Antonio Robles, de beduino a chamán

César Seco

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Arena

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Las vueltas en un laberinto son como ciegas, ir y volver. Más si transcurren en uno de arena. “Danza en la caverna del silencio, sus palabras son dueñas del viento”, se localiza en sí el poeta/beduino y a partir de aquí nos invita a seguirle, advertencia por delante: “Caminando aquí hay un abismo, si se cae uno está muerto, muerto, muerto. / Caminaremos en círculo, el círculo no tiene salida, atrapados, las palabras huyen, rompen el cerco, el verso es fugitivo,/ el silencio prisionero, no puede huir”. Advertencia plural, la que ocurre en su interior, caverna, caminando “a paso ligero” y “a pensamiento lejano”. ¿Entonces? Es necesario que algo cobre vida, y lo que ocurre dentro del poeta/beduino, ‘eso’ que si bien le está hablando y le dice que está solo, le dice igual: que: está con él: “Un colibrí de vidrio se desintegra en mis venas/ oigo voces en mi torrente sanguíneo// Un espantapájaros danza en mi aliento,/ ¿a quién escucha el prójimo?”.

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Laberinto beduino es el libro con el que Antonio Robles entra a pie en la poesía, es la inicial travesía de un sujeto que va al encuentro de sí por el desierto, ese atisbo, esa ciudad, ese país de arena. Origen. Roca sonora del silencio, nos recuerda en el umbral, el poema Caverna de silencio, el film Atrapado sin salida y asume el personaje interpretado por Jack Nicholson, no como mask sino como espectro, compañero invisible, guía. Es pues, quien nos habla, un sujeto que se sabe caminando en la oscuridad llevando consigo “espectros de la luz”, alguien que no olvida el “consejo de los chamanes”: atender lo que el silencio dice y que de él ha de “hacer su piel”, y este acto es la resurrección por la palabra, capaz de dar nombre a “un instante de eternidad”. En qué lugar ubicarlo: “Mcmurphy está lejos en las noches del desierto” y “el jefe Bromden” tal vez en Oregon, uno amigo y el otro hermano, “militantes del silencio”, ambos le abren lugar en las paredes del viento para darle paso. Ocurre la mutación, presentir el gran espíritu en Dakota en uno, y en el otro el “hielo en Alaska”, abandonados por la dialéctica que pretende comprimirlo todo en definiciones posibles. Robles los atisba como “espectros en plegaria infantil” que le asisten, “mala hierba redimida en los caminos”. En el poeta/beduino voz y rostro son inseparables: las imágenes sí, son sobrereales y la adjetivación no advertible, no sucumbe al adorno, lo asume como “psicótico verso de cadáver cinético”.

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A este poema le siguen otros que asoman un poetizar, un hacer en el filo del abismo: Pecado lírico, Sendero de beduino, Aire de humo, El espantapájaros, El asalto de la duda, Calle ciega, Mona Lisa de piedra, Desandares, Sueño fantasma, Huraño pájaro. Todos de similar factura, lo cual da cuenta de una unidad expresiva, de un verbo en ‘pos de’. Pecado lírico, quizá sea el más lúdico y El asalto de la duda el contradictorio, pero de una contradicción necesaria que intentaremos allanar adelante. Pecado lírico nos revela que es clave para su autor deslindar el hacer poesía del simple escribirla, nos deja claro que es toda una experiencia, más no un experimento. El poeta/beduino dice que “El delirio se cree sombra, celebra, abraza, desconoce en intermitentes correrías, desconoce pero vuelve”. Caminar para escucharse en la metáfora vestida de Dios, pero ésta es prisión, le quiebra el aliento, por lo que debe arrojarla donde “la ternura pacta con el cianuro para/ incendiar las nubes”. O bien, en Sendero de beduino (se pregunta/ nos pregunta): “¿soy yo un beduino?/ Soy yo hecho de humo/ o la clave de un acertijo”. Inevitable preguntarse: ¿¡nos devuelve el poeta/caminante a lo más oscuro del laberinto transitado, o permanece en él como el minotauro aquél, preso, devorador de lo naciente. Ha de sublevarse y ha de comenzar por él. Puede apelar a sus referentes, incluso, a sus propios y recurrentes sustantivos y adjetivos, a sus más frecuentes palabras. Todo esto sí, pero elegirá siempre ser él sin dejar de incluir al otro.  En el poema Ave de humo hay una imagen que puede en sí misma contener todo el poema: “¿qué tan desangrado es imaginarse ser pan?”. Nos está anunciando ya su propia mística, su desposesión, su abandono. Un “ave impúdica, inmutable, inmoral y manchada… cuando lloran las nubes, cuando danza la ternura,/ se congela la muerte”. El poeta y sus “libres caminatas” para encontrarse con su Otro: El espantapájaros que, dice: “se acerca, se dirige a mí, a saber qué/ soy, qué cosa soy, a quién espanto”. Es ineludible seguir el hilo expresivo que nos tiende desde la puerta del laberinto, desde el umbral del libro: ¿A quién se refiere en verdad? ¿Al lector?: “En la faz tiene una mancha, una insurgencia de estrellas”. Lúcida lumbre, cierto, pero no es sólo lo que el poeta/beduino busca. ¿Por qué la figura de El espantapájaros? Con sabiduría sólo arrebatada a la oscuridad, Robles finaliza el poema: “El misterio se congela en el aire, se derrite, desaparece,/ y me quedo solitario, yo, ser del misterio”.

