Algo huele a podrido aquí

Apuntes sobre poesía chilena

Por Héctor Hernández Montecinos

Un texto no es un texto más que si esconde a la primera mirada, al primer llegado la ley de su composición y la regla de su juego. Un texto permanece además siempre imperceptible. La ley y la regla no se esconden en lo inaccesible de un secreto, simplemente no se entregan nunca, en el presente, a nada que rigurosamente pueda ser denominado una percepción.
Jacques Derrida
La diseminación

Creo que el asunto es al revés, uno se interesa por las zonas de disolución del sentido y de la significancia como construcción modélica. Me interesan las dudas y el caos: los extravíos tanto textuales, argumentales como de subjetivización. Y es en esos pliegues desde donde todos los libros pueden permitir liberación de multiplicidades, que sería lo mismo que decir que de todos los libros se puede agenciar “vida”: [microhistoria, antigenealogía, relato molecular, etc.]

Leo oyendo el barroco Hanaq Pacha Kusikuynin de Pérez de Bocanegra, quizá el primer compositor polifónico de América. Un primer compositor que no sabemos a ciencia cierta si fue un monje franciscano especialista en lenguas autóctonas o un indígena cristianizado pero lo que sí sabemos es que escribió toda su obra en quechua. Estamos en el año 1631. En un monasterio del Cuzco. Mientras Pérez de Bocanegra, que quizá sea nuestro Chopin, compone las partituras de esta obra imagino llegando a los indígenas con sus textiles como ofrendas a la Virgen que ellos han sincretizado con la Pachamama.

Siglos después de esta imagen aún tenemos la música de Pérez de Bocanegra, tenemos al Cuzco y el arte textil andino que quizá sea una de las manifestaciones más plenas de simbolismo y espiritualidad en Occidente. Vale recordar que el año recién pasado se celebraron los cien años del descubrimiento de las ruinas de Machu Picchu, ya que su construcción se pierde en los albores de la razón histórica. Ruinas que no son ruinas, ruinas que fueran ruinas si existiese hoy un monumento mayor a su magnificencia y esplendor. Machu Picchu se erige por tal como un monumento en y al porvenir. Las ruinas son las que hemos construido nosotros como civilización moderna. Ruinas tecnológicas y culturales.

En la época de la catástrofe, que de tantas no sabemos cuál es la nuestra, es que los lenguajes se han visto enfrentados a una forzosa renuncia ante un futuro apocalíptico o a regresar a los fundamentos de la civilización. Ya no sabemos que exhiben las palabras o qué han sido obligadas a callar. Quizá su impotencia a lo que hemos convenido llamar lo real o a lo que han querido que entendamos por cultura. Somos testigos de cómo las democracias se arruinan en nosotros, como se devasta el planeta, nuestras ciudadanías. Desastres globales que vemos cada día en televisión y las redes sociales, desastres que nos aplastan como sujetos, como afectividades, como puntos de conexión. Lo vemos y consumimos como entretención. Esa es la catástrofe.

La intimidad de las personas y las comunidades ha sido olvidada en aras de lo público, lo social, lo colectivo, lo global donde todo vale en libertad, menos la autonomía. En un mundo en que creemos estar más conectados que nunca nos damos cuenta que el silencio es el que sobrevuela nuestras cabezas, un silencio incómodo con el capitalismo, el mercado y las instituciones. La vida vuelve a preguntarse a sí misma si vale la pena vivirse. Todo pareciera acabarse antes que empiece y esa es la maldición que nos enseñó el deseo, es decir, disfrutar lo que no necesito y necesitar lo que no disfrutaré, lo cual es antagónico a la constitución de la vida misma.

No obstante, en la vida chiquita, en lo molecular de cada sociedad se erigen otras tragedias, otras odiseas y éxodos, otros mitos y leyendas se están fundando cada nuevo día sin que los vecinos lo noten, sin que los amigos se den cuenta y pregunten. Todas las épicas son nuestras porque son cotidianas, tal como el viaje mítico. Ni fueron, están siendo. Los límites del pasado, el presente y el futuro la poesía hace mucho que los sorteó, pues nos enseña un tiempo nuevo en el cual todo está sucediendo a la vez, pero de otra forma. No tan sólo es circular, sino espiral e incluso no euclidiano sino fractal. Las epopeyas son populares y anónimas, como nuestras vidas.

