Cartas de renuncia

Arturo Gutiérrez Plaza

 

En Cartas de renuncia confirmamos que un hogar se habita desnudo, con la fragilidad y los temores del tiempo; con los asedios de las sombras cuya función es esencializar nuestro oficio de persona provisoria. Presenciamos que no eran las hormigas, sino los ruidos de las herramientas del olvido instalado en las murallas, en lo que inicialmente llamamos un viaje temporal mientras todo cambiaba o volvíamos a la normalidad. El poeta ha construido la equilibrada distancia psíquica y emocional indispensable para escuchar lo vibrátil en la ruina y desolación del país.

Alexis Romero

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tierra de gracia

Y en la Tierra de Gracia hallé temperancia suavísima
y las tierras y árboles muy verdes (…) creo que allí es
el Paraíso Terrenal, adonde no puede llegar nadie,
salvo por voluntad divina.
cristóbal colón

Mis hijos me hablan de sus vidas
desde lejos,
desde abstrusos idiomas.

Yo también desde lejos les escribo,
frente a una catedral
imaginando una verde montaña.

Les escribo desde un lugar donde no existen catedrales,
ni existen montañas
(en el medio de la nada).

Sí, queridos, sí, estoy bien.

Desde allí, desde la nada, les hablo.

¿Y ustedes?

Todos –los de adentro y los de afuera–
nos asomamos por ventanales
conjeturando la lengua y la tierra natal;
aquella que alguna vez
creímos en gracia.

¿Estás bien? ¿Dónde?

Pero a la distancia solo distinguimos torres en ruinas:
guaridas instauradas por los custodios
del hombre nuevo, el de siempre,
el nuevamente renovado.

No te escucho.

Tan solo hablo de una historia repetida.

No te entiendo.

Desprevenidos, como tantos
antes y después, ahora nos sabemos
otro pueblo elegido.

Hablamos luego, más luego.

Destinados a la errancia,
somos también los hijos de Babel.

Adiós.

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el enemigo

Como los egipcios en tiempos de guerra
he recibido falsas noticias
de victorias imaginarias.
He celebrado con anticipación
la derrota de mis contrarios
sin antes haber nunca acordado la mía.

Humillado, he pretendido levantarme
para raptar mi propio cadáver
y descansar junto a él,
escondido bajo los escombros
de alguna fosa común.

De tan arduas faenas
he aprendido a ser displicente con la memoria.

Ahora la encaro en anónimos trajines.

No descreo, sin embargo.
Los días han pasado
y las noches con ellos,
dejándome sucintos recados
en los pliegues de todo.

Tercamente me he hecho al insomnio,
he cambiado de bando y desde allí
aguardo con paciencia las buenas nuevas.

Ahora, sin regodearme en espejos
me adelanto, creo saber dónde se esconde,
en qué trinchera se agazapa
el que fui, ¿el que soy?,
mi verdadero enemigo.

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tierno discurso de un tirano frente a su espejo

Es raro que no pensemos igual.

¡Siempre he sido tan magnánimo!

Todo en mí se da
por ese manto inabarcable
con el que cobijo la lealtad.

Soy, y todos lo saben, la paz.

Sin mí, el caos sería la única verdad.

Por eso te decía,
hermano:
«Es raro».

Es raro que no veas todo con claridad.

Lo he instruido en Twitter, Facebook, Instagram.
En todos los medios que libremente gozan
de mi benevolencia, de mi compasión.

Lo he decretado en afiches gigantes,
en pasquines clavados en los retretes de este país.

Lo he explicado a gritos y en risueños juegos de mano,
digo, en lenguaje de señas –para hacerme entender.

Mi voz es el milagro de los que nunca la tuvieron.
Con gracia me han otorgado la suya
y ahora yo, con regocijo, se las obsequio.

Por eso te insisto,
compañero.

No entiendo, es raro.

Yo sanaré tus heridas para que no sufras
y te daré el amor,
muy lentamente.

Soy el incomparable,
este será mi último nacimiento.

Ven a mí,
somos uno,
te amo.

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reglas claras

En la esquina superior derecha
de este mapa se indica el fin del juego:
«Aquí concluye todo»
(señala una leyenda en letras góticas,
escrita por avezados cartógrafos).

Con la venia o no
del resto de los jugadores,
el azar dispondrá la llegada oportuna
de cada uno a aquella esquina.

Lanzar los dados de nuevo
no estará permitido.
Ya no quedarán fórmulas de escape
más allá de las trochas subterráneas,
clandestinas o imaginarias que geógrafos
y arqueólogos han sabido trazar.

La prédica común es simple:
el que gana
pierde.

Ya no habrá turnos para futuras apuestas.
Sobre ello no hay discusión,
pues por suerte el juego
que se juega sobre este mapa
ha contado desde siempre con reglas claras.

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la fiesta 

La fiesta se apagó temprano.
Fui por hielo y al volver
todos habían desaparecido.

Los vasos a medio tomar
apenas estaban fríos.

La música sonaba distante.

Nunca supe dónde,
pero sonaba.
La podía escuchar
junto a las voces de mis amigos.