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El asalto de la duda, es poder de incertidumbre; sólo que en el poema no es sólo algo puramente conceptual, puede ser la revelación de un enigma o espejismo: “Un camino, ningún camino, se camina o se desanda al/ borde de una fiebre o escalofrío de la vida o el abismo/ o no hay camino”. O es, para nosotros, una vuelta a las fauces del laberinto, entre la polvareda de arena (sus interrogantes, sus parciales respuestas, no en vano Shakespeare creía que la duda era el faro de la sabiduría). La paradoja, lo ajeno a lo común lo asalta, y apela a la perífrasis, al poeta/beduino lo convencional no le dice nada a su existir que, ‘a la final, se emparenta al indio sioux de Dakota o a espíritu “volando entre nubes”, o a la del esquimal que aguarda el sol de medianoche en Alaska. La duda te borra o te afirma: “Maestro Whitman, la duda asalta./ las hojas de hierba no encuentran al monje perdido,/ este abismo embriaga a la segura certidumbre”. De pronto llegamos a donde no hemos salido. El poema Calle ciega, el lugar donde todo viene a reunirse, omphalos eléctrico y sus cortocircuitos, confluencia de revelaciones y dudas, mandala. Desierto/calle/cielo se suceden confluentes, cual un video que superpone los tiempos (mañana, tarde, noche), y los actos, ritual interior, traslación y rotación en el laberinto. Le sigue Mona Lisa de piedra, anti-oda que se apoya en la divagación, “delictiva/ esencia de la pasión vestida de gris,/ la ansiedad de profanar el templo de tu cuerpo y/ volverlo vidrio, tierra, uranio o viento.// Anhelo tu ansiedad de ser asfalto que sólo la lluvia/ acaricia…”. En Desandares, Robles, ha debido (especulo) necesitar ponerse al tanto de la columna sintáctica, o sea el cómo acudían a relacionarse sus palabras en expresión unitaria, en todo el poema, pero de manera definitiva en los dos versos iniciales y en su cierre abierto, un cuarteto de braseada corta y larga: “Desandan, trafican, palabras ancestrales, danza del tiempo,/ ebria dialéctica. Espectros al margen, cobijan el verso… Acosan a este mortal, embriaguez de palabras,/ estrellas, caminos, nieve lejana,/ tertulia más invisibles que el aire,/ ojos sensitivos más anchos que el océano”. El recorrido no termina; pero este pasaje por el laberinto encuentra salida, imprevisible, distinta a la del relato mítico griego y más cercana a la visión kafkiana, onírica para el poeta. Sueño fantasma es llevado por la sucesión de imágenes, a partir de lo que parece armar la fragmentación propia de la dispersión de todo sueño, para el beduino “fúnebre soledad”. Tal un relato de la muerte andante cuando va al otro ámbito, fuera ya de lo terrenal. Esta vez el poeta/fantasma o su alucinante proyección, donde “la oscuridad/ traiciona al misterio pactando con la luz”. Recordad a nuestros indios, a sus rituales de muerte. Recordad a los santos místicos y a los monjes tibetanos: en el mismo punto que los separa terminan coincidiendo. Ha ocurrido la metamorfosis en el libro. El sujeto hablante ha de volver al origen, a lo que pudo hacer visible dentro de sí y se tornó ‘vuelo’ mientras “El silencio corre por una calle de humo/ La sangre sonríe donde nace el abismo/ Así surge un huraño pájaro”. El poeta/beduino/caminante/fantasma hace un inventario de todo a lo que se expuso, así: “No sólo su instinto buscó el dolor sino la mirada// Mirada atrapada en una piedra/ Piedra en constante rebelón/ Tristeza y alegría hermanada en manos fantasmales”. Origen y mutación.

