CASA DE HABLAS

Gina Saraceni

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Dar orden a lo escrito de los objetos, del espacio que los contiene frágiles entre ruinas: labrar cada palabra de las casas ligeras, entre pocillos de bruma, citando a Ana Enriqueta Terán, a quien buscamos rendir homenaje con esta sección, que procura intentar entender parte de la tradición poética venezolana, en sus retazos, decires, afueras, adentros. Como si se tratase de una arquitectura fugaz: recoger en el tiempo este archivo de entrevistas que, bajo un techo común, se empareja en su sana diferencia con el quehacer de las obras. Esta es la Casa de hablas, de paciencia hacia despejos interiores, con la que en compañía de jóvenes coronados de mirto por una piedra audible, roída y clara, intentamos, a toda costa, comprender una cartografía elidida de poéticas y representaciones que avanza entre países, años y lenguajes. 

POESIA

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Memoria

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Escribir es una manera de excavar en el pasado para comprenderlo desde un tiempo posterior y anacrónico donde las experiencias vividas revelan su sentido a la luz, tanto del presente como del mismo gesto de la escritura.

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Escribir entonces es y ha sido para mí un modo de hacer memoria como si la memoria no fuera solo lo ya sucedido sino también, como quería Benjamin, lo que ocurre cuando uno evoca el pasado desde las circunstancias actuales y por medio de la escritura.

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Una de las preguntas fundamentales que la reflexión sobre la memoria plantea a alguien bilingüe como yo, está la relacionada con la lengua: ¿Tiene la memoria más de una lengua?¿Algo le ocurre a la memoria cuando su contenido pasa de una lengua a otra o está entre-lenguas? ¿qué intensidades afectivas y sensibles están depositadas en cada lengua y qué implicaciones tiene usar una u otra cuando se hace memoria?

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Estas preguntas han constituido el centro de mis preocupaciones críticas y poéticas y las he abordado en mis cursos y en varios de mis libros, como por ejemplo, Escribir hacia atrás. Memoria, lengua herencia y el poemario Adriático.

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Como hija de inmigrante italianos en Venezuela ha sido inevitable para mí reflexionar sobre la herencia y la figura de la heredera a partir de autores fundamentales como Joseph Brodski, Elias Canetti, Jacques Derrida, Fabio Morábito, Sylvia Molloy, para mencionar algunos.

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El pasaje que copio a continuación de La soberanía del defecto contiene algunas de las ideas centrales sobre la herencia:

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La pregunta por la herencia y por los modos de apropiación de un legado supone interrogarse sobre lo que nos antecede y recibimos sin elegir. Como un llamado, un mandato, una voz que clama ser respondida, una marca inscrita en la lengua y en la sangre, la herencia exige hacerse cargo de lo que en ella hace ruido: esa zona defectuosa donde el patrimonio se resiste a la inversión y pide ser intervenido e interferido.

Lo que nos es legado es lo que de la herencia está en falta, lo que a la herencia le falta. La labor del heredero es entonces enfrentar esa falla y volverla productiva y simbólicamente rentable. Es recorrer ese excedente que de la herencia es inapropiable para intentar otras formas de heredar, otros modos de responder a la deuda que el legado reclama.

La herencia es entonces reafirmación de lo que nos es asignado y reactivación de sus contenidos a través de un acto de infidelidad de parte del legatario: no dejar intacto el mandato recibido sino interrumpirlo, ejecutarlo, traicionarlo, transformarlo, como un modo de serle fiel, incluso a costa de su pérdida y abandono. El heredero es aquel que le otorga una nueva vida al mandato, lo que supone, de su parte, no solo su recepción sino sobre todo su intervención. Decirle que sí a la herencia no significa elegirla ni repetirla, sino plegarla a otra voluntad, hacerla hablar de otro modo, abrirla a nuevos devenires y desenlaces, finalmente, mantenerla en vida, lo que supone también sacrificarla.

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La memoria se infiltra en nuestra lengua y escritura para mostrarnos su sobrevivencia e incumplimiento y su potencia de afectación en el presente de nuestras vidas a través de su traza anacrónica y, a menudo ilegible.

