Nutrió a los campos, a los niños, a las tumbas de nuestros ancestros
Nuestros fogones cocinaron la fragancia del sol y la luna

Ahora cavamos, hundidos en el barro, nuestras botas
Pudriéndose en el fango de arcoiris… Cavamos y cavamos
escardillas, picos, armas, explosivos, drenaje ácido
Diez yuanes un saco de esta tierra roja salpicada de
Azul y amarillo. Hogar le decimos a un pequeño refugio
Pintado de verde. Ahora las montañas han sido esquilmadas
Prófundos cráteres en los campo, sangre y pus corriendo
Por los ríos… solo porque el mundo desea esta tierra
«Vitaminas» para iPods, televisores de plasma, turbinas eólicas
Misíles teledirigidos—cosas que hacen al mundo
Más limpio y más hermoso, como dicen

Y aquí estamos, con el barro hasta la cintura
Un saco de lodo—una gota de codicia que se filtra en la cocina
Fuego que lame las finas manos de mi esposa
Ácidos que ahuman sus pulmones, hígado y estómago
Ya ni puede sorber la papilla mezclada
Con huevos de mil años de antigüedad
En el wok de hierro, exhumamos
Disprosio, Neodimio, Prometio
Todos nombres de los Dioses, dicen que
Si los dioses tiene ojos, ¿cómo no nos ven
Esclavos de este mundo que ya no se sostiene?

En la distancia, un nube de hongo—el Patrón
Y su Toyota Prius, mejorado con el barro
Que ahoga mis ojos, mis oídos, mi nariz… Una Tierra Rica
11 kilos de metal, diez mil sacos de tierra
Arrancada de bajo nuestros pies. Arrastramos
Nuestros pechos empapados en sangre, espaldas rotas
Cavando, levantando, sin comida ni agua
No se alcanza la cuota, el jefe se enfurecerá
Pero no importa. Prendo un cigarro, cada calada
Es la última. El mañana se ha ido, como nuestro pueblo
Aquí y lejos muy lejos, donde los caballos galopaban salvajes
Bajo el cielo, al que nosotros, hijos de
Genghis Khan, volvemos cada noche en nuestros sueños
Eso, también, se ha ido, dicen. Mongolia
Nuestro origen, ahora una mina de tierra rara para el mundo
Oh, Hakka, Hakka, siempre los huéspedes
vagando sobre esta tierra desnuda.

 

  • Hakka: Nómadas de Mongolia, esparcidos por toda China y el mundo. La mayoría de ellos viven ahora en Guangdong, al sur de China, donde las tierras raras son explotadas y lavadas con métodos de la era de piedra. En el interior de Mongolia y en Guangdong se produce 95% de los suministros de tierras raras del mundo. Su sinograma significa Familias Huéspedes.
  • Toyota en chino es Feng Tian que significa Tierra Rica

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 A Hakka Man Farms Rare Earth in South China

First of all, it’s not earth nor it’s rare, as they say
It lies under our feet, sparkling the soil we farm
Red, green, yellow, blue, purple, sky of grass
And buffalos, patches of rice, bamboos, sweet yams
We came here as guests—Hakka—fleeing from angry
Lords. Year after year, we bent over the earth
Feet and hands in the neon soil, our sweat
Fertilized the fields, children, ancestors’ graves
Our stove cooked the fragrance from the sun and moon

Now we dig, deep in the mud, our boots
Rotting in the rainbow sludge… Dig, and we dig
Hoes, pickaxes, guns, explosives, acid wash
Ten Yuan a sac, this red dirt speckled with
Blue and yellow. Home, we say, a small haven
Painted with green. Now the mountains are lifted
Deep crates in the fields, blood and pus in rivers
Streams…all because the world wants this earth
«Vitamins» for I-pods, plasma TVs, wind turbines
Guided missiles—things that make the world
Cleaner and more beautiful, as they say

And here we are, in the waist deep sludge
A sac of mud—a tail of greed leached in our stove
Fire licks my wife’s slender hands
Acid fumes her lungs, liver, stomach
Can’t even sip the porridge laced
With the thousand-year-old eggs
In the iron wok,  we exhume
Dysprosium, Neodymium, Promethium
All the names of Gods, they say
If gods have eyes, why didn’t they see us
Slaves of this world that no longer holds?

