Armando Rojas Guardia, la luz del Trópico

Álvaro Neil Franco Zambrano

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En el libro Del mismo amor ardiendo (Ediciones El otro el mismo, 2004), del poeta venezolano Armando Rojas Guardia, título tomado de un verso de San Juan de la Cruz, encontramos una primera parte titulada “Sol joven”, la cual fue escrita entre 1967 y 1971. Esta sección va acompañada por un epígrafe del padre de la noche cubana: José Martí, “Con el sol que era oro puro”. De esta manera, el astro rey queda asimilado a la preciosidad, a un tesoro que le da vida a los sueños de quienes habitan en las zonas tórridas, y en cierta medida a la blandura que caracteriza los relojes de Dalí. No es que la obra de Rojas Guardia sea surrealista, sino que su sol se derrite en los techos que soportan la luz temible que encadila los trópicos: “No se ve más nada sino sol / carne caliente/ de sol entre las piedras, / resbalando por los techos como aceite”. Con esta puerta de entrada asistimos a un sol que no envejece, como la poesía cuando está bien escrita. También al sol que llevamos por dentro y lo proyectamos a través de la mirada.

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Para Rojas Guardia, el poder de la luz, al tiempo que es temible, brilla por sus olores y sabores, por la dulzura de las voces que habitan su palabra poética. No se entiende su luz sin la frescura otorgada por la sombra, sin las frutas con forma de mujer donde maduran los colores del día, sin la música que despiden cuando van perseguidas por las últimas calles donde cae la tarde. Sin ese blanco que, en palabras de Eugenio Montejo, enceguece y se apodera de todos los colores: “La luz de nuestro litoral está hecha de una intensa blancura calina que nos contrae las pupilas como en pocas latitudes de la tierra” (…) “Son colores amotinados dentro de una tensión blanquecina que los presenta extraños”. Sin todo su abrasamiento que se consume en el silencio. “Sin luces de mar/ roto en las rocas”.

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Es una luz que no da tiempo de nada, que, retomando a Montejo, se viene encima, sin ningún tipo de piedad. Luz por donde pasan los cielos azules de la infancia con su cortejo de nubes, donde los animales se mueren de la sed. El cielo rojo donde deliran los sueños de Gauguin y se prende de blanco el espíritu violento de Armando Reverón, quien nos regaló estas palabras citadas por Montejo,  iluminadas por su sabiduría tropical: “La pintura es la verdad; pero la luz ciega, enloquece, atormenta, porque uno no puede ver la luz”. Luz mortal que salta entre las trombas, como los peces voladores del Caribe, y trae noticias del aire plomizo de los páramos. Luz que cae con la lluvia, como una bendición, sobre la tierra maltratada.

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También es una luz que tiene peso propio, porque se tensa como un arco sobre el punto blanco de los días. Y va caer como una plomada sobre el tapete herido de la hierba y las cosas perdidas en los patios: “Pesa eso que brilla/ como los charcos en la noche” (34). Luz cuyo peso se intensifica en la profundidad del silencio que habita las sombras. Luz inundada de colores lastimados que busca refugio en el viento pintado de verde por los árboles.

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En este libro los versos brillan con luz propia, gracias a la sencillez de sus metáforas y comparaciones: “todo en vasto azul, maduro y esplendente, / como espalda de cielo a mediodía”; “Me engañó tu voz, hoguera/ ardiendo entre palmeras”. Palabra limpia nacida en el fondo de las múcuras, en el vuelo de las aves, en el río que baja de la montaña para entregarse al mar, en el sol canicular que descascara el alma de las piedras y en los montes que respiran el aire azul de la distancia.

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Ese sol que llevamos por dentro no es otro que el sol del amor, el cual está dirigido a un tú que revitaliza las experiencias de la voz poética a través del esplendor de los sentidos. En el mismo la sinestesia juega un papel importante: “Siento entonces tu olor/ y vengo junto a Ti, que suenas/ como una melodía, / y hablas y es brillante tu voz/ sobre el cansancio, sobre el sol/ que se pudre entre la hierba”. Es un tú con quien se celebra cada momento por sencillo que sea, a quien se le entrega la profundidad de la vida: “Qué alegría/ cuando llego/ y te doy el agua fresca/ de todas mis húmedas vasijas”. Tú con quien se comparte el vuelo de las palabras que atesoran lo supuestamente insignificante y abrazan el espíritu erótico donde nace y muere la naturaleza infinita que se ama: “(…) las palabras/ que pueden penetrar lo más humilde/ y lo más ínfimo/ Y río, y llegamos a una tierra abrasadora/ Me toca un Tenso Verano/ De pronto Tú empiezas a hablar/ en el ardor interminable/ de los astros”. Tú a quien se le muestra por medio de preguntas, sinestesias y metáforas la desolación  del paisaje donde anida el origen: “¿Sientes/ el olor a tanto azul quemado?”; “Mira: / el cielo tan vacío, y más allá/ viene un licor oscuro, / un pueblito caminando por el cielo/ a habitar tan grande soledad/ porque el sol se cayó entre los montes”.

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Es un tú que se ha mimetizado en la naturaleza del trópico y vive en la invención de las metáforas espontáneas que el poeta le dedica, para que perdure la ilusión del amor: “Vino, te llamaba, / o flor abierta, o piel de vellos finos/ que eriza un viento suave. / Nunca amor/ Me engañaron tus pájaros, / tus cielos de pronto enrojecidos”. Tú a quien la voz ardiente de Rojas Guardia le pide volver hacia la plenitud brillante del pasado.

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Á.

Álvaro Neil Franco Zambrano. Barbosa, Santander, Colombia, 1969. Licenciado en Idiomas de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia y magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Catedrático de la Escuela de Idiomas y profesor de la Maestría en Literatura de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. Poemas suyos han sido publicados en el Periódico de Poesía de la Universidad Autónoma de México (2007), en la Revista de Poesía Trilce (Chile 2012), en la Revista Casa Silva (2012), en la antología de la poesía colombiana Desde el umbral, en La Pipa de Magritte y en las Revistas Clave y Rosa Blindada de Cali.  La Universidad del Valle publicó su libro La saga de los clavellinos. Su libro más reciente se titula Puerta de tierra caliente (2019).

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por el artista Lucas Granado

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