Calímaco

Trad. César Torres

 

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Calímaco transita los pasillos de la biblioteca de Alejandría, la memoria más grande de la antigüedad, como los recovecos de su mente. Su labor se pierde en un registro inimaginable para el orden y el pensamiento sistemático. Sin embargo, tiene tiempo de escribir.

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Sin la subjetividad prístina de Safo o el alto vuelo de Píndaro. Sin héroes o atletas que eleven el hombre a los dioses, Calímaco escribe epigramas e himnos destinados a desvanecerse. Servil al estilo ornado y barroco, a los catálogos fríos más que a la musa, queda al margen del canon clásico.

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De este autor menor algo de eternidad se nos ofrece: su testimonio. Leyó y asumió su tradición, hombres que dieron dioses a su lengua, huellas que articularon emoción, amor, virtud, sabiduría, horror… como adanes que desertaron de la obscuridad preliteraria.

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Más que en su sublimidad intemporal, Calímaco los recibe como un archivo, un mundo que le es inaccesible, un sucedió del que sólo existen ruinas. Ya para su momento, el canto lírico no es tal, el poema no se canta con la melodía antigua, la tragedia y la épica se eclipsan. Calímaco podría considerarse, en este punto, una herencia condensada, una mónada que salvaguarda la antigüedad. Sin embargo, se pierden sus obras; sus libros, sus elegías, sus listas, caen de la historia y del pensamiento instituido al abismo del mundo natural y afásico.

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En esta selección se muestran sus epigramas, donde colabora por momentos con la dialéctica de una lengua volátil, desacralizada y popular. También hay un fragmento de sus himnos, donde señala a dioses y ritos, como si la lírica fuese la herramienta predilecta para estudiar esta superficie. Su obra perdida es, sin embargo, un proyecto fracasado de una época en que cada sintagma, carácter, gramma, letra, símbolo… buscaba afincarse en una realidad aún inhóspita, inmanejable para un lenguaje ya no casto y puro, sino oriental y griego, un total desborde de la experiencia antigua.

C.T.

 

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e p i g r a m a s

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xii 150

Como Polifemo se ideó un canto mágico[1] tras haber amado: por Gea[2], no era tonto el cíclope.
Las musas adelgazan el amor, Filipo; remedio de todas las cosas, medicinal el saber.
Por esto, creo, también el hambre encamina por sí misma y muy bien contra lo enfermizo: abate la loca pederastía
Por ello para mí, […] ¡Cuán despreocupado! le digo esto a Eros: Esquila tus alas, niñito,
Te temo como a las migajas de pan: tengo ambos hechizos en casa para la dificultad del dolor de amor.

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285 (v 6)

Prometió a Jónide Calignoto: que ella jamás, ni amante más grande ni amada tendría
Prometió. Pero dicen, es verdad, que a los juramentos en eros no bogan oídos inmortales
Y ahora él en fuego masculino se consume, pero de la penosa ninfa como de los megareos no hay palabra ni recuento[3].

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337 (v 23)

Así duermas, Mosquitica, como me haces tender junto a estas heladas puertas que dan al palacio.
Así duermas injustísima, como haces dormir al enamorado, pero ni por compasión salir a su encuentro en sueños.
Los vecinos se lamentan, tú no, duermes. Pero esto vendrá todo pronto a tu memoria, bajo tu blanca cabellera.

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318 b[4]

Concha tiempo atrás, Cefiritis, sin embargo
me tienes ahora, Cipris, como ofrenda más noble de Selenea,
Nautilo fui y surcaba el piélago
si empujaba la brisa,
tendiendo velas de cordones innatos,
y si venía Galanea, la diosa fértil, era todo remar
de piernas, esto me confirió el nombre,
hasta caer a la playa de Yúlide, para ser admirado
en cada ángulo era un juguete luminoso para ti, Arsínoe,
y no habitación para los huevos que ponga el húmedo alción,
y no he de respirar.
Da a la hija de Clinias dicha. Pues sabe obrar con bien
y también proviene de Esmirna de eólide.

