CASA DE HABLAS

Néstor Mendoza

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Dar orden a lo escrito de los objetos, del espacio que los contiene frágiles entre ruinas: labrar cada palabra de las casas ligeras, entre pocillos de bruma, citando a Ana Enriqueta Terán, a quien buscamos rendir homenaje con esta sección, que procura intentar entender parte de la tradición poética venezolana, en sus retazos, decires, afueras, adentros. Como si se tratase de una arquitectura fugaz: recoger en el tiempo este archivo de entrevistas que, bajo un techo común, se empareja en su sana diferencia con el quehacer de las obras. Esta es la Casa de hablas, de paciencia hacia despejos interiores, con la que en compañía de jóvenes coronados de mirto por una piedra audible, roída y clara, intentamos, a toda costa, comprender una cartografía elidida de poéticas y representaciones que avanza entre países, años y lenguajes. 

POESIA

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Unidad

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La unidad siempre ha resultado un término complejo y acomplejado. Se le exige a una obra que tenga unidad, que exponga unos hilos temáticos, argumentales y formales que la sostienen. Los huesos afuera y la piel adentro. Voltear el cuerpo. Incluso, hay ocasiones en que un grupo sólido de poemas autónomos, autosuficientes, se descartan porque no cumplen con los estándares de unidad. Yo me he preocupado por la unidad en dos libros concretos: Ojiva (2019) y Dípticos (2020). En ellos, y en especial el segundo, existe lo que convencionalmente denominamos unidad.

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En Ojiva la unidad es proporcionada por el contexto que se describe simbólicamente en el poema dividido en 21 partes, en la justificación del verso (forma arbórea, centrada), en la dinámica auditiva, casi prosaica, y en la expectativa por la desaparición y la muerte.

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En Dípticos, mi libro con más unidad, me planteé lo siguiente: dos personajes de la mitología griega que hablan en primera persona, y que se han vinculado siempre en los relatos mitológicos (bien sea por amor o por odio, por el cuerpo que se ama o por el cuerpo que muere o asesina). Allí me quise ceñir, “lexicográficamente”, a lo que dicen los diccionarios como el de Pierre Grimal, y desde luego a los referentes clásicos como Esquilo y Homero (entre lo lírico y lo dramático), incluso en películas proyectadas en este siglo XXI.

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La otra línea serían mis libros que se han preocupado más por lo que sucede en los perímetros de cada poema; es decir, en el motivo que el poema desarrolla. Allí estarían Andamios (2012), Pasajero (2015) y Paciencia mineral (2023). Estos tres libros han demostrado, cada uno a su manera, una preocupación por la infancia, la familia, los paisajes inmediatos, el arraigo y la migración, lo que se desea y se expresa en un poema, sin afectar sustancialmente al resto de los textos y replanteando lo que hemos llamado unidad. Digamos que estos poemas pueden ser leídos como conjunto, pero sin una unidad total. Yo intento ir de un lado a otro, de la unidad y la “no unidad”, sin jerarquizaciones.

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Edición

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De manera casi ininterrumpida, en los últimos doce años me he dedicado a la corrección ortotipográfica y de estilo para “ganarme la vida”. La vida ganada con este oficio es estimulante y exigente. Es una forma digna de “monetizar” en un trabajo que, luego de la fase contractual (del vínculo laboral y editorial con determinada obra), te ejercita en la propia escritura. Este trabajo también puede ser visto como un gimnasio lingüístico para los músculos de expresión verbal.

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El corrector de estilo se mantiene en una posición discreta, flexible, tras bastidores. Es un albañil del lenguaje, en el mejor de los sentidos y sin ánimos de ser peyorativo.

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Hay que mantenerse sereno ante las insatisfacciones y los elogios. El lector y los autores esperan la limpieza total del texto, el exterminio de cualquier errata. Eso es lo que el corrector desea siempre. Aquí no hay lugar para la estadística: sólo se tendrá en cuenta lo que tu ojo no haya detectado. Es un juicio que también tienen los correctores. O como dice Camilo Ayala Ochoa, un corrector mexicano: “No importa cuánto hagas, nunca será suficiente”. Sísifo fue el primer corrector.