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Magma

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Callejón X
es un poemario alucinante. Escritura de múltiple ubicación espacial y temporal. Recuerdos/ acontecimientos/ vislumbres acuden a donde el habla de barrio los cita. Verbo malandro.  Nunca en la poesía venezolana (y latinoamericana) tiempo y espacio habían sido tratados de manera tan ílicita (en cuanto a la lingüística, dirán los académicos). Poemario sin la afectación retórica propia de la poesía de salón o recital, o la breve que se ha instaurado como estilo, por flojera o falta de calle. Antonio Robles asume una confrontación formal y su pisada es firme, su equipaje antilírico, antipoético, pero de distinta expresividad a lo que terminó siendo moda; eso sí, su decir no sacrifica el eco y la disposición en la página y la tonalidad propia de los beats. Callejón X es un atraco a sintaxis armada, contraria pues a lo que la crítica convencional suele determinar: poesía. Pero no es sólo maleante humo. dispersión gramatical. Hay una continuidad con su anterior libro Laberinto Beduino, pero a la vez anuncia un cambio y nos entera, así, sin pretensión alguna, que se trata de una ‘búsqueda’. En su primer libro. Robles puso su olla de alquimista marginal, plaquette que el mismo poeta no tiene empacho de calificar como “mal diseñada”, y que para un lector entendido esto no es más que un guiño, sin alarde. Es la realidad “arrebatada” del sujeto hablante que suelta las amarras discursivas, no sólo se libera de las consabidas modalidades de estilo, sino que incluso la puntuación ortográfica es violentada, puesta a prueba contra la pared de la página, se alternan las minúsculas con las mayúsculas, palabras se alternan en un lenguaje u otro, poemas de largo aliento y otros de brevedad media como flashes de película. Su autor puede desanudar los cordones de sus zapatos en la esquina (nos permitimos tener a ésta como margen del poema) y salir ‘pirao’ de todo lo que el establisment le pone por delante_ ese mismo poder opresor que le sigue a todas partes. El poeta/sujeto evita el tono y el entorno de la “poesía cursi”.  Va hacia o cumple en sí un acto libertario, toma distancia, aún en sus fauces, de la poesía vanguardista que, sabemos, lo es hasta que la tienta el afán de tradición que la deje al menos como ‘ruptura’ en los balances y las antologías que la avalen.

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Callejón X asume el riesgo de la exclusión porque precisamente es desde ahí que deja oír su voz. con la humildad del habitante del barrio y a su vez con el voy pa’ encima del malandro parido en su entraña. Poeta/malandro, armado hasta los dientes, armado de su apuesta. Así y todo, intento referirme a una poesía y a su autor. Es un disparo o una puñalada a lo convencional, una herida en toda la expresividad poética anquilosada antes y después en la Venezuela que Cabrujas llamó “país del disimulo”. y es de esto, del disimulo, que esta poesía se aparta, pues elige ser crítica, elige el humor y la ironía. El de Robles es un testimonio rebelde y revelador, válido para nosotros y para esa aldea que es hoy el mundo. Explosión otra en el ennegrecido cielo de la guerra. Nos dice Callejón X: la poesía no es para avalar nada. La voz de Robles es una sucesión y un suceder al que acuden otras voces, unas localizables como la del hampón de toda facha que camina a nuestro lado y otras no tanto, como el encapuchado de la protesta, o el espectro de quienes una vez tuvieron nombre: Whitman, Kerouac, Ginsberg, Bukowski,  Dylan. Marley. Cocker, y entre estos: Sor Juana Inés de la Cruz, lucecita al fondo del “barranco”. Sucesión de uno a otro punto del planeta: después de todo es un ‘viaje’. Coro puede ser de súbito Brooklin, o Manhattan, el Bronx mismo la calle que viene después de la esquina, el cine y sus estrellas, lugar extraviado donde vagan sus personajes vueltos Nada, y así, la extensión del templo interno de Mozambike a Zimbawe, del cálido Caribe al frío Ártico. Mundo en que el capitalismo ha tendido “una delgada línea roja”. Plegaria. Oración. Confesión. Callejón X. Una meditación a ojos abiertos. Citemos partes claves del libro:

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este poema está arañao/ igual que los cunaguaros busco sombras/ con un arrebato alucinógeno….

… que se vuelva sal y agua el lirismo cursi/ que se evapore la llorantina psicológica/ que se evapore el verso ñero/ de aquí en adelante el verbo es un pasaje terrible/ la poesía es un credo… (Prosa jíbara).

Me voy para quedarme/ Sólo para desaparecer reaparezco./ Me quedo solo para irme./ Estoy para no estar./ Es para irme que soy… (Huir).

