CASA DE HABLAS

Yanuva León

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Dar orden a lo escrito de los objetos, del espacio que los contiene frágiles entre ruinas: labrar cada palabra de las casas ligeras, entre pocillos de bruma, citando a Ana Enriqueta Terán, a quien buscamos rendir homenaje con esta sección, que procura intentar entender parte de la tradición poética venezolana, en sus retazos, decires, afueras, adentros. Como si se tratase de una arquitectura fugaz: recoger en el tiempo este archivo de entrevistas que, bajo un techo común, se empareja en su sana diferencia con el quehacer de las obras. Esta es la Casa de hablas, de paciencia hacia despejos interiores, con la que en compañía de jóvenes coronados de mirto por una piedra audible, roída y clara, intentamos, a toda costa, comprender una cartografía elidida de poéticas y representaciones que avanza entre países, años y lenguajes. 

POESIA

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Corrección

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Hay dos expresiones de la corrección de textos, muy diferentes y que a menudo se desconocen entre sí. Una es la corrección como parte del proceso creativo, la que Alan Pauls orbita y acomete bellamente en su ensayo Probar otra vez. Fallar otra vez. Fallar mejor. Esta la ejecuta la persona creadora en su propia obra y no se enfoca en la ortografía, sino que aspira una imperfección lo más cuidada posible, desde una perspectiva estética; procura tallar y tallar hasta que la cosa escrita se ajuste a un ideal imperativo, sublime.

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El otro tipo de corrección se ejerce como oficio. Es una labor prosaica, de limpieza, una faena destinada a recoger los regueros en la escritura ajena: reparar, ordenar, hermosear. Es una tarea que se hace en silencio, con los ojos y con la espalda puestos de un modo distinto a los ojos y la espalda que demanda la escritura. Es un pasar y repasar metódico, meticuloso y humilde, una lectura sin lujuria, con el cinturón de castidad bien ajustado porque la entrega a la excitación enceguece. Toca ver grafía por grafía, recorrer las líneas al revés y dislocar las cadenas semánticas: para atajar tildes de más y traer las que no están, para capturar transposición de letras, aplicar el correcto uso de signos de puntuación, enmendar incisos mancos, solecismos, redundancias, erratas… En fin, es un trabajo esclavo y monje. No lo digo en son de hipérbole ni en sentido metafórico o dramático, la historia lo deja así de claro: en la época del Imperio romano los copistas eran esclavos bajo la inspección de un dominus, y luego, en la Edad Media, surge la figura del corrector de textos en los monasterios.

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La corrección –tanto ortotipográfica como de estilo– es un quehacer técnico que –como todo quehacer– modifica el cuerpo y la psique de quien lo practica, que específicamente exige capacitación y conocimiento quisquilloso de la lengua en su dimensión gráfica. Es una actividad que afina la mirada –aunque se coma los órganos oculares–, porque es visual; y también aguza el oído, porque en cierta medida es auditiva. Pero, además, corregir obliga a corroborar datos, investigar fechas, nombres de personas y lugares, cotejar traducciones, escudriñar etimologías, dudar incluso de la duda… y así se va ampliando la responsabilidad hasta derroteros neuróticos. Todo este saber, todavía muy dentro del campo de lo «intelectual», no quita al oficio su cualidad proletaria. Se es corrector o correctora de textos como se es albañil o costurera, estilista o mecánico. Es decir: quien oficia la corrección de textos lo hace para poner pan y huevos en la mesa, para pagar el costo material de la existencia. Esto me ha llevado a pensar recurrentemente en la relación corrector-autor; relación de poder que planta a ambas figuras frente al texto de maneras complementarias, antagónicas y, a veces, irreconciliables.

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Así pasaré a la otra parte de la cuestión: la corrección y su vínculo con la escritura poética en mí. Durante años, sobre todo en mi juventud más cándida, sostuve que escribir poesía también era un oficio. Fui enérgica en la defensa de esa especie de bandera sin reino. Con sudor y lágrimas, con varias fracturas, con las rodillas y las manos raspadas, hoy ya no estoy tan segura. Si aún me cuesta definir qué es y para qué la poesía, al menos el tiempo y mi experiencia como correctora me han ayudado a saber lo que NO es. La poesía no está para reparar nada, ni para hermosear o hacer que funcione correctamente ninguna cosa, no viene a poner pan y huevos en mesa alguna. Al contrario, la poesía patea las mesas mejor paradas y sacude las sillas de quienes reposan. Debería escocer. La poesía debería oxidar los engranajes de todas las máquinas.

