CASA DE HABLAS

Vielsi Arias Peraza

 

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Dar orden a lo escrito de los objetos, del espacio que los contiene frágiles entre ruinas: labrar cada palabra de las casas ligeras, entre pocillos de bruma, citando a Ana Enriqueta Terán, a quien buscamos rendir homenaje con esta sección, que procura intentar entender parte de la tradición poética venezolana, en sus retazos, decires, afueras, adentros. Como si se tratase de una arquitectura fugaz: recoger en el tiempo este archivo de entrevistas que, bajo un techo común, se empareja en su sana diferencia con el quehacer de las obras. Esta es la Casa de hablas, de paciencia hacia despejos interiores, con la que en compañía de jóvenes coronados de mirto por una piedra audible, roída y clara, intentamos, a toda costa, comprender una cartografía elidida de poéticas y representaciones que avanza entre países, años y lenguajes. 

POESIA

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Herencia
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La memoria es uno de los temas centrales en mi escritura, por aquello que el poeta Reynaldo Pérez Só llamó “escritura salvaje”;  es mi punto de partida. Siempre estoy mirando a ese micromundo que me legó venir de una familia del campo venezolano, por esta razón mi poesía busca una sintonía con el mundo que me vio crecer y procura darle voz a personajes de la cotidianidad rural donde viví.

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La poesía siempre alude a un universo personal, pero lo personal también es colectivo. No recurro a la memoria para ser nostálgica o romántica, sino porque considero que todo poeta siempre habla desde un lugar. Ya lo dijo Ezra Paund “uno recibe el lenguaje tal y como se lo ha dejado su raza”, recibimos una memoria y tomamos de ella e incorporamos a ella. La historia hace a los poetas y los poetas hacen la historia.

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Tengo interés de visibilizar la tensión campo-ciudad. Un tema que plantea el materialismo histórico como uno de sus ejes centrales. En tanto el capital es un metabolismo que mastica a los pobres, les ofrece oportunidades que no podrá cumplir y sólo una minoría global podrá alcanzarlas.

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La globalización no sólo es un proyecto de interconexión a escala mundial, si no también, de avasallamiento de las particularidades locales. Escribir desde un lugar  que no aparece en el mapa, enunciar una poesía salvaje es no solamente visibilizar una memoria personal y colectiva, sino también, una forma de contraponerse a una narrativa hegemónica que quiere convertirnos a todos en mercancías almacenadas y listas para distribuir en el mercado. Ya el poeta César Panza nos guio magistralmente con su libro Mercancías , en el cual deja ver cómo los seres humanos cosificados no somos más que mercancías para este sistema económico.

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Agner Heller dice que la casa es el punto fijo desde el cual partimos y al que regresamos. No se trata de ser propietario o habitar un lugar, porque hay gente que no tendrá esa posibilidad. Se trata de pertenecer a un lugar, lo conocido, porque ese punto fijo significa el lugar para los afectos, el calor humano, el lugar donde puedes sentirte seguro y eso sólo no los da la memoria. Un cuerpo de voces que nos constituyen y habla con nosotros.

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Identidad
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La identidad en mi escritura se expresa en la voz de los otros. Ese juego que hago con personajes fantasmales que aparecen en mis textos. Personajes de una cotidianidad rural traídos de la infancia, vuelvo a darles vida al incorporar sus voces en mi poesía. La cotidianidad para mi tiene un gran valor, porque en ella se visibiliza las relaciones de poder y las desigualdades. Por eso tengo un profundo interés en recuperar palabras que pertenecen a una comunidad lingüística en particular. Ese juego me lleva a entrar en el imaginario profundo de quien habla y comprender qué hay detrás de una palabra. Me gusta escuchar, tomar nota de expresiones, palabras utilizadas en la familia y que están en desuso. Esto es un juego, porque de esa fuente nacen mis textos.

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Si te adentras en el imaginario de un país, entonces podrás mirar sus subjetividades, la forma de comprender el mundo, de dar respuestas a sus propios conflictos,  símbolos que los encuentran. El yo en nosotros. Tener conciencia de por qué la gente utiliza expresiones particulares y qué universo hay detrás de esas palabras, es situarse en el terreno de la identidad.

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Y en esto la poesía juega un papel muy importante, porque el poeta al recuperar el habla local,  nombrar calles, flores, árboles, paredes que pertenecen a nuestra geografía nos sitúa en el terreno de la identidad. Creo que sólo así la poesía es auténtica, porque parte del paisaje interior como nos dijo Enriqueta Arvelo; así lo hizo la poeta  Ana Enriqueta Terán al nombrar los ríos de Venezuela, aún partiendo de una tradición del siglo de oro español, exaltó el paisaje y la memoria familiar;  y el poeta Ramón Palomares al incorporar a su poesía la voz de los campesinos de los Andes venezolanos nos permite mirar su forma de comprender el mundo.

