Admirar y traducir

Breve introducción a Francis Ponge

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José Solanes

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La admiración es noble, la imitación servil. A los escritores que aspiran a la creación original, la admiración que acostumbran a profesar por alguno de sus predecesores les pone, más de una vez, en grave aprieto. O tratan de abdicar de ella y ven entonces caer sobre su devoción una sombra culpable, o la confiesan con un también culpable mimetismo. Tan sólo los más grandes alcanzan, y tan sólo en su madurez, a zafarse del conflicto. La cosa es más fácil para los profanos a quienes nos gusta leer y nos gustaría escribir. La traducción es para nosotros ejercicio ideal. Tiene encantos que no tiene la creación propiamente dicha. Nos aleja de los agobios de la invención dejándonos algo, sin embargo, de los orgullosos placeres de la originalidad. Traducir es laborioso y lo que a uno cuesta trabajo, de uno es. «Hurtado no se puede llamar lo que cuesta trabajo de pasar de una lengua a otra», dijo para defenderse al ser descubierto Juan Mal de Lara, el escritor y plagiario que traducía subrepticiamente en el siglo XVI (1). No hay para qué ser traductor vergonzante. Traducir es dar expresión a lo que nos es peculiar proclamando admiración por lo ajeno. ¿E imitando? Ya no se trata entonces quizás de que un escritor imite a otro sino de que una lengua imite a otra lengua.

Mas ¿se pueden imitar las lenguas? ¿Y cuántas hay? ¿No existe todavía una habla prebabélica que es el mero lenguaje de la poesía? Las traducciones vendrían tan sólo a detallar este lenguaje al modo, por ejemplo, como en las  tiendas de los pueblos de las diferentes naciones se detalla la cosecha planetaria de la sal y el azúcar. La labor humanística es labor artesanal, trabajo de taracea, decía Américo Castro. Que se nos permita decir que el del traductor nos parece participar también en algo de la honrada labor de pulpero: es la tarea de aquél que pone al alcance del público de cada barrio de cada país- unos vocablos que son de un país y de todos los demás, que son caudal común de todos los países. Igualmente se dan en el traductor las virtudes del partero. Da por segunda vez nacimiento a los libros, les hace respirar con nuevo llanto el aire nuevo de nuevos públicos. Mas en ese segundo parto los dolores ya no son de la madre, el autor, sino del comadrón que traduce.

Podríamos terminar esta probablemente inútil introducción a Ponge con palabras que pertenecen a otro poeta por quien también es agradable proclamar admiración. Las bien recordadas de Paul Éluard cuando escribía: «El habla es común a todos los hombres; y no son ciertamente las diferencias de lengua, por nocivas que se nos aparezcan, las que puedan comprometer gravemente la unidad humana». Lo que expone a ese riesgo es «este interdicto que se lanza, en nombre de la razón práctica, contra la libertad absoluta de la palabra». Señalemos sin embargo antes de concluir, que si Ponge profesa el más humano amor por el lenguaje, no lo quiere con todo contraponer a la razón. También ama a la razón. No, en verdad, la llamada razón práctica y en esto hállase bien cerca de Éluard. Sus razones son tan libres como sus palabras. O tan disciplinadas. ¿Qué es en efecto la libertad sino la condición por la que se usa libremente la disciplina? En Ponge, la palabra contagia de libertad al determinismo de la razón. Pone la razón al servicio de los antojos del lenguaje, la constriñe al análisis de lo menudo y trivial, le obliga a desplegar lo que de raro y sorprendente se halla acurrucado en el seno de lo familiar y corriente, hace descubrir la trascendental belleza de lo cotidiano: lleva al lector a estremecerse con la doble revelación de lo poético en que uno está sumergido al hallarse inmerso en el mundo, y de lo poético que en el hombre alienta desde que se constituyó en ser hablante.

Admirar y traducir. Admiramos a Francis Ponge y tratamos de traducirlo. Pero ¿qué hace Ponge sino admirar al objeto y traducirlo con palabras que van más allá de sí mismas y del objeto? Es en la época en que el estructuralismo ha venido a dilatar tanto el alcance del lenguaje y ha hecho
de la Lingüística el instrumento con el que el hombre moderno intenta a la vez comprenderse a sí mismo y comprender al mundo; es en esta época que los ya algo viejos textos de Francis Ponge han recobrado actualidad y alcanzado una vigencia que, según creemos, no hace sino empezar.

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(1) Citado por Américo Castro; «Juan Mal de Lara y en su ‘Filosofía Vulgar» en Semblanzas y estudios españoles. Princeton, 1956. p. 107.

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l  a   a  v  i  s  p  a 

f   r   a   n   c   i   s     p   o   n   g   e 

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Himenóptero de vuelo felino, elástico -y rayado como un tigre, además- cuyo cuerpo es mucho más pesado que el del mosquito y sus alas sin embargo relativamente pequeñas y sin duda multiplicadas en la acción aunque sencillas en el número; la avispa vibra en todo instante con las vibraciones que a la mosca son necesarias en posición ultra-crítica (para desprenderse de la miel o del papel mata-mosca por ejemplo).

Parece vivir en estado de crisis continua lo que la convierte en peligrosa. Una suerte de frenesí o de furor – que la hace tan brillante, zumbadora y musical como una cuerda muy templada, muy vibrante; lo que hace peligroso su contacto. 

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La avispa es tan estúpida -lo digo con buena intención- que si se la parte en dos, sigue viviendo, necesita dos días para comprender que está muerta. Sigue agitándose. Hasta se agita más que antes.

He aquí el colmo de la estupefacción preventiva. Un colmo también en el desafío.

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¿Por qué, entre- todos los insectos, el más activo es el que carga colores del sol? ¿Por qué los animales a rayas como el tigre son los más malos?

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Es también (la avispa) como una bala de fusil, pero en libertad, blanda, que zumbara. Indolente en apariencia, vuelve por momentos a encontrar su virtud y su decisión’- y se precipita entonces bien de cerca sobre su blanco.

Es como si, al salir del trabuco, los proyectiles sintieran un brusco arrobo que les llevara a olvidar su primera intención, su móvil, su rencor.

Como un ejército al que hubieran mandado ocupar rápidamente los puntos estratégicos de una ciudad y que, desde que entrara en ella, se interesara por los escaparates de las tiendas, visitara los muesos, bebiera en los pitillos de los consumidores en todas las terrazas de los cafés.

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Este texto se encuentra publicado en nuestra edición impresa número 2. La obra que ilustra el post forma parte de la colección jEVAS, del artista venezolano Lauren Bianchi

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