¿Pedro, qué te hiciste?

Un cartel al fondo
prohibía las despedidas.

El hielo se hizo agua
y nadie llegó.

Yo sabía que estaban escondidos.

¿Eduardo, dónde te has metido?

De niños correteábamos sin que nos vieran
y, por ser tímidos, en las fiestas
nos resguardábamos del bullicio.

¿Qué hubo cambiado
desde entonces?

Ya saldrán,
no me afanaré en buscarlos,
ni debajo de las camas,
ni en los húmedos rincones
donde jugábamos con las hormigas.

Federico, de ti no he sabido.

Ya volverán.

La música sigue a lo lejos,
allá, allá va, callada, casi, pero aún suena.

Tal vez, escuchándola,
se perdieron o quedaron dormidos.

Pronto vendrán.

Entretanto, no hurgaré,
no descubriré sus escondites.

Los dejaré tranquilos.

Nadie dirá adiós.

Ya vengo, volveré con más hielo,
prepararé sus bebidas.

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la valija

Si has de hablar de una valija extraviada
es porque sabes que en ella
también ibas tú.

Ahora, extranjero, desesperas buscándola
entre la multitud,
indefenso.

¿Cómo suturar tantos puntos de fuga?

Estaba dicho que solo así aprenderías
a rogar por la bondad de los milagros.

Sin embargo, forastero, todo ha sido inútil.

Los reclamos infructuosos
nada dicen a nadie
como poemas ahogados
en tiempos de míticos naufragios.

A tu hora, en tierra ajena, cavilas lejos,
rememoras tus cuadernos mal escritos,
atestados en el interior de tu valija:
borradores de promesas reveladas y burladas.

Pero temes, sobre todo, por sus páginas en blanco.

Ellas, en su silencio ya perdido,
son las verdaderas señales de tu rendición,
las cartas de renuncia al único país que te quedaba.

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vengo de un lugar

Vegno del loco ove tornar disio.
dante alighieri

Vengo de un lugar que ya no existe.

Mi abuela acostumbraba contarnos
que a poco de llegar a esos parajes,
al bajar la neblina de la tarde,
adormecida la luz insumisa,
se afantasmaba la mirada.

No sé si también mis hermanos
guarden esos recuerdos en las retinas.
Se me hace tan escabroso preguntarles
pues la vista no me alcanza para verlos
y lo poco que me dicen
en realidad me lo invento.

Sé que ese lugar no estuvo lejos,
es decir, existió antes de mis ensoñaciones.
Sin embargo, ¿cómo asentarlo?
¿Quién podría creerme a esta hora
si desapareció de los mapas sin darnos cuenta,
una noche, una noche muy larga
que nos tuvo a todos adormilados?

Yo sé que habité ese lugar,
lo juro, pues de allí vengo,
desde allá traje conmigo este cuaderno.

Yo sé que mi abuela existió
y me lo dijo, lo atestiguo en lo escrito,
ya tarde entre la bruma.

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hogar

Vivo en esta ciudad, en este país despoblado,
avergonzado por sus propios fantasmas,
confinado a cuatro paredes hurañas.

Vivo en cuartos vacíos.
En habitaciones que a ratos se encogen
expulsando todo aquello
que hasta ayer me acompañaba.

Vivo en su centro como viven los moluscos,
babosos e invertebrados, cordializando
con la concha que los protege.

Doy rondas, tanteo su superficie,
hago trampas: intento horadarla
guardando la esperanza de encontrar
respiraderos al otro lado.

Pero soy de acá, este es mi hogar
y aunque me vaya, aunque me escape lejos,
este encierro siempre será mío.

Vivo como el cangrejo ermitaño,
como un decápodo errante,
refugiado en conchas vacías,
atrapado, impenitente, esperando
la bondad de alguna ola que me arrastre
o termine de ocultarme en la arena.

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Arturo Gutiérrez Plaza. Caracas, 1962. Poeta, ensayista, docente e investigador universitario venezolano. Ha publicado en Caracas los libros de poesía Al margen de las hojas (1991); De espaldas al río (1999); Pasado en limpio (2006) y Cuidados intensivos (2014). Publicó en México Principios de contabilidad (2000) y en Madrid El cangrejo ermitaño. Antología poética (2020). Entre sus libros de ensayos, investigación literaria y antologías publicadas en Venezuela, se cuentan Lecturas desplazadas. Encuentros hispanoamericanos con Cervantes y Góngora (2009); Itinerarios de la ciudad en la poesía venezolana. Una metáfora del cambio (2010) y Formas en fuga. Antología poética de Juan Calzadilla (2011). Las palabras necesarias. Muestra antológica de poesía venezolana del siglo XX apareció en Santiago de Chile en 2010. Profesor titular de la Universidad Simón Bolívar, es magíster en Literatura Latinoamericana y PhD en Lenguas Romances y Literaturas. Ha obtenido, entre otros, el Premio de Poesía de la Bienal Mariano Picón Salas (1995), el Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz (1999) y el Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2009).

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Pedro Medina.

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