Luto de los árboles

Vielsi Arias Peraza

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cómo crece el tiempo en la tierra

Abuelo: enséñame hacer conucos,
dime cómo se siembra el maíz,
cómo crece el tiempo en la tierra.

Abuelo, qué son los espantapájaros.
Qué son esos muñecos de trapo.

Abuela: cómo se pega un botón.
Cómo se corta un patrón de camisa.
Cómo se teje un mantel.
Cómo se enhebra el hilo en estos nudos de la soledad.
Cómo se hace una torta.
Cómo se hace la costumbre del oficio.

Abuela, por qué pariste tantos hijos.
Quién te enseñó la medida de cada uno.
Exacto y sereno.

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La peste vino a llevarse las gallinas;
vino con su frío de muerte;
trajo el luto a la casa.
Dejó el silencio acomodado

con su excremento seco y su reguero de plumas.

Vino a dejarnos sin cantos ni cacareos en las mañanas.

¿Qué es este silencio hondo que nos ocupa?

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Vejez:

Una habitación llena de costras,
Una cama tranquila para dormir los años.

Un escritorio mal vestido en el rincón.

El piso pulido para disimular las grietas
y ese tobo azul que gotea la soledad.

Aquí duerme mi abuelo.

Pacifico.

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El día puesto en sosiego:
nosotros en el eco del viento,
nosotros jugando en ronda.

Los días que no iba
a la escuela,
con sus horas espesas.

El rebuzno a las tres (3:00pm) de la tarde
del burro del Sr. Elias,
El olor del fogón
de la señora Rosa
a las seis (6:00am) de la mañana,

las palomas ocupando el patio de Antonio Márquez.

El clarín misterioso de Cornetin,
los gritos de la señora Gustina,
las serenatas de Venancio.

Yo sentada en el hombro de un semeruco
imaginando la vida en un lienzo.

Yo en mi mudez frente al día.

Yo en mi autismo de soledad.

Extraño el ritmo con que se iban los días
en el caserío de mi infancia.

 

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Para las noches de ruido,
mi papá me regaló una cruz.

Un Cristo pesado y gris
tendido en un amasijo de hierro.

Yo lo guardé debajo de mi almohada
y me ataba a su pecho
para no sentir miedo.

Los ruidos se fueron,
se fueron las sombras de la noche,

el enanito silencioso
a la orilla de mi cama.

Y más nadie
volvió a tocarme los pies.

 

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Yo le tenía miedo a las noches.
A los grillos ahogándose
en el pozo de atrás,
a ese goteo misterioso de la pila.

Temía aquella humedad
recurrente de las mañanas.

Un silencio
y nadie estaba

no era nadie
detrás de la casa.
Pero el ruido volvía,
volvía la sombra
junto al bombillo.
Una pequeña sombra
en el copete de mi cama.

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Sacar punta es difícil cuando la maestra dicta:
Dos puntos, coma, punto y seguido,
punto y aparte.

Aparte va la vida
en este uniforme que ya no es blanco.

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La infancia fue breve con nosotros:
Íbamos a la escuela.
Nuestros juguetes eran usados.
La cuenta del niño Jesús no podía excederse.

En mi casa no había chimeneas,
ni nevaba;
no había pinos en mi aldea.
¿De qué navidad hablan ustedes?

El invierno inundaba nuestras casas,
tumbaba las paredes y levantaba los techos.

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sobre la nieve

Yo conocí la nieve en un arbolito de jabón azul,
jugando con mis manos
a vestir ese esqueleto de árbol
puesto en un rincón de mi casa.

Así recordaba siempre,
que Heydi tenía un patio blanco
donde no había rasguños ni raspones en las rodillas.

 

 

 

 

Vielsi Arias Peraza. Valencia, Venezuela. 1982. Poeta. Licenciada en Educación, mención Artes Plásticas, por la Universidad de Carabobo. Fue miembro de la Red Nacional de Promotores de Lectural del plan Leer es Entender. Ha publicado en diversas revistas y suplementos culturales como A plena voz, La tuna de oro, Cubile, Letra Inversa, entre otros. En poesía ha publicado Transeúnte (2005) y Los difuntos, libro por el cual fue galardonada con una mención en el Premio de Literatura Stefania Mosca 2010.

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