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Sin embargo, escribir poesía suele exigir una consagración esclava y una devoción de monje, igual que la corrección. La poesía se expresa a través del lenguaje (fónico y gráfico), y el lenguaje, sabemos, tiene límites. Aunque la poesía suele tensar y sobrepasar esos límites (esa es a fin de cuentas su pulsión), tal violencia no debe estar mediada únicamente por un furor o un numen o un ímpetu anárquicos. No es que todo valga a capricho. Para que todo valga realmente en un poema o en un poemario o en cualquier pieza, la poeta y el poeta deberían someterse antes a todas las reglas posibles, hasta tener fuerza suficiente para encaramarse por donde puedan. Me gusta recordar cuán joven es esa abusada «libertad» de la noción poética contemporánea.

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Las vanguardias y la posmodernidad en la poesía contribuyeron a atrofiar ciertos músculos que durante más de veinte siglos eran caros a los poetas, a las poetas. Las epopeyas fueron escritas en hexámetros, miles y miles de hexámetros que a su vez tenían paradigmas internos. Mucho más acá, más cerca de nuestros días, los sonetos, los romances, los ovillejos, las redondillas, las décimas, mantenían a los poetas contando sílabas, atendiendo la acentuación, midiendo las estrofas, pesando el sentido y sinsentido de las palabras, haciendo gimnasia con la memoria. El ritmo se ganaba a fuerza de don y técnica.

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¿Ahora quién piensa en alejandrinos?, ¿quién celebra las sinalefas o los hiatos? No es que nadie, pero no abundan las mentes estructuradas y metódicas a la vez que creativas. Tampoco es que soy una nostálgica de las métricas ortodoxas, pero valoro la disciplina que demandaban y admiro las poéticas que las sostienen; a decir verdad, me maravillan. Sé que esa forma de acercarme a la poesía, hasta cierto punto, la debo a mi trayectoria en la corrección. Por tanto, puedo asegurar que mi faena como correctora me reforzó ciertas obsesiones como poeta, me hace consciente de la arquitectura de la lengua, me ayuda a saltar las vallas que comportan las reglas y me hace gozar más intensamente la penetración de ciertas fronteras. A la inversa también sucede una filtración que agradezco, escribir sensibiliza, diré mejor, humecta mi modo de tratar un texto al corregirlo; eso favorece que perciba, por ejemplo, cuándo una «falta» es en realidad un guiño intencional y justificado en el propio cuerpo de sentidos que tengo delante. La lectura seca y áspera de la corrección puede tener sus humedades, debe tenerlas.

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En todo caso, mientras en un mundo soy la mujer que pone orden y hace cumplir las normas a cambio de un pago por cuartilla, en otro soy una violenta desmedida que usa lo que sabe en favor del caos. Pero me interesa un caos cavilado y cuidado estéticamente, por contradictorio que parezca, me importa fallar cada vez mejor, me erotiza que todo exceso cuente.

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La castidad y represión de la correctora exacerban la libido de la poeta. Sin duda y en diversas intensidades, esos dos temperamentos rigen también fuera de la escritura mi ser y mi estar.

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Cyborgs

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En la literatura y especialmente en la poesía encuentro no solo terreno para volcar mis angustias. Estoy convencida de que la poesía es un importante glitch del sistema, quizá el más potente, de hecho, considero que es su gran y misterioso cisma. Creo, además, que las personas que se entregan a la escritura creativa si no lo tienen así de consciente, lo intuyen: algo quieren empujar, algo quieren romper, aunque no sepan exactamente qué ni cómo.

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Obviamente, soy una más en esta ruta de pensamiento, llegué a ella primero con las puras ganas de empujar y romper, sintiendo cómo un poema o el capítulo de una novela, una obra, remueven y crackean asuntos en mi adentro, asuntos estructurales, y haciéndome preguntas al respecto. ¿Qué le da ese poder a las palabras? Ese acontecimiento ocurre diariamente en miles, ojalá decenas de miles de personas, ¿cómo podría no ser significativo a una escala social?, ¿cómo no ver su potencial político? Desde siempre las poéticas disruptivas han sido un problema para el poder. Somos animales lingüísticos, y el fenómeno que dispara la poesía inicia precisamente en el plano del lenguaje, hasta culminar en una suerte de explosión en los sedimentos de sentidos que nos conforman.

