Cinco breves apuntes sobre «La escritura quedó aquí»

Diego Otero

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“La escritura quedó aquí” es un libro de límites difusos y es también un libro que indaga y juega en torno a la idea de límites difusos. Es un libro sobre, entre otras cosas, los límites difusos entre lo que es vida vivida y lo que no es vida vivida. ¿A qué me refiero? Al hecho de que cualquier anécdota que nutre una biografía puede implicar una contradicción, si la observamos desde otro ángulo. Quizá el ejemplo perfecto de esto sea la insistencia en la historia de Lázaro y su condición de sujeto que vive gracias al soplo divino pero cuyo cuerpo continúa inexorablemente su proceso natural de descomposición. Pero “La escritura quedó aquí” es también un libro en el que los límites entre poema y poema a veces no están demarcados, un libro donde la forma dice el fondo, quizá precisamente porque quiere colocarnos en un territorio en el que la idea de límite es asediada como un problema identitario y no solo como una heramienta geopolítica.
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En “La escritura quedó aquí” se dispone de una serie de elementos verbales en un desplazamiento parabólico. El vocablo rama es uno de esos elementos, y se desplaza oblicuamente a lo largo del libro, como esas animaciones artesanales en las que una acción se produce mágicamente cuando uno pasa las páginas con rapidez. La rama que, cito, “solo viene por el medio” es después la rama sobre la que el yo poético recuerda haberse acomodado cuando escapaba por la ventana de su habitación para fumar entre los gatos. Pocas páginas después se vuelve a la misma palabra, solo que ahora la reverberación no es evocativa sino aforística: “No toda rama es el futuro de una raíz”, se dice. Y la reverberación de la línea se vuelve combustible para la continuación del desplazamiento parabólico.
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Algo ocurre, para bien, con el lenguaje en “La escritura quedó aquí”. Es un lenguaje en transformación permanente, y por eso mismo es un lenguaje indefinible. No se trata de un lenguaje lírico, pero tampoco se trata ciertamente de un lenguaje antilírico. No hay en la sintaxis de este libro una voluntad de oscuridad, pero tampoco se trata de una escritura clara, transparente. Es un lenguaje que se puede describir, al menos provisionalmente, como movido por un vaivén de fuerzas centrífugas y centrípetas. Fuerzas que empujan hacia una cierta legibilidad y fuerzas que parecen rebotar y parecen jalarnos hacia una cierta condición enigmática. Y ese es, creo, uno de los méritos de este libro: la recuperación y reivindicación de lo enigmático desde una sensibilidad contemporánea, es decir, desde una senisibilidad que asume lo enigmático sin por ello perder un filo cuestionador frente al mundo que nos ha tocado habitar.
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“La escritura quedó aquí” no es el intento de construir una biografía por los medios de la poesía. Es, más bien, una indagación poética en torno a la noción de biografía como problema artístico. Y las anécdotas que relata (verdaderas o no, no importa) son simples insumos para esa indagación. Superados todos los confesionalismos y todas las posturas dogmáticas, “La escritura quedó aquí” hace del poema un espacio para que el lenguaje explore, balbucee, dude, reflexione, reconozca sus límites y reconozca también que esos límites siempre son inestables. En esa ambivalencia, en ese reconocimiento de lo que siempre está cambiando, está la promesa de su fuerza y la convicción de sus cualidades estéticas.
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Vuelvo a una línea, para terminar: “No toda rama es el futuro de una raíz”. O dicho de manera prosaica: no toda biografía es el producto de sus condiciones circunstanciales. En la vida, como en la poesía, las cosas importantes no ocurren a consecuencia de un programa o de una matriz. Lo imprevisto termina siempre imponiéndose, como dice Biffo Berardi cuando habla sobre las especulaciones alrededor del fin del mundo. Un libro como “La escritura quedó aquí” se abre a lo imprevisto con frescura y con seguridad. Y la cualidad de esa apertura se ve tanto en su lenguaje como en las características de su composición.

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Fotos: Taller Editorial La Balanza

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Proemio

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La biografía es equivalente a un acto de magia negra. Usa métodos propios de la ciencia —documentación, observación, análisis, etc.— para obtener un fin pagano: la transformación de la base material en oro. Su objetivo último es el más ambicioso y blasfemo de todos —ese del Lázaro de Rembrandt en que aun Cristo se ve horrorizado—: devolver la vida a un ser humano.

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Anécdota de hoy

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Como si tuvieras alguna razón
de seguir por la tangente de un ensayo
partir por una desiderata desierta
por los callejones neocoloniales,
por la arquitectura de un
sistema intrincado de luces que desemboca
en la ilusión de haber llegado. Une a las venillas
deshebradas de una hoja en un nudo
como a las ramillas de cerezo con la boca (de niño,
te dijeron así se determinaba al mejor besador).
Seguir por el camino equivocado, rumbo a la cumbre
en busca del valle. Esas alturas cerradas de espacio
de falta de oxígeno e hipoxia encefálica:
mira el imaginario náutico que ocupa esta ciudad
atrapada en los nudos de la tierra, los nudos de esas
venillas en las hojas de nomeolvides. Alguien dijo
las cordilleras son, después de todo,
una estatua del mar petrificado que odia
esperar en una sola forma el crujido final, la ascensión
de la tierra al cielo, la destrucción de las ruinas
de los hombres. Esta ciudad es como
todas las ciudades. La capital de un hombre
no es tan simple como geográfica, responde
a tantas cosas otras: myosotis secunda
trapos anudados. Quiero que veas,
en el afterimage de un día de playa 2002
[movimiento horizontal de la cámara en la arena
mirage salva de cristal de roca —un disparo falso,
boom más allá del papel que sin embargo resta—]
Y esta es mi anécdota de hoy,
apuntada más de quince años después
Podría no haber iniciado con
los aviones franceses que desaparecieron
súbitamente cuando sobrevolaban el Sahara,
capitalizar la fantasía Disney tecnicolor
en que devinieron mercancía nuestros sueños.
Podría, en fin, haberlo vuelto un chiste
acabado. Si les hubiera dicho
una frase recetada
como ungüento analgésico
algo como
la raíz está en la infancia
habría traicionado su naturaleza
Que nada es tan simple
Que la respuesta me parece algo más impersonal