A estas alturas deberías estar celebrando el ritual de un atraco celestial./ O ruleteando por las calles con tu fechoría Express… (Malos pasos).

toda alucinación es tenebrosa y clandestina/ ningún credo es un hecho terrenal… brujo profeta y poeta son la trinidad mística… (Trinidad)

Puta nuestra que estás en la calle/ no santificado es tu nombre/ ciudad nuestra vida nuestra/ al igual que el fantasma del norte de ÁFRICA yo también encuentro sagrado el desorden del espíritu… (Vida nuestra).

Un poema trinca es un alumbrado cuchillo de doble filo/ Cortará por el lado que se toque/ Y el poeta igualmente se desangra haciendo este tipo de poema… (Trinca).

… tremenda bronca existencial/ tremendo berrinche metafísico/… estrellón mío… Un espejismo en medio del desierto/ un vacilón poético/ una simple habladera de paja… (Espejismo).

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Fuego

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“Lo más importante es atravesar el fuego”,
dice el epilogo en lo alto de la puerta de Bronca City, el siguiente libro de Robles, fiel a sus modos expresivos, pero, al igual que el anterior, asoma cambios en su ser existencial (nada más transformador que el fuego. El poema inicial del libro lleva su mismo título, que tengo como el poema más arriesgado de la aventura poética de Robles. Queda abierta una mayor comprensión del sujeto y menos duda: a partir de aquí nos hará partícipes de una indagación más reveladora de sus móviles o referentes. A este poema le hacen eco, constituyendo una triada clave, cifrada: Prosa jíbara y Poema trinca.  Cierto que da cuenta en imágenes la huida de un perseguido, que aquí es en primera instancia un atracador de autos veloces, que no es poco decir, pero que va en sentido contrario a la velocidad de este tiempo. Imágenes que se superponen para hacer el poema todo. Esta vez el poeta beduino/maleante encuentra andando en sí, en su “torrente sanguíneo”, al poeta redentor/ maestro, o sea, el “malos pasos” no está exceptuado de un místico éxtasis (no religioso), aunque sea ese “proscrito, negado hace dos mil años”. Agotaría estas páginas si las llenara de citas provenientes de este poema que tanto me recuerda a Pound y a su hijo poético menor Ginsberg, y en que hay un pasaje que me lo hace creíble: “A los del ghetto la velocidad nos convierte en aves grises/ Tremenda bronca existencial tranzar con los cuervos de neón/ Deducir con exactitud cómo el futuro danzará con nuestros signos vitales/ Deducir – presagiar – ver más allá del presente/ Eternidad – eternidad infinita en toda su dimensión/ Mi plegaria es más impredecible que todo el surrealismo acumulado”.

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En El espíritu de Charles Lindberg, el poeta da una vuelta alrededor de sí para ver desde otro costado. Hundir el lápiz en el papel de la historia, volverla trozos porque es una historia de dominio, de perversidad encubierta en heroísmo. Aquí toma la voz (en espíritu) del piloto de avión que realizó el primer vuelo transatlántico sin escalas: “Nunca un viaje tuvo más soledad/ Un sueño de un segundo y daré contra el mar en una muerte segura”. Deduce: “¿Soy hombre o espíritu?”. El poema al padre o el de la casa tiene una sobresaliente tradición en la poesía venezolana. Hasta se puede decir –como dice un viejo amigo- “que no se gradúa de poeta quien no escriba un poema que valga el padre que tuvo”. Sabemos que a nuestro poeta no le interesa para nada la tradición, pero esto no quiere decir que no intente su poema: La voz del viejo, uno de los más excepcionales poemas al padre que he leído. Además, este poema tiene la particularidad de que pasa revista al más contemporáneo pasatiempo del venezolano: el béisbol. Se funden las dos voces la montuna y serrana del padre, y la calé o malandra del sujeto/hablante. Nos trae de ida y vuelta al terruño: sol/viento, arena/montaña. Pero deja a leguas la modernidad expresiva y asume la transmodernidad verbal, sin olvidar que tiene un pie en el patio trasero de la casa: “Un viejo fumando cachimbo en la ciudad de los invisibles/ Me ilumina tu oscuridad con elegía de chimú/ Viejo –toca mi hombro como ágil venado en matorrales de cristal”. En Cazador nocturno nos advierte: “Detente que el barrio de noche es un templo”. Sólo que no sacraliza nada y lo dice: “Propongo la misión “hembras para todos”. A la suma seriedad, broma o ilusión en estas lides de calle, hay que sumarle que el “vacilón” puede a su vez abrazar un estado de consciencia espiritual. Entramos en el poema Chamán de los muertos vivientes, aténganse: “Yo me río y me burlo de los exitosos/ Soy el chamán de los muertos vivientes de mi ciudad y de todas las/ ciudades del mundo…/ Yo me río de los poetas burócratas y catedráticos universitarios/ exitosos sociales con sus rostros pálidos por el efecto del aire acondicionado…/ Los exitosos tienen su status quo/ Y para qué coño la poesía”. Su burla a lo establecido, su ritual de plaza o esquina. Caigo. ¡Ah! por eso de que el barrio es templo, pero a su vez recóndita pregunta como la que hizo delirar a Hölderlin e indagar a Heideguer en el Ser. Alucinación/ delirio/meditación/ paciencia. La sombra, más que un trozo de oscuridad, más que la proyección de quien habitamos, es, parece decirnos Robles en el Poema del fantasma. Sedienta sombra en la calle, posesa y poseída: “Prójimo de asfalto y te voy a dar agua mineral”. El poeta intenta adherirla a su visión antes que la realidad la desintegre: “Cadáver en segunda dimensión y todo redentor llevas su cruz/ La eternidad se resbala en un segundo/ El silencio desata tormentas invisibles y el cordero del padre/ camina en el cuero de la vida/ Mi sombra –nuestras sombras- aterrizan en las montañas blancas en/ la frontera y el desierto se crispa en las venas/”. Sombra sí, no sin estremecimiento.

