Ay de mí

Por Héctor Hernández Montecinos

Escribir para mí es una forma de vivir, de ser un algo-en-lenguaje. El performance es vivir fuera de ese yo identificado, de esa verdad de sí de la que hablaba Foucault. Como te decía antes, no tengo o no reconozco temas en mi escritura, no soy dueño de una sola voz, quiero que cada uno de mis libros sea antagónicamente distinto uno del otro. Yo mismo soy cambiante, contradictorio y ciertamente confuso. La escritura le dio un formato a mi vida y no al revés. Yo creo en la creatividad, siempre de abajo hacia arriba, es parte de todos los seres humanos, niños, ancianos, campesinos, indígenas, etc. Es su herramienta del día a día para sobrevivir. Una persona creativa con una cebolla, una papa y un huevo hace una comida para diez personas. Nos sirve para poder ver el mundo y enfrentarlo con soluciones, ideas, nuevos giros.La literatura es un espejismo, un fantasma de un cuerpo, de un corpus. Es un modo de leer, no de escribir y cada modo por esencia es distinto. La literatura no mira el mundo, lo lee. La creatividad en cambio sí lo ve, pues está ahí y lo interviene. De hecho, en cuanto a los escritores muy poquitos de ellos son creativos. Suena paradójico, pero de los artistas en general, no son muchos los que uno pueda llamar creativos.Mucha repetición, fórmula, modos y modas de escribir. Obras muy bien redactadas y escritas, pero carecen de corazón, de rabia, de delirio, de sufrimiento, de alegría, de violencia. Entonces, la literatura, así, se convierte en una convención, una hipocresía. Cuando uno escribe no está pensando en literatura, está pensando en otras cosas, en justamente lo contrario a ella. La literatura es una forma de empoderamiento del lenguaje, es decir, palabras, frases, giros, escritos que adquieren una genealogía, un estatuto estético, simbólico, ya sea desde su propia creación o mediante lecturas posteriores. La literatura es la historia de un camino que tomó el lenguaje, no más que eso. Cada vez me gusta menos la idea de la literatura, siempre tan servil a los reforzamientos culturales del mercado, de los estereotipos, de las instituciones que la rodean como por ejemplo las editoriales, la prensa cultural, la academia, el aura autor/autoridad, el bien decir, los adjetivos apropiativos del contracanon, etc. En ese contexto, la academia debe mirarse, pero con los espejos del inconformismo, el desacato y la irreverencia. Es lo que hace universal a la universidad. La noción de la literatura no le sirve a nadie más que a ella misma y al negocio cultural que la mantiene, que no es lo mismo que el lenguaje o la escritura que es por donde me interesa tensionar más bien no al poder en general, sino a los modos en que ese poder desea tensionarme a mí como sujeto. La literatura es un modo de higienización de la escritura y de los devaneos del lenguaje. Me gustan los libros abruptos, torrenciales como ríos, con sus crecidas y menguadas, sus superficies cristalinas y sus fondos barrosos. Esas escrituras que no se sirven de la concisión, la pureza o la claridad benefactora. El lenguaje, la escritura y los libros están vivos; la literatura, no. El tema de las autorías me apasiona tanto como el deslinde de los géneros que son la identidad de las escrituras. Más que poetas locos quiero a lectores enloquecidos. Me gusta imaginármelos. Creo que es nuestro aporte: romper con los modos de lectura condicionada, mediocre y acomplejada que crean las transnacionales y la literatura basura, que es toda la literatura pensada como literatura. Entender el espacio literario como un espacio único es una actitud muy sesgada, egoísta. Es común entre los escritores el delimitar el área y decir aquí sólo se escribe y se escribe de tal o cual manera y no entra nadie que no cumpla con estos requisitos. Para mí, delimitar es contradictorio al arte, éste se expande, no se limita. Los géneros para mí son sinónimo de promiscuidad, de enlaces, de ires y devenires. Me gusta su sentido de no ser ni querer estar fijos ni inmóviles, de allí que la escritura tenga esas zonas de placer, de travestimiento, de máscaras detrás de otras máscaras. Me imagino que el engaño y la trampa en este contexto son interesantes, pues pierden su criminalidad o su ilegalidad moral se hace seductora. La palabra también es un hecho, el lenguaje es performativo, y me gusta ese carácter de intervención, de acto que puede construir la poesía. Allí va un plus de política porque las revueltas se hacen con ‘palabras y cosas’, y cuando un poema puede ser infinitamente más que una pedrada o un zapatazo creo que por ahí se delinea un proyecto que me interesa. Cada libro es un punto de inflexión, ya sea en la historia personal de un autor, de una generación o de una tradición/ruptura literaria, pues de algún modo un libro viene a visibilizar un conjunto de decisiones líricas en cuanto a diversos asuntos que van desde el libro como mercancía hasta la alegorización de un suceso determinado. Si la literatura es un dispositivo de sujeción imagínate lo que son los géneros literarios. Es espantoso. El futuro de la poesía es la creatividad. Si el poema pasó por una etapa como objeto cultural, y luego, es decir ahora, se presenta como obra literaria, en lo que viene pasa por convertirse en operaciones, operaciones poéticas y no sólo en el papel, en el libro, sino que en otros soportes que desembocan en la vida cotidiana, la vida misma. La poesía poco a poco se despega del poema, de la literatura, de la escritura tal como la conocemos hasta el día de hoy. Están sucediéndose nuevos agenciamientos en su exterioridad que no es más que la intimidad común de las personas. Ahí es donde ocurre el milagro.