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Himno a Apolo

— fragmento —

 

Cómo Apolo estremece la rama de Dafne,
cómo también a todo el palacio: lejos lejos quien es impío.
Febo así ha tocado la puerta con su hermoso pie:
¿No lo ves? Ondeó de inmediato la palma Delia a cierta dulzura.
El cisne canta la pureza en el aire.
Los mismos cimientos abren estas puertas,
Sus cerraduras: Pues el Dios ya no es lejano.
La juventud se (en)canta para la música coral
Nada encuentra a Apolo sino quien es dichoso,
Quien lo haya visto, al punto grande es, quien no, aquel suplica pequeño.
Veamos, Hecaerge, y jamás lleguemos a caer suplicantes, tampoco
se mantengan para los niños
ni la huella silenciosa ni la cítara muda de Febo en casa
si ellos han pensado casarse finalmente en esta Polis y cortar sus cabellos[5]
y sostener aquellos cimientos donde se afianzaron primeras bases
Veo a los jóvenes, me complazco, sobre su cáscara la lira no podría agotarse de obras.
Audiencia calla agraciada mientras el canto toque a Apolo.
También calla el mar, ahora por los aedos retumba la fama
por la Cítara, por el arco, armas de Febo Licoreo.
Ni Thetis, madre dolida, se sacude por Aquiles,
mientras ¡hié! ¡Peán! ¡hié! ¡Peán! se escucha.
Y la piedra llorona se despeña del dolor
y aquella roca en Frigia se fortalece viva
mármol en lugar de mujer que profería penas.
¡Hié! ¡hié! Pronuncien; con dichosos es maldad disputar.
Quien enfrenta a dichosos, estaría frente a mi señor;
Quien lo enfrenta, estaría contra Apolo.
Apolo honrará la danza en rueda si da un canto acordado con su pecho
pues así es, a la diestra de Zeus se sienta….

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Notas de traducción
[1] Traducción del termino ἐπαοιδάν, también serviría hechizo, encantamiento. Hubiese resultado más satisfactorio mantener su connotación como un sobre-canto, más que un acto de magia o invocación. Me vi tentado a inventar para traducir este término con una palabra compuesta o neologismo como “epicanto”, “meta-canto” o “sobre-cantar”.
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[2] ναὶ Γᾶν: acompañada de un adverbio afirmativo, ambos términos se traducirían literalmente “por la tierra”.
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[3] De la Antología palatina “una alusión a la conocida anécdota según la cual los de Mégara (cf. el 189 de Arato) preguntaron al oráculo de Delfos qué pueblo era el mejor, a lo que respondió citando a varias ciudades y terminando: Vosotros, ¡oh, Megareos!, no sois ni los terceros ni los cuartos ni los duodécimos ni (entráis) en cuenta ni en consideración” (p.166).
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[4] Poema motivado por un voto humilde: una concha de nautilos encontrada en la playa de Yulide es ofrendada en el Cefirión. Esta especie marina sin embargo se encuentra bañada de ideas mitológicas que aparecen en el poema.
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[5] El corte de cabello significó en la Tradición griega una señal de luto.

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C.

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César Torres
. Valera, Venezuela, 1994. Músico, poeta, ajedrecista, traductor y estudiante de Letras Mención Lenguas y Literaturas Clásicas en la Universidad de Los Andes. Participó como músico invitado en el VII Seminario Bordes: Muerte y Espiritualidad en San Cristóbal, Táchira, 2016. Ponente en las VIII Jornadas Estudiantiles de Investigación y Creación Literaria, ULA, Mérida, 2016. Finalista del IV Certamen de Poesía Venezolana «Ecos de la Luz». Ha publicado parodiae (Palindromus, 2021).

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista mexicano Carlos Salazar

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