Carta materialista a mi madre

Ludovico Silva

 

 

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1

Cuando salí de ti, madre, vi una luz de diamante,
vi manos rojas que me salvaban de la nada.
Oí mi propio aullido
de pequeño lobo,
desde entonces nocturno y solitario.
Sólo, entre manos que me trajeron a la vida,
solo, como aún estoy, entre brazos vivientes.

Esta es mi cruel contradicción:
los amores horizontales me dejan solo
y el amor vertical me hace yo mismo.
En asuntos de carne y huesos, amor mío,
la soledad existe. La de uno contra otro:
carne contra huesos, huesos contra carne.
Pero cuando de tu soberbio vientre
haces saltar a un monstruo
o a un poeta par décret des puissances divines
tu vientre se revuelve como pradera en terremoto.
tu soledad se vuelve tempestades,
sube el azufre a tus ojos
y se oyen las tinieblas.

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2

Madre, yo no sé como escribirte
puesto que me escribiste tú a mí mismo.
Se te abrieron las caderas
y las piernas se te ampliaron como catedrales;
me pariste, según dices, a las cinco de la mañana,
la hora del alba y las resurrecciones.
Tú no querías que yo existiese,
ya éramos demasiados,
pero, a pesar tuyo, existí. Y soy el mejor y el peor.
Cuando nací, mamá, cinco soldados
me esperaban para apresarme.
El peor de todos: el tetero de ron puro:
el segundo: la soledad de ser el quinto:
el tercero: mi sensibilidad contradictoria:
el cuarto: mi inteligencia cruel y lúcida;
y el quinto: ah! Dans une ténébreuse et profonde unité!

Mamá, no sé lo que me pasa,
estoy viendo cosas extrañas.
Te veo entre la noche, como si en vez de la vida
fueses la muerte misma, envuelta en sábanas,
o un arcángel salido de mis ojos
o mis ojos salidos de un arcángel.
Sin embargo, eres vida,
y yo pienso, mirándome en tí misma:
cómo se complementa la vida con la muerte!

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3

Vida es dolor, mamá, ya tú lo sabes.
Podrá no ser dolor para los dueños del capital;
ésos no sienten, tienen dinero en los nervios,
se comen a sus semejantes con dientes de oro,
buscan siempre el término medio,
son mediocres,
no andan, como tú y yo, por los extremos.
Por los extremos se llega a la sabiduría.
Eso los haría sudar, morirse de miedo,
porque viven muertos de miedo a la vida.
Nosotros, con estremecimientos y desgracias
sabemos que la vida es pólvora
Et inpulverem reverterís
en polvo te convertirás
mas será en polvo enamorado.
Por mi parte, mamá, me haré humo,
volverán mis cenizas con los vientos del Sur
y se dispersarán más allá de la muerte.
Mi desgracia es no poder mentir.
De otro modo, sabiendo engañarme sutilmente
podría hablarte sólo de amor.

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4

Esos envenenados sacerdotes
que me educaron con buen sueldo (para ellos)
son los culpables de mi culpa.
Con sus hábitos negros, con su aura negra,
sus pasos muertos, su olor de mezquindad.
su certeza de todo, su dogma entre las cejas,
su soledad envenenada de masturbadores,
su deseo de que el mundo
no sea este sino otro,
su cruz, de la que no son dignos
(pues Cristo la llevó, y ellos la venden
como los mercaderes del templo),
con todo ello, mamá, me construyeron.
Pero antes que ellos, tú me construíste
con una mezcla de sangre y pólvora,
y gracias a ella
no les doy paz a mis verdugos.

Ellos hablaban de Cristo todo el día,
pero si Cristo los viese
les daría látigo, les diría:
«Ay de mi Iglesia,
llena está toda de mercenarios!»
Y el pobre Pablo, con su cruz al revés
debió aprender que aun en la cruz
hay que mirar hacia la tierra.
Mirémosla nosotros, madre;
sólo desde la tierra se puede ver el cielo.

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5

Mientras te escribo, mamá, oigo sonatas
escritas por un hombre
que no podía oírse a sí mismo.
Ludwig, o Ludovico, andaba con su muerte a cuesta
y no podía oírla.
¿Iré a ser yo tan desgraciado que no pueda
leer lo que mis manos de tí escriben?
Estoy ciego. No puedo ver la superficie
de las cosas. Sólo veo sus entrañas.
Adivino la esencia de los objetos,
la veo con mis dedos.
Es preciso, mamá, desordenar los sentidos,
realizar un inmenso y razonado
déreglement de tous les sens;
que el tacto oiga, que el olfato vea,
que el oído murmure, que el gusto se disguste
y que la vista toque con dedos cristalinos.
Sólo de la revolución de nuestros cuerpos
podrá surgir la de nuestros hermanos.
Yo no he ido a la guerrilla, mamá, pero algún día
puede ser que me vaya;
no soy fusil, pero sí sé matar
y también sé lo que es morir. He estado muerto.
He nacido otra vez, siempre de tu vientre,
siempre de tí, siempre de tí.

Recuerda que los vivos no viven de los muertos,
pero los muertos viven de los vivos.

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6

Te acompaño, mamá, en todo tu amor.
Acompáñame tú en mi odio.
Detesto las sotanas, detesto los banqueros y las botas,
detesto el capital y sus encantadoras esterlinas,
odio la soledad de los borrachos
incluyendo la mía, por supuesto;
odio a los poetas
que, bien acompañados, cantan su soledad;
odio el dinero, y el dinero me odia,
no miro a los fascistas que me rodean,
aunque sí los huelo a distancia;
todos apestan a dinero y se asemejan
a curas asesinos.
¿Es un crimen matar a la muerte?
Según el Evangelio, hay que aguantar la bofetada
en una mejilla. Pero el Evangelio
no dice lo que pensará la otra mejilla.
La otra mejilla es el látigo del templo,
el odio a la mercadería,
el desprecio a los cortos de espíritu.
Pero la primera mejilla es también desprecio
pues nada hay más despreciable
que golpear a un encadenado.
Son tantas las cadenas, mamá!
Hay tantos cristos, tantos y tan pocos!
En esta igualación universal
que es el dinero
ya no hay quien sepa odiar
con verdadero amor.
Ya no hay quien dirija su corazón
hacia los otros;
tan sólo hay ojos para los objetos.

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7

Tú me diste unos ojos, y así veo.
¿Acaso sabes lo que veo?
En vez de ojos me diste diamantes
que transforman todo cuanto miran.
Veo océanos angustiados,
ciudades y praderas inundadas,
veo muertos flotando en las alturas,
veo una horrible explosión
que acabará con todo, menos con mis palabras;
veo un piano que cae de los cielos,
arpas que vuelan, violas que descienden,
y aquella mandolina de mi padre.

La mandolina, ¿la recuerdas?
Sonaba como ángeles
y llenó mi niñez de fantasía.
La misma de hoy. Algo cansado y denso de recuerdos
poseo, sin embargo, fantasía.
Tengo el poder de transformar las cosas,
puedo hacer de un cuchillo una mirada,
puedo, solo, amarrarme a una silla y gritar,
tengo buena suerte y mala pata,
tengo manos que escriben tu milagro,
tengo tu soledad, tu amor, tu vida.
No descanses, mamá, sé siempre mía,
te necesito hasta la muerte.

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La Carta materialista a mi madre, de Ludovico Silva, está publicada en el número 5 de la revista Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo, 1974 (pp.43-48).

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