Ay de mí

Para mí la poesía es una forma de intuición, una plebeya telepatía. Dos mentes, dos conciencias, dos personas se conectan. Whitman y un chico de 16 años se enamoran y se aman sin jamás verse y a cien años uno del otro. Carlos Oquendo de Amat pega un cartelito en un poema prohibiendo estar triste y una sala de veinte personas en Quito sonríe. La poesía es una conexión con todo lo que está fuera de ella, al menos esa es su energía y la intuición es el modo en que se unen. Esto no tiene que ver con verdades trascendentales, o quizá sí, pensando que la única verdad trascendental es que nuestro yo está afuera de nosotros. Al menos eso es lo que entiende la poesía en su sentido más profundo, su tensión con el Macrocosmos, el Multiverso. La poesía es un diálogo con todo lo que puedo imaginar. En la poesía todo habla, todo está lenguajeando, emitiendo señales, supurando signos, iluminando significancias. No es sólo ese yo antipático y ceñudo que es el autor o el yo lírico. El poema habla, cada verso de ese poema habla, cada palabra habla, cada letra o espacio entre ellas está también hablando. No hay silencio como tampoco existe el vacío. El Universo está lleno de lo que han llamado ‘materia oscura’, el poema también, pero acá se llama página en blanco. Para mí la poesía es un género del tiempo, pero de un tiempo que no hemos aprendido a ver: la cuarta dimensión, esto es, la duración del pasado, el presente y el futuro a la vez. Como si se tratara de una imagen fija donde los continentes se están moviendo desde su creación hasta su desaparición, o una fotografía donde se asiste desde el nacimiento de un niño hasta su muerte en la vejez, pero todo al mismo tiempo, en una sola mirada. Ese es el tiempo del que hablo en la poesía como te decía antes por ejemplo entre Whitman y ese adolescente. La epopeya de Gilgamesh y Omeros de Derek Walcott están sucediendo en este momento. Francisco Nájera y Catulo están escribiendo de manera simultánea. Esto es. La poesía es un diálogo con el presente y también con el porvenir. Este tiempo del que te hablo anula por definición la idea de género literario. Todo está sucediendo incluso el Big Bang. Los cuatro pasos de la rueda vital: Desarrollo, Expresión, Expansión y Transformación están ocurriendo en todo lo que existe, desde los gobiernos hasta las libélulas, desde la computación hasta los poemas. Creación y destrucción terminan siendo lo mismo, renovarse y extinguirse. El asunto es ver los procesos con un poquito más de distancia y eso es lo que hace la poesía, te permite dar un par de pasos más. La poesía misma es un rumbo, la pregunta es desde dónde y hacia dónde. Ese es el misterio que la convierte en un objeto cultural aún indescifrable, inclasificable e incómodo en el seno del capitalismo global. Y cuando digo rumbo estoy pensando en cientos de rumbos a la vez, en términos cuánticos, son los rumbos entre lo posible y lo imposible al mismo tiempo y en lugares distintos. Vivimos en una sociedad de control mediante el miedo y el deseo, que de algún modo son caras de una misma moneda, tanto en lo global como en lo íntimo. En este contexto, esos n-rumbos que es la poesía implican modos de experimentación ya no