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Recuerdo haber escuchado la historia de Lázaro en el colegio. Me obsesionaba imaginar la vida contra natura que seguiría, eso que no te cuentan. Todos están asombrados, claro, por el poder de Cristo o se alegran por los familiares. Yo solo podía pensar en que nadie le preguntó a Lázaro, que quizás prefería la muerte. Pensaba, también, en el cuerpo descomponiéndose aún en uso. Cómo apestaría poco a poco la casa hasta que lo obligaran a dormir afuera, en un final de película en que los aldeanos molestos lo cazarían para quemar el cadáver andante o en uno anticlimático en que, como el judío errante, sería obligado a rondar la tierra viendo el mundo lentamente acabar a su alrededor. Lo único que me quedó claro de mis visitas a la capilla del colegio es que uno debe morir cuando debe o antes, si es posible.

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Habitaciones

To all support characters
Clips de viejas series de estética goth dosmilera
en zapping inmersivo una mañana de domingo
que evocan una ventana indefinida
El viento soplaba contra el vidrio con un efecto
[calmante,
sobre todo, en el clima de diciembre
Recordaste también, probablemente,
el cuarto casi sin ventilación que se llenó de moho por
[todas partes
en el que te hicieron esperar por dos años antes
de que concluyera la casa verdadera.
Aprendiste que las casas se concluyen,
permanecen en animación suspendida
en un salto capturado de gerundio.
Los dibujos animados hoy en día tienen una paleta
[diferente,
llenos de collage y pastiche que, sin embargo,
sigue emitiendo un aura de angst adolescente.
Quién sabe el porqué de las filtraciones de agua en esta
[vieja casa
a miles de kilómetros de cualquiera de las antes
[mencionadas
o las razones para esa distancia
la cuestión desde cuándo puede considerarse tal,
asedia siempre la posibilidad del mero tránsito.
Decir que todo se puede tomar a la ligera
es parte de una estrategia de supervivencia

No somos ya los de la diáspora,
Moisés murió sin entrar a la tierra prometida
Aquí no hay «ese» movimiento, hoy por decir mi
[anclaje es temporal
(no por pasajero, limbo de junios y diciembres
[recortados)
Buscaré en la mañana un no asistir a las cosas
una pérgola bajo flores que crecen en enredaderas
[inidentificables
un presente en una mirada que haga de todo lo demás
luz corrida al rojo, rêver alzheimer last encore
ya no hay carretera, esas llantas tiradas en patrones
[caóticos
al borde de la carretera repleta… no son tuyas
cierta relación con el medio, con el mundo
ciertas noches, cierta noción
andenería y cerros, la humedad del lodo en las acequias
[el olor…
Una vida así, tomada de los ojos enterrados en las
[montañas
de los ojos de todos los que no son
yo debo ser erradicado, nosotros
hasta que solo queden los reflejos viajeros,
destellos dorados luminiscentes en la óptica
de afuera a dentro o a lo que parece aludirlo
[descentrado
La memoria, elaborada por alguna razón,
la información contenida en este párrafo,
la suma de sus partes, la narración
a veces suspendida
el engaño de contarme a mí mismo con un final feliz
seguiremos un llanto por los bosques de San Lázaro
iremos a parar a manos de la lengua que nos dice
«y tú serás no lo que has escrito»
El poema nunca puede ser lo que te dicen
Pero ya no es suficiente
es tiempo de que la escritura cambie y cambie
porque Otro ya ha aparecido
la faz, tu faz, la faz del soy no-yo que asoma entre
los tejidos del balbuceo. Es tiempo
que la escritura cambie porque nada más puede cambiar
porque todo fue predeterminado hace mucho tiempo
en un lugar olvidado al otro lado del río por
una visión fugaz, por todas las visiones fugaces:
esos fragmentos que quedan en la escritura
que debe cambiar para por fin volver sobre sí misma.
No he vivido suficiente, la escritura quedó aquí.

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D.

Diego Otero. Lima, Perú, 1973. Poeta y novelista. Ha publicado en poesía Cinema Fulgor (1998), Temporal (2005), Nocturama (2009) y El califato de Lima (2021). En colaboración con el músico Santiago Pillado y el diseñador gráfico Goster, publicó el proyecto artístico en formato de libro La Grabadora. The Sound Of Periferia (2006), que se presentó como parte de la muestra antológica Tránsito de imágenes (Puntos de fuga hacia el arte último), en el MALI, bajo la curaduría de Jorge Villacorta; y en novela corta Días laborables.

La obra que ilustra esta publicación  fue realizada por el artista venezolano Jesús Valero

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