Cantar del paseante cósmico

Notas a Pasear lunático de Jairo Rojas Rojas

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Lucía Delbene

 

Pasear sin tiempo ni persona, flotar de la voz en la música del canto que evoca y convoca al encantamiento cósmico, a la morada múltiple del viajero que atraviesa en el lenguaje los mundos de la aventura humana: Y su voz hace círculos/ sobre círculos/ en los caminos más viejos y solos/ para que alguien se detenga/ como un astro/ que mira los ojos del caminante y su pasear lunático. El personaje del flaneur en el siglo XIX, encarna el vagabundaje del poeta anti-sistema que contempla los paisajes de la urbe recién estrenada de la revolución industrial con sus flamantes escaparates iluminados a gas y sus masas discurriendo a la hora pico.  Mientras que este pasear decimonónico significaba el derroche implicado en la distancia de la contemplación de la sociedad en serie – el poeta se diluye en el deseo estético e improductivo del arte y no en del ciclo – trabajador-comprador-posesor-desposeído – el pasear lunático de Jairo Rojas Rojas (Mérida, 1980) resuena con esta acción pero con sentido diverso: la constatación poética del tránsito aquí no es solamente el solazarse de la mirada extática que atesora sus imágenes ciudadanas, sino que además es la huella específica de una memoria.

Compuesto por un tríptico de poemas extensos, cuya dirección levita hacia el origen, el libro se abre con «Letanía Namasté», canción de agradecimiento o plegaria de las voces que se despliegan en un abanico coral, abierto sobre la identidad descentrada del emisor polifónico. Acostumbrados a una poesía que se proyecta desde la identidad como unidad, la voz del paseante se desata en múltiples presencias que la habitan como intensidades, vehiculizando la plasticidad de un yo mercurial que ora se funde con la totalidad, ora se posesiona en un nosotros colectivo o apela a un tú dando materialidad lírica al diálogo, o bien es capaz de encarnar una alteridad inhumana como la fémina lunar y carnal agasajada: Yo soy la mujer más antigua de esta tierra toda/ Yo soy la mujer que vive en una cueva antigua/ Yo soy la mujer que muere contigo/ Yo soy la música que no es sólo de este mundo todo. Aquí no hay una distinción entre sujetos y entorno, más bien avanzamos hacia a un mundo donde los seres se corporeizan a través de los modos discursivos de un lenguaje poético versátil que transita aboliendo la ruptura que la palabra establece al analizar el mundo: mi nombre se quebró en incontables fragmentos/ me vi en todas partes sin miedo/ en los gusanos hechos de tiempo/ en las células de los nimbos que atravesaban mis ojos/ en las moléculas del Samán más viejo de esta tierra/ que era otra/ en la luz que miran los muertos, en el agua del maíz/ que me alimenta/ mi voz estaba en las dunas que escriben para mí/ que soy otro.

Pero la voz no solamente surge en canto plural como afirma la apertura del segundo poema, «Las ondas en el aire» según el poeta argentino N. Perlongher «Hay quienes cantan y quienes cuentan». La voz es un recorrido, un desplazamiento, el paseo de la onda sonora en el aire durante la puesta oral, o por el espacio de la página que Rojas Rojas utiliza como un lienzo donde los versos rompen la regularidad visual para explayarse bajo el solo mandato del ritmo de su errar. En este aspecto, también la página, pagus o país, trabaja en la iconicidad que el futurismo preconizara para el blanco de la hoja como ingrediente significante del decir gráfico. Sin embargo, el espacio no es tampoco únicamente el de la página o el aire. El espacio es el universo y el lugar que el poema talla, su metonimia, cifra microcósmica que imanta las órbitas de los astros tanto como los plegamientos acuáticos o las cumbres de una fantasmal cordillera. El espacio no es aquí la sensación de la envoltura tras la cual el cuerpo se arropa, sino la evaginación que la voz es capaz de habitar en el viaje de la poesía proyectada por ella misma en su lance cósmico: el camino es estelar lleno de barro/ ¡ooh!/ ¡uff!/ ¡uish!/ ¡faah!  ¡paah!/ ¡ya todo esto estaba escrito! lo indecible de la testificación se admira con interjecciones, el texto se posiciona como revelación y la reminiscencia muestra que este mundo tiene otro mundo y éste otro mundo/ y éste…