Al momento de escribir, de representar, algo aparece, pero a la vez algo ha desaparecido. Aparecen señales, imágenes, signos que algunos llaman letras o palabras. Aparecen papiros, rollos estirados de celulosa, libros. Aparecen voces. Aparece un autor, una autora, una autoría. Aparecen múltiples historias y recuerdos. Aparece un mundo imaginario. Aparece un universo paralelo. Aparecen un tú y un yo. Aparece la literatura.

El movimiento de las materialidades en literatura suele ser cercano al movimiento de las subjetividades. El cuerpo en blanco del autor: de las páginas del texto: del lector. En estos tráficos políticos las voces adversas, las que ponen en jaque al libro que las sostienen, las que problematizan las convenciones de todo tipo son los que más resaltan.

Si cada movimiento es un desplazamiento, moverse quiere decir renunciar a estar en un solo punto, a ser uno, a la autoridad de la autoría geo-gráfica. La colectividad del espacio quizá sea un resquicio de que aún es posible una inclusión que no sea del todo políticamente interesada. Ese mismo espacio podemos pensar como un libro, como el libro.

La movilidad sensorial pasa del ojo a la voz. La materialidad fónica es la huella de lo que alguna vez se habló, es decir, del paso de hablar a conversar, de leer al ser leído.

El ojo se equivoca, pero el oído sólo miente, y en literatura la verdad no existe más que como nostalgia y conveniencia. La ciudad es un gran bar de noche, y los cuerpos se hacen celestes no como eterización de la materia, sino que por su resplandor y su trayecto. Borrachos, vagabundos, rockeros, drogadictos, putas, suicidas, niños, en fin, poetas deambulan como guión sin escritura más que sus propios cuerpos impregnados de deseo y miedo.

›Voces que giran, van y vuelven. Voces que sobrevuelan el cuerpo: una voz que deviene mosca. Una mosca escribiendo (vibrando intensidades de una mosca). Una mosca dentro de un mosquerío (y téngase siempre presente que cada vez que se hable de cuerpo se habla al mismo tiempo de discurso y territorio) por ende es a la vez un sistema de creencias y un locus. La voz devenir-mosca está en constante movimiento, nómade, en fuga, alrededor de un cadáver llamado modernidad, desterritorializando el espacio-casa-ciudad-patria-continente que a la vez recorre.

Como si se tratara de una ciudad que ya no existe, como si se tratara de un poema que no se ha escrito, como si se tratara de una vida que no es más que ficción, la literatura que está frente a nuestros ojos pone en jaque el tiempo pasado y redibuja lo que será el mañana, porque justamente esa mínima diferencia entre lo que fue y lo que vendrá es lo que permite que el poema sea una bisagra entre un cuerpo y el territorio que lo contiene. Y desde ese mismo intersticio es que la alucinación de esta nueva ciudad que nace y muere en el mundo de la ficción literaria explora sentidos y un imaginario que desarticulan la idea de localidad para presentar una sensación de lugar mental, absolutamente nómade, exquisitamente lírico y abruptamente fatal.

La literatura trabaja su heterogeneidad a partir de los materiales puestos a prueba desde una, digamos, accidentalidad. Quiero decir que las voces textuales son dispositivos justamente porque son intensidades puestas en accidente y en riesgo de dejar de ser lo que son, o al revés, llegar a ser lo que no son. Este punto medio. Esta zona de libres desplazamientos, es la matriz del acontecer en todas sus posibilidades.

He pensado mucho en la poesía este último tiempo. Pienso en ella como si no supiera que no es más que su gesto lo que alcanzamos a ver. Como las estrellas, como la vida. Destellos, vibraciones que aparecen y desaparecen. Refulgen y se apagan. Están un día y al amanecer del otro, ya no.

He pensado en la poesía a lo largo de un siglo y medio. Sigo con cierta complicidad sus logros en la página y sus patetismos en el campo cultural. Hurgueteo en la vida de los autores, en sus ambiciones, sus fracasos: su realidad que no es más que todos los poemas que no se pudieron escribir.

Pienso en la poesía. Pienso en qué nuevas argucias andará en este siglo XXI. Pienso en qué habrá visto al torcer su cuello como el más famoso ángel que recordemos, el de la historia. Tanto las vanguardias, como la tradición, dos puntos de vista de una misma traición, no han sabido más que creer en su propia existencia, sin importarles sus lectores, el entusiasmo o la abulia de esos nuevos ojos que caen en picada sobre las palabras o lo que queda de ellas.

