Conversaciones en Nirgua

Teófilo Tortolero sin darle razón a nadie escribe desde la última tierra

 

Teófilo Tortolero (Valencia, 1936) perteneció al grupo literario «Azar Rey» de Valencia (1968-69) junto a Eugenio Montejo. Obtuvo el Premio José Rafael Pocaterra (poesía) en 1981. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía: Demencia Precoz (1968), Las Drogas Silvestres (1973) y 55 Poemas (1981). Reside en Nirgua, Yaracuy, desde hace largo tiempo, junto con su familia, en donde nos concedió esta entrevista.

 

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¿Qué podrías decirnos acerca de esa escritura breve que tú mismo has cultivado y que caracteriza sensiblemente a la producción de los poetas más recientes del país?

La escritura breve, como toda escritura, obedece, como se dice a un choque, a un instante vital brevísimo, donde la comunión con lo ignoto se produce, y es preciso responder y dar a conocer la respuesta que no puede ser otra que palabras. Recordemos, por otra parte, que el músico y poeta Mendhelson escribía canciones sin palabras. Luego, puede un poeta escribir las palabras cuyas canciones las oirán los elegidos.

 

Se ha hablado mucho de los poetas, o la escuela, de Valencia, a la cual tú, por cierto, perteneces junto con Eugenio Montejo, Alejandro Oliveros, Reynaldo Pérez Só, entre otros. ¿Qué te une o te separa de ellos y cuál crees tú que han sido los aportes fundamentales de ese grupo a la poesía nacional?

No hay tal «Escuela de Valencia»; solamente existió un grupo de poetas que convergieron sobre una concepción de la poesía que iba más allá de lo convencional y lo estatuido. En este «grupo», cada quien escribe a su manera y saca sus fantasmas a su manera, ¡Ay del que no tenga fantasmas y visiones en este mundo! «Azar Rey» fue un intento de reunir cantos disímiles siempre sobre una misma cosa, ya que la poesía es siempre el mismo drama: nacer, muerte, alegría, poesía o culminar la vida en un silencio que puede ser el último.

Me separa del grupo su sentido aristocrático de la poesía, su sentido poco pedestre de la misma; me separa su narcisismo. Mi poesía no es partidaria sino solitaria. Las coincidencias fueron cierto fervor, cierto furor para guardar alguna unidad y sobre todo, preservar la unidad y calidad del discurso poético.

 

Notamos en tus poemas huellas muy hondas de Vallejo, Ramos Sucre, Gerbasi, ¿Cuál crees que haya sido las más importantes de tus influencias?

A decir verdad, mi poesía andaba un tanto descaminada; más seguí por un largo rato los pasos de los hermanos Vallejo, Neruda y Hernández. Aun cuando se me dijo que Miguel Hernández era un imitador de Quevedo, felizmente lo imitó. Y me atrevería tal vez a decir que sobrepasó al maestro. Tal era su amor a la tierra y a los animales, sobre todo a las cabras, y por sobre todo a su propia familia, a su mujer, Josefina Manreza. De Gerbasi me asombra su trato de la tierra, del lugar, de la bodegas, de los caminos, del Canoabo de su estancia, del desvelo. De Ramos Sucre la osadía por tratar seres imaginario como yo los trato a cada día.

 

En su Panorama de la Literatura Venezolana Actual Juan Liscano te caracterizaba como un poeta interiorista, existencial y nosotros en un artículo periodístico situábamos muchos de tus poemas en un ámbito de textos nocturnales ¿En verdad, crees tú que sean esos los tonos dominanles de tus poemas?

Sí, soy interiorista, pero todo ese interior mío, lo he tomado de lo que me ha dado la naturaleza, el aire, los ríos, la floresta, y más allá, cualquier pájaro que vuela y pasa por mi casa. Si esto es interiorista, soy interiorista. Mi poesía se enmarca en lo general, en lo diurno y lo nocturno, comprende la mitología griega, la mitología romana y latinoamericana.

 

Esos refugios imaginarios que conforman muchas veces tu poesía se erigen como una verdad alucinante que pretende negar, en gran parte, el lado hostigante de la realidad. ¿Cuáles crees que sean las demandas críticas de la imaginación poética a una sociedad mal conformada como la nuestra?

Todos los refugios imaginarios de un poeta son válidos. Un poeta no tiene que darle razón a nadie, ni a Dios, de lo que escribe. En última instancia, el juzgador de toda conducta humana, es el hombre, también deleznable.