In the distance, a mushroom of dust—Boss
And his Toyota Prius, powered by the sludge
That chokes my eyes, ears, nose… One Rich Field
25 pounds of metal, ten thousand sacs of earth
Ripped under our feet. We’re slipping
Our chests soaked in blood, backs broken
Digging, pulling, no food or water
Our quota still short, the boss will be mad
But no matter. I light a cigarette, each puff
Is the last. Tomorrow is gone, like our village
Here and far away, where horses ran wild
Under the sky, where we, children of
Genghis Khan, return every night in our dream
That is gone, too, they say. Mongolia
Our origin, now a rare earth pit for the world
Oh, Hakka, Hakka, forever the guests
Wandering on this bare earth

 

  • Hakka: Nomads from Mongolia, scattered all over China and world. Most of them now live in Guandong, where the rare earth metals are mined and leached in stone age methods. Inner Monglolia and Guangdong produce 95 percent of the rare earth supplies for the world.
  • Toyota: the Chinese name is Feng Tian, meaning Rich Field

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Regateo

Este es un par de alpargatas
Desgarbadas y hermosas como la joven detrás del mostrador
Peonías doradas coronaban descaradas las puntas de pana roja
Sus suelas blancas están hecha en capas de trapo
Pegadas sobre una puerta con almidón
Y secadas lentamente al sol
La línea de costura densa y limpia
como los soldados de terracota en un campo de batalla

Este es el par de alpargatas
Que he buscado por años
El oficio que mi abuela intentó heredar
Antes de que yo me fuese de casa para siempre
Sin probármelos, sé que
Consolarían mis callosas plantas
Curarían el hongo de mis dedos
Me dejarían correr como un remolino
Una espada desenvainada

Y comenzó el regateo.

«Diez,» dijo ella, «por el destino que
te trajo a ese pueblo desierto.»
«Cinco,» dije sin pensar,
un truco de mi compañero americano.
«Buen chiste, gran hermana,» soltó ella riéndose,
con grandes surcos temblando en su rostro morado.
Me sonrojé sin razón.
«Entonces seis,» evitando mirar sus manos
que traían el recuerdo de mi abuela,
su sombra temblorosa en la pared enhebrando una aguja.
«Por favor, hermana, ten un poco de respeto.»
«Ok, siete, no puedo subir más.
El respeto ha de ser mutuo, ¿no crees?»
«Hermana, eso es casi lo justo para pagar el material»
en voz baja, húmeda como la llovizna.
«No tengas piedad,» me repetí el mantra clavado en mi cerebro.
«Los buhoneros son buenos en despertar simpatía.
Así es como se ganan la vida.»
«Ocho entonces, es lo más que puedo ofrecer.
Ustedes campesinos, se vuelve más avaros cada día.»

Levantó sus manos, diez raíces nudosas,
diez signos de interrogación dibujados por niños.
«¿Sabes cuántas noches no dormí
para coser estar suelas? ¿Ves
mis dedos? ¿Ves mis ojos? ¿Ves
a mi hermano pequeño esperando por un tazón
de fideos que mis zapatos podrían comprar?
El hambre no miente.
Los callos no mienten.
Nosotros no mentimos.»

Me retiro.
No se trata de la táctica de irse y no comprar
que funciona como magia.
Huyo del espejo en sus ojos.
«Muchacha terca, muchacha terca,»
Me digo a mí misma.
«Es solo un juego, tan solo un juego.»
Me persigue y coloca las alpargatas en mis manos.
«Ganaste. Llévatelas por 9.
¿Qué son nueve yuanes para ti, un dólar y veinte centavos?
Y un yuan, ¿menos de diez centavos?
¿Te molestarías incluso de recoger uno de la calle?»

Guardé mi victoria en la maleta,
más nunca volví a pensar en ella
hasta que me sacaron de la fila
en la aduana de Minneapolis, dedos de gusanos
escudriñaban insistentemente medias, ropa interior
regalos, y ahí están –mi regateo
rojas y ruidosas como el trueno:
«Te ahorraste diez centavos, Tonta,
pero perdiste el alma.»

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Bargain

This is a pair of hand-made shoes
Awkward and lovely like the maiden behind the stand
Gold peonies bloom unabashed on red corduroy tops
White soles are made of layered cloth
Pasted on a door with flour
And let dry slowly in the sun
Stitches line dense and neat
like terra-cotta soldiers on battle grounds

This is a pair of shoes
I’ve been searching for years
The craft my grandma tried to pass on
Before I left home for good
Without trying them on, I know
They would comfort my calloused soles
Heal my fungus toes
Let me run like whirlwind
A sword drawn out of its sheath

And we start the bargain.