Un libro nos transforma, como escritores y como lectores. Si escribo es porque me estoy transformando, es decir en otras palabras, estoy muriendo. Todo libro es un testamento. Todo muere. Todo se transforma. La vida es pura transformación. Quien no se transforma muere dos veces. El lector asiste como espectador telepático y se transforma. Si eso no sucede algo no anda bien. Lo más probable es que eso pase pues lo que de fondo ha desaparecido es la vida misma. Sin embargo, no ha desaparecido, sino que se ha transformado. Al momento de escribir todo el mundo se calla. Es el fin del mundo. Todo libre tiene 2012 páginas y 2012 versos y 2012 palabras y 2012 letras. Es el fin del mundo y el comienzo de un país. Hoy.

Un libro que nos obliga a ser impertinentes y sobre todo a preguntarnos el porqué de la cotidiana resurrección, pero más aun, el porqué no nos damos cuenta hasta que esa resurrección no tiene retorno. ¿Será una metáfora del éxito y del fracaso de la poesía? Tal vez sí, tal vez no.

Aún es posible un libro libre y como sugiere el subtítulo una materialización de la poesía, que en esta época de catástrofe encuentra su mayor peligro de subsistencia, pero esta agonía le hace agudizar hasta límites nunca imaginados los sentidos previos al desastre, que sólo viene a significar un nuevo despertar y un nuevo verse a sí misma como género literario y posibilidad de escritura.

No hay jerarquías de turno, no hay verticalidades hegemónicas que produzcan el efecto valor de la escritura que el mercado todavía espera poder fagocitar en la poesía.

Volviendo al devaneo lírico, llámese inspiración o sugestión, en la que estaba pienso en tres momentos que han pasado las escrituras en su genealogía vanguardista, de avanzada, o las que radicalizan su propio estatuto, pero no su devenir. En tres momentos que son uno solo en el cual se da paso sistemáticamente a una nueva forma de entender y leer, o desleer la poesía.

Primeramente, el ojo estaba puesto en la escritura misma, en su desgravitación del costado izquierdo de la página, en el nuevo amanecer de aquel paisaje escritural en que una estrofa podía ser una casa desapareciendo y los versos, las huellas de una manada imaginaria. Luego, se pasó a una preocupación por desestabilizar los géneros literarios, que ciertamente no son más que una necesidad ni siquiera básica de la escritura. Finalmente, es decir ahora, creo yo estamos en la tensión de las autorías, desmontaje del yo, ficcionalización del último suspiro antes de dejar el lápiz o del punto final que es esa renuncia a seguir.

La casa es el relato de un cuerpo que no halla una fuga ni un vector de exterioridad a sus propios y nulos procesos de subjetivización. Los días no son continuos, pero es debido a su planicie temporal en que la cronología se transforma en aritmética para convertir, deslizar y confundir territorios, cuerpos y discursos

Una casa llena de casas que se derrumban y se construyen dependiendo de quien las mire o deje de mirarlas. Fragmentadas hasta el hartazgo de construirse a sí misma como un edificio de oro, un palacio austero en que el verdadero valor está en la renuncia al poder del autor, todavía aurático, es decir, el oro en la poesía sólo encuentra su correspondencia en la libertad absoluto y la imaginación a ultranza.

La literatura puede adquirir compromisos favorables y otros abominables, tanto en el caso de poner en relieves públicos de recepción discursos que han sido anormalizados, o, simplemente, silenciados por maquinarias políticas, económicas o religiosas, o el otro caso de los compromisos con torrentes de signos distractores, totalitarios, o vendidos (a priori) en el mercado de las valoraciones simbólicas y materiales.

Como si tratase de no permitir el fin de un sueño, se libra una pelea en cada poema, en cada verso, sin saber quienes son los que ahí se enfrentan. El flash de una fotografía es lo que dura una noche, y las gotas de sangre y sudor son la geografía de un no lugar, de un ritual en que el cuerpo se expone hacia su cercanía con el fin, es decir, se regocija en esa posibilidad y desde ahí traza una genealogía de fantasmas con músculos y guantes que bailan en una tarima al ritmo de su adrenalina y del instinto de supervivencia.

