Adriático

Gina Saraceni

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La luz de nuestro litoral está hecha de una intensa
blancura calina que nos contrae las pupilas como en
pocas latitudes de la tierra. Los viajeros venidos de
países lejanos, sobre todo los que provienen de regiones
septentrionales, pronto advierten que aquí el hombre
está obligado a mirar de manera distinta, y acaso
no poco del atractivo que el trópico les proporciona
arraiga en esa nueva sensación de la mirada a que
naturalmente han de someterse. Las cosas no se
perciben tanto por la precisión de sus contornos o por
las aristas de sus volúmenes; se nos vienen encima,
querámoslo o no, casi disueltas en bultos de flotantes
esfuminos. En los ardientes mediodías, aun bajo el
ala del sombrero, los párpados se pliegan hasta casi
cerrarse, defendiéndose de la abrasiva claridad.
Muchos hombres de nuestras costas guardan el
hábito de verlo todo, aunque haya caído la noche, por
una breve hendija que no deja adivinarles el color de
los ojos. Ven como si durmieran.

Eugenio Montejo

 

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Radici

Como planta
que busca la luz
y se tuerce hacia ella,
la casa huye hacia el mar,
atraviesa mesetas,
sabanas, montes,
llega a la playa,
a las olas que retumban
con las aves del verano,
a la vida de un pez
que ensancha el mundo,
a la raíz del padre
que se llama Adriático:
así el mar,
así la casa.

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Isole Tremiti

En medio del Adriático,
se encuentra el archipiélago
de las islas Tremiti.
Según la leyenda,
Diomedes, héroe
de la guerra de Troya,
lanzó al mar unos guijarros
y formó las islas.

Ahí murió el guerrero.
Transformados en pájaros,
sus compañeros
aún lloran su pérdida.

Diomedeas se llaman
estas gaviotas que
cantan al atardecer
cuando regresan al nido.

Su voceo parece
el llanto de un niño
que cruza el mar
y llega hasta mi oído
llenándolo de olas tristes,
de pequeñas islas de piedra.

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Sendero

En la costa adriática
hay pequeños bosques
que descienden al mar.
Allí crecen espigas,
malvas, mentas,
moras silvestres.
El chirrido de la cigarra
estremece el camino
que desciende.
Las culebras desaparecen
sin dejar rastro.
Un sendero conduce
hacia la infancia.

Entramos en el verano
felices y sordos.

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Paranza

Amalie Schneider
se llamaba mi abuela materna.
Nacida en Ravensburger,
llegó a Italia para ser institutriz
de una familia noble de Abbruzzo.
Se casó con un hombre mayor
con el que tuvo siete hijos.

Era una mujer temeraria.
Le gustaba caminar
al aire libre,
tomar sol,
mirar la naturaleza,
su impredecible revelación.

Un día quiso conocer
cómo se pescaba
en la costa adriática.
Salió de noche
con unos pescadores
en una paranza de madera,
a mar abierto.

Sus ojos
fueron redes
que atraparon
la primera luz del día
en las escamas relucientes
de los peces.

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Avenida Caroní

Mi padre trabajó toda la vida
en la avenida Caroní
de Colinas de Bello Monte.

Habitó cada comercio
del pequeño país
que fue para él
esa calle arbolada:

Zapatería Zimbardi
Supermercado California
Librería y Papelería Caroní
Electro Auto Potenza
Abasto Anna
Panadería Magdala
Edificio Sorrento
Sastre Di Sevo
Pescadería Napoleón
Edificio Maryfrank
Foto Ranieri
Ferretería Cacique
Fantasías Ilme: mercería, adornos, regalos
Banco Latino
Cauchos Ibarra

Una geografía afectiva.

Aquí abrió una tienda
de artículos para el hogar
y la llamó Frentana
como una antigua población
de su Abbruzzo natal.

