Aprehensivo ojo de un decir

 

César Seco

 

La relación que debía mantener con la poesía su hacedor era una relación de aprehensión; nos dijo el poeta Rafael José Álvarez en su biblioteca polvorienta a un grupo de jóvenes en la ardentía solar y solitaria de Coro a finales de los ochentas. El poeta hacía un gesto muy suyo, contentivo éste de una poderosa inhalación de aire: un abrir de brazos y al mismo tiempo extendiéndolos alrededor posado sobre la punta de los pies. Esta figuración anclada en mi memoria vuelve a visitarme al leer las páginas de la Antología poética de Miguel Antonio Guevara.

De Hay un ruido que se escurre por bajo las puertas (2009), a Ese instante turbio (2012), se nos revela en su escritura un ver aunado estrechamente al decir de la palabra, pero más una aptitud decidida ante el instrumento. Una aptitud de contención que evita el derroche metafórico. Por esto sus primeros intentos devienen en una poesía despojada de lujos verbales. Se podría decir que se desprende de toda adjetivación, pero el adjetivo ha de aparecer sólo cuando la imagen desea ser ampliada en el contexto, no separada de éste.

Aunque se trate de poemas breves, no está atada esta escritura a cierta inclinación en la poesía venezolana a una brevedad arraigada ya a desde los setentas, que sufraga más con el silencio y la espacialidad figurada en la página. Y cuando digo no atada, me refiero a que no está ceñida de palabra a ese decir sugiriendo donde la imagen se encarga de ello, sea por evidencia o por auscultación. Esto parece haberlo sobrellevado el autor en un libro, un entreacto, un lapsus, llamémosle así, acaso conflictual, al que dio título: Pensando el poema (2011), del que por confrontarlo salió librado. Creo que Miguel Antonio Guevara ha encontrado un lenguaje, digamos mejor un modo expresivo particular para el que se siente requerido: el de un observante-pensante-hacedor. Esto lo digo en plena conciencia de que se trata de un poeta en plena formación y de una obra que promete mayores revelaciones o asombros.

En su condición, Guevara percibe el ser y el decir de las cosas, tanto en su fugacidad como en su permanencia desde un sujeto que trasciende el yo para ir en búsqueda del tú. Quiero decir con esto que asume su existir en el poema como la de un observante aprehensivo, en el que visualidad y hacer entrelazan verbo y pensamiento filosófico, contrastado con una sencillez en el decir que da indicio claro de madurez. Sabemos de su atención y dedicación a las artes visuales como artista del collage y su constante y profunda contribución al ensayo crítico de la última década en Venezuela.

Otra característica que apreciamos en esta lectura pormenorizada de su creación, es lo que no podemos evitar señalar como logro. El cuidado expresivo, la limpieza verbal. Sin tener noticia de cómo obra; su escritura nos da indicios de que sopesa cada palabra, creemos. Y es que Guevara se revela como un riguroso equilibrista que sabe caminar sobre una cuerda móvil y que evita ceder a toda tensión o exceso. Pienso que, tal vez, en conocimiento de lo que significado y significante representan para el lenguaje, no se conforma con la emotividad sola que pueda brindar el instante del poema, sino que aspira a una significancia. Sí, algo que, en su todo, pueda consustanciar sentido y contenido, advertido de no valorar cualquier etimología impositiva del lenguaje mismo o de las “modas literarias” por sobre el ser de la poesía, por sobre su misterio.

A partir de Paciencia y barajar (2013-2015), el poeta va a ampliar su registro, tanto en el cúmulo perceptivo y el imaginario de su hacer como en la actitud hacia el lenguaje como instrumento crítico, tanto revelador como cuestionador. Pareciera ya no estar vagando en la interioridad personal sino que va tras el ansiado viaje hacia un lugar mítico de su consciencia (Lícua, puede llamarle), lugar que lo conecte a un afuera localizable, a un todos, y éste, ha de ser expresado, poema a poema, con sus variantes, no como la Ítaca legendaria, sino como un espacio intuitivo, y que, incluso, de lugar a la duda y a la contradicción, propias éstas del pensar. Un hallazgo que pide antes de ser detentado ser escudriñado, nos parece decir sin expresarlo directamente. Esta vez sí, poniendo a riesgo el sujeto, el hablante de la experiencia. Una casa interior que ha de erigirse sobre la fragilidad del ser, aceptarla en el ir y el devenir, para levantarse como casa exterior, movimiento inverso éste al tan dado alrededor de la casa del poema y dentro de ella: “Esta casa abre camino a otra casa/ porque es un árbol que canta”. En una exclamación recoge en un solo decir que, en la conjunción se erige el Ser, no en la disociación de los elementos que le circundan.