«Ten,» she says, «for the sake of destiny
That brought you to this desert town.»
«Five,» I say without thinking,
a trick from my American partner.
«Good joke, Big Sister,» she laughs,
deep creases trembling on her purple face.
I blush for no reason.
«Six then,» I say, avoiding her hands
that bring back the memory of Grandma,
her flickering shadow on the wall threading a needle.
«Come on, Sister, have some respect.»
«Ok, seven, can’t go up any more.
Respect has to be mutual, don’t you think?»
«Barely enough to pay for the materials, Sis,»
her voice low, wet like the drizzle.
«No mercy,» I repeat the mantra drilled into my brain.
«Peddlers are good at arousing sympathies.
That’s how they make a living.»
«Eight, then, the highest I can offer.
You peasants are getting greedier day by day.»

She raises her hands, ten knotted roots,
ten question marks drawn by children.
«Do you know how many nights I stay up
to stitch the soles? Do you see
my fingers? Do you see my eyes? See
my little brother waiting for a bowl
of noodles my shoes could buy?
His hunger does not lie.
My callous does not lie.
We do not lie.»

I walk.
I’m not practicing the walk-away tactic
That works like magic.
I’m running from the mirror of her eyes.
«Stubborn girl, stubborn girl,»
I murmur to myself,
«It’s just a game, just a game.»
She chases, thrusts the shoes into my hands.
«You won, Miss. Take them for 9.
What’s nine yuan to you, a dollar twenty cents?
And what’s a yuan, less than a dime?
Would you even bother to pick it up from the street?»

I put away my victory in a trunk,
never give it a second thought
until I’m pulled out of the line
at Minneapolis custom, maggots fingers
prodding socks, underwear, wrapped gifts,
and there it is –my bargain
red and loud like thunderclaps:
«You saved a dime, Fool,
but lost your soul.»

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Raúl me preguntó ¿Qué es la Magia?

El ave canta por la canción que tiene en su cuello
Nos movemos porque hay un baile en nuestro espíritu
El viento sopla para jugar con el río y el valle
La lluvia cae como mensajera sobre la tierra
El pez nada porque tiene un océano en su barriga
Los niños corren porque tienen el mundo bajo sus pies

Este es el secreto de la magia
Oculta en nuestra mente
La gente y sus detalles
Si nos despojan de ella, ¿qué extrañaríamos?
el crujido de las hojas secas al atardecer
el espumoso río a través de la ventana
el olor de los niños corriendo a casa
el rubor de las mejillas por el frío
los detalles que dices que no son graciosas
pero igual me río porque sí…

El ave no puede ser imitada
La flor no puede ser coloreada
El mar no puede ser represado
De la montaña no se puede hablar

Este es el sonido de la magia
Corriendo por nuestra venas
Todo el ruido de la tierra morirá
pero nunca el silencio de la fe
la inocencia que persiste en creer
en ver más allá de lo que los ojos ven

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What Is Magic, Raul Asked?

The bird sings because it has a song in its throat
We move because we have a dance in our spirits
The wind blows to play with the rivers and valleys
The raindrops fall as messengers upon the earth
The fish swim because it has an ocean in its belly
The children run because they have the world under their feet

This is the secret of magic
Hidden in our minds
The people and their small things
If all taken, what would we miss?
The rustle of oak trees at dusk
The foaming river from the window
The smell of the children running home
Cheeks red from the snow
The little thing you say that’s not funny
But I laugh anyway just because…

The birds can’t be imitated
The flowers can’t be colored
The sea can’t be dammed
The mountains can’t be spoken

This is the sound of magic
Running in our veins
All the noise on earth will die
But not this silence of faith
This innocence persisting to believe
To see more than the eyes can see

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Nuestro Maestro de Marxismo

El niño la hizo otra vez. Cuando abrimos nuestras viandas de arroz, sapos, escorpiones y gusanos salieron arrastrándose. Le mostramos la comida arruinada a nuestro padre adoptivo, nuestro maestro de Marxismo-Leninismo. Nos eximió de un examen como consuelo.

Esa noche todo el dormitorio lo escucho –suelas que golpeaban unas nalgas desnudas. Los zapatos caseros de algodón estaban al alcance, nos había dicho el niño. Hieren la piel y la carne, pero no los huesos. El maestro gemía a cada golpe –agudo como gatos en celo. El niño permaneció en silencio.

