Apuntes alrededor de un sistema nocturno

Acerca de Animal de bien de Pablo Seguí

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Gabriel Pantoja

 

Es una tarde de invierno y es un día muy sábado y hace un año, un día que había sido muy martes o jueves, por la mañana me llegaba a la librería Dylan (Provincia de Córdoba, Argentina) y adquiría Otro verano y éste  de Pablo Seguí. A la tarde, de ese día muy martes en pleno jueves, sentado en el sofá que durante tardes enteras me quiso mirando por un ventanal, escribo no sobre el libro, escribo no sobre la inútil estadía de alguien mirando la nada de un ventanal, sino escribo sobre la felicidad, el leve estado de gracia flotante y corpórea que me había quedado como efecto de lectura de del libro. En lo que escribí hablaba sobre una casa con rejas donde un árbol hacía madurar relucientes mandarinas, había un hombre que fumaba, echando un humo ennegrecido mientras pensaba —tenía el gesto de pensar— como si fuera él una canoa con un determinado sistema de navegación que flotaba en un río que era al igual que las mandarinas líquido de luz. Ese era el espacio en el que Pablo se movía; ese hombre ejecutando movimientos de navegación, era Pablo. Ya entonces veía que a partir de Otro verano y éste, el poeta que escribe uno de sus poemas bajo el título «Serenidad», hacía una lectura del tiempo; entonces había un antes y un ahora. Un efecto de nitidez en lo tardío convierte al «presente en ciervo gozoso que la vida paciente aposentó para después hacer que se acercara».

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Puedo notar cómo recae tan pronto un acento luminoso en ese «después», no el demasiado después que viene a la conciencia al modo recriminatorio de un juicio más o menos severo sobre lo que se hizo o no se hizo, sino aquí se trata de ese después conciliatorio, propio del que sabe mirar lo que hay ahí, despojando al presente («ahí») de los pretextos e imperativos que lo separan del mundo concreto.
Llevado por ese ánimo donde el después deviene unidad reconciliatoria, encuentro un año después ese texto que escribí y que eran apuntes sobre impresiones que Otro verano y éste había producido en un día muy jueves o martes y las compartí bajo la forma de un casi poema, en Facebook, dedicadas a Pablo.
Esa misma tarde Pablo me escribe y dos sábados después estoy en su casa
—veo ahí las rejas, una breve distancia que separa el jardín de la avenida, veo las relucientes mandarinas, veo la mesita chica bajo un foquito de luz— estoy en su casa enterándome y reviendo, de paso, su siguiente poemario: Animal de bien.

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Es una tarde ociosa. Eso quisiera. No. No es ninguna tarde ociosa sino una tarde turbulenta con cuatro niños corriendo por el living comedor de mi departamento, ahí donde tengo el inútil ventanal. Ya he vuelto de la casa de Pablo y algo pasa que consigo retirarme de la sala turbulenta y en la cocina, en una mesita muy pequeña, solitario bajo un foquito de luz muy pequeño también, entro en Animal de bien.
Leo: «Sufro, como Novalis, con ansiedad las horas y el movimiento en las calles, afuera. Pero al llegar la noche, me pacifico»dice el poeta.
Ya quisiera decirle que yo sufro el movimiento de cuatro niños corriendo por el living de mi departamento y espero la llegada de la noche que me pacifique. Pero entonces empiezo a comprobar que, además de un diálogo que estoy teniendo con el poeta, esto de aspirar a la pacificación o al menos referenciarla me predispone a un estado que no vacilaría en designarlo extraño, prontamente extrañado. Un extraño estado de bien voy a decir.
Nota mental: lo que ha logrado una vez más Pablo es un efecto flotante y corpóreo de extraña serenidad que, para decirlo con total nitidez, me perturba. Este no soy yo.
¿Ha logrado el poeta por unos minutos que entrase en su sistema nocturno, en su cámara secreta, en el umbral de captación de un jardín invisible que colaboro súbitamente en cuidar?

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«Sufro, como Novalis, con ansiedad las horas y el movimiento en las calles, afuera».
Es el poema que abre el libro y ya ahí vemos el animal de bien. Este primer poema se titula «Antes era distinto». Si en Otro verano y éste se entreveía un corte sobre la línea temporal, bajo la impresión de haber habido ahí una experiencia que solo un tiempo después consigue hacerse escrita, Animal de bien ingresa nuevamente por ese umbral: su presente también es ciervo gozoso que la vida aposenta para después relumbrar en la memoria al llegar la noche.

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Es la noche. Va a ser la madrugada.
Ahora. Otra vez. Yo puedo decir con Pablo que «el libro (Animal de bien) me atrapa y, a la vez, evalúo las formas de ese embrujo.»
«Ya son casi las cinco. Pasan caminando unos pocos, rumbo seguramente al trabajo. Leí. Casi como tres horas y ahora escucho música, sereno de mis gustos».
Efectivamente el poeta está despierto porque esto último es un poema que posteó hace apenas unos minutos. Y me hace volver al embrujo, sereno de mis gustos, a la circunstancia de una reconciliación con mi turbulento animal de bien.