Aquí fue un joven
de veinte años
que importó de Italia
vidrios de Murano,
cuadros pintados en serie,
y después ollas, cubiertos,
bandejas de acero, cafeteras,
que llegaban en grandes containers,
desde Génova hasta
el puerto de La Guaira.

Aquí tuvo nostalgia
de Italia y escribió
cartas a sus parientes,
amigos, proveedores,
en su máquina Olimpia.

La avenida Caroní
fue oficina y sala de exhibición
de los artículos para el hogar
que importaba y vendía
con la certeza de que eran
los mejores de «la piazza».

Aquí pasó la vida
diciendo cada vez que podía:

«Andiamo avanti»,
mientras miraba
el retrato de su madre.

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Geografía

Las clases de geografía
me enseñaron
a imaginar el mundo.
En un atlas
buscaba los países,
los mares, los desiertos,
y me preguntaba
cómo podía caber
tanta inmensidad
en una página.

Una vez,
para un examen,
tuve que elegir
un continente
y escogí Oceanía
por los canguros
que cargan
a sus pequeños
y saltan como grillos
en la sabana.

Mi abuela me decía:
«guarda la natura»
entonces empecé
a buscar el mundo
entre la hierba,
cerca de las piedras,
en medio de las hojas.

La geografía se
volvió la espera
de lo que tarda
en revelarse.

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Bogotá

Estoy a 2650 metros
sobre el nivel del mar:

llueve en Bogotá.

Me llevo la playa,
sus maderas rotas,
sus cigarras muertas.
Me llevo la mora
para comérmela lejos
y la poesía italiana
para oír su acento
cuando esté distante.

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Capra di San Nicola

Tierra de cabras
llaman a esta isla
de altos acantilados
y animales huérfanos.

Una cabra silvestre
pasta entre las rocas.
Perdió el rebaño
en medio del Adriático.
En equilibrio sobre la piedra,
rumia frente al mar.

Solo se escucha
la desmesura de su
balido, la tristeza
de su garganta abierta.

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Gran Roque

Nos acompañaron los perros
cuando subimos
la breve montaña
del Gran Roque.
En el camino,
esperaba que apareciera
la cabra de San Nicola
que era también esta isla
donde un faro envejecía en la cima.

La poesía crea archipiélagos imposibles.

El mar nos rodeaba por todas partes.

Un cactus enterraba
sus espinas en el viento
y era un coral-cerebro
esa planta que veíamos
al subir.

También los perros
estaban en todas partes,
como el agua.

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Via Venezia

El trópico está
demasiado lejos
para creer que fuimos
parte de su canto.

Demasiado lejos
está el padre
de sus manos obreras
que colaban acero
en moldes de cafeteras
que ahora duermen
el letargo de los objetos.

Mientras escribe cartas
y cae la nieve,
mi padre
escucha boleros
y vuelve.

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G.

Gina Saraceni. Caracas, Venezuela, 1966. Poeta, profesora universitaria, licenciada en Letras Modernas, (Università degli Studi de Bologna, Italia), magíster en Literatura Latinoamericana (Universidad Simón Bolívar, Caracas) y doctora en Letras (Universidad Simón Bolívar, Caracas). Entre sus libros sobre estudios literarios se destacan: Escribir hacia atrás. Herencia, lengua, memoria (2008); La soberanía del defecto. Legado y pertenencia en la literatura latinoamericana contemporánea (2012). En-obra. Antología de la poesía venezolana contemporánea (1983-2008) y Rasgos comunes. Antología de la poesía venezolana del siglo XX. Selección, prólogo y notas de Antonio López Ortega, Miguel Gomes, Gina Saraceni, Valencia: Pre-Texto, 2019. En poesía: Entre objetos respirando (1998); Salobre (1998) y Deriva (2000). En 2012 ganó el XI Premio Transgenérico de la Fundación de la Sociedad de la Cultura Urbana con el poemario Casa de pisar duro.

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Marco Saraceni 
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