Arte poética

Sophia de Mello Breyner Andresen

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Este texto bello y tocante fue leído por su autora en Lisboa, el 11 de Julio de 1964, durante el almuerzo de homenaje organizado por la Sociedad portuguesa de Escritores, en ocasión de la entrega del Gran Premio de Poesía atribuido a su Livro sexto. Nacida en Oporto en 1919, Sophia de Mello Breyner Andresen es sin duda una de las más significativas poetas portugueses contemporáneas. Su vasta obra, que ya alcanza más de veinte títulos, reúne en un mismo arco de tensión y de esplendor la pasión por la belleza y la justicia que los griegos hicieron imborrable, junto con la intensa inquietud espiritual y la angustia existencial del hombre contemporáneo. Para tomar contacto con su obra en nuestro idioma, puede consultarse con provecho la antología de poesía portuguesa del siglo XX titulada Lluvia oblicua y otros poemas, de Fernando Pessoa y otros (selección, traducción y estudio preliminar de Rodolfo Alonso, Centro Editor de América Latina, col. Biblioteca Básica Universal No. 245, Buenos Aires, 1982), donde se le dedica un amplio espacio, muy probablemente por primera vez en español.

R.A.

 

i

 

En lagos en Agosto el sol cae a pico y hay sitios donde hasta el suelo está blanqueado. El sol es pesado y la luz leve. Camino por la acera junto al muro pero no quepo en la sombra. La sombra es una cinta estrecha. Sumerjo la mano en la sombra como si la sumergiese en agua. La tienda del alfarero queda en una pequeña calle del otro lado de la plaza. Queda después de la taberna fresca y del taller oscuro del herrero. Entro en la tienda del alfarero. La mujer que vende es pequeña y vieja, vestida de negro. Esta frente a mí rodeada de ánforas. A derecha e izquierda el suelo y los estantes están cubiertos de vasijas alineadas, apiladas y amontonadas; platos, cántaros, cuencos, ánforas. Hay dos clases de barro: barro color-de-rosa-pálido y barro rojo-oscuro. Barro que desde tiempos inmemoriales los hombres aprenden a modelar en una medida humana. Formas que a través de los siglos vienen de mano en mano. La tienda donde estoy es como una tienda de Creta. Miro las ánforas de barro pálido posadas frente a mí en el suelo. Tal vez el arte de este tiempo en que vivo me haya enseñado a mirarlas mejor. Tal vez el arte de este tiempo haya sido un arte de accesis que sirvió para limpiar la mirada. La belleza del ánfora de barro pálido es tan evidente, tan cierta, que no puede ser descrita. Pero yo sé que la palabra belleza no es nada, sé que la belleza no existe en sí pero es apenas el rostro, la forma, la señal e una verdad de la cual ella no puede ser separada. No hablo de una belleza estética pero si de una belleza poética. Miro el ánfora: cuando la llene de agua ella me dará de beber. Pero ya ahora me da de beber. Paz y alegría, deslumbramiento de estar en el mundo, relación. Miro el ánfora en la pequeña tienda del alfarero. Aquí flota una dulce penumbra. Allá afuera está el sol. El ánfora establece una alianza entre yo y el sol. Miro el ánfora igual a todas las otras ánforas, el ánfora innumerablemente repetida pero que ninguna repetición puede envilecer porque en ella existe un principio incorruptible. Sin embargo, allá fuera en la calle, bajo el peso del mismo sol, otras cosas me son ofrecidas. Cosas diferentes. No tienen nada de común ni conmigo ni con el sol. Vienen de un mundo donde la alianza está quebrada. Mundo que no está relacionado ni con el sol ni con la luna, ni con Isis ni con Démeter, ni con los astros ni con lo eterno. Mundo que puede ser un hábitat pero no es un reino. El reino ahora es solo aquel que cada uno por sí mismo encuentra y conquista, la alianza que cada uno teje. Este es el reino que buscamos en las playas de mar verde, en el azul suspendido de la noche, en la pureza de la cal, en una pequeña piedra pulida, en el perfume del orégano. Semejante al cuerpo de Orfeo despedazado por las furias este reino está dividido. Nosotros buscamos reunirlo, buscamos su unidad, vamos de cosa en cosa. Es por eso que yo llevo el ánfora de barro pálido y ella es preciosa para mí. La pongo sobre el muro frente al mar. Ella es allí la nueva imagen de mi alianza con las cosas. Alianza amenazada. Reino que con pasión encuentro, reúno, edifico. Reino vulnerable. Compañero mortal de la eternidad.