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El lector editorial o editor es distinto al lector que sólo lee por gusto, y que, evidentemente, sólo se mueve por el goce o por afinidades exclusivas. El lector por placer busca el libro en un anaquel de su biblioteca personal, en la biblioteca pública o en alguna librería. Allí está todo: el reto es encontrar el libro impreso que lo convenza, que lo estimule. El lector editorial, no menos riguroso, parte de la “calidad literaria” de la obra que desea publicar. La calidad literaria del manuscrito siempre debería existir. Lo que varía es el género, los recursos, los estilos.

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Hay libros que yo no escribiría pero que son necesarios, que se sostienen, que pueden tener una vida editorial en forma de libro. Editar obras disímiles entre sí te permite reformular muchos aspectos como lector e incluso como autor. Hay que ver la calidad de una obra y salirse del confort de los lectores que leen sólo obras afines. Uno intenta ser un mejor “lector editorial”, saber que una propuesta tiene los méritos para superar la barrera de lo inédito. Si publicara obras cercanas al lector que sólo lee por placer, creo que estaría ofreciendo una mirada parcial de la labor editorial. Los libros que leemos y publicamos como editores nos complementan como lectores, como lectores que intentan miran un poco más allá de las afinidades más próximas. Quiero pensar que nos volvemos mejores lectores.

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Con los libros artesanales hemos aprendido a conocer los procesos posteriores a la producción editorial, es decir, qué sucede luego de recibir un manuscrito, leerlo, corregirlo, maquetarlo, definir la imagen de la portada. En mi caso particular, conocer a los proveedores, quienes comercializan el papel, el hilo, la cartulina, el que maneja la enorme refiladora marca “Polar”, las empresas de envío, los libreros independientes, los gestores culturales. Con los libros artesanales te vinculas con el trabajo manual, con el cosido de cada libro, con la vida física de cada uno de los libros. Con lo que denominamos “cadena del libro”.

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El siglo XXI y sus tragedias sanitarias no vencieron la insistencia del libro en papel. La vida digital de un libro, sea el formato que sea, comercializable o de libre distribución, es un complemento de la versión impresa. No veo aquí una contienda sino una asociación que proyecta aún más la obra y a los autores.

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Prosa

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La prosa ensayística te cambia. Al menos a mí me ha cambiado. No concibo mi escritura poética sin la ensayística. Tempranamente me interesé por la prosa que se manifiesta como reseña, como diario, como ensayo o como ejercicio de crítica literaria. De hecho, si me tocara decir cuál es la escritura menos tortuosa, en mi caso sería la prosa ensayística. Redondear un buen párrafo, lo considero como definir la profundidad de una estrofa.

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En otras ocasiones he hablado que me interesa leer ensayos con la misma actitud de quien lee cuentos o ficción breve: busco en los buenos ensayos un placer similar, más allá de lo que teóricamente se diga sobre una obra o un autor. Aquí, evidentemente, hay un interés por el estilo, por la intensidad y el ritmo de la prosa.

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Hay poetas que no suelen escribir ensayos y otros que sí. Y dentro de la segunda línea, existen poetas que se sienten motivados a publicar ensayos o reunirlos en un volumen. Con extrañeza veo a algunos buenos poetas que escriben ensayos con frecuencia, pero que anímicamente no se sienten motivados a publicarlos. Entre nosotros, me refiero al entorno literario venezolano, existen altos referentes, pero siempre será insuficiente el balance.

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N.

Néstor Mendoza. Mariara, Venezuela, 1985. Poeta, ensayista y editor venezolano. Es licenciado en educación por la Universidad de Carabobo, mención Lengua y Literatura, y posee estudios superiores en Literatura Latinoamericana por el Instituto Pedagógico de Maracay. Ha publicado los libros de poesía Ombligo para esta noche (2007), Andamios (2012), por el cual resultó merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura en 2011, Pasajero (2015), Ojiva (2019) y Dípticos (2020). Algunos de sus poemas también han sido traducidos al italiano, inglés y francés, en particular su libro Ojiva cuenta con la edición alemana Sprengkopf (Hochroth Heidelberg, 2019), con traducción de Michael Ebmeyer. Poemas suyos han aparecido en distintos medios de Latinoamérica y el mundo. Forma parte de la antología Nubes. Poesía hispanoamericana (Pre-Textos, 2019). En 2022 publicó Alfabeto de humo. Ensayos sobre poesía venezolana.

 

La obra que ilustra esta publicación  fue realizada por la artista venezolana Gabriela Guilarte (Garabato)

 

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