Todo lo que se hunde

Diego Brando

R i t u a l

 

Despierto antes que los pájaros,
pero más tarde que el viento.
Soñé con rituales
y con una vida sobre las aguas.
¿Cómo podría comenzar así
un día dentro de la normalidad?
Las barreras del ferrocarril permanecen bajas:
no hay trenes en el este,
tan solo el estruendo del aire
sobre las casillas.
Iré a trabajar
y esperaré a que el día tome la forma
de una realidad comprensible.
Construir la locura
también es habitarla.

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Soy un hombre abandonado
en el fondo de un patio
dentro de los tapiales
que me contienen.
Muevo con mis manos
las ramas del naranjo
y cae la fruta madura
sobre el césped
con fuerza.
Una cosecha ejemplar,
si no fuera
porque el sol se ha ido
y la tierra se ha puesto lúgubre.
Aun así, tomo mis naranjas
y me pongo a resguardo,
agradecido.
El viento de tormenta
surge allá afuera
y en mí, una inquietud:
de qué estoy hecho
y qué pretende de mí
la naturaleza.
Resta esperar
que después de las heladas
la fruta sea más dulce.

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Dijiste «hogar»
y los pájaros se arremolinaron
en su nido.
Luego, quedaste en silencio
y ya no asomaron la cabeza.
Parecido hizo Dios conmigo,
y de joven desconocí el afuera.
Difícil fue pronunciar una palabra
y hacer que las cosas se movieran,
construir una casa y luego salir de ella.
Hasta que rompí con el lenguaje
y me abrí como una flor salvaje en la selva
y desconocí a Dios.
Ahora, la oscuridad permanece
mientras los objetos nacen y se mueven
como animales en la arena.

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Las santas tienen una sangre
que los hombres miran con curiosidad
cuando, apretado el brazo,
se dispara como un río divino.
Nada se puede hacer si después
el desprecio vuelve a sus semblantes
y tocan sus cabezas calvas con impaciencia.
La hoguera espera siempre a ser encendida
para quien se declare hija de Dios
y para el pueblo que asista en las afueras.
Golpes de martillos y flechas
mientras aves negras sobrevuelan
el humo de lo que arde.

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E x i l i o

 

 

No tenemos ánimo
para levantarnos y ver la nieve,
derrotados como estamos
en las camas del suburbio.
Un pueblo pequeño
y la gracia de Dios
de haber construido capillas
por todas partes,
aunque confesarse sea aquí
una rareza, la piel extinta
de un buey donde no hay bueyes.
El día en que mueran los viejos,
la iglesia del centro será
un museo de luces alumbrando
las paredes descascaradas
y los animales pedirán comida
directamente en las perreras.
Con nosotros no hay futuro,
como tampoco hay paraísos
que cubran este suelo, lejano
de tanta agua y tanta nieve.

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Hoy amaneció de la misma manera
en todos los lugares. Hubo fotos,
y en las fotos sol y basura,
cables de un monitor desconectado;
y un hombre que hurgaba antes
que los municipales pasaran
con sus tractores y sus palas.
Amarillo el desastre contra el pavimento
y manchado de aceite el cordón de la plaza
que da al campo como si diera al paraíso.
Y un Dios irrelevante a sus costados,
como si realmente comprendiera
el funcionamiento de las cosas.

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Perdido el rumbo de nuestras plegarias,
balbuceamos palabras hacia los astros,
el cuerpo derecho, la cabeza levantada.
Hemos intentado ya todo, deslizamos el pensamiento
como un pez arrojado al agua
y sucumbimos ante la idea de escaparnos.
El encierro es un lugar en que los locos se pondrían a gritar,
la cara de una moneda borrosa e inexistente.
Pero no estamos locos,
tan solo somos seres expuestos a la polución,
a la cara desagradable de la luna.
¿Quiénes son nuestros jueces?
¿Dónde huir cuando la noche es un secreto?
Es la tierra un caballo embravecido a punto de expulsarnos,
la luz repentina de un relámpago.

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No queda nadie,
ni siquiera el escándalo del cosmos
haciendo crujir su melodía
mientras la luna se aja
bajo el silencio de los grillos.
Y debajo y en su habitación mi nombre,
la cara irresistible de un pensamiento
que estalla contra las paredes.
Demasiado lejos he ido,
la mente es un espejismo en el desierto,
el espanto de los perros en un griterío.
Y volver sería reencontrarme
con los jueces de un apocalipsis,
la llama extinta de un fuego nunca encendido.
Piedad a Dios y a los hombres,
el malhumor envuelto en el círculo de la dicha
que exclama por romperse como un cristal.
Piedad, repito, y es todo lo que sé decir.

 

 

 

Diego Brando. Leones, Argentina, 1987. Poeta, docente y técnico de laboratorio. Realizó estudios terciarios en el ISFD Mariano Moreno de Bell Ville en donde se recibió de Profesor en Lengua y Literatura. A fines de 2016 publicó Frontera por Editorial Vilnius. Ha publicado textos en Jámpster, Op.cit, entre otras revistas. Los poemas que componen esta entrada pertenecen a su libro más reciente, Todo lo que se hunde (Vilnius, 2018), remitido a la redacción por el autor y de próxima presentación.

La imagen que ilustra la entrada es un detalle de la obra La Fin du monde (2006) del artista chino Gao Xingjian.

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