Desviar la cotidianeidad, hacerle un guiño lúdico al día a día, resquebrajar el habitual flujo de lo que tendría que ser: ese es el poema como efectividad última, donde el lector se desdobla y participa del escenario lírico que se abre desde un intersticio mínimo de la realidad como lo es la ficción, pero que significa a la vez la mayor puesta en duda del lenguaje, de lo imaginario, del pensamiento. Todo se está moviendo, no existe la fijeza, el mundo se traslada y rota con todo lo que hay allí dentro. Lo que ayer estaba abajo, hoy está arriba, lo que era norte ahora es sur. La cabeza está debajo de un pie. La micro vuelve al lugar de donde nunca salió.

Esa micro recorre una ciudad literaria y paródica, una urbe en ruinas adornada como monumentos al triunfo de la higiene social, donde no existe mancha de ningún tipo y cualquier señal de desvío significa perderse, siendo que en poesía desviarse quiere decir encontrar un camino y decenas de otros caminantes con sus poemas bajo el brazo y sus libros sobre la cabeza.

El lector de lujo es el lector que delira y que está inserto en la misma obra dentro y como un archivo selecto que a la vez guarda la información, pero también la combina y la distribuye. La extravagancia onírica de este lector es una tercera mano en su propia escritura. Lo soñado o lo por soñar ya están escritos a modo de un sacramente paganamente místico, dentro de una cotidianeidad que desarticula cualquier metafísica u ontología que no tenga que ver con la ternura y la honestidad de un yo que son todos los yo, y de un lector que son todos los lectores, vivos o muertos, sanos o enfermos, reales o inexistentes.

El misterio de la escritura, la locura que hay entre una palabra y la otra, lo más profundo de una mente en incesante proceso de creación, en el cual la poesía, lo dramático, el testimonio dejan de existir para dar paso a la ficción que es lo que une a la vida y la literatura.

Redes, tejidos, textos donde la interrupción y la destrucción bruscamente destruyen cualquier intento vano de imitación o similitud con lo que alguien pueda llamar realidad. Explosión big bangiana de series heterogéneas y líneas que actúan para alargar, prolongar, alternar su fuga. No se sabe dónde llegarán estas figuras.

Por una parte, si la realidad se entiende como un flujo de continuidades; y el mundo como un flujo de tecnologías se desprende inmediatamente que el mundo, también como dimensión ontológica y no sólo como materialidad, son parte de la realidad en el sentido de que las tecnologías son modos productivos de continuidad.

Cualquier mundo es esencialmente tecnológico al proveer a los sujetos o seres herramientas para continuarse a sí mismos como sistema operativo especializado para un torrente de líneas que pueden devenir torrentes genealógicos y políticos. Esto es que, lo real trabaja flujos, es en sí misma una continuidad de signos que permite algo así como la imagen de lo posible.

Las escrituras siempre son cortes-transgresiones pues la realidad, o la sensación humana que tenemos de ella es de una eterna continuidad. Lo real es lo continuo. Los derroteros empíricos y fenomenológicos de linealidad. La ficción es un corte. La ficción es una suspensión. Un aparte. Una señalización decididamente equívoca. Se trabaja la continuidad del mundo desde su triple anclaje para luego hacer estallar sus signos y sus intensidades de representación y nada y todo queda igual. El punto de partida es el mismo que el de llegada. No hay continuidad porque todo es móvil y vivo: ocurrencia.

La escritura es un tajo para cerrar las heridas se me ocurre. Algo pasa entre el corazón y la mano. Ambos se hacen uno, y ese montaje radicaliza el pulso, la pulsión de la escritura.

El poema se ha asesinado a sí mismo y su sangre seca son las palabras como remanente, el lenguaje como desvelo de una locura que tampoco puede hablarse desde un ‘yo hablo’. La peor de todas está siempre en movimiento, no arguye ningún modelo de verdad y su obsesiva preocupación son los ojos: el régimen de visibilidad desde la página al lector, sabiendo que son los poemas quienes miran a quien lo lee, los ojos iluminan, la lectura es ese eclipse celeste y deseoso.

Todo poema es un papel secante cuando la humedad de las manos y los ojos son materialidad y acontecimiento de lenguaje. La página, es la peor de todas, que de tan blanca ni se ve, y las letras son llagas de un pasado discursivo que no sabe de puntos ni comas, no existe el aire en esta agonía y este sollozo lingüístico. El poema es el cadáver de algo que ya existió y nadie conoce, ni la misma subjetividad escribiente que hace un amago de memoria para poder desdoblarse en las dos posibilidades que se permiten en esta serie de textos: la escisión y la fractura.