tanto con los lenguajes y los soportes sino más bien con las afectaciones y el nivel de intervención que pueden llegar a tener. Por ejemplo, creo que las identidades son herramientas de captura y autopanópticos, esto es, que el propio sujeto se fija un origen, un destino y por ende una moral, moral identitaria. Luchas por una identidad que es el modo de consumo político que le interesa al poder, pues tú mismo pasas a ser tu policía interior, un juez de la verdad de sí. La poesía anula ese contrato, lo ridiculiza y propone modos de conciencia, de habitar, habitarse como cuerpo, como territorio y como discursos. Para mí, la poesía tiene que ver con el habitar: habitar el lenguaje, habitar una obra, habitar un libro, habitar una historia, habitar una conciencia múltiple. Es como cuando preguntan qué es tu vida y son precisamente los recuerdos de las cosas que uno habitó, o de personas que te habitaron. Por lo tanto, esto lleva a que la poesía te enseña a habitar como persona, te enseña que hay tantos yo como tantos poemas pueden habitar en el universo. Y cada poema que se escribe lo escribe una persona distinta. Es por eso que la poesía es lo más anticapitalista del mundo, porque el capitalismo se basa en la propiedad privada, y nosotros tenemos la ilusión de que nuestro yo es nuestra propiedad privada. Creemos que somos yo, y nada más, que nuestro yo es único, indivisible, y que nuestra vida es nuestra cosa, toda esa noción de la identidad como una verdad en sí. Así funciona el capitalismo. La poesía te enseña que ese yo jamás es tuyo. La poesía es parte del acontecer político, micro y civil. Suspende el valor de consumo y propone consumir el valor, el sentido, la verdad: agotarlo, llevarlo a sus límites, fatigar esos materiales. Se dice la poesía no se vende, y en esa doble acepción es que uno puede jugar detrás con el sentido de la necesidad oponiéndola al deseo y al miedo. El del dar, de entregar, de abrirse a las múltiples experiencias, a las variaciones que van desde la sexualidad hasta los fundamentos de la propia civilización. El capitalismo no es el opuesto de la poesía, sino lo es el miedo, que es otro modo de capitalismo, El mercado es una regulación forzada de la relación entre valor y objeto, digamos fetiche, en la cual la poesía justamente crea una nueva interacción entre el valor de ese fetiche que puede ser la escritura, la subjetividad, la identidad, el género literario o el libro mismo con respecto a una escala de prioridades que se imponen simbólicamente. Por último, la sociedad de consumo como tal no creo que exista, sino que son modos-de-vida centradas en el consumo capitalista que es como la burguesía se desmarca de la lucha de clases, es decir, no es la colectividad anónima y abstracta la que consume sino sujetos determinados que buscan invisibilizarse en una idea de mundo. Es como cuando alguien dice “el mundo es una mierda”, yo le contesto, “no, tu mundo es una mierda”. Algo así sucede con la poesía, pero de manera más cómica y trágica a la vez. Pues ya lo dijo Rimbaud: el yo es el otro. Y ya, no estamos inventando nada nuevo. Ya está todo inventado desde hace ciento ochenta años. Ahora estamos acatando el oráculo de Rimbaud.