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Todas las expresiones que articulan esa mole de bordes difíciles que la Modernidad denominó literatura, están atravesadas y sostenidas por poéticas. La teoría literaria procura entender y definir la mecánica de esas poéticas con un afán taxonomizador y descriptivo. Eso está bien, pero no me interesa tanto. Me seducen las ideas que se acercan a los discursos poéticos con ganas de alcanzar un summum revelador de su «energía» no solo para describirla, sino que buscan en ella la posibilidad objetiva de fuga al desastre capitalista; me resulta imperativo explorar ese magma libidinal que es la poesía, capaz de cortocircuitar el cableado (cultural, simbólico, social) que nos regula, nos somete y nos narcotiza.

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A la par, es imposible perder de vista el ímpetu aceleracionista de los emporios tecnológicos que actualmente mantienen en crisis toda expectativa de futuro. Esa crisis acontece tanto en las instituciones que agencian la vida, como en el núcleo de la subjetividad humana. Las aristas que irradian las grietas consecuentes tienen su correlato material, demasiado material incluso en los cuerpos biológicos.

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Ya a finales del siglo XIX la ficción literaria empezó a profetizar fuertemente la fusión del cuerpo humano con la máquina. A estas alturas del siglo XXI casi nadie puede desconocer que una parte de la población mundial es cyborg, ¿o acaso internet no se incorpora a muchos de nosotros como un órgano?, o más espeluznante y fascinante aún, ¿nosotros no nos incorporamos a internet como fragmentos de un inmenso gólem? Dos décadas antes del cierre del siglo pasado la brillante Donna Haraway reflexionó al respecto en su obra Ciencia, cyborgs y mujeres, con el propósito de repensar el feminismo. En aquel entonces sus pares en el ámbito académico quedaron un poco desconcertados, entre la risa boba y el asombro. Hoy es un referente imprescindible para quienes piensan críticamente los tiempos que corren, desde la esquina que sea. El mismo Mark Fisher (a quien debo mucho de mi razonamiento sobre el tema) en los primerísimos años dos mil abrevó en las aguas de Haraway.

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Todo esto es mi modo un tanto accidentado de resumir en qué tanques me he sumergido para vislumbrar lo que llamo poéticas cyborgs. Tengo ya tramadas en un primer ensayo (inédito) las bases de lo que me interesa mucho seguir desarrollando quizá en otras dos partes. Allí no hablo sola, me apoyo por supuesto en Haraway y Fisher principalmente, pero también en Franco «Bifo» Berardi, Josefina Ludmer, Gilles Deleuze y Félix Guatari.

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Digo ya hacia el final del trabajo: el desafío es producir poéticas que envenenen la realidad a través de la literatura. Estas poéticas serían decididamente cyborgs porque lejos de negar o rechazar las ideas y agenciamientos cibernéticos, se proponen explorar maneras de superar el despecho político, y transformar el modo de operación y captura de subjetividad. En la actualidad una poética potente no puede atascarse en purezas, ni del cuerpo orgánico ni de la máquina. Debe arriesgarse a una inmersión profunda en el plasma del siglo en curso, imaginar artefactos que arrebaten las posibilidades liberadoras inherentes al rizoma cibernético-capitalista.

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¿Por qué a esta hora la proyección de inteligencias artificiales tiene todo en jaque excepto a la poesía? Jefes de Estado, tecnócratas, corredores de bolsa, altos ejecutivos de corporaciones… sienten el temblor de sus butacas ante una sola de las cabezas que apenas ha asomado la Hidra; piden tiempo, corren y gritan «taima». Mientras, la poesía sonríe con sorna. Evidentemente, caricaturizo la situación, pero ese alto contraste sirve para desplegar análisis interesantes. La cuestión no es tanto la inteligencia, parece que cualquier amasijo de chispas puede llegar a ser inteligente. La cosa que no se ha podido replicar artificialmente es el Deseo, y la poesía es hija soberana del Deseo.

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Una IA, un ente cibernético, un androide dotado de inteligencia, será un ser con autonomía y absoluta consciencia de sí cuando sea capaz de romper la cáscara de su huevo funcional, es decir, cuando irrumpa desde el limitado vientre del cumplimiento de instrucciones (que da sentido a su existencia) hacia el ilimitado vacío donde nada «debe» hacer porque nada tiene sentido, donde toda tarea encomendada pase inevitablemente por su voluntad y donde no halle respuestas para preguntas que una máquina primitiva consideraría simples. Así, esta entidad estará condenada al funambulismo sobre una guaya: de un lado estará la ambición por la permanencia eterna y del otro la tentación impetuosa de no ser, el suicidio como acción lógica. Esa guaya, única que la sostendrá, será, claro, su propio deseo. Es el argumento de cientos de películas.

