Ariadna

Daniel Oliveros

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Recuerdos de la tierra

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Las damas de azul

Por una mano ahora extraña
fue descrita la sabiduría de
las formas de las joyas en sus collares.

De rayas y puntos, el código
le adorna la base el cuello, justo encima de los pechos,
describe la forma de las naves;
quinta hilera oceánica, enhebrada de
azur y obsidiana.

La última,
collar ahora casi invisible,
recuerdo descritas sus formas cruzándole el cuello
hacia la derecha; puntos, hojas; puntos, hojas.

La batalla contra el tiempo ha sido sabia;
sus manos nos indican las alturas del cielo
agarran el aire como una manzana mordida
directo de la rama. La sonrisa eterna;
los bucles azabache paralelos
a la yugular.

En sus ojos trasluce
la esperanza que ahora guardo,
profunda, sobre estos cielos inmensos.

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Minotauro i

Lo último no existe;
tan sólo la obliteración absoluta,
nada ha de hacerse por última vez,
por vez última no se ve a nadie en estos mares.

Templo salado adonde llegan los recuerdos,
la presencia atolondrada de los retazos,
ante ti tengo puestos los ojos y aunque me pese,
todo lo que dejé atrás está en mí.

Bajo el viento se arremolinan los minúsculos granos de la bahía,
mi cuerpo murmura las crepitaciones del tuétano de las barcas.

Mucho más allá en el horizonte, llega con vientos leves
el que ha de matar lo que me ha de matar matándome.

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Horizonte en Naxos

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He perdido la emoción del nuevo despertar;
la noche en la que el sueño es una promesa disuelta en el cielo.

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No fue difícil despedirme
de la fecundidad de los cerros
ni del arroyo que nunca conocí
pero del que escuché hablar
entonado como quien recuerda
el sabor de la granada en el masticar de los granos;

de la finca de los vapores de hesperidina;
del pino cuya sabia incendia los montes;

de las madrugadas alargadas hacia la tenuidad del cielo.

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Phainesthai

El abrazo es irreal
Los mares son irreales
La audiencia es irreal
Mis sentidos lunáticos irreales
Manantiales, rieles, el ultimo abrazo de una madre
…………………………………………………irreales, irreales, irreales

 

Los perros, irreales
Los latidos, irreales
Los quejidos del torturado, irreales, irreales

Llanto imbécil
Plegaria hacia el infinito en la dentada de una moneda
Andamio sobre el cual se mecen los cimientos de esta
estructura hecha con licores de vino y el aire del humo

Panteon irreal
Columnas irreales
Círculo del sol, irreal

La infancia, irreal
Los amigos, irreales en el cementerio
Pugna irreal
Purga irreal
Palurdos los oídos de quien se rehúsa a escuchar
el mundo, irreal, plasmado en la nuca del espanto.

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Minotauro ii

Tengo dentro de mí la vorágine,
el ser maldito. Frente a ella no tan sólo
tiemblo. Me espanto con el rostro
en la cara desde arriba; el monstruo
del reflejo.
En el último beso
En las raíces que aún no existen
En los altares ruinosos donde brillan las piedras
…………………………….bajo la luz que se cuela por la grieta del cielo.

La tristeza que me atribuyen nada tiene que ver con el deseo.

Nostalgia que empuña el escudo
…………………………….reflejando las luces en el mar.

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La Diosa del yelmo

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[el fuego sólo sirve en el asalto]

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Heraldo, dé la señal y retenga a la muchedumbre. ¡Haz que la aguda trompeta tirrena proyecte su estruendo infundido de aliento humano hacia la multitud! Este tribunal se está abarrotando, harían bien en hacer silencio, es bueno para toda la polis conocer mis designios de ahora en más, y en cuanto a los demandantes también, para que la justicia sea bien servida.

—Esquilo, Las Euménides

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Los destellos anclándose a las piedras volcánicas
se hunden en la mirada que se abre paso entre montarales,
digna del carruaje, el escudo, el yelmo y la lanza,

Eres tan pura, diosa mía;
casi nadie se atrevería a decir que existes.

Cuánta belleza en tu vuelo leve [al embestir con fuerza al enemigo].

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Descorazonada en medio de la muerte
noviembre no es más que un recuerdo;
alzados, salva madre santa, salva en los cañones

Frente al mar extenso, la orilla infinita
Treinta y cinco mil granos de arena bajo los pies
unos cuantos más a lo largo de los bordes, entre los dedos

Briosos los carruajes salpicando los charcos,
estruendos del otro mundo para embestir las dolencias

Igual que abril, igual que ayer,
la muerte es la sentencia del ser amado.

 

……………………………………………………………………………………a la Señora C.

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¡Oh! Nívea diosa con tu ojo de lechuza;
ruego des cosmos al mundo
con el vigor de las orgías celebradas en tus pupilas.

Para los fermiones dispusiste no
habitar el mismo espacio al mismo tiempo;
y estos componen los átomos de los cuerpos
que aguardan su turno para ensalmar
con voces de tu estrecho los muros.

De las formaciones de carruajes
bajo este disco dorado
comprendí la armonía de las
cabalgatas sobre las arenas;
me enamoré de todos y del uno.

Atragántome
Atragántome
Atragántome
en espiral sobre el eje de la tierra.

Blanca diosa,
de mi vida no ocultes el orden brotando de las cosas.

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Se reanuda el viaje sobre Okéanos
en la barca saliendo hacia el delta.

Las brasas prometeicas se extinguen
dejando las velas con la mecha humeante todavía,

el empuje de las brazadas que hunden
los remos en la espesura perfilada en la mitad de mi ojo;

se aleja la talla del árbol sagrado de los cerros,
se aleja con la estela que se me acerca hasta la orilla.

Entre el naranja y púrpura
enfilas un camino sobre la bóveda de los cielos.

 

……………………………………………………………………………………a C.P. 

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Ø

 

Daniel Oliveros. Valencia, Venezuela, 1991. Poeta, traductor, editor y licenciado en Educación Mención Inglés por la Universidad de Carabobo, Venezuela. Director Editorial del sello Kavrial. Es corresponsal en España de la revista POESIA y forma parte del comité editorial de Escritores Cordillera; asimismo, se desenvuelve como corresponsal en España para la revista Ficcionafilia. En el año 2014 fue merecedor de la mención honorífica en poesía del V Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo», Venezuela.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por el artista venezolano Jesús Martínez Querales

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