Canto V • Inferno

Trad. Virginia Pellegrini & Daniel Oliveros

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Nunca antes había traducido nada y, a la vez, mi realidad está rodeada de una constante traducción de palabras. Durante mi niñez, lo que más trataba de evitar eran las traducciones. Me asustaba entrar en el mundo de otra persona y no lograr encontrar nada que me sonara familiar. Escribir poesía presupuso para mí crear mundos desde cero. Un cero que evidentemente existía de alguna forma en mí, pero que no abarcaba la posibilidad de entrar en las esferas creativas de otros. Este año, a raíz del trabajo que mi editor y traductor Daniel Oliveros hizo con mi libro, A prison made of me, empecé a ver que el mero acto de traducir no consta de buscar algo familiar en el mundo de otro, sino incorporar nuestras siluetas en palabras ajenas. Comencé a ver las obras traducidas como textos impregnados de más personas, que mantenían viva el alma del autor.

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En mi caso, traducir el canto V del Infierno de Dante tuvo un significado bastante polifacético. En primera instancia, significó de alguna forma volver a dar unos pasos atrás hacia mi niñez, que definitivamente supuso recrear la cara del poeta florentino que tanto leí de pequeña. Entré en la traducción de punta de pie, y aun así, logré lentamente asentarme en el texto. Quiero dar las gracias a Daniel, por haberme mostrado no cómo traducir, sino cómo dejar que nuestras palabras pudieran fundirse con las palabras del poeta. De alguna manera, él fue mi Virgilio en este proceso creativo tan nuevo para mí.

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La configuración de este canto, si por una parte representa los vínculos y las restricciones que nuestra misma mente nos impone, por otra constituye lo que a lo largo de este proceso aprendí sobre el acto de traducir. Las escenas de este canto ocurren en el intento de recordar. Traducir es trasladar al presente. Un presente que queda aislado del tiempo de los demás. La historia de Paolo y Francesca se renueva y se repite tantas veces que se traduce.

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He pasado mucho tiempo siendo público pasivo de la obra de Dante. He sido una espectadora niña, adolescente y adulta. La Comedia representó, por muchos años, ese espectáculo nunca cambiante que pertenecía a un teatro intocable y solemne. Mientras traducía, empecé a percibir que mi rol en la Comedia había cambiado. Las palabras del poeta no llegaban a mí para que se quedaran en mi asiento de espectadora. De una forma nueva, cada palabra que traducía creaba en sí una comunicación material e íntima con la realidad, hasta entonces, impermutable de Dante.

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Al traducir en conjunto con Daniel Oliveros, poeta y traductor Venezolano, algo muy especial empezó a moldearse en la realidad hermenéutica del canto. La Comedia del poeta florentino se realiza en un espacio neutro, un Tummelplatz, como lo llamaba Freud, donde mi espectáculo dantesco se amalgama con uno ultramar. El acto de traducir una obra tan magistral como la Comedia toma su importancia al pensarla como representación teatral donde, como dice Luigi Pirandello, dramaturgo Italiano del siglo XX, “Una realtà non ci fu data e non c’è, ma dobbiamo farcela noi, se vogliamo essere: e non sarà mai una per tutti, una per sempre, ma di continuo e infinitamente mutabile.”[1]

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[1] “Una realidad no nos fue dada y no existe, tenemos que crearla nosotros, si queremos ser:
nunca será una para todos, una para siempre, sino una continua e infinitamente mutable.”
V.P.

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La poesía, en su cualidad dialógica, cultural, fenoménica, es tan cambiante como los hablantes de una lengua, como las generaciones, como las sensibilidades, como la individualidad que le pertenece a cada quién. Incluso en su forma “original”, el poema escrito no es un objeto cerrado, siempre definido, éste va de la mano con el cambiar constante que ya el lenguaje tiene de suyo.

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Sería natural entonces preguntarse por la pertinencia que tiene la voz propia al trabajar en poetas como Dante. ¿Hay algo que quede por traducir?, ¿hay traducciones definitivas?, ¿qué tan inagotable es un autor y su obra en el sentido de este ejercicio? El caso es que centrarse en la pertinencia no es tan esencial como enfocarse en el hacer inscrito en el trabajo de traducción.

