Casa de viaje

Deisa Tremarias

 

 

La tía monja

Señor,
tú que haces del amasijo de los ricos
el reino de los pobres,
allá
donde tu verbo se afila
mueren los míos.

Señor,
no esperes por mí
de nada sirve este pecho bordado
ni estas manos de relicario
ante la cruz.

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Fueron las mismas manos y la misma historia la que posaste en la casa. Una costumbre que se marcó una vida tras otra.
Era aquella muchacha de Ariza convocándote bajo el hilo en el campo, cosiendo la noche en las camisas de los hombres para hacerlos bailar sobre la tierra.
Esa piedad bordada en la niña roja del convento. En su pan tejido de adolescente en París. Un suave eco en las mujeres ricas encajando sus rollizos cuerpos en aquellos estrechos trajes franceses, como camellos pasando por el ojo de tu aguja.
El bramar de la máquina a la rueca. El movimiento del pedal danzando en la sangre. El infinito resollar en la memoria del telar.
Todas y cada una existiendo en un mismo hilo.
La misma palabra repetida mil veces en las manos.

Hiladoras, repartidoras, inevitables.

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Una casa más

Para Nati, para Antonio, para Marcial, para Pilar, para ti. Una casa para sembrar la risa, para comenzar de nuevo. Un jardín grande para correr el tiempo. Para tomar los huevos de las gallinas a la misma hora. Para ver a mamá alimentar a los cerdos. Una casa amplia para esperar a papá del trabajo. Para oler su chaqueta de ferroviario. Para descubrir el cielo. Una casa para ir y venir del colegio. Para meter las manos en los bolsillos con ladrillos calientes durante el invierno.

Una casa más que no supo abandonarnos cuando vinieron por nosotros.

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A mi abuela la parió su abuela
y así
cada cierto tiempo
volvían a nacer
la una en la otra.

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Vamos a decir que papá se ha ido

Eran las vacaciones cuando la guerra vino a estallar. Desde el cuartel de Zaragoza escuché los tanques tronar. Entonces, papá dijo «me tengo que marchar».
Se ha marchado porsiacaso, ha dicho mamá, y tuvo razón, no tardaron en llegar.
Vamos a decir que se fue a Cataluña porque a Cataluña no la han podido agarrar.
Los amigos nos dicen: cuidado, que ya todos estamos huyendo
porque comienzan a matar. Irán a casa enseguida. Preguntarán por papá.

Vamos a decir que papá se ha ido

Han llegado ya, es la una de la madrugada mientras cantan borrachos del camión con cada camisa al sol. Su uniforme es azul oscuro y sus flechas de falange están bordadas. ¡Abran la puerta! golpean con la culata la entrada de casa.
Vinieron a buscar a papá. Vamos a decir que papá se ha ido a Barcelona sin chistar.
Tiraron los colchones, botaron nuestra ropa, sacaron todo fuera y lanzaron el bolso del colegio. De un puntapié fueron mis libros hasta el techo, con la ropa, la comida y el sueño.

Vamos a decir que papá se ha ido

Muchos de ellos aún tienen la coronilla jesuita. Prometieron que se vengarían de
la República algún día.

Vamos a decir que papá se ha ido

Ruedan ahora mismo mi caja de pinturas, mis compases, mis reglas y mi pluma.
Dijeron que la próxima vez se llevarían a mamá con la luna.

Vamos a decir que papá se ha ido

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Mamá ya no come. Está pálida. Vomita. Se le ve la muerte encima. No sonríe mientras nos gritan en la calle bandidos, criminales, mierdas. Mamá llora cuando cree que dormimos. No recuerda cuántas veces nos cortaron la luz. Mamá espera que algún día se olviden de nosotros mientras vuelven a destrozar la puerta de casa. Deseaba que viese mi vestido blanco antes de que vengan por ella. Mamá no puede coger su abrigo porque dicen que a donde la llevan no lo va a necesitar. En la oscuridad solo se ve lo blanco. He salido del cuarto y cuelgo de su vestido como un pequeño Cristo. Mis hermanos escuchan dentro del otro cuarto. ¡Si se llevan a mamá me llevan a mí! Mamá es ahora una cruz inmóvil mientras nos gritan ¡Hay que quitar hasta la raíz! Aquel hombre a su lado nos ha visto a los ojos. Guarda silencio. Comienza a salir. Le puede agradecer la vida a su hija esta vez.

