Anna Ajmátova

Selección

Yo soy vuestra voz

Dedico este sencillo trabajo
a Natalia Schechaj
a quien debo no sólo preciosa ayuda
sino y sobre todo
el haber despertado mi amor
por la lengua rusa.

 

De alguna manera, traduciendo a Ajmátova, he vuelto a Rusia, especialmente a San Petersburgo. Y hasta me hizo gracia reencontrarme con Sorokin (joven pintor que en las escalinatas de la Catedral de San Isaac, arrobado, miraba a Florencia, mi sobrina, mientras envolvía lentamente la pequeña acuarela que yo le había comprado) en la persona de quien sería, quizás, su abuelo. Y me parecía estar entre ellos, en la ciudad mágica circundada por el Neva, cuando leía a Jlébnikov, Maiakovsky, Tsvitáieva, Mandelstam, Pasternak. Y al caminar –es un decir- por la avenida Nevsky (¿la misma, acaso, de Biely?) de esta Petersburgo que fue Petrogrado, que fue Leningrado, presidida por la aguja del Almirantazgo y el cruel empecinamiento progresista del más grande de los Pedros, ese «Jinete de Bronce»[1] que le dio vida y con quien, sin embargo, muchos hombres y no sólo Eugenio[2], querrían haber «ajustado cuentas»; sobrecogida aún por la terrible belleza de la escena del caballo blanco colgando del puente que sobre el Neva se abría, en «Octubre»[3], no podía dejar de pensar que todos vagábamos, de una u otra manera, extranjeros, buscando la patria que raras veces es un poema, ya que en su mayoría, los mismos poemas son la andanza. Y recordaba los versos de Tsvitáieva: «Oh, el que sueña no puede ser salvado.» Y yo tomaba notas y más notas. No había ya forma de ejercitar la mirada traductora, salvo en su amorosa porfía, sobre todo si se sospecha que en el malentendido es donde espera el poema o la verdad. Me costaba entender, por ejemplo, que la forma, en Ajmátova, fuera la voz. O que Ajmátova, considerara que el tiempo no es sino aspectos de la realidad, que uno no está capacitado para aprehender en su totalidad y reuniera, en un haz cosas aparentemente dispersas, lo que por un lado da idea de totalidad y, por otro, implica un enorme margen de no intervención. Pero lo que en realidad sostenía mi paciencia, eran esos tres hechos poéticos que en Ajmátova de entrada llamaran mi atención, esto es, su temprana adopción de un nombre que ponía de manifiesto el entroncamiento materno con Ajmat Jan, el último kan de la Horda de Oro; su ardorosa fe en el lenguaje y su decisión de hablar por su pueblo[4]. Fue una experiencia, sí. Fue toda una experiencia, de pronto y finalmente, ver aparecer a Ajmátova que, con la bravura de un Akhal-Teké -monta dorada de los antiguos guerreros den Este- y con la soberanía propia de «Ana Crisóstomo de todas las Rusias» -como le decía Tsvitáieva- palmo a palmo recorre esa amada y extensa tierra rusa y, al dar testimonio de un pueblo y de su época, elige su tiempo diciendo: «Yo soy vuestra voz».

Inés Aráoz

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S e l e c c i ó n

 

i

Tres cosas en el mundo él amaba:
El canto vespertino, los pavos reales blancos
y de América, los mapas desvaídos.
No amaba el llanto de los niños,
la frambuesa con el té, no amaba
ni la histeria femenina.
…Y yo fui su mujer.

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ii

 

No estoy con aquéllos que abandonaron su tierra
para que el enemigo la desgarrara.
No entiendo sus burdas lisonjas,
mis canciones no serán para ellos.

Pero me da lástima el proscrito,
como un prisionero o un enfermo.
Oscuro es tu camino, peregrino,
Huele a ajenjo el pan ajeno.

Y aquí, en el acre olor del fuego,
el resto de juventud perdido,
nosotros de ningún golpe
nos hemos protegido.

Y sabemos que en apreciación tardía
cada hora será justificada…
Pero en el mundo no hay gente sin lágrimas
Más altiva que nosotros ni más llana.

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iii

El último brindis

Bebo por la casa derruida,
por la soledad, juntos,
por esta maldita vida mía
y por ti, bebo.

Por la mentira de la boca que me traicionó,
por el frío de muerte en la mirada,
porque es cruel y torpe el mundo,
por aquello que Dios no salvara.

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iv

Boris Pasternak

Él, que se comparó a sí mismo con el ojo de un caballo
mira de reojo, mira, ve y reconoce,
y he aquí que fundido el diamante
resplandece en los charcos, ya la nieve desvanece.

Traspatios en la quietud de la bruma lila,
andenes, maderos, hojas, nubes.
El silbido del tren, la cáscara que cruje de la sandía,
En el guante perfumado, la mano tímida.

Resuena, retumba, rechina el estallido de la resaca
y de pronto se apacigua: esto significa que él
por las agujas de pino se abre paso con cautela,
para no turbar la duermevela del espacio.

Y esto significa que él cuenta los granos
en las espigas desiertas, esto significa que él
de algún funeral otra vez ha llegado
a la maldita y negra lápida del Darial.

Y arde nuevamente la languidez moscovita,
a lo lejos repica el cascabel de la muerte…
¿Quién se ha perdido a dos pasos de la casa,
donde la nieve llega a la cintura y todo termina?

Para él, que comparó el humo con Laoconte,
y celebró los cardos de cementerio,
para él, que llenó el mundo con el sonido nuevo
de estrofas que en el nuevo espacio reverberan.

Una suerte de eterna infancia fue su recompensa,
de largueza y clara visión,
y la tierra entera fue su herencia,
y él entre todos la partió.

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v

Sauce

Y yo crecía en adornado silencio,
en el fresco cuarto de juegos del joven siglo.
Y no me era agradable la voz del hombre,
pero entendía la voz del viento.
La ortiga amaba y la bardana,
pero el sauce plateado más que a nada.
Y, agradecido, vivió conmigo
toda su vida, sus ramas lloronas
salpicando el insomnio con ilusiones.
Y es curioso que lo sobreviviera.
Allá está su tronco, erguido, ajenas voces
de otros sauces algo dicen
debajo de los nuestros, aquellos cielos.
Yo callo… Como si hubiera muerto un hermano.

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vi

Coraje

Sabemos qué está ahora sobre la balanza
y qué está sucediendo.
La hora del coraje ha sonado
y coraje no nos faltará.
No nos asusta caer bajo las balas,
no será amargo quedarnos sin techo.
Tu voz guardaremos, Rusia,
el gran verbo ruso.
Libre y puro lo entregaremos
a nuestros nietos, y a salvo del cautiverio.
¡Para siempre!

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δ

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Notas:
[1] Estatua de Pedro I, realizada por Falconet. Poema de Pushkin escrito en 1833.
[2] Personaje de «El Jinete de Bronce», de Pushkin.
[3] Película de Eisenstein sobre la Revolución.
[4] Dedicatoria del Poema «Réqquiem».

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«Yo soy vuestra voz», nota introductoria a los poemas de Anna Ajmátova, presentados  por la poeta, crítica y traductora Argentina Inés Aráoz, quien ha colaborado en otras oportunidades se encuentra publicado en nuestra edición impresa n.° 133.
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