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Ay de mí

La obra literaria, y la escritura en sí, es un modo de transformación tanto de uno como sujeto como del entorno en el que estás. Eso es fantástico. La transformación es una forma de conciencia porque al ser escritor ves cosas que otros no ven, ves detalles que para el mundo pasan imperceptibles y todo se convierte, está en movimiento. Para uno son detalles maravillosos y empiezas a trabajar con los desechos de la realidad. Lo ordinario lo haces extraordinario y lo extraordinario, ordinario. Esto es quizá nuestro único mérito. El escritor es una especie de caracol que se come la basura y la convierte en espuma, en estrellas, constelaciones. La obra literaria no es más que eso, la transformación de lo que está cerca de ti como si se tratase de un agujero negro que luego estalla y devuelve todo en probabilidades infinitas. La poesía no cambia al mundo, cambia la forma en que ves el mundo. Eso ya es el 80% del proceso porque si la gente sigue viendo el mundo normal y natural está todo fallido pues nada es normal ni natural, nada está dado. Todo lo que nos rodea está construido tanto a nivel físico como simbólico por alguien. Un ser humano lo soñó, lo imaginó, lo pensó, lo proyectó o le resultó por accidente, pero allí está la realidad construida. Lo que cambia en concreto es la percepción de esa realidad. Después de leer un libro no vuelves a ver igual las cosas. Un libro que trata sobre los árboles te cambia el modo en que ves, piensas, recuerdas o imaginas un bosque. El lenguaje pasa, cambia. Los idiomas se acaban. Se mueren las lenguas, se transforman. Pero la vida sigue siendo una. Ésta. Tan así que los libros de medicina se actualizan, los libros de computación caducan cada seis meses, las constituciones cambian con el gobierno de turno, los libros de economía mutan al año y así todo lo que parece importante en este mundo de hoy: la economía, el estado, la democracia, la ley, la tecnología, etc. No así la poesía. Esta tiene otro tiempo. La poesía tiene otro destino: el porvenir y no el capitalismo. No es coincidencia que ciertas obras puedan entenderse actualmente al alero de la física cuántica o la neurociencia, dos de las más importantes formas de re-comprender el mundo y al ser humano. La antipoesía de Parra fue anterior al descubrimiento de la antimateria y Galaxias de Haroldo de Campos es anterior a las neurogalaxias. La poesía es nuestro algo, nuestra conciencia. Por eso la poesía es peligrosa porque cada día que pasa las va agrandando, las va haciendo más colectivas, cooperativas. Las obras que han creado estos conflictos recién pueden leerse el día de hoy en su complejidad y belleza. Creo que a la conciencia que se apunta no es más que la conciencia creativa que siempre estuvo allí, sólo que el sistema y el Estado hicieron lo posible por anularla, invisibilizarla y negarla. Basta ver como la educación tradicional es un genocidio a la creatividad y justamente sus armas son la institucionalización, la demarcación de géneros y la competencia; todo lo opuesto a la escritura y el lenguaje, a la poesía. De allí que estos deslindes posibles estén produciendo el caldo de cultivo para las nuevas escrituras del mañana que quizá no veremos, pero sí las intuimos, las queremos imaginar. La verdad es que no sé qué es la poesía, y tampoco sé si lo quiero saber. Entiendo un poco el hecho poético como una actitud que me gusta vivir, en la cual el poema quizá sea el resultado de muchos procesos, de muchos puntos misteriosos. Las cosmovisiones, filosofías y lenguas ancestrales concentran lo que la ciencia, el arte y la política moderna han estado buscando hace cientos de años: la unidad, y esta unidad no significa que todo sea igual, sino que todo tiene que ver con todo, tal como el arte en sus mejores momentos lo ha hecho patente, o las nuevas ciencias cuánticas. La idea de habitar un cuerpo, un mundo y el cosmos es algo muy profundo que está en dichas culturas originarias o primeras naciones como se les está diciendo actualmente. La unidad de la que hablaba recién no está afuera sino que somos parte de ella, la habitamos sin darnos cuenta. Eso es la conciencia y cuando agregamos lo creativo a dicha conciencia ya no es lo importante el libro o el poema sino el modo en que interactuamos con la realidad. Así, lo anormal se nos hace normal y ante lo que dábamos por sentado nos ponemos de pie. Es una visión celebratoria de la vida, pero no la vida humana sino de la vida universal. Allí lo primordial de lo indígena y lo primordial de la poesía se aúnan. Mientras exista una esperanza y un sueño colectivo, la poesía, en el siglo que sea, será posible. La catástrofe que vivimos es el alimento de las poéticas del futuro, y de cierto modo la poesía es el arte del futuro porque siempre será una intuición y una respuesta a preguntas que aún no han sido hechas. La poesía es el género del tiempo, desde el inicio de él hasta su final. Todos los relatos iniciáticos están escritos en poesía, también los que describen el final. La ficción como un desliz al tiempo, a la moral, a la lectura de la escritura y viceversa, es el sustento por el cual la poesía se complace de las crisis, los caos, pues los sitúa como escenario de ese nuevo valor que te comentaba antes. El tiempo histórico se está cayendo, nuestro futuro es el pasado, la poesía lo sabía de siempre, ese es su triunfo: el día de hoy ser la bitácora del mañana y haber sido desde siempre la respuesta a la aparición del día.

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Héctor Hernández Montecinos. Chile, 1979. Licenciado en Letras Hispánicas en la Universidad Católica de Chile y Doctor en Filosofía mención Estética y Teoría del Arte. Actualmente cursa otro doctorado en Literatura en la Universidad Católica de Chile. De su proyecto total en tres partes, Arquitectura de la Mentalidad, que supera las dos mil páginas, dos ya han sido publicadas, La Divina Revelación (2011) y Debajo de la Lengua (Santiago: Cuarto Propio, 2° ed. 2014). Ha sido merecedor de varias distinciones, entre las que destacan el Premio Mustakis a Jóvenes Talentos y el Premio Pablo Neruda. Es el compilador de 4M3R1C4: Novísima poesía latinoamericana (2010) y Halo: 19 poetas nacidos en los 90 (2014). Ha aparecido recientemente en El Canon Abierto. Última poesía en español (2015) como uno de los 40 poetas más relevantes de la lengua española nacidos después de 1970.

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