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Vagar con la poesía girando en la cabeza, a partir de una palabra o un sonido, de una presencia intuida o un recuerdo lejano, para Robles implica una parte significativa de su ars poética, y algo más: “En estas fechorías se aprende a transmutar el tiempo y el espacio físico”. El sujeto vuelve a aparecer en las calles del Bronx niuyorkino, esta vez en la figura del joker (El guasón, personaje del thriller psicológico), esta vez en el poema The Blue Drunk, que a su vez es un bar de mala calle”: “El Bronx me enseñó que soy un joker adimensional”, dice, ahí entre “chicas fáciles-tabaco-tragos-cervezas-sueños rotos”. Hago como si frecuentase el sitio, la noche misma que el poeta/sujeto se encuentra con Janeth en Black Cat Street. Lo demás es mejor dicho en versos quebrados por Robles: “Ella estaba en busca de algo – la acompañé al Blue Drunk/ pedimos dos cervezas y pronto ella me dijo hey poet/ ¿shalll we kill a bartender?/ No – no – el tabernero ya está muerto-, le respondí./ Los fantasmas no morimos dos veces- ¿entiendes?¨. Imagino la cara de Janeth, como la del cualquier lector, incluyendo la mía. Me digo, hasta la filosofía se da su pase por The Blue Drunk.  Robles ha recurrido al cine y a la música entre su irónica y ruda expresión, con una visión y modulación propia de “cinéfilo aficionado” y melómano inconforme. En Plaza oscura de 1986, a su vez que regresa a sus 21 años, ambas inclinaciones se fusionan. Trae a los amigos de ese entonces a tenderse en el suelo del desamparo y mirar qué dice el cielo como en la película aquella, mientras el sentido de estar al margen se lo deja, música de fondo, a la canción de José Feliciano: “Pueblo mío que estás en la colina tendido como un viejo que se muere”. En Tiempo no me dejes, estamos ante el punto de elección de quien escribe y su propósito, para recalar en Esquina del gato negro, que es algo así como el animal que se crispó en su visión y se adhirió a su piel, que lo lleva y trae en su plegaría, cántico o blasfemia que dirige a la noche: “Convierte en armónica danza las pisadas de los choros/ convierte en besos angelicales cada palabra de cada puta…/ Hágase tu voluntad espíritu de la calle y convierte en sacra música/ los disparos de la noche…/ El Caribe es el templo de un chamán cósmico…”. Luego de llevarse lejos, como sólo lo hacen las películas de exigente trama, o el propio ‘viaje’, nos lo dice: “En poesía soy apátrida”. Que es más que “un Sí y Qué”. Subviviendo, Si no es trinca y Diáspora, son poemas que se pasan el testigo como en carrera de relevo, o como los choros en huida se pasan lo atracado, por lo que tres versos de cada uno, en la meta o la guarida, vienen a ser su insistir, su no perder de vista las claves de su verbo: (1) “Subciudadano/ Subser-subpaís donde encontrarse con un chamán callejero es una rareza…/ (2) “Si no es trinca el poema es estúpido ¿no crees?”/ (3) “El cuchillo de la poesía borrará del mapa para siempre a unos cuantos…”/. En Poema homicida ¿dónde podemos localizar el cadáver? El poema se ha salido de la página, borra la evidencia, aunque las huellas estén: “Yo la maté pero ya no recuerdo su nombre…/ Vi al que voló sobre el nido del cuco- en otra vida leeré la balada del café triste de Carson McCullers-/ y luego salí a la calle huyendo y detrás dejé el cadáver – la sombra muerta de Mari-Juana o Noemí”.