En este contexto, el poema es también un intermediario y testigo entre la correspondencia amorosa, un fetiche sublime, un ‘juguete rabioso’, una carta nunca enviada, uno de los perdedores del concurso.

Algo se está llamando y de algo se está huyendo. Los textos del cuerpo-libro se encargan de proteger los espacios de sinsentido ante las fuerzas de la contrasubjetivización, pues el lenguaje comunicativo y útil de la burguesía, la burocracia y el neoliberalismo se ve devenido como rebelión de una escritura plutónica que rompe escrituras fijas amplificando las metamorfosis menores del idioma nacional como patrimonio.

El libro es un cuerpo sin órganos que busca fuera de sí (deseo) lo que responde a su misma interioridad. El libro sólo halla su plena realización en su conexión con el mundo desterritorializándolo a través de toda su multiplicidad, la cual marca la determinación tradicional entre sujeto y objeto.

El autor según Foucault, no representa más que las condiciones históricas específicas, jurídicas y políticas, que hacen emerger el nombre propio como categoría fundamental de la clasificación de las obras. Una multiplicidad no tiene sujeto ni objeto.

El poeta como obra contemporánea. La obra como contingencia. Ambos como reflexividad de sí mismo. El sí mismo como una poemática anómala y oblicua.

El libro no es una imagen del mundo, hace rizoma con el mundo a través de microfisuras y fallas subterráneas superficiales a fin de tomar y extender su cuerpo, sus cuerpos sin órganos. Blanchot volverá a decir que la literatura es lo que aún no era: la impresencia: esa otra ausencia en cuanto decir lo que aún siempre está por decirse. En este sentido, ignoramos a dónde va y de dónde viene este libro que no se puede reducir ni a una unidad ni a muchas otras; es indeterminable por la cantidad de puntos, líneas, letras, manchas de tinta [semen de calamares] que se dejan arrastrar en estas corrientes de agua, aire, fuego. En el libro hay una producción de cambios de forma, de accidentalidad, de negación de dualismos y estructuras profundas. Cualquier punto puede ser conectado con otro y debe serlo.

El arte contemporáneo reordena las coordenadas de la obra en su espacialidad a modo de fetiche, es decir, el tarro de sopa o el retrete valen cien veces su valor comercial por tener una firma o estar en una galería.

En un caso específico, la obra de arte como creatividad materializada y con densidad ontológica se escapa del mundo real, de sus reglas. El proceso de la producción de la obra de arte es paralelo al de la subjetivización. La obra se constituye como subjetividad, y el sujeto se constituye como obra. La tecnología permite y da las pautas para indagar en el mundo en que se vive y como se trabaja la realidad (o la manipulación que se puede hacer de ella). Para invertir la relación entre la realidad y el mundo habría que articular una zona de discontinuidad y que deconstruya sus propias tecnologías o definitivamente las inutilice por completo.

No obstante, el carácter científico de codificar el lenguaje por la lingüística vuelve a ser la contraparte de una captura imposible. Las estructuras semánticas “del desnivel sintáctico (y la relación dialéctica entre pragmática y semántica)” son a la vez el escenario y el contexto de una segunda materialidad que se pregunta por las condiciones del poeta contemporáneo. Que, en fin, es la duda por su posibilidad en el sistema actual que pone en sospecha al libro mismo como objeto de lujo o reliquia de la civilización.

El método científico busca la verdad a través de la comprobación empírica de las hipótesis mediante experimentación y observación crítica. Las ciencias sociales buscan verdades en las comunidades y las relaciones que llevan a cabo o incluso que podrían hacer. El arte busca verdades metafísicas al igual que la religión. Como si el ser humano fuera un ser humano verdadero. Esto nada tiene que ver con la mentira y la falsedad.

En un libro todo es intensidad. Intensidad de fuga, de proyección, de introyección, de vectorialidades. Lo anómalo es una intensidad de la gramática para transparentarse sobre un cuerpo. Lo oblicuo es la transversalidad sobre la geometría grafemática de la escritura. Un libro que se escribe desimprimiéndose.

Un libro se convierte en un plan de consistencia, un plano en sentido geométrico en donde se establece el agenciamiento hacia el exterior: hacia otros agenciamientos.