Mamá ha dejado de rezar.

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Han regresado por nosotros, por lo que queda de nosotros. Van y vienen pero nosotros ya no estamos. No tenemos frío ni nos tiemblan las piernas cuando llegan de madrugada. Nos lanzan en el camión junto a otros dos hombres rumbo al cementerio de Torrero. A donde vamos nunca necesitamos llevar nada. Mi madre me mira y yo a ella, otra vez aquí. Bajamos y nos gritan que vayamos a casa. Dar la espalda es casi sentir los proyectiles respirarnos en la nuca. Mamá lo sabe y yo también. Caminamos despacio y le agarro de la mano. Los otros que venían en el camión se han quedado.
Escuchamos disparos. Siempre lo hacen, algún día lo harán.

Somos algo peor que la muerte.

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No aquí. No en este espacio sórdido de la madrugada. No en los sollozos quietos de la vecina. No en la resignación y el hastío cuando vinieron por ellos. No matarles solo por darnos el pan. No por ejercer piedad ante nosotros. No hasta esos días que tuvieron que seguir sin suceder escuchando su llanto. Doliéndonos.

No aquí.

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Soltar las maletas fue soltar a Antonio. Nos habían seguido desde Ariza la noche que cargamos el gran peso de amarlo. Aquella mañana de dos pañuelos, de dos pueblos más allá. Pasar por toda Santa María de la Huerta ahogando su nombre. Todos sabían que estaba bajo el árbol tres días antes que Lorca. Solo un campesino pudo abrazarle mientras la tierra lo esperaba.

Dos pañuelos que ahora son mortaja.

Trac. Subir la cuesta. Trac. Darte la vuelta. Trac. El tiro de gracia.
Trac.

El bastón y su pierna derecha.

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Querida madre, te escribe Pascuala. Las hermanas oblatas han conseguido la dirección de la cárcel para escribir y saber que están vivos. No he querido comer nada hasta saber que no les habían fusilado. Después de ese día me trajeron en camión al convento. Ya sabes cómo son los conventos. Interminables. De pasillos. De temor.

Afuera siempre me esperan los falangistas y la máquina de escribir. Preguntan siempre dónde está papá. Ahora los juzgo bien. Me amenazan con que si no aprendo a rezar me llevarán para matarme. Una de las hermanas les ha dicho que yo sé rezar. Rezo hasta en latín mamá. Aunque ustedes son el único rezo que conozco. Jamás olvido mis oraciones para volveros a ver y regresar a casa en paz.
Abrazos y besos para Pilar.

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Los océanos también están en guerra
han perdido en los barcos sus últimas esperanzas
siempre escuchando pacientes los gritos de quienes se ahogan
nadie les va a culpar
en ellos han sido ocultas las batallas del miedo
profundos, desbordan la casa contra el rostro
llevando consigo la canción del destierro.

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A veces me pregunto si después del mar todo se olvida. Si tocar tierra firme constituye una concesión de vida o solo se regresa en sueños a ella. De cualquier manera es siempre la historia la que construye la casa. La que ahora alza sus brazos prestados en esta tierra, como ya lo hizo en otras. Espero aquí el Nuevo Mundo.

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Rojo

Soy roja
y antes de mí
otros miles más
perseguidos
acorralados
asediados
torturados
muertos.

Apilando nuestros cuerpos
en fosas comunes
comunes
como nuestro pensamiento

rojos
rojos escondidos
resistiendo
huyendo
enfermando
hambreando
firmes.

Nombrarnos
es delatarse
han seguido el hilo rojo
de nuestra sangre
pero somos rojos
y eso ya no nos abisma.

Vendrán otros también
rojos de porvenir
y yo solo quisiera dejar
un camino abierto
con más flores que muertos.

Ahora que creíamos estar librados
y la tibieza del hogar justo nos aguardaba
nos alcanzan
otra vez somos rojos
peligrosamente rojos
las caras viejas han vuelto para seguirnos
unos nos amparan el camino
otros reviven desde su miseria.

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Deisa TremariasBaruta, Venezuela. 1987.  Poeta, editora, traductora, correctora e ilustradora. Ganadora del Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2016 Mención poesía. Finalista del II Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. Ha participado en publicaciones impresas y digitales.

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