Carmen Verde Arocha

Muestra poética

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Amentia

(1999)

Da vergüenza
dormir en oración
pero el sueño nos vence.
Cerramos los ojos
y aparece un lago
por encima
del cielo.
A veces,
no despertamos nunca
y quedamos desde siempre
atrapados
en la misericordia de escribir.

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Mieles
(2003)

 

MANUSCRITO DE PALO EN EL CIELO

……………………………………………….a Santos López

En algún lugar oculto entre las raíces,

mi abuela escondía sus tres arrugas verticales
que acentuaban la profundidad de sus ojos.

En algún lugar las mujeres
tienen una abeja incrustada en la laringe

y lo que sudan es miel.

Lo apurado fue la lluvia que llegó a desnudarnos a todas.
A ofrecer un cielo de madera, sin el tiempo de mirarnos por dentro.
Muchas habíamos olvidado los ojos,
o nuestras piernas en alguna vidriera.

La penitencia es llevar un obsequio, algo que parezca un regalo.

Lo mejor es apurarse, estar allí cuando enciendan las velas,
aplaudir, abrazar y desear muchos años de vida. Allá viene
el herrero, que siga de largo,
tenemos varios dulces sobre la mesa.

La vela se apaga a las cinco de la tarde, la gente regresa a su casa
con los mismos zapatos, que nadie olvide sus pies en el baño.
Lo siguiente es aprender a cuidarse uno mismo,
tratar de que los labios no se queden en la boca de otros.  Por eso acá
la gente baila, pero no se atreve a besar.

Olvidaron repartir los caramelos después de la fiesta,
la idea era entregarlos,
para no sentir hambre y no comer el cordero.

Otra vez un manuscrito de palo en el cielo.

 

Todos arrodillados, con las manos juntas, orando.

De nuevo, las mujeres se acercan al oído,
adivinando el susurro,

quizás digan que hablamos con nuestras sombras
si nos acomodamos en las almohadas
y proyectamos los nervios más allá de la arcilla.

No espero que me canten.
Le oí decir a mi padre cuando escribía su nombre
debajo de la tierra.

Lo leído fue escrito hace mucho tiempo.
Otra vez la duda,
el olor a pescado recogiéndose.

Es cuestión

de acostarse en una estera,
desmantelar los árboles hasta las canas
y dejar que brote el amor.

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ISABEL MADERA

Un baúl con pan negro, carne precocida,
y voces de la infancia

traía el abuelo Antonio Isabel Madera
cuando se acercaba a la mesa,
a observar el pastel sobre hojas de amaranto.

El cumplía años,

setenta y nueve servidos en pedazos iguales.

Nunca podíamos cantarle cumpleaños,
se marchaba antes del canto de la cigarra.
Todos quedábamos con la vela,
que nos miraba con remordimientos.

Así era él, cada vez que llegaba presentíamos
su olor a despedida.
Se lavaba la cara. También los pies.

No me toquen.
Y tenía en el bolsillo de la camisa
a su amante,

quien no lo dejaba estar cerca del piso,
remolino de bronce
que lo hacía girar
hasta volverlo ceniza de huesos.

El abuelo alegre sonreía.

Todos confiábamos en que viviría eternamente.

Por eso lo dejábamos ir
con su sombrero tiznado por el sol.
Alejándose del techo.
Tratando de que el pudor no le robara la sed.

 

Isabel Madera vive a cuatro cuadras de la calle El Pozo.

Conocido porque duerme a las serpientes,
le pone dientes de oro,
sostiene el agua en el aire.

En una ocasión
trajo un pedazo de madera,
lo puso con rabia en el centro de la mesa.

En esto se convirtió el amor, escríbanlo.
Salió y se quedó del lado de atrás de la ventana,

y nos veía comernos el dulce,
con desespero
queríamos evitar que el amor se nos fuera.

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ADOBE

Nos paramos en la puerta del mercado
a esperar que dejara de llover.

Ella con la cara hundida en el hueco de la mano
veía pasar naranjas, raíces,
zamuros, tabaqueras,
sillas rotas, mariposas, hormigas de marfil,
todo resumido en cinco monedas.

Era una caliente mañana de enero,
y sin embargo llovía.
Podíamos cambiar la suerte por verduras.

Los zapatos con tacones de un metro
son los mejores pasadas las seis de la tarde.
Ella decía a los hombres
que era más alta que ellos.

Alguien sacude sus brazos velludos
y flacos en el mercado.

Ella entra en un descuido a contar
con cada uno de sus dedos su amor disperso.
El terciopelo comienza a despegarse
de los zapatos. Un mendigo de ojos azules
se le acerca.
No podía convertirse en hierbas.
Mientras, ella veía en los sabios ojos de él,
sus buenas costumbres.
El comía su sopa de pescado con papas,
siempre lo mismo,
y sacudir las penas de los hombros.