Nosotros estabamos acostados en nuestros catres, con las manos sobre los estómagos vacíos. El pillo con cara de auyama causaba un pesar sin fin a nuestro maestro favorito, quien lo había adoptado cuando el padre del niño, un campesino empobrecido, murió. Habíamos escuchado que quiso casarse con la viuda de su hermano para cuidar a sus hijos, pero su mujer, que también enseñaba Marxismo, se negó a divorciarse. Ella vivía con su hija de 10 años en otra ciudad. Se decía que nuestro maestro la visitaba una vez al año durante el verano. Pasaba el resto de sus días y noches revisando nuestra salud física y política, enseñándonos cómo el capitalismo explotaba a los pobres, mujeres y niños, cómo debíamos pelear por la justicia, organizando actividades para elevar nuestra conciencia social. Nos animaba el entusiasmo al darnos créditos extra por memorizar El Manifiesto y capítulos de Das Kapital. Todos recibimos su máxima puntuación–120.

Sabíamos que era necesario corregir al niño. Nosotros también pasamos por lo mismo, en la casa, en la guardería. Aún así, era difícil escuchar. Cada golpe nos daba en los nervios, nos traía recuerdos.

A la mañana siguiente, el niño nos saludó contento en la cantina. Parecía descansado. Una niña le preguntó, «¿Cómo estuvieron las suelas?» «Sabrosas. Como panquecas.» Ella sonrió. «¿No extrañas a tu casa?» Para nuestra sorpresa el niño empezó a sollozar. «Esta es mi casa. Mi tío nunca me pega con la hebilla o con varas de bambú. Y puedo jugar todo el día, comer cuanto yo quiera, arroz y carne. ¿Qué más puedo pedir?»

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Our Teacher of Marxism

The boy did it again. When we opened our rice boxes, frogs, scorpions, and worms crawled out. We showed the ruined dinners to his adopted father, our teacher of Marxism and Leninism. He exempted our midterm test as consolation.

That night, the whole dormitory heard it –soles hitting a bare bottom. The homemade cotton shoes were easy to grab, the boy had told us. They hurt the skin and flesh, but not the bones. The teacher moaned with each thrashing– high-pitched like cats in heat. The boy remained quiet.

We lay in our bunk beds, hands on grumbling stomachs. The pumpkin-faced urchin caused endless grief for our favorite teacher, who had adopted him after the boy’s father, a poverty-stricken peasant, died. We heard he’d wanted to marry his brother’s widow to care for her children, but his wife, who also taught Marxism, refused a divorce. She lived with their ten-year-old daughter in another city. It was said our teacher visited them once a year, in the summer. He spent the rest of his days and nights checking our political and physical health, teaching us how capitalism exploited the poor, women, children, how we must fight for justice, organizing activities to raise our social consciousness. He stoked our enthusiasm by giving us extra credit to memorize The Manifesto and chapters from Das Kapital. Everyone received his highest grade–120.

We knew this was necessary to turn the boy around. We’d gone through the same ourselves, at home, in kindergarten. Still, it was hard to listen. Each thrash hit our nerves, brought out memories.

The next morning, the boy greeted us pleasantly in the canteen. He looked rested. A girl asked, «How did the soles taste?» «Great. Like pancakes.» She grinned. «Aren’t you homesick?» To our surprise, he started weeping. «This is my home. My uncle never flogs me with buckles or bamboo twigs. And I can play all day, eat as much as I want, rice and meat. What more can I ask for?»

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Wang Ping. Shanghai, China, 1957. Poeta, ensayista y editora, especialista en Inglés y Literatura Comparada. En poesía ha publicado Ten Thousand Waves (2014), The Magic Whip (2003), Of Flesh and Spirit (1998), entre otros. Varios de sus libros han recibido numerosos reconocimientos como el Eugene Kayden Award, Mid-west Distinct Immigrant Award, Long Island University distinct alumni award, Minnesota Book Award y Asian American Studies Award. Wang también se desenvuelve como fotógrafa y artista de medios mixtos y diversas plásticas. Su trabajo poético está signado por la búsqueda y construcción de la identidad desde la ascentralidad oriental, las experiencias de vida en el mundo contemporáneo, los conflictos del sistema-mundo y las complejidades del lenguaje, la cultura y el género. Yusef Komunyakaa ha dicho que la poesía de Wang Ping posee un tono muscular y una imagenería únicas, con una sabiduría y originalidad que provienen de la necesidad.

César Panza. Valencia, Venezuela, 1987. Poeta, docente, editor y traductor. Licenciado en Matemáticas por la Universidad de Carabobo, Panza se desempeña como miembro del comité de redacción de La Tuna de Oro y del comité de redacción de POESIA. Tradujo del inglés Canciones (1962-1970) de Bob Dylan (Fundarte, 2017).

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