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Ahora bien, la palabra identidad ya por sí misma es problemática, porque nos plantea un conflicto con el yo, y nuestra relación con otros, y ese yo colectivo en un mundo global. El proyecto de la globalización trae consigo otros problemas: migraciones, trata de personas, contrabando… Sabemos que desde el principio de la humanidad las migraciones han existido y que los grupos humanos se movilizan buscando mejores condiciones de vida, la gran pregunta para problematizar es: qué le pasa a la identidad ante el “diálogo” de tantas culturas o esto que llaman avasallamiento, porque los diálogos a veces no son nada románticos. Siempre va a existir un proceso de aculturación, es inevitable. Yo no tengo una respuesta definitiva para esta pregunta, pero quisiera aportar a pensar en una:

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La identidad no es fija, no es estática, y por esta condición, las generaciones más jóvenes siempre van agregando al ser nacional elementos nuevos que demandan sus propios intereses, necesidades e inquietudes.

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Ante este inevitable  encuentro o atropello, por las movilizaciones migratorias creo que siempre debe haber un punto de partida. Un acervo en el cual las generaciones puedan refugiarse e ir a la fuente cuando las circunstancias lo demanden.

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Creo que el ser en la sociedad que puede contribuir con la construcción de una memoria es el poeta. Tiene la gran responsabilidad como los monjes o escribas, de la antigüedad o los chamanes de los pueblos originarios de custodiar el gran reservorio cultural que la sociedad ha tejido a lo largo de su historia. Nosotros somos así como una suerte de chivera, un centro de búsqueda que guarda lo más preciado.

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No podemos dejar a la deriva a las nuevas generaciones. Todas las sociedades necesitan un punto de equilibrio.

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La atomización es el punto en el que las sociedades contemporáneas se dedicaron a satisfacer las necesidades que su nivel de vida demanda, pero dejaron de un lado el desarrollo de su individualidad, es decir la posibilidad de agregar a la sociedad sus propia subjetividad. Heller dice que lo que le da sentido a la vida de una persona, es la posibilidad de poder agregar a la sociedad su particularidad y sus propios intereses.  Por ello, creo que la poesía puede contribuir socialmente al regresarnos a nuestro centro.

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Escuela
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Tengo varios años en el campo de la docencia, la promoción de la lectura y la promotion cultural, a través de este trabajo he tenido la oportunidad de conocer a muchos niños con historias de vida terribles que encontraron en la literatura un respiro. La poesía los salvó de la violencia, la prostitución, las drogas, la trata de personas. La poesía los convirtió en seres más sensibles.

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Tiene que ver con lo que ya he venido hablando, una poética de la memoria es enunciar desde un lugar cuyo gran reservorio es la infancia. La poeta Louise Glück dijo  miramos el mundo una vez en la infancia, el resto es memoria.

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Es justamente en ese momento de nuestras vidas donde se funda la sensibilidad,  los intereses, se fija el lenguaje, los recuerdos, donde se construye la memoria. Todo niño es en gran medida un poeta por su capacidad de asombro, de nombrar la vida con aquella apertura, mirar desde la fantasía que los adultos domesticados perdemos. Los niños pueden acceder fácilmente a la poesía, porque todavía no han sido colonizados por la industria cultural y tienen una mayor posibilidad de desarrollar en ellos el sentido crítico por la realidad, el pensamiento propio, cultivar almas más sensibles, de manera que, es un artefacto poderoso para mirar el mundo desde un lugar otro. Y estar en contacto con este universo me permite entrar en diálogo con mi propia fuente.

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Por otro lado, considero que ser docente y poeta te da una oportunidad maravillosa de despertar en los niños la sensibilidad por escribir, y no todos todos tienen esa posibilidad, porque las asimetrías cada vez son más marcadas en el sistema escolar. Afortunadamente, siempre hay un maestro, un familiar, alguien que está allí motivándote y te acerca a los libros. Yo recuerdo que cuando era niña una maestra le dijo a mi madre que yo iba a ser escritora y no se equivocó. Ella descubrió que yo vivía muy lejos de la escuela, pero que sabía leer y escribir muy bien.

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Vivir en una zona rural, con condiciones materiales muy precarias trajo como consecuencia que comenzara la escuela en una edad avanzada, pero mi madre, que siempre fue una mujer inteligente, me enseñó a leer en casa. Ella fue mi primera maestra.

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V.

Vielsi Arias Peraza. Valencia, Venezuela, 1982. Poeta. Licenciada en Educación, mención Artes Plásticas, por la Universidad de Carabobo. Trabaja en el Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC. Ha sido galardonada con el Premio de las Artes y las Letras del CONAC y con el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca (mención poesía). Ha publicado los títulos: Transeúnte (2005), Los difuntos (2010), Luto de los Árboles (2021) y Mandato de puertas (2022).

La obra que ilustra esta publicación  fue realizada por el artista venezolano Jesús Valero

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