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Crítica

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Los géneros literarios son un dispositivo que ha servido históricamente para clasificar y ordenar las formas de la literatura. Si bien me han interesado a lo largo de mi vida el ensayo y la poesía, es la escritura como expresión, experiencia y experimentación lo que me inquieta más que su pertenencia a un conjunto de rasgos que la vuelven reconocible y asociable a un género determinado.

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Pienso además que los temas, los hechos, las preocupaciones sobre las que uno escribe, “piden” su forma y, a menudo, se hace necesario pasar de la poesía a la prosa por poner un ejemplo, o transitar por varios géneros literarios para poder decir lo que se quiere decir. Esto significa que la escritura no es solo un instrumento o un medio de expresión que cumple determinadas convenciones, sino que es ella misma un cuerpo que reacciona a la materia sobre la cual escribe demandando un registro determinado o fluyendo entre varios.

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Autoras como Clarice Lispector, Sergio Chejfec, Arturo Carrera, Diamela Eltit, Igor Barreto, Anne Carson, Pascal Quignard, son un ejemplo de escrituras indeterminadas, “inespecíficas”, “expandidas”, “errantes” que entran y salen de géneros distintos y que, a través de la variación dan cuenta del carácter impredecible de la escritura a la hora de registrar determinadas experiencias.  En ellas es más importante la intensidad de la lengua que la precisión de la forma.

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Si bien el ensayo y la poesía se rigen por procedimientos de escritura distintos, forman parte de un mismo acto que es el de pensar. La escritura es un modo de pensar, de conocer, de elaborar sentidos del mundo, de la vida, de la creación y de la misma literatura.

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A lo largo de mi carrera no siempre fue así. Ha sido un proceso largo deslastrarse de las imposturas académicas que opacan la voz propia en nombre del rigor y la pertinencia metodológicas e investigativas, pero cada vez más necesito escribir en el umbral entre poesía y crítica. Cada vez es más frecuente que la poesía entre en un texto crítico y le cambia la cadencia a la prosa, le modifique el ritmo, le imponga una voz más propia y menos plegada a la demanda del mercado académico. Hay que pensar con la poesía sin necesariamente escribir un poema sino un ensayo. Y hay que pensar con las lógicas argumentativas del texto crítico y buscar el modo de infiltrarlas en el poema adaptando o torciendo la lengua hasta que exprese el pensamiento que se quiere.

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Mi escritura entonces no separa los dos géneros aunque formalmente sí lo están, sino los considera un ejercicio de concatenado y mutuo que forma parte de un proceso de pensamiento y de creación.

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Por ejemplo, mis libros de crítica y mis poemarios forman parte de una reflexión de larga data sobre la memoria, la herencia, la lengua, la extranjería que aparece de diferentes formas en todos mis textos. Hasta podría decir que Adriático, que es lo último que he escrito, podría verse como un libro donde una heredera-hija responde al legado que le fue transmitido por medio de la poesía.

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Quisiera algún día escribir un libro en la estela de la obra crítica y poética del autor argentino Arturo Carrera donde pensamiento, poesía, teoría, análisis, creación cooperen entre sí y conformen una lengua de variaciones y emociones capaz de pensar crítica y poéticamente, lo estoy intentando en mi próximo libro sobre la escucha en la poesía venezolana (siglo xx y xxi)

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Viajes

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El viaje es el principio de mi experiencia literaria y creativa. Cuando tenía 7 años y vivíamos en Italia a causa de la enfermedad de mi abuelo materno, mi papá se quedó trabajando en Caracas. Yo estaba en segundo grado y participé en un concurso de dibujo en el colegio donde estudiaba; mi dibujo fue el de un muelle donde estaban una madre con tres hijos uno más pequeño que el otro saludaban a un hombre que estaba en un barco recién zarpado.