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Asisto a una mesa donde se teoriza sobre poesía. Asisto a una mesa donde un interesado por la realización de algo semejante a la poesía refiere a un esfuerzo, en la mesa se recupera un concepto que equipara el acto poético a un efecto de violentación que impacta sobre el cristal de la lengua. Estoy hace tiempo dando vueltas sobre ese astillaje de vidrios que reparte sus esquirlas sobre ciertas formas de uso común del habla y ciertas formas de concepción del lenguaje escrito. Dicho de otro modo la poesía se presenta ahí como catástrofe del lenguaje.
Si digo esto ahora y aquí, es porque en la poesía de Pablo si hubiese violencia esa violencia no sería catástrofe de lenguaje. Podría directamente afirmar que no hay forma de violentación, sino todo lo opuesto. Podemos notar un desmantelarse sereno del uso sarcástico de la lengua común. Por eso, quizá por momentos esté pensando a la poesía de Pablo Seguí como una excepción.

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Y también pienso, y voy a decirlo así en crudo, y ahora cada vez voy entendiendo más por qué y por eso voy a volver a decirlo así, la poesía de Pablo Seguí hace bien. Parece un fraseo inocente. Pero es que hace bien porque se trata de un bien en nada común. Se trata de la conquista de un espacio único.

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Entonces aquí, en la poesía que escribe Pablo, en la administración de los sonidos por los que pasa Pablo cuando escribe la poesía que lo configura a Pablo y en consecuencia a su espacio y a su tiempo para realizarla (dejarse realizar por ella, y no al revés), en el acto de oír esos sonidos, hacerlos participar de una forma, trasvasándolos, hay otra cosa: no  violentación decía, sino como un reposar humilde (sabio) por la forma que asume la materia visible y concreta, llamada las cosas; y también un reposar por la forma que asume la materia cuando es invisible y real, llamada brillo  («el jardín que cuidamos»). Pablo entonces pasa por ahí, por el mundo concreto, claro está que no de cualquier modo: deja a las cosas estarse ante él, que apenas él si tendrá una incidencia demasiado activa sobre ellas, o mejor aún, diría que su incidencia sobre las cosas es casi excepcional, activa sí, pero bajo una táctica del todo imprevista. Se trata de la acción como en Macedonio perteneciente al género de lo no visto: Pablo acepta a las cosas, no las perturba; las acepta, quiero decir, extrayendo por ejemplo de los objetos un leve fulgor, un relucir ínfimo y justo (relucen las cosas detenidas bajo la luz), que tal vez comporte para algunos una pequeña extravagancia. Para algunos digo; para Pablo, no. Para Pablo parece constituir el espacio necesario al advenimiento de ese animal de bien; vale decir, esta aceptación será al mismo tiempo la cámara secreta o el umbral dentro del cual sucede «un sensato análisis». Pero también ese umbral es una pausa o un corte temporal («Antes era distinto») dentro de la cual tiene lugar una pregunta o esta pregunta que nadie se hace. «¿Cuándo llegó esta llave a mis manos?»

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Estoy pensando que esta sería —si la hubiese, y empiezo a creer que sí: que hay, que la tiene y que ésta es— la incidencia real del poeta: que luego de este análisis, las cosas ya no pueden ser como antes. Las cosas se transforman. Las cosas se aposentan para llegar después a un presente gozoso que la vida acerca.

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Pienso en la escritura y sus procedimientos. Esto sería la escritura para el poeta: un sistema nocturno puesto a funcionar con una cámara secreta que en su lente capta las zonas vulneradas de un jardín invisible. Escribir, será callar para que la cámara capte en el silencio las huellas profundas que ha diseminado un animal, callar dentro de una ceremonia que consiga fijar esas huellas en sonidos y grafías. Esos sonidos en el libro de Seguí son murmullos, es la bic repasando una hoja, son los labios de un sueño, es el sonido de lo que se fue hace solo un segundo, es en la noche el irse de una pumita hacia el este, es el paso en la penumbra, es la sombra de un colectivo,  es «algo que se acurruca, que respira y se mece como la brisa en la hierba».
Dice «Un ángel/ te está marcando, justo;/se guía por el modo/ en que fijás sonidos».