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Por mucho que se piense que un producto sea el sentido de su producción, es en el hacer del traducir, escribir o leer que estas obras se revisten de sentido. Su belleza se produce en el momento en el que cada individuo participa de este eterno fluir de diálogo entre autores, lectores y traductores, siendo estos últimos una posible síntesis de los dos primeros.

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La traducción de este fragmento del Canto V del Infierno que se presenta a continuación es el testimonio de un proceso centrado en su hacer. Especialmente considerando que es el resultado de un trabajo de co-traducción que, a diferencia de la traducción en solitario, se desarrolló sobre la tensión de un verdadero diálogo. Virginia Pellegrini, toscana como el mismo Alighieri, fue un punto de inflexión importantísimo para alcanzar esta versión del Canto. Fue en el traspaso entre sensibilidades, oídos y poéticas que se dio la posibilidad de esta perspectiva bicéfala de la poesía dantesca. Una que finalmente optó por respetar la dicción de Dante, favorecer su música y narrativizar lo menos posible.

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Así pues, quedó un trabajo de traducción sumamente humano; uno que admitió dudas que quedaron en el camino, que requirió una revisión exhaustiva de por lo menos cinco ediciones del Inferno y la negociación, tal como lo ponía Pound de cara a Whitman, entre una poeta nativo hablante y otro que domina más el castellano que el italiano. Todo con el propósito de re-crear un pasaje por el infierno, pero no uno donde se padece en solitario, sino uno donde se participa del sufrir en colectivo, donde hallamos el nacimiento de lo humano en la tensión entre el padecimiento y la compasión.

D.O.

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I N F I E R N O.

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F R A G M E N T O

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Ahora la dolorosa nota comienza
a hacerse sentir en mí; y arribo a un lugar
donde lamentos me percuten los oídos.

He llegado a un sitio donde la luz es muda,
que brama como mar en la tormenta
cuando es sometido por vientos tempestuosos.

Ahí la incansable borrasca infernal
revuelve y azota las almas
con su tortuosa violencia.

Frente a la ruina llegan las almas
blasfemando la virtud divina
con lloros, gritos y lamentos.

Entendí pues que aquellos condenados
a este tormento eran los pecadores carnales
que anteponían la lujuria a la razón.

Como bandadas de tordos batiendo sus alas
en el frío del tiempo, enfilados en número,
son batidos los malos espíritus por el viento,

de aquí, a allá, abajo, arriba,
nula la esperanza que los alivie
y el descanso que mitigue el sufrimiento.

Y como grullas que cantan su lamento,
haciendo una larga fila en el aire,
de este modo vi venir, cargadas de dolor,

sombras nacidas de la misma tempestad;
entonces dije: “¿Maestro, quiénes son aquellas
gentes que la brisa negra así castiga?”

“La primera de aquellos cuya historia
quieres conocer”, dice él entonces,
“fue sobre muchas lenguas emperatriz.

Derrotada por el vicio de la lujuria,
hizo lícita la libido en su ley
para purgar la culpa a la que fue guiada.

Ella es Semíramis, de la cual se sabe
que sucedió a Ninos habiendo sido su esposa
y sostuvo la tierra que el Sultán gobierna.

La otra es quien por amor se quitó la vida
rompiendo su palabra a las cenizas de Siqueo;
y junto a ella está Cleopatra lujuriosa.

Ahí ves a Helena, la cual consigo trajo
tiempos funestos, y al gran Aquiles,
que en un momento final con amor combatió.

¡Mira a Paris y Tristán!”; me señaló
y nombró con el dedo más de mil sombras
cuyo amor los separó de nuestra vida.

Tras escuchar a mi maestro
nombrar damas antiguas y caballeros,
me acogió una piedad y perdí los sentidos.

Luego comencé: “Poeta, de buena gana
hablaría con esos dos que van juntos,
quienes parecen más ligeros que el viento.

Y él a mí: “Cuando estén próximos
ruégales contarte sobre el amor
que los revuelve y se abrirán.”

El viento bruto los dobló hacia nosotros
y desplacé mi voz: “¡Oh almas agitadas
vengan y háblennos si nada lo impide!”