Creo en mi entorno que me da holgura y sentimiento. Creo en los naranjos, en los limoneros. Creo en las ardillas. Creo en las tejas. Creo en la mirada que me seduce. Creo en el brazo que me conduce a algo. Creo en el libro. También creo en ángel de Rilke. Amo los seres que, fuera de este mundo, como decía Baudelaire, ansiaban otro mundo mejor. Creo también en los perros tristes, en los perros pobres, en los vagabundos pero, sobre todo, creo en la bondad humana que no se agota aun cuando los Perros de la Guerra quieren exterminarla.

 

La poesía, aunque tiene algún destino, se dice que posee pocos lectores en este país, ¿Son responsables básicamente los poetas de que se les lea tan poco?

La poesía no se lee en este país, como no se lee el castellano, como no se leen los libros. Nosotros conocemos el spanglish que el castellano. La nueva poesía no es precisamente difícil, en el sentido de inasible o inaccesible. Lo que ocurre es muy simple: nos hemos acostumbrado a que nos hagan la poesía en Miami o en Disney World para que la consumamos. De allí que para mí tiene más mérito cualquier de un tango de Lepera que la poesía que les enseñan a nuestros escolares. De tal forma que nuestros educandos sabrán mucho más de las cosas que ocurrieron en Hollywood que lo sucedido en su propio territorio. Insisto por eso en que a nuestros jóvenes se les instruya en la verdadera literatura latinoamericana, y no solo eso, sino que se les diga que esta, es una de las más sobresalientes escrituras que existen en el mundo.

La poesía no es rentable para los editores, porque a la edad de consumo se le olvidó que el hombre es un ser trascendente, y como tal, pregunta por cada cosa, pregunta sobresaltado sobre el mundo y su circunstancia. Todos sabemos que nacemos; en el caso de la muerte, las reflexiones las han hecho los poetas. Es por ello que hay como un pudor de esconder la vida, o sea, de esconder la muerte detrás de la vida, sabiendo que la muerte nos aguarda a todos, y, como decía René Char, «Para cada uno la muerte tiene su mirada».

 

¿Cómo se vincula para ti el quehacer poético con los valores disolutos de la locura y la bohemia?

La bohemia acude en mi auxilio cuando quiero escaparme de tanta porquería humana. Como lo reconoce el Dr. Solanes yo soy un esquizóide, y no loco. Rozo por instantes la esquizofrenia, tratar de comprender la vida de aquellos tristes personajes que están enfermos. Luego paso por una espera. Me hago más sensato, más familiar, más tranquilo; sin embargo, no dejo de ser jamás, aquella molestia que me provocaron aquellos seres que en nombre de la cordura, me martirizaron.

 

¿Tiene alguna significación para ti vivir y escribir desde la provincia venezolana, desde aquí, desde este pueblo de Nirgua?

 Sí, tiene mucha significación, tiene demasiada, tengo demasiado para lo que a mí se me ha concedido como mortal. Tengo un exceso de vida para lo que a mí se me ha concedido. Y no creo en Dios. El hecho de vivir en Nirgua significa tener colinas, vallados, quebradas, casas derruidas, lugares que el hombre no habita ya, bestias que el hombre jamás domará, animales que nunca tendrá, mujeres que jamás volverán a su lecho, botines, tabaco, nubes que el cielo reclama, alcoholes que no beberá, sangre de toro, sangre de nadie, nieblas, neblina que el viento difuminará …

 

La tradición y lo nuevo, el campo y la ciudad son términos extremos de una cultura en crisis ¿Qué opinas tú en torno al destino de esas dos vertientes de la cultura nacional y cómo incide esta en tu poesía?

Bueno mi escritura poética se hace a partir de un sentir, de una proposición venezolana. La cultura poética venezolana, particularmente la cultura de este pueblo, se hace a partir de un gentilicio, de personas que quieren este pueblo. La cultura de este pueblo es dramática. Porque aquí la autenticidad ha quedado en segundo plano y la verdad también, y los valores también, y lo más dramático de este pueblo es que las familias pudientes son las que manejan la cultura.

Les voy a decir algo: siempre he puesto el nombre de Nirgua en alto y ahora pienso en un poema escrito hace ya tiempo:

Siempre se vuelve al sitio
de la adoración
al venado prisionero de patas febriles
en su campo de hostias y ortigas;
al rincón que guarda
la lagartija de veta azul
(…)

Me siento bien con todo lo que he hecho por mi medio.

 

 

 

Esta entrevista a Teófilo Tortolero fue realizada por la revista de Arte y Literatura La Oruga Luminosa en 1989, un año antes de la muerte del poeta.  Se encuentra publicada en su  N°17/18, Agosto 1989, año 8,  pp. 3-5, San Felipe, Yaracuy, Venezuela.
La imagen que ilustra este post es obra de la fotógrafa española Christina García Rodero.

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