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El tono de crónica no deja atrás a la poesía. Nos entera que no es sólo mera invención literaria, que el juego verbal al que apela con humor negro no es simple rima alocada. El poeta hace uso de la física cuántica, sólo en sentido profético para descomponer lo que se nos vende como ciencia. En esto Voyager Crazy Horse ahonda: “Y cuando me detuve a meditar y sentí que la fórmula de Einstein/ venía hacia mí y los brujos galácticos se evaporaban al margen de los satélites y la Internet”. El callejón jíbaro, el Callejón X está y estará en todas partes del mundo al que va y llega con su juego-fuego a prender candela a lo abominable. (Tkill(ero): “Aurora a tu cuerpo le llegó la hora”…/ 90 grados de alcohol – qué bello dolor…”. La canción del viejo bar es un poema emblemático de Bronca City, conversado y cantado: “Brindo con silencio mi homenaje triste”, se oye la voz de Tito Rodríguez. Sucede el encuentro con una mesonera presta a vender su “fondo de cultura económica”. El poeta, el flaco y solitario de siempre, se las ingenia para proponer: “Oye nena – yo sé que lo tuyo es blazer último modelo- ¿pero hoy no puede/ recorrer las calles de tu piel un Fairlane modelo 70”, y en el siguiente verso, ella responde: “Bueno – si te bajas bien bajado  – de la nube- Fairlane catanare”, para que el flaco diga, dándoselas: “Ok le dije- Dodge Explores es tu cuerpo entonces”, cobra sentido, raja por el medio el silencio mismo (con el filoso cuchillo de la poesía) que la voz del son evoca. Es fuego, puro fuego, dije ya. El poeta vuelve a disparar a su blanco, a lo aparencial, a lo establecido. En Bienaventurados nos dice “Porque en las calles del barrio hay más poesía que en las frías/ oficinas de los poetas burócratas (estamos en 2007)”. Mundo acuático se reparte las aluciones al cine y a Kerouac y a Bukowski, acaso para que no desentendernos del hilo que trae y viene a dar al oceáno y cuya punta estuvo ya anudada a la puerta del laberinto. Recodad: una vez fue Ken Kesey en Atrapado sin salida. “Y me extasío con las exóticas sombras que vienen desde ciudades lejanas/ a la intrascendente costa del Caribe/ a traer renos luminosos y abrigos glaciares/ que congelan el odio a la prisión del establishment en esta parte del mundo”, concluye con Prisionero.  El laberinto, de nuevo, pero ya no es el sólo de arena, es la prisión urbana donde se vive a merced de luces y pantallas que distraen. El status quo no deja de jugar su propio game. Avistamos a Kerouac y su itinerario en el camino, al Buko, putañero que prima el vivir por sobretodo, o bien (digo yo) el Breat Easton Ellis y su realismo sucio desmitificando la riqueza/pobreza de la ciudad que rasca el cielo. O sólo él, el flaco poeta hundiendo su dedo en el ombligo y oliendo podredumbre que nos roe. Así se forja el hierro en el fuego. Solitario a prueba. ¿Iniciado?

 

Silencio

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El consejo de los brujos, del cual Robles incluyó una muestra en Huyendo al Sur, Antología poética publicada en 2014, son poemas inéditos que sostienen diálogo con sus libros anteriores. Aquí precisa ya que quien escribe es iniciado. Y es que en principio los chamanes le dijeron que atendiera al silencio, y aquí, sólo aquí, ha de confirmarlo: oír de su silencio que es su fragmentación: beduino/ maleante/ solitario/ poeta. Alguien que atendió una voz, un llamado. Un iniciado cuyo templo es la calle. Tal confirmación la recibe en la estación del metro de Antímano, en la noche más sola con su sombra a cuestas, sombra “con mirada de plegaria”, sombra llamándole: ven a saber, ven como sino supieras que se trata del saber del espíritu. Confirmación a partir de una pregunta: “Tú – ¿poeta?”. Y en su adentro la más preclara respuesta: “Sí -y jefe de una banda de chigüires azules/ Y sacerdote de saruros esquizoides/ Y habitante del barrio de la melan-colía/ y socio de los alérgicos al éxito…// ¿Ciencia ficción… ¡Un milagro?”, se dice como quién no se lo cree, y es que si lo cree le estaría jugando una al silencio. Intuye que la revelación no llega, ha estado: “Y………… yo eterno aprendiz de brujo”. Puede sonreír porque toda confirmación es volver de la muerte, fantasma/ desandante/ resurrecto que ha andado y vencido la oscuridad, que se hizo chamán en su soledad. Soledad que le enseñó a no negar nada, pero igual a ‘apartarse de lo que nos niega por imposición del poder de lo establecido’.