La escritura, el libro, siempre está incompleto. Creo que sí. No hay libro completo como tampoco existe libro simultáneo. Blanchot dirá que la literatura es lo que aún no era: la impresencia: esa otra ausencia en cuanto decir lo que aún siempre está por decirse.

La obra escrita adquiere sentido tras la existencia fuera de ella en el sentido de qué es lo que muestra al mismo tiempo preguntando lo que ha dejado de mostrar. Desentrañar el significado de una escritura no es desentrañar su verdad. La verdad colapsa en sí misma pues no puede nombrarse a sí misma, esto es que no hay lenguaje que deje de existir para que ella sea. La verdad es la gran tontería de la modernidad. La verdad es lo que todas las formas de conocimiento humano han querido develar para realizarse en su humanidad.

En un libro su significado no es su verdad. De hecho, podría afirmar que las significancias, jamás el significado, son meras formas dirigidas de lecturas. En nuestra cultura leer es hermeneutizar con el implícito de que interpretar es lo preferible porque se alcanza la verdad de un libro, es decir, su valor. El hecho de que lo valioso es lo verdadero es una auténtica mentira.

Es como si en esta caída, que es la poesía, todos cayésemos juntos en un gesto que más que apego es una profunda rabia que se libera, esto es, la pasión que sustenta cada una de las palabras de este libro. El odio es ciego, pero la rabia significa sentir doble y sobre todo ver y verse.

Identifico esa rabia, pero también los afectos de esa rabia. Vuelvo a ver lo que en aquella época sólo era vislumbre e intuición. Un siglo, y un milenio, se acababa, pero con él los paradigmas de la democracia, la fe y la historia, es decir, las mentiras de la verdad. Ante esto la poesía, que parecía ser la Casandra de una guerra silenciosa y global, era arrinconada en los subsuelos de la mente, en los rincones hediondos de las ciudades, en las catacumbas del mercado.

Toda geografía es a la vez una historia, y que esa historia en el caso de Chile, es tan radical en su violencia y desmesura que justamente vuelve a convertirse en una geografía, pero espectral, un lugar sin lugar: una tumba patria. Los acontecimientos recientes de este país que tienen que ver con la tortura, el dolor y la pasión no han podido ser cantados ni mucho menos narrados.

De nuestra loca geografía se nos ha venido diciendo desde la escuela que Chile limita al norte con el desierto, al sur con la Antártica, al este con la cordillera y al oeste con el océano. Este dato no tuviera mayor importancia y sería un lugar común más de la educación tradicional si no fuera porque justamente en su simpleza radica una verdad profunda: estamos encerrados, y no sólo de manera geográfica, sino que ese estado de clausura ha estado presente en nuestra indiosincracia mestiza desde la conquista y colonia hasta el día de hoy.

Para terminar, uno de los pliegues de esta casa y sintetizando algunas notas presento el escudo nacional: Blanco de las altas cumbres de la cordillera de los hombres, azul de un cielo sucio y atravesado por la fatalidad de las pequeñas avecillas y las ondas electromagnéticas de los medios de comunicación, rojo de la sangre inocente desde los mapuches hasta la nueva sangre simbólica de los locos. El cóndor en su utopía y su fracaso, el huemul, que en este caso Huidobro ha llamado un caballo muerto y descompuesto del cual las moscas son las que rodean este cadáver aún no muerto totalmente. Por la razón o la fuerza como el lema de un patriarcado de acero.

Una fiesta, una herida, un país.

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Héctor Hernández Montecinos. Chile, 1979. Licenciado en Letras Hispánicas en la Universidad Católica de Chile y Doctor en Filosofía mención Estética y Teoría del Arte. Actualmente cursa otro doctorado en Literatura en la Universidad Católica de Chile. De su proyecto total en tres partes, Arquitectura de la Mentalidad, que supera las dos mil páginas, dos ya han sido publicadas, La Divina Revelación (2011) y Debajo de la Lengua (Santiago: Cuarto Propio, 2° ed. 2014). Ha sido merecedor de varias distinciones, entre las que destacan el Premio Mustakis a Jóvenes Talentos y el Premio Pablo Neruda. Es el compilador de 4M3R1C4: Novísima poesía latinoamericana (2010) y Halo: 19 poetas nacidos en los 90 (2014). Ha aparecido recientemente en El Canon Abierto. Última poesía en español (2015) como uno de los 40 poetas más relevantes de la lengua española nacidos después de 1970. La fotografía utilizada en la imagen de cabecera es cortesía del autor.

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