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ii

La poesía no me pide exactamente una especialización puesto que su arte es el arte del ser. Tampoco es tiempo o trabajo lo que la poesía me pide. Ni me pide una ciencia, ni una estética, ni una teoría. Antes me pide la fidelidad más pura de lo que aquella que puedo controlar. Me pide una intransigencia sin fisura. Me pide que arranque de mi vida que se quiebra, gasta, corrompe y diluye una túnica sin costura. Me pide que viva atenta como una antena, me pide que viva siempre, que nunca duerma, que nunca me olvide. Me pide una obstinación sin treguas, densa y compacta. Porque la poesía es mi explicación con el universo, mi convivencia con las cosas, mi participación en lo real, mi encuentro con las voces y las imágenes. Por eso el poema no habla de una vida ideal pero sí de una vida concreta: ángulo de la ventana, resonancia de las calles, de las ciudades y de los cuartos, sombra de los muros, aparición de los rostros, silencio, distancia y brillo de las estrellas, respiración de la noche, perfume del tilo y del orégano. Es esta relación con el universo la que define el poema con el poema, como la obra de creación poética. Cuando hay apenas relación con una materia hay apenas artesanía. Es la artesanía la que pide la especialización, ciencia, trabajo, tiempo y una estética. Todo poeta, todo artista es artesano de un lenguaje. Pero la artesanía de las artes poéticas no nace de sí misma, esto es de la relación con una materia, como en las artes artesanales. La artesanía de las artes poéticas nace de la propia poesía a la cual está consubstancialmente unida. Si un poeta dice «obscuro», «amplio», «blanco», «piedra», es porque estas palabras escogidas estéticamente por su belleza, fueron escogidas por su realidad, por su necesidad, por su poder poético de establecer una alianza. Es de la obstinación sin treguas que la poesía exige que nace el «obstinado rigor» del poema. El verso es denso, tenso como un arco, exactamente dicho, porque los días fueron densos, tenso como arcos, exactamente vividos. El equilibrio de las palabras entre sí es el equilibrio de los momentos entre sí. Y en el cuarto sensible del poema veo hacia donde voy, reconozco mi camino, mi reino, mi vida.

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iii

La cosa más antigua de que me acuerdo es de un cuarto frente al mar dentro del cual estaba, posada encima de una mesa, una manzana enorme y roja. Del brillo del mar y del rojo de la manzana se erguía una felicidad irrecusable, desnuda y entera. No era nada fantástico, no era nada imaginario: era la propia presencia de lo real que yo descubría. Más tarde la obra de otros artistas vino a confirmar la objetividad de mi propia mirada. En Homero reconocí esa felicidad desnuda y entera, ese esplendor de la presencia de las cosas. Y también la reconocí intensa, atenta y encendida en la pintura de Amadeo de Sousa-Cardoso. Decir que la obra de arte forma parte de la cultura es una cosa un poco escolar y artificial. La obra de arte forma parte de lo real y es destino, realización, salvación y vida. Siempre la poesía fue para mí una persecución de lo real. Un poema fue siempre un círculo trazado alrededor de una cosa, un círculo donde el pájaro de lo real queda preso. Y si mi poesía, habiendo partido del aire, del mar y de la luz, evolucionó siempre dentro de esa búsqueda atenta. Quien busca una relación justa con la piedra, con el árbol, con el río, es necesariamente llevado, por el espíritu de verdad que lo anima, a buscar una relación justa con el hombre. Aquel que ve el fenómeno quiere ver todo el fenómeno. Es apenas una cuestión de atención, de secuencia y de rigor. Y es por eso que la poesía es una moral. Y es por eso que el poeta es llevado a buscar la justicia por la propia naturaleza de su poesía y la búsqueda de la justicia es desde siempre una coordenada fundamental de toda la obra poética. Vemos que en el teatro griego el tema de la justicia está en la propia respiración de las palabras. Dice el coro de Esquilo: «Ninguna muralla defenderá a aquel que, embriagado con su riqueza, derriba el altar sagrado de la justicia». Pues la justicia se confunde con aquel equilibrio de las cosas, con aquel orden del mundo donde el poeta mueve el sol y los otros astros. Se confunde con nuestra fe en el universo. Si frente al esplendor del mundo nos alegramos con pasión, también frente al sufrimiento del mundo nos rebelamos con pasión. Esta lógica es íntima, interior, consecuente consigo misma, necesaria, fiel a sí misma. El hecho de estar formados de alabanza y protesta testimonia la unidad de nuestra conciencia. La moral del poema no depende de ningún código, de ninguna ley, de ningún programa que le sea exterior, pero, porque es una realidad vivida, se integra en el tiempo vivido. Y el tiempo en que vivimos es el tiempo de una profunda toma de conciencia. Después de tantos siglos de pecado burgués nuestra época rechaza la herencia del pecado organizado. No aceptamos la fatalidad del mal. Como Antígona la poesía de nuestro tiempo no aprendió a ceder a los desastres. Hay un deseo de rigor y de verdad que es intrínseco a la íntima estructura del poema y que no puede aceptar un orden falso. El artista no es, y nunca fue, un hombre aislado que vive en lo alto de una torre de marfil. El artista, aún aquel que más se coloca al margen de la convivencia, influenciará necesariamente, a través de su obra, la vida y el destino de los otros. Aunque el artista escoja el aislamiento como la mejor condición de trabajo y creación, por el simple hecho de hacer una obra de rigor, de verdad y de conciencia, contribuirá a la formación de una conciencia común. Aunque hable solamente de piedras o de brisas la obra del artista viene siempre a decirnos esto: Que no somos apenas animales acosados en la lucha por la supervivencia, sino que somos, por derecho natural, herederos de la libertad y de la dignidad del ser. Henos aquí reunidos, nosotros escritores portugueses, reunidos por una lengua común. Pero encima de todo estamos reunidos por aquello a que el Padre Teilhard de Chardin llamó nuestra confianza en el progreso de las cosas.Y habiendo comenzado por saludar a los amigos presentes quiero, al terminar, saludar a mis amigos ausentes: porque no hay nada que pueda separar a aquéllos que están reunidos por una fe y una esperanza.

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«Arte poética» de la autora portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen fue traducido por Rodolfo Alonso y se encuentra publicado en nuestra edición impresa n° 105-106 (1995: pp.1-5). La fotografía que acompaña la publicación es cortesía del portal web comunidadeculturaearte.
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