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Gran Misterio es poema bisagra, sostiene un antes y un después en el ahora de l poeta: primero_ el reconocimiento, el estas son mis cartas: “Waka Tanka- Dios de Black Hill- percibe lo que he dicho-/ he renegado de mi país –de mi ciudad- he renegado de mis/ costumbres –de mi época- he renegado de mi idioma/ Mi verbo está alienado –transculturizado- inundado de exotismos”. Y segundo, el “viaja, viaja y no te arepientas” insitente de Kerouac, en él, en Robles, en forma de oración particular: “Más allá de las aguas grises/ Las ilusiones ópticas y los Gipsy Kings caminando conmigo/ por las calles de Montpellier- manouches- manouches/ nos alejamos en medio de la neblina/ UB40 le canta a Sudáfrica”. Dije era un poema bisagra, sostiene a partir de él todas las puertas que nos abra el libro. En la ranura de su claridad, el poeta iniciado se dice “Me anticonfieso”. Está en meditación ante el espíritu que lo habita, se ha vaciado de todo apego. Pero, como dicen, la vida es la vida y uno debe seguir la corriente. Sólo que el poeta/ iniciado si bien revela se rebela en el poema irónicamente titulado Y uno sigue la corriente, de versos lapidarios, cortantes: “Aplaudir en lecturas de aprendices de lírica y malos poetas/ Observar reverencias  a “consagrados” que son tan buenos en/ literatura como lo es un asesino en serie con el prójimo// Este es mi país/ Este es el cáliz…// Ya no jugar al intelectual me hace falta leer la Biblia y el/ libro de autoayuda Como Hacerse Rico En Tres Días/ Cumplir el mandato del maestro “Haced esto/ en conmemoración mía” Escuchar “Nel blu dipinto di blu” No asistir a eventos de académicos y burócratas// El primo Cheo campaneando en la esquina/ Y es que el puro instinto aleja la corriente”.

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En Escribir……te y en Conjuro de Derrota, parece separarse de si, pero ello es sólo aparente. Escribir…..te ¿Se pronuncia a la poesía?: “Escribirte un poema de sombras que/ iluminan árticas tundras…”. ¿Se dirige a la mujer anhelada que ha sido todo y nada igual que él en el camino?: “Sembrar…..te amapolas y entonces ceremonias somníferas”. En Conjuro de derrota, el poeta medita, se asoma por el hoyo que no termina de cerrarse en su paisaje interior, inclinación que lo visita, que está más cerca cuando está más lejos: “Un destino pisó mal y rodó una vida/ Un paso que no está cerca de una plegaria o del/ Cristo de las profecías”. Esto no es poco y para lo cual sólo tiene un conjuro. “Entraña lo que siendo danza en el alma atrae con/ piedad subyugante a los parajes de la muerte…// Hermosa y creativa es la derrota de hoy…// Casualidad que hoy que quería vivir un/ poco – pero un conjuro de derrota me envolvió”. ¿Lo envolvió de qué? Supongo, sea día o sea noche el aceptar lo que nos derriba, supongo que a nuestro poeta lo envolvió de Claridad.