La escritura aforística se fusiona con la aspiración a un registro mayor que sume vivencias y entorno, y ésta, parece encontrar ese umbral en la crónica, en lo sucedáneo expectante. Y esto, no obstante golpetear la vida con las herramientas íntimas y no saberse solo: “Cada hombre/ por pura terquedad arranca su manzana, / ignora los oráculos, / tose a solas, / intenta descifrarse”. Vislumbramos al poeta en posesión de su casi nada y en su desposesión de su casi todo: “Procura aprender cantos de la antigüedad. / Mientras anochece/ conversa con sus dragones, / sus máscaras, / sus señuelos de fuego. / Cada hombre es un ejército”.  Se trata ya de quien escribiendo ha aprendido a borrar. Entonces, la crónica, no es sólo registro personal o bien, para serlo, pasa a ser también de la ciudad, de sus habitantes, de sus allegados, una escritura que busca ya el paisaje, la tierra prometida.

Todo este registro, un hacer que va a ser ampliado. Los poemas ya no son tan breves, incluso se podría decir que son de larga duración, por lo que la exigencia pasa a ser mayor, tanto en la elección y conjunción de los temas, como en, esencialmente, su elaboración. Un poeta, viajero de sí mismo y del exterior, avistamos tras ese lugar mítico; expresado, insistimos, no como una Ítaca de la que se espera todo, sino que, a sabiendas de que, por ser el lugar detentado, debe ser escudriñado con antelación antes de partir hacia él, desde sí mismo y a lo que se va será siempre algo por develarse. Ciertamente, no es un regalo de los dioses, algo a lo que, si bien puede como Odiseo responder con un ardid, elige remar entre tanteo y trato, y entre los “que es difícil permanecer en silencio”, se dice. El obrar, el hacer poesía con el mar de la realidad y sus incesantes olas por delante, pasa y cobra facturas de todo tipo. Un lugar del que siempre se estará saliendo y llegando sin afán alguno de certeza. Digamos, una casa interior que figura la exterior, movimiento inverso al que se ha dado con frecuencia en la poesía venezolana. “Esta casa abre camino a otra casa/ porque es un árbol que canta”. La casa escrita puede entonces erigirse por fuera y por dentro a un mismo tiempo.

Llegado aquí, acaso consciente de que el viaje apenas se inicia, comienza a tomar lugar en el cuerpo del poema, entre la escritura aforística señalada, una escritura ágil, repartida entre imágenes insertas y resoluciones dubitativas, afirmaciones o preguntas que el silencio arrastra desde el pensamiento creador. El poeta ha aprendido a borrar escribiendo y a escribir registrando, buscando como siempre no excederse. La crónica es un magnifico recurso del que se vale, pero cuida de no naufragar en lo anecdótico. Aparece con mayor nitidez, como fotografía que no se ahorra los planos, del campo a la ciudad cambiante (Armagedón de hierro y cemento), sin separarse de la que lleva consigo, la de los habitantes, la de sus allegados, vertida, licuada, fusionada en paisaje múltiple, y éste, antes que todo, siendo ser. El lector entra en cuenta de que al poeta ya no es la escritura en sí lo que le importa. Se tiene a sí mismo para ello. La mirada ya no está puesta en el puerto de regreso.

Lo dije líneas atrás, se trata de una poesía que no teme a los riesgos, sólo que, sabe hacerlo con afinada contención. Pudiera decir que es solo atrevimiento, si la misma lectura no nos percatara de que tras de esto está alguien que no responde a un lenguaje artificial, y sí alguien que trabaja con el habla sin abusar de ella, decires, slogans y hasta lugares comunes, verdades y supuestos de su contemporaneidad viviente y vivida a día aparecen a lado y lado de la escritura, pero Guevara sabe encontrarles sitio en el poema; puede hacer de ellos: “un signo de puñado para describir/ estados de angustia y tensión”, se cree y se descree sin llegar a arrojarse por la ventana del desvarío. Todo esto nos lo hará leer, sentir y desde luego que, aceptar o revocar, la sección Tres postales distópicas (2015-2017), del que a mi parecer destaca el poema: “Para desarmar un muro”, que contiene los elementos que señalo. Imagino que ha podido ser una catarsis creativa para su autor. Llegados aquí, decimos, acaso nos espere una mayor experimentación y con mayor insistencia sobrevenga la rotación y desintegración de las palabras y los versos, aunado al ya presente del espaciado entre blancos y escritura (recurso del que también ha abusado nuestra modernidad poética más reciente), o tal vez, el poeta vuelva a recoger su voz en cuanto al registro ampliado, no así en su puntería.