Así como las tórtolas que, llamadas por el deseo,
con alas firmes y alzadas, volando al dulce nido,
son llevadas por el querer;

aquellos impulsados en el aire maligno
del lado de Dido partieron,
y así, profundo el grito.

“Oh, creatura grácil y benigna
que surcando el aire nos visitas
a nosotros que teñimos el mundo de sangre,

si del rey del universo fuéramos amigos,
suplicaríamos por tu paz eterna
pues de nuestro mal perverso te apiadas.

De lo que les plazca oír y hablar
escucharemos y hablaremos con ustedes,
ahora que el viento calla, como está.

Asentada está la tierra donde nací
a orillas por donde el Po desciende
para estrechar la paz con sus seguidores.

Amor, que se enciende en el corazón noble,
arrebató esa bella persona que me fue robada
de un modo que aún me aflige.

Amor, que no perdona a quien de vuelta no ama,
me llevó a un sentir tan intenso
que como ven no me abandona.

Amor nos condujo a una muerte sola. Caína
espera a quien nuestra vida apagó.”
De ellos estas palaras nos fueron entregadas.

Cuando escuché aquellas almas dolientes,
incliné el rostro, manteniéndolo abajo,
hasta que el poeta me dijo: “¿En qué piensas?”

Cuando pude, repliqué: “¡Dios mío, cuán
dulces pensamientos, cuánto deseo
los condujo hasta el doloroso paso!”

Entonces me dirigí a ellos y empecé:
“Francesca, me causan tanta tristeza y piedad
tus martirios que de mis ojos brotan lágrimas.

Pero dime: al momento de esos dulces suspiros,
¿cómo fue que el amor te concedió conocer
aquellos deseos tan inciertos?”

Y ella a mí: “No hay mayor dolor
que recordar los tiempos felices
en la misera; y eso lo sabe tu maestro.

Pero si tanto deseas conocer
la primera raíz de nuestro amor,
lo diré como quien llora y habla.

Leíamos, un día, por deleite
del amor que a Lancelot sometió;
estábamos solos y sin sospecha alguna.

En cuanto la lectura unía nuestros ojos,
palidecían nuestras caras; pero fue
un instante solo el que nos venció.

En cuanto leímos el gran amante
besar la tan deseada sonrisa, éste,
que de mí jamás se ha separado,

temblando me besó la boca. Culpable
el libro y Galahad quien lo escribió:
desde aquel día no pudimos leer más.”

Mientras que el ánima esto decía,
el otro con tanta pena lloraba
que me abandonaron los sentidos,

y caí como un cuerpo muerto cae.

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Virginia Pellegrini
. Nació en un pueblo muy pequeño a media hora de Florencia. Se crió escribiendo poesía y leyendo a Emily Dickinson. Con una vida dividida entre América e Italia, vivió cruzando el Océano Atlántico. Sus padres residían en Florencia y fue ahí, en un liceo de idiomas, donde estudió bachillerato. Años más tarde inicia estudios universitarios en New York. Durante ese tiempo escribe artículos de literatura y neurociencia. Su poesía encontró mayor desarrollo cuando decidió escribir su autobiografía (memoria) en forma de colección poética. Un viaje a través de las imágenes de su mente, a través del tiempo. En 2016, culmina sus primeras dos carreras en literatura y sociología en la Universidad de New York. En la misma institución estudió un máster en literatura con enfoque neurocientífico que terminó en 2018. En septiembre de ese año (2018) se mudó a Madrid, incorporándose al Prostíbulo Poético, círculo poético nacido en Barcelona e itinerante por toda España. En el presente, termina un máster en Neurociencia y Psicología Clínica en la Universidad de King’s College en Londres.

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Daniel Oliveros. Valencia, Venezuela, 1991. Poeta, traductor, editor y licenciado en Educación Mención Inglés por la Universidad de Carabobo, Venezuela. Director Editorial del sello Kavrial. Es Corresponsal en España de la revista POESIA y la revista Ficcionafilia, asimismo, forma parte del comité editorial de Escritores Cordillera. En el año 2014 fue merecedor de la mención honorífica en poesía del V Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo», Venezuela. En 2021 publicó Warlike (LP5 editora), su obra más reciente en poesía.

La imagen que ilustra esta publicación es un detalle de la obra Marxilar, del artista venezolano Efraín Ugueto Z.

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