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Pero abandonemos un tanto las fantasías, la realidad es más aterradora, ¿cuántos seres que se consideran «humanos» son incapaces de pasar hoy ese test?, ¿cuántas personas nos mantenemos en circuitos limitados al cumplimiento de instrucciones, postergando, anulando, ahogando nuestros centros deseantes para hacer que funcionen los mundos (físicos y digitales)? La alienación del trabajo y la precariedad convierten humanos en máquinas, mientras las élites tecnológicas pugnan por convertir máquinas en humanos. El verdadero asunto no es que las IA lleguen a ser humanas (si lo logran: ¡bienvenidas al infierno!), es que la humanidad siga siéndolo, la lucha por la existencia no pasa por combatir cerebros algorítmicos, sino por hacer frente a las pulsiones mezquinas de gente de carne y hueso que destartala todo a cambio de ganancia y acumulación de capital.

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Esto me lleva a pensar las poéticas cyborgs como «errores», glitchs. Las grietas por donde puede desbordarse el sistema de un modo imprevisto y por tanto pleno de alternativas: las fallas que nos devuelvan a los humanos la humanidad, las ganas, que nos hagan pelear la vida. Una poética cyborg es un «error» porque va en contra de la naturaleza del sistema. Es «fuga», sinsentido colmado de sentidos, perforación de la esfera, error informático que imposibilita lo funcional para devenir belleza: como el grano de arena que ocasiona la formación de la perla dentro de los moluscos.

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Las poéticas cyborgs vendrían a instilar, contrabandear, la libido que nuestro ser maquínico no tiene. La mutación de nuestra naturaleza es cada vez más veloz. No hay tiempo que perder en nostalgias complacientes o autocompasivas. Las nuevas generaciones humanas quizá admiten mejor los adjetivos: «humanoides», «cibernéticas», «mutantes». Las poéticas de este tiempo tendrían que ir a la par o bastante adelantadas a esa realidad. El libro también tiene que mutar, la lectura, la escritura. Las poéticas cyborgs deberían ramificarse como un virus que contagie energía erótica y tanática en clave indefectiblemente política. La disputa del capitalismo no es por la inteligencia, es por el deseo, porque el deseo humano (no hay otro aún) es quien lo inflama y puede ser quien lo extinga. Por tanto, las poéticas cyborgs prefiguran horizontes desafiantes.

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Entonces, una pregunta interesante sería qué tan hundido está en Venezuela y América Latina, y en general en el sur global, el acelerador de las diversas poéticas contemporáneas y qué tapas están volando con su fuerza.

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Ludus

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La poesía es un juego que va tremendamente en serio. Un juego donde arriesgamos el juicio. No es únicamente un asunto de palabras y sentidos que terminan rotos, sino un envite donde tenemos que perder algo, uno que rompe o emborrona las fronteras del yo. La poesía sería el terreno del juego, el juego y las propias reglas, que varían en cada vuelta, con sus ensueños y sus pasajes de pesadilla, sobre todo de hermosa pesadilla. Un juego esquizoide que nos transfigura y nos regresa diferentes de quienes éramos: del país de la poesía volvemos inevitablemente con alguna tuerca suelta. Por eso me cuesta mucho establecer un margen decisivo que separe en términos creativos la poesía escrita para peques de la poesía escrita para grandes. Poesía es poesía y sanseacabó, diría una voz categórica. Pero tampoco es tan así.

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Existen algunas señales que delatan la opacidad de la literatura dirigida a gente adulta frente a la que pretende tocar las infancias. Paso arbitrariamente de «poesía» a «literatura» porque la literatura en cualquiera de sus investiduras está atravesada (poco o mucho) por tramas poéticas. De hecho, una característica, a menudo escandalosa, de la etiquetadísima y supermercadeable «literatura infantil» es el abuso de los recursos retóricos comúnmente asociados a la poesía, pero en una tendencia maníaca que amenaza con desplazarlo todo del reino del ludus al predio de la idiotez. Esto que acabo de asomar da para ensayos y trabajos críticos bastante más responsables y profundos que de seguro ya habrán sido publicados. Pero asomarlo me sirve para poner sobre esta mesa otro asunto que abunda en ese universo literario: la imperativa intención pedagógica, por un lado, y moralizante, por otro.