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Hago referencia a esta escena porque anticipa la que será la escena de mi escritura. El umbral, la frontera, la distancia, el entre-mares, el entre-lenguas, el entre-culturas-literaturas, el estar-entre orillas constituye mi condición vital, experiencial, intelectual y no puedo escribir sino haciendo cuentas con este desplazamiento constante que problematiza toda tentación de pertenencia, propiedad, seguridad, certeza de origen. Son el ir y venir, el aquí y allá, el italiano y el español, el Adriático y el Caribe mis formas  de estar en el mundo, de pensar y escribir y no la “seguridad” aparente que otorga la pertenencia nacional y su discurso totalizador.

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A este lugar liminal entre Venezuela e Italia se suma, desde el 2016, Colombia donde vivo y trabajo desde hace 7 años; se trata de un extranjero radical que ha problematizado aún más mi reflexión sobre la procedencia y la pertenencia como consta en el poema Bogotá de Adriático:

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Bogotá
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Me llevo la playa,
sus maderas rotas,
sus cigarras muertas.
Me llevo la mora
para comérmela lejos
y la poesía italiana
para oír su acento
cuando esté distante.

Estoy a 2650 metros
sobre el nivel del mar:

llueve en Bogotá.

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Volviendo al tema del viaje, puedo decir que todo lo que he escrito hasta ahora, lo escribí haciendo cuentas con otro espacio geográfico, linguístico, cultural, afectivo que implica también otro paisaje sonoro que ha llenado de resonancias, acentos, timbres mis textos y poemas. Desde este espacio intersticial e indecidible vivo y no puedo sino asistir cada día al encuentro y choque entre el lugar que habito y los otros que se manifiestan como espectros en mi experiencia cotidiana.

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En la tradición poética venezolana hay algunos escritorxs que constituyen algunas de mis mayores influencias como Vicente Gerbasi y especialmente, Márgara Russotto  cuyas obras me ayudaron a tomar conciencia de las implicaciones que tiene ser “hijxs” de inmigrantes italianos en Venezuela, tanto desde un punto de vista de la vida como de la experiencia poética. Leer Mi padre el inmigrante, Épica mínima o Tundra ha significado tocar con mano el hueso de la herencia partida, de la herencia que parte separando y uniendo a la vez dos orillas que la poesía une en una tercera problemática y difícil donde las aguas de uno y otro mar se transforman en una materia arenosa e ilegible pero entrañable.

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También otras voces de nuestra literatura atravesadas por sangre extranjera como las de Victoria de Stefano, Renato Rodríguez, Ida Gramcko, Octavio Armand, Hanni Ossott, Miguel James, Miyó Vestrini, Gelindo Casasola, Gabriela Kizer, Jacqueline Goldberg, me han hecho confrontar con la pregunta sobre cómo se hereda un legado y como se escribe.

 

Finalmente escribir para alguien que pertenece a más de un lugar y que viaja y se desplaza entre uno y otros, es un modo de construir un espacio donde es posible que un padre que sale a pescar en San Vito (Italia) termine cruzando el Atlántico y pescando en el mar Caribe los mismos peces de las aguas italianas.

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G.

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Gina Saraceni. Caracas, Venezuela. Poeta, profesora universitaria, licenciada en Letras Modernas, (Università degli Studi de Bologna, Italia), magíster en Literatura Latinoamericana (Universidad Simón Bolívar, Caracas) y doctora en Letras (Universidad Simón Bolívar, Caracas). Entre sus libros sobre estudios literarios se destacan: Escribir hacia atrás. Herencia, lengua, memoria (2008); La soberanía del defecto. Legado y pertenencia en la literatura latinoamericana contemporánea (2012). En-obra. Antología de la poesía venezolana contemporánea (1983-2008) y Rasgos comunes. Antología de la poesía venezolana del siglo XX. Selección, prólogo y notas de Antonio López Ortega, Miguel Gomes, Gina Saraceni, Valencia: Pre-Texto, 2019. En poesía: Entre objetos respirando (1998); Salobre (1998) y Deriva (2000). En 2012 ganó el XI Premio Transgenérico de la Fundación de la Sociedad de la Cultura Urbana con el poemario Casa de pisar duro.

La obra que ilustra esta publicación  fue realizada por la artista venezolana Annella Armas

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