Cuestión Caribe (2017-2018) es un llamado al que se responde, como si fuese éste una exploración debida. El poeta trae ya al cronista, al relator, vuelve a las huellas del origen, sólo que ahora que deben predominar en su registro, en esta especie de bitácora o poema extenso el hecho de precisar en su escritura factores que definen una identidad de la que él es parte. Digo factores y digo en verdad: lo ancestral, la tradición, costumbre, religiosidad popular, habla, decires propios de una territorialidad a la que se pertenece, enmarcados todos en el mayor rasgo, que no es otro que el de la historia que nos contiene, para la poesía llamémosle proceso vivencial y que, al poeta, solicita su pronunciamiento, le conmina a que nada de esto puede quedar fuera de su mirar y su decir, como uno solo.

Cuando dije exploración, por supuesto, me referí a que se emparenta este intento de Miguel Antonio Guevara con lo que tenemos por poética del decir, no así con lo que reconocemos como poética de la cotidianidad. Pero lo verdaderamente interesante es que logre sostenerlo como un canto épico, donde revelación y denuncia se entrecruzan. Canto prolongado de confirmación y de reafirmación de que la voz que venimos siguiendo está para apuestas mayores, pero que antes de dar el salto necesitaba cumplirse, asumir la voz de rescate que otros poetas de su generación esquivan. Necesitaba volver al curso de la fuente y, aunque las aguas ya no fueran las mismas, nadar y no dejarse arrastrar por sortilegios. Necesitaba no separarse del balancín de la memoria y desde el columpio de la historia abrir su ojo a hoy.

El bramido de los acantilados (2018-2019) es ya un indicio de ruptura, aunque sus preocupaciones vitales permanezcan. Digo ruptura escritural. Una señal es que no escuchamos su decir al ritmo sosegado al que nos había acostumbrado el oído sus anteriores libros. La ruptura es de tono, sónica, gramatical y desde luego, estructural, porque a pesar de que Guevara va a ensayar con una forma con antecedentes varios y distintos logros en la poesía contemporánea, lo va a hacer a su manera porque ello implica la razón de su ruptura: la rebeldía del joven que es y, el no conformarse con lo alcanzado. El poeta opta por el riesgo una vez más y acaso anuncia así lo que vendrá o lo devuelva al silencio, propicio éste a la evolución no al estancamiento, al repetirse en una fórmula.

El poema inicial nos lo advierte: “Esta imagen puede ocupar la humanidad en estos cálculos/ estas permutas sin sostenerse este tren con música lleno/ de gente es otro extrañas a tu igual y no sabes/ que decir si acaso sabes qué decir/ tiene que ver con hacer…”. Todo va a transfigurarse por efecto de permuta, tal como desde ya nos entera, la descripción o la aforística cede lugar a la figuración, como una cámara de cine a registro de la velocidad del trayecto; pero permanece lo aprehensivo, advertí, ese no dejar que las cosas se le escapen de la mirada, sólo que no es ya la descripción lo que reclama su atención, sino el cómo puedan conjugarse las cosas y los hechos en un acto: la conformación del todo en lo posiblemente dicho. No teme el poeta que se infiltren los actores y factores de la posmodernidad intrincada y vacua que le ha tocado vivir, porque a ella responde como severo crítico de sus signos y señales: el caos, su manifestación diversa; la duda, el no saber que todo lo probable, lo dado como cierto, puede ser lo contrario; en sí, el tránsito del existir.

Parece muy bien Miguel Antonio Guevara haber asimilado aquello que el poeta Wilfred Owen dijese a un latoso periodista y luego le serviría para prefacio de sus Collected poems: “Todo lo que un poeta puede hacer hoy es avisar”. Sí, pero estemos claros, no como narrador de los titulares del noticiero, sino, tal vez como el iluminador, el que enciende el bombillo en el cuarto oscuro del desastre. Agotado el tiempo en que las ideas pretendieron sustituir a los misterios y las verdades, lo primero que debe alcanzar esa luz es al mismo poeta para en su decir alcanzar a otros. Somos como polluelos intentando romper la cáscara y lo incomprensible es parte de lo comprensible que nos hace arrojar la máscara, la apariencia. Dice: “… respondí ante lo inútil/ como ya ni sé/ en qué parque ir a llorar a qué plaza/ silencio ya ni sé quien sostiene/ el habla ya ni sé un momento por favor/ que yo también tengo voz”.