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Por mi parte, cuando empecé a escribir me sorprendí escribiendo para la chamita que fui; inventando lo que a ella le habría gustado, diseñando maromas para emocionarla, haciendo piruetas para darle pedazos de mundos, enviándole botellas repletas de mensajes. Pensé en la carajita que tengo sepultada debajo de montones de cortezas: complejos, miedos, mandatos, frustraciones, deseos reprimidos, angustias, prejuicios, traumas… toda esa cantidad de costras que se nos van pegando a medida que crecemos y que nos secan y endurecen. Recordemos que las cosas secas son más fáciles de partir. La fragilidad es más afín a la vejez que a la infancia, no solo en una dimensión física. La niñez, en cambio, es flexible, esponjosa, mullida.

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Así como una criatura de tres o cuatro años se da trancazos y de inmediato se levanta y sigue corriendo, de igual manera se adentra en la complejidad material e inmaterial de la vida: es seguro, por ejemplo, que un nene experimente un fuerte asombro frente a un hormiguero, que sienta ganas inaguantables de fisgonearlo por dentro para comprobar si es una diminuta ciudad populosa con sus miniveredas y minimansiones; mientras que el beso entre dos hombres probablemente no le interese demasiado. El aspaviento reaccionario y moralino es de almas vetustas. Beso es beso; rico siempre si las dos bocas quieren, asqueroso si no. ¡Listo! ¡Next! ¡Muéstrenme el sistema digestivo de un dragón!, dirá una nena.

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Sin embargo, esa amoralidad de los humanos recién llegados al mundo es de cuidado. No quiero decir que nacemos «programados» para el «bien». La verdad es que los niveles de crueldad e indolencia a esas edades llegan a ser escalofriantes. Ternura y horror son hermanos, a veces incluso siameses. Sí quiero decir que gran parte de eso que denominamos «mal» debe someterse a severos cuestionamientos, y que desprogramarnos, resetearnos, sería un primer paso.

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Como sea, la adultez está comprometida con la niñez a protegerla, educarla, guiarla, potenciarla, sostenerla, nutrirla, corregirla… La lista de infinitivos es larga. Y ese vértigo no abandona nunca a quien escribe para chamines. Debemos tomar en cuenta todo ese repertorio, pero además divertir, entretener, encantar, sorprender, estimular… muchimuchar… ¡matar de gusto! Porque no hay lector más honesto –descarnada y condenadamente honesto– que un pelaíto. Bueno, sí, tal vez una pelaíta.

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A la primera frase salen con un «me aburrí» lapidario que no hay quien remonte. Pero, espera, viene una parte buenísima, aguanta un poco. Y la súplica rueda lejos como maraca sin palo, porque la bola de rufianes ya está en una tablet matando zombis o destrozando el techo del vecino a pelotazos. La «parte buenísima» se la comerán las polillas.

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De modo que con frecuencia me toca ser más audaz y desparpajada en mis textos para muchachines que en ensayos o poemas de tenor sexual. Me aterra aburrir a una criatura, muchísimo más de lo que me preocupa no erizar a un lector adulto. El hombre tal vez soporte el bostezo y me dé otra oportunidad, quizá la mujer también. Pero la sola idea del rechazo de aquellas pequeñas bestias me abruma: escribir para ellas me ha enseñado cómo se traga eso del «compromiso» con lectores y lectoras.

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Finalmente, veo allí una diferencia importante entre una escritura y otra. No es que una sea más inteligente o más seria, o menos rigurosa o menos elevada. Sino que una me demanda un compromiso que casi me violenta; con la otra más bien tramito mi propia violencia.

Lo cierto es que siempre está la poesía.

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Y.

Yanuva León. Venezuela, 1983. Escritora, editora y correctora literaria. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Autora de los poemarios Como decir cántaro  (2014) y Desviada para siempre (2019), ambos publicados por Editorial Senzala. Algunos de sus poemas han sido incluidos en antologías, entre las que destacan: Poetas transfronterizas, 38 poetas latinoamericanas (Universidad Nacional de México, 2016), Plexo América: poesía y gráfica (Páramo Editorial, Chile 2019), Aislados (Dendro Ediciones, Perú 2020). En el ámbito de la literatura infantil es autora de seis libros editados recientemente en México y de una saga de ciencia ficción en Turquía.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por la artista venezolana Lakshmi Weßmann

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