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El poeta entonces oye las pisadas profundas que produce el advenimiento, hay ahí un animal o como dijimos un ángel, o tal vez uno por otro; los ha oído una vez, se dispondrá a oírlas nuevamente y cada noche, en una ceremonia, se sienta ahí; observa impasible, «impávido», y algo pasa: ingresa de pronto a su «sistema nocturno» (nombre, además, de uno de sus poemas) y sabe que eso que antes, bajo la luz del día, se prefiguraba como catástrofe y sarcasmo, esa violencia sufre ahora una lenta recomposición. El sistema de la noche se ofrecerá para el poeta como un pequeño acto reconciliatorio de partes más o menos precisas; bajo el «foquito» de luz en la noche, anhelo y mente, pulso y pensamiento, norte y sur, todavía partes de su cuerpo de súbito extrañadas se unifican en una pacificación única, lúcidamente despierta. Así vuela un ángel en todas direcciones mitigando el torbellino que castiga su mente. Acto reconciliatorio y aceptación provocan en el poeta un hecho de trasformación casi y sin exagerar milagroso: con una bic y un papel, con el sonido de una música que nadie escucha ya, inicia un viaje. Ese viaje es un traslado a otros tiempos, a otras lenguas. El poeta viaja, estando quieto, bajo el foquito de noche.

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El viaje para el poeta es un puntito violeta que se enciende en la pared para luego borrarse. Quizá esa, pienso, también sea la escritura: el acto de borrar lo que de otro modo se presenta torpe, catastrófico, inconexo; borrar los ruidos para que mediante un acto de junción inédito las partes se encuentren nuevamente, el torbellino mental junto a los anhelos entrevistos en el silencio, done (y drene) un resto que será sonido fijado en una forma medida, justa. Quiero decir: porque es dentro de una medida determinada que el poeta decidirá moverse en su escritura. Es dentro de un juego de censuras que el pensamiento, al parecer, reaparece y se practica. Lejos de limitar, en Pablo, la censura no es constricción que restringe sino potencia, eso que se esconde —como un jardín invisible— al discurso de la realidad viene ahora como reaparición de un lenguaje fecundo sin más realidad que la asunción del modo con que se lo dice. Las palabras así, el modo en que se las enuncia, dichas al rato que «pulidas» lentamente arrojan sorpresas, imprevistos, como «souvenires» desde un «fértil presente».

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Un cuerpo pulsado por el murmullo andrajoso de los autos, asistido por un ángel, un animal y un foquito. Una pumita yéndose hacia el este, la sombra de un colectivo, una música que nadie escucha ya, una amada que duerme, el amor como un hondo aljibe en el desierto. Esa y así es la poesía del excepcional Pablo Seguí. Una excepción que porque dice bien se concibe claramente, y nos hace extraños. Pero además porque se concibe y se dice extrañamente, hace bien.

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p o e m a s

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Sistema nocturno

Observo, bajo el foco
que ilumina mi cuerpo
y otras cosas, un libro
que mis manos disponen
a modo de escenario
mientras lo leo en voz
alta. De mi mirada
qué podría decir,
salvo que tasa, atenta,
la realidad. El libro
me atrapa y, a la vez,
evalúo los modos
de ese embrujo. Del foco,
que no miro, me gusta
saber que es el umbral
dentro del cual sucede
este sensato análisis.

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Cámara secreta

a Pablo Ananía

 

Ésta es la ceremonia:
un papel y una Bic
en la noche que insiste.
Nadie sabe qué ocurre
entre esos cuatro bordes
que separan un blanco
con palabras del resto
de las cosas durante
ese tiempo o fulgor
cercano a la niñez,
pero algo nace: un giro
de otras lenguas, una alta
concentración, un muro.
O algo que se acurruca,
que respira y se mece
como brisa en la hierba.

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Ut pictura poesis

Lo logré: como un calco
se separa tu rostro
de la luna y brillás
dormida entre las últimas
estrellas de la noche.
Fijé y pulí por horas
cada rasgo con tizas
blancas como la lepra
y por fin conseguí
una copia flotante
de vos pero sin voz
para volver a verte
dondequiera que estés.

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Reckoning

De hace un tiempo los libros
ya no tienen sabor
y sus hojas sin pulpa
esperan en silencio.

Miro una madreselva
que creció en otra parte
y encuentro entre mis cosas
una moneda núbil.

Te abrazo por las noches
y pienso sin dobleces
en personas extrañas:

el de la esquina, solo,
el de la reja, solo,
y mi padre, tan solo.

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Anochece

En cada colectivo
que pasa hay una sombra
de vos que continúa
viajando, que se aleja,
que no desciende aquí.
Cada quince minutos
me confirmás que no.

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Cuatro de la mañana

Se sienten a lo lejos
cuatro tiros. Giannuzzi
los pondría al final.
Yo me quedo esperando,
sigo escribiendo. Entonces
notás la diferencia:
sus versos se prolongan
en el ahogo, el morbo
y la torsión; los tuyos
reinciden malamente
en un palabrerío
literario, reptil.

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Gabriel Pantoja. Provincia de Córdoba, Argentina, 1978. Poeta. Licenciado en Psicología por la UNC (Argentina). Se desempeña como psicoanalista, docente en la universidad y se dedica a la lectura y la investigación del cuento y poesía. En 2016 obtuvo el Premio de Poesía Javier Adúriz. Ha publicado: Crack (2015) y Géminis (2017).

El ensayo sobre el libro Animal de bien (Barnacle, 2018) de Pablo Seguí fue remitido a nuestra redacción por el poeta Alberto Cisnero.
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