Se abre pues un paréntesis en medio de la duda y la afirmación, en la ligadura y disolución de las palabras, prescindiendo de los signos de puntuación, renunciando inclusive a modos tan usados en la versificación libre, pues, en los intersticios del caos, lo que se busca es la claridad: “nada tiene sentido si rechazas lo hecho”, nos dice entrelíneas Guevara y, pienso, pareciera ser esto más una auto referencia que una predisposición. Que hay una historia detrás, sí, ya lo hemos señalado. Sólo que antes de ello hay una tierra, un paisaje, un acantilado, una y otra orilla de la que vienen las imágenes, lo que viene y se va, lo que va a estar despidiéndose sin nunca irse del todo. Localizamos los ecos familiares: ¡ay! Gelindo, ¡ay! Luis Alberto, ¡ay! Teófilo, ¡ay animal nombrado!. Caballo-niño después de todo viniendo de ello, de lo que se lleva inscrito en la memoria y toma cuerpo y pasa por las ventanillas de un tren: ¡ay! árboles que son hombres caminando, corriendo como recuerdos impostergables; ¡ay! dolor apacentado en la mujer y su bolsa de pan; ¡ay! auspicio de lo que se es y de lo que se va encontrando: la vida con su grito y con su silencio a expensas: “esos dos amigos de las palabras”, precisa el poeta. A la vuelta de cada poema, nos reconocemos uno y tantos en los pasajeros de ese tren, “pero no debería confundirnos”, nos advierte en el verso más callado, el que no quiere pasar como verso, sino, apenas, susurro, eco.

El habla de un país está aquí. No reconocerlo es no hacernos responsables de la lectura que hemos hecho. Reconocemos a un poeta atento a la tradición que le precede, pero también, al poeta que ha puesto todo el cuidado de no imitarla y que su escritura misma conlleva por esto una crítica implícita a esa misma tradición. El léxico del cual se hace Miguel Antonio Guevara su arma más conflictiva, es por igual la más definitiva porque señalando roturas y costuras de una posmodernidad agonizante, no por ello renuncia a su identidad a expensas de cualquier tentativa literaria hoy globalizada. Y hay una zona de su escritura donde nos lo deja más que claro, latente: “el país se rige con candela para que se vaya el pasto malo”. Y cuando dije paréntesis, quise referirme también a que este es un libro que no se cierra, es un libro que llegado al poema final queda abierto. Esta, es solo una lectura posible de las que merece hoy y merecerá en el devenir.

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César Seco. Coro, Venezuela, 1959. Poeta, ensayista. Miembro de la redacción de POESÍA, y de la directiva de la revista IMAGEN, del Centro de Estudios Literarios Rómulo Gallegos. Ha publicado los libros de poesía: El laurel y la piedra, (1991); Árbol sorprendido, (1995); Oscuro ilumina, (1999), Mantis, (2004), El Viaje de los Argonautas y otros poemas (2006), Lámpara y Silencio, Antología poética, (2007) La playa de los ciegos (2014) y El poeta de hoy día (2014). Por El Viaje de los Argonautas obtuvo el Premio Nacional de Poesía de la Bienal Ramón Palomares (2005). Colabora en diversas revistas digitales, entre ellas Agulha (Brasil), e Híbridos (Venezuela).

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Miguel Antonio Guevara. Barinas, Venezuela, 1986. Escritor. Sociólogo, maestrando en filosofía. Publicado y premiado en narrativa, ensayo, poesía y periodismo en Colombia, Venezuela y Suiza. Su nouvelle Mahmud Darwish anda en metro (El Taller Blanco Ediciones, 2019) recibió el
VI Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo». Los pájaros prisioneros solo comen alpiste (LP5 Editora, 2020) es su novela más reciente. Escribe mes a mes su columna de crítica Postales distópicas en el portal MenteKupa y es autor del blog Cuaderno Hipertextual.

 

Este ensayo es el pórtico de Mudable Antología Transitoria 2009-2019, una compilación de poemas de Miguel Antonio Guevara de próxima publicación en la Colección Poesía de Ediciones Madriguera.
La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Jhonnatan Suárez

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