Hay una fábula de Pascal Quignard[1] sobre el origen que cuenta cómo los cazadores errantes del paleolítico siempre regresan a la caverna para exhibir la presa, tal es el relato, para el autor francés, esto significa que irse es ya regresar. El tercer poema, homónimo del título principal «Pasear lunático», estriba sobre la gesta de los niños caminantes de quienes la voz, que se mestiza con la de un narrador, cuenta la cosmogonía personal de la tribu. Sin embargo, no debemos pensar que «Pasear lunático» desarrolla un relato, más bien se acerca al ámbito mitopoiético es decir, la fundación del espacio donde el mundo es creado a través de la palabra poética: Ahí el mundo nace con cada sílaba pronunciada/ el animal/ soñado/ emerge con su voz. Los niños caminan y cantan, su palabra es la constatación de la caminata que como el nacimiento, se transforma en expulsión de la tierra natal y en la identidad endilgada por los padres. En tiempos de migraciones masivas a nivel mundial, el peregrinaje trasunta un motivo más profundo que el del simple destino humano de poseer un cuerpo móvil, el tópico de la despatriación se insinúa a lo largo del libro como una presencia que borra la posibilidad de la vivencia lineal e irreversible. El rostro de la tierra se prefigura en el recuerdo y en la espera, en el sueño o en el agradecimiento por las calaveras del amanecer patrio/ que me llevan a ir jugando con sus huesos/ llenos de señas. Es el agradecimiento de Ulises a Itaca, por darle los maravillosos y añorantes viajes aunque el destierro, como la caída original judeocristiana, conlleve un vestigio traumático, una pérdida insoluble, la cicatriz que es tatuaje de ser. Los niños comprenden las voces cósmicas, el agua, el viento, el árbol original Araguaney dicen, como comprenden el sentido fundamental, la respuesta del enigma: ¿por qué cantamos? Los niños caminan y caminan/ hasta dar con la forma del sol/ es la zona golpeada por el fuego    la candela/ que parte el le g aje;/ sus cantos coinciden con el de los árboles amarillos/ para que siempre recuerden sus nombres.    

 

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Nota
[1] Pascal Quignard, «Morir por pensar», Último Reino IX, Cuenco del Plata, Bs. As., 2016.

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Lucía Delbene. Montevideo, Uruguay, 1974. Poeta, performer y docente. En poesía ha publicado: Garza en garza (2009); Taurolabia (Premio con publicación en el concurso de poesía de la revista); Lo que vendrá(2012) y poemas en las revistas digitales, Transtierros (AR) Enclave (USA) y en el Montevideano Laboratorio de Artes (UY); en el fanzine Antología Errática y Abisal, (Rocha, 2015); en narrativa: el cuento «La homicida de las flores» (Premio concurso con publicación del IPA revista Cantá Odiosa, 2002); El libro de los peces (Trópico Sur,2013) y El libro de los peces y otros relatos (Trópico Sur, 2014) y diversos artículos sobre poesía en revistas electrónicas nacionales e hispanoamericanas: H Enciclopedia, No Retornable, Piedra Alta, Revista Lab, Revista Sic. Actualmente se desempeña como profesora de literatura de enseñanza media, escritora e investigadora y gestiona el canal youtube de video LittleGenova, performance y videopoesía en Montevideo. Su último libro de poesía «La tela maga» está próximo a publicarse en la editorial argentina Juana Ramírez.

La imagen que encabeza este post pertenece a la película francesa L’éclipse du soleil en pleine lune (1907).
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