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Llegamos a La Ciudad de los perdedores, poema que nos vuelve por dónde venimos y nos lleva por donde vamos. Accesible por vías contextuales: memoria histórica global; sueños proclives o recurrentes; presente inconcluso y sus señas de identidad; denuncia imperecedera; sujeto omnipresente/ omnisciente. Melodía audible y visible. No en vano el epígrafe de Joaquín Sabina: “Esta es la canción de los zapatos rotos, de la gente del montón”, hace referencia a los excluidos de la tierra. Ciudad sin nombre: de todas partes y una sola. Para los de este lado del mundo puede, así y todo, no ser difícil ubicarla: “Por su puerto fantasmal salieron los voluntarios que desembarcaron/ en lejanías como Okinawa, Iwo Jima, Normandía, etc…/ Algunos no volvieron –Sir Walter Raleigh diseñó este puerto”. Puede ser Coro y su puerto: La Vela, por donde vino Occidente al Sur. La mutación sigue ocurriendo en el ‘viaje’ y el traspapelar de la historia no deja de ser para el poeta una demanda. La plaza, el boulevar, los bares, no son muy diferentes en toda “la bolita del mundo”. Pero, el punto de incisión del poema, creo, está aquí: “El fracaso que danza en sus calles se diluye temporalmente/ ante los conjuros que acompañan a los fantasmas vivientes/ La tristeza callejera se evapora ante los gurúes que/ extravían el anti-tiempo de esta ciudad”. Un ritual de perdedores. Cada lugar toma nombres de los “rebeldes sin o con causa”. “Anti-himno/ Anti-oración”. Escuchemos al poeta intentando definirlo (a) variando el principio: “Laberinto nuestro que estás en la tierra…../ La luz del final del túnel…… las palabras/ del apóstol del “I have a dream”/………… Gracias al Todopoderoso…… Al final seremos……”.  Los puntos suspensivos se alargan como pasos sucesivos del caminante, y concluye: “Esta ciudad tiene muchos nombres y uno de ellos es/ La ciudad de los perdedores”.  Se me revela, lector, que este texto junto a Prosa Jibara, Poema trinca y Bronca City, hacen un cuadrante: enlace existencial y escritural de Antonio Robles, puntos cardinales de su poética.

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Nostalgia luminosa, La más bella bantú, Yo la vi convertida en oración y El paso del fin, nos dan noticia de que: “Este anti-arte nos resucita al tercer día”/… que hay que seguir a los chamanes purpuras por los senderos del sur”. El sujeto-hablante lo sabe bien por si a la crítica se le ocurre ficharlo como hacen “los cuerpos de inseguridad” con los maleantes, o las religiones con quienes no prueben su bocado, advierte: “Epa, esto hay que pararlo aquí./ ¿Qué tan ridículo es filosofar en poesía?/ De vez en cuando hay que alejarse de la tierra”.

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Post Scriptum:

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En hebreo antiguo meditación es “susurro audible”; en budismo zan se tiene como “escuchar la voz del silencio”; en zuni o en yoga africano implica “limpieza física y emocional”, en ritos ancestrales se da como “danza adentro y alrededor para conjurar”, o librar de lo que atormenta y se suele acompañar de tambores. Si se ha ido con Robles (desde la lectura) en su ‘viaje’ andante “a paso ligero”; si se internó en su decir (y habla), puedes tener que nada de esto le es ajeno. Ahora, cómo es su resolución de tal realidad/ imaginación, es donde nos revela la autenticidad de su aventura poética.

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C.

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César Seco.
Coro, Venezuela, 1959. Poeta, ensayista, bibliotecario. Autor de una reconocida obra poética: El laurel y la piedra (1991), Árbol sorprendido (1995), Oscuro ilumina (1999), Mantis (2004), y El Viaje de los Argonautas (2005), reunida en la antología Lámpara y silencio (2006), publicada por Monte Ávila Editores Latinoamericana. Posteriormente publicó El poeta de hoy día (2013) y La playa de los ciegos (2014). Autor también de los libros de ensayos: Transpoética (2008) y El hacha flotante (2017), y el de relatos: Los colores del cielo (2013). Premio II Bienal de Literatura “Ramón Palomares” y de varios premios regionales y nacionales. Ha participado en diferentes eventos internacionales, entre estos el Festival Mundial de Poesía de Medellín (Colombia), la Fiesta Internacional de Poesía de Porto de Galinhas (Brasil), y la Feria Internacional del Libro de La Habana (Cuba). Fue miembro del consejo de redacción de las revistas IMAGEN y POESÍA. Fundador y director de la revista OIKOS, Premio Nacional del Libro, mención publicaciones periódicas (2004). Fundador de la Casa de la Poesía “Rafael José Álvarez y de la Bienal de Literatura “Elías David Curiel”.

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Antonio Robles. Coro, Venezuela, 1964. Poeta. Integrante del taller de Escritura Creativa que coordinó el poeta Juan Calzadilla en la Casa de la Poesía de Falcón, en el año 2003. Representó a Venezuela en el IV Festival Mundial de Poesía celebrado en mayo de 2007 en Caracas. Ha publicado los poemarios Laberinto beduino (2003), la plaquette Prosa jibara (2004), Callejón X (2007), Bronca City (2012) y la Antología poética Huyendo al Sur (2014), que contiene un poemario inédito titulado El consejo de los brujos. Poemas suyos han aparecido en revistas y blogs digitales en diferentes países.

La imagen que ilustra esta publicación es el detalle de una obra realizada por el artista venezolano Martín García / Yeyo

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