Afuera seguía la lluvia.
Escuchábamos el ruido
de la quebrada crecida.

El mendigo abrochaba todos los botones,
desde el principio hasta el fin.
Trataba de escondernos a todas.
No podíamos movernos éramos de adobe.

Lo mejor era desear
que el mendigo se fuera a la corteza del mundo.

Nuestra gloria está en el río.

La promesa fue clara. De nuevo la estera
avivada por el fuego,
y el amor devolviéndose al deseo.

Ese día de enero,
ella continuaba mirando la lluvia,
y el aroma del primer beso.

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En el jardín de Kori
(2015)

 

EN EL JARDÍN DE KORI

……………………………………………….a Belkis (Pepita)

Pepita mira cuán afónicos
están los niños al abrir los regalos

Por encima la palabra se devuelve
a lo que nombra
a lo que cubre
luego de tus dieciséis meses de diálisis

Pepita vámonos de tiendas
Compremos todo tipo de juguetes
La muñeca Belinda que tanto te gustaba
Barbies bebés bicicletas yoyos Lego
Algo encontraremos

Debajo del lago
la voz del agua está agotada
de piñatas caramelos juguetes

Pepita observa cómo se ondula tu cabello cuando ríes

Pasan los niños de ojos azules
y piel negra
Tocan el tambor y danzan en el  jardín de Kori

Siéntate
es tiempo de tejer una bocanada de aire
Lavemos tus ropas
Cuidémonos

La princesa Kori tiene una casa de juguetes
Con su hermoso traje de terciopelo
abriga poco a poco su cuerpo
Ella encaja con sus manos
cada una de las partes de las muñecas y los juegos
Los niños la aman    Nosotras también

Y pensar que hay tantos niños que no han nacido

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HARAPOS DE LUZ

El leopardo afuera
cubre las cuatro esquinas de la casa

No ha comido en todo el día

Si sus garras pudiesen andar solas
estarían conmigo

La ventana entreabierta
las piernas también

y una mínima luz por el único ojo de Dios

Una migaja de pan
espera por una boca en el cielo de atrás

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emperatriz

Carmen Verde Arocha  (Caracas, Venezuela, 1967). Poeta, Editora, profesora universitaria. Licenciada en Letras (UCAB, 1992).  Miembro fundador y

Carmen Verde Arocha. Caracas, Venezuela, 1967. Poeta, Editora, profesora universitaria. Licenciada en Letras (UCAB, 1992).  Miembro fundador y Directora de la Editorial Eclepsidra.  Es autora de los textos, Cómo editar y publicar un libro.  El dilema del autor (Caracas, 2013) y El quejido trágico en Herrera Luque (Caracas, 1992) y en poesía:  Cuira (Caracas, 1997, 1998). Magdalena en Ginebra (México, 1997). Amentia (Caracas, 1999. Premio anual de poesía Arístides Rojas de la Contraloría General de la República). Mieles (Caracas, 2003). Mieles. Poesía reunida, (2005. Mención Honorífica del III Premio Nacional del Libro 2005). y En el jardín de Kori (2015). Su poesía ha sido incluida en: Vitrales de Alejandría. Antología poética. Autores varios. Caracas: Editorial Eclepsidra, 1994. Cien mujeres contra la violencia de género. Kira Kariakin, Virginia Riquelme, Violeta Rojo, comp. Caracas: Fundavag Ediciones, 2015; 102 poetas. Jamming. Poemas. Caracas: Oscar Todtman editores, 2015; Antonio Trujillo. Regiones verbales. Caracas: Fondo Editorial Fundarte, 2014. Tramas cruzadas, destinos comunes. Adalber Salas y Alejandro Sebastiani Velarzza, antologadores. Bogotá: Común Presencia Editores, 2014. Navegación de tres siglos. (Antología básica de la poesía venezolana 1826 / 2002). Joaquín Marta Sosa, selección, presentación y notas. Caracas: Fundación para la Cultura Urbana, 2003; 2a ed. Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, 2013. El hilo de la voz: Antología crítica de escritoras venezolanas del siglo XX, Torres, A. T y Yolanda Pantin, comp. Caracas: Fundación Polar / Angria, 2003.  Common Threads Afro-Hispanic Women´s Literature, Edición bilingüe a cargo de Clementina Adams, Ph.D. Hispanic Estudies. Miami, Florida: Ediciones Universal University of  Northen Colorado., 1998.  Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI. El turno  y la transición. Julio Ortega, comp. México: Siglo XXI, 1997.  Cantos de fortaleza. Antología de poetas venezolanas.  Kalathos Ediciones, España, 2016, entre otros.

La fotografía que acompaña los poemas de Verde Arocha es obra de Juan Carlos García.

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