Cristhian Briceño Ángeles

Muestra poética

La muestra poética de Cristhian Briceño Ángeles que acá se presenta, la condición alter-poética-fragmentaria se constituye como una posibilidad de espacio, donde la lírica y la prosa no son formas expresivas que se contraponen, por el contrario, coexisten con una misma orientación, donde lo poético no se supedita a una forma; se afirma en el pleno desconcierto entre los límites de la triada: narración / verso / crítica. En Breve historia de la lírica inglesa (2012), las referencias a los poetas ingleses son usados como motivos de construcción de otras realidades, de orden semántico y, al mismo tiempo, situándose en una poesía que puede considerarse crítica y dialógica respecto a esa otredad discursiva que representan los poetas referidos y su nueva posición en los versos. La muestra, por otra parte, contiene una pequeña selección de textos del libro La trama invisible (2016), aquí lo fragmentario y la preocupación lenguaje-mundo-poesía se configuran en la prosa, medio escogido por el poeta para comunicar los procesos que anteceden al poema, reconocidos en distintos modos expresivos (anotaciones, apuntes, poéticas, comentarios) que también pueden observarse en los poemas inéditos que cierran esta muestra del joven peruano. La escritura, como centro de este recorrido, permite valorar un pequeño panorama de un interesante trabajo que conlleva una laboriosidad en cuanto a los conocimientos de los recursos estéticos y, paralelamente, se resalta una escritura singular que se mantiene en la contingencia de un mundo caótico, plegado de incertidumbres, donde queda es la desconfianza como un compromiso vital, crítico y subversivo ante los que el mainstream confunde y deja de exigirle al ser humano, al menos, la capacidad de interpretar y proponer con el lenguaje, otras posibilidades de lecturas de estas sociedades letradas cada vez menos comprensibles de un continente despierto a su constante renovación.

 

Robert Rincón

 

 

Breve historia de la lírica inglesa
(2012)

 

 

 

Milton escribió muy poca poesía, si se descuentan
algunas composiciones en latín e italiano,
y buena parte de sus sonetos[3]

 .

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Toujours le mensonge m’a plu
Que tu répands sur l’absolu.
……………………………..Valéry

 

 

Niego rimas que escancian más negruras,
Y confunden de espejismos el trayecto.
Mis responsos son cazados
Cual perdices por mis hijas
Y encerrados, tan sonoros y tan vivos,
En l’alba vastedad de la mañana.
Y no sé de la noche y su hontanar;
Lucífagos antaño,
Hoy mis ojos penden indolentes
De mi rostro
Como cabezas de vaca
Mosqueándose en garfios carniceros.
Sólo sé que los ríos siguen siendo
Esa vieja alegría
De faunos y centauros
Que su vera acuna, dadivosa,
Y el sabor del tabaco, que en el vino
Es prolijo y animoso
Como el alma de los niños.
Admito que las musas me visitan,
De áureas vestiduras soy ceñido,
Su entrar de plumas, desmintiendo
Fementidos y procaces mis parlares,
El tímido ejercicio de mi seso.
Y parece que el diáfano alboroto
De mis hijas, tallando sus alientos,
Fuera como l’ultimo vestigio
De su olor a sonetos y pareados.
¡Cuánta fatiga he callado!
¡Cuánta memoria consumida
Que va a engordar el canto finito de los dioses!
Despojado ya de la codicia,
Saliciamente voy a los infiernos
De la palabra,
Templado mi dardo, dador
De ardor y dormitivas
Guarniciones, que me albergan,
Llueve mucho y mucho nace,
Tributo y alimento, así, dormidos
En el centro de marañas que ahora canto:
Che fiorito l’inferno di chi ama
La sua nobile virtú di condanatto,
Va contemplando la bellezza
Di un parnaso
Solamente promesso.
¡Tal la diosa que se posa en el ramaje
Y es bella, tan asaz de su distancia!
Querido he derramar sobre la tierra
La raíz inmortal de la poesía,
Así como el dorado de mis bucles
Vertíase en el seno de mi amada.
Ah, mundo, qué ciega es tu amplitud,
Muy tarde he reparado en tu estulticia,
En la belleza inerme
Que hace tiempo mis ojos conocieron.
Oculta ya la luz y cuanto ofrece,
Maestra edificando las mentiras,
Mi rostro, si lo tengo, han alumbrado
Esta tarde,
Las finales luciérnagas
Que va dejando el sol.

 

 

Las cenizas de Shelley están enterradas, junto
a las de Keats, en el cementerio
protestante de Roma[4]

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…………………………..These grasses of light
…………………………Which think they are alone in the world.
………………………………………………………………….Hughes

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Shelley:

Dejo un valle de lágrimas y fuego
Que ordeñé del viento salvaje del oeste.
Y siego, no malezas sino estrofas
Impalpables, que navegan
Sembrando soberanos goces,
Entre el ocio de mis huesos
Y el leve movimiento de los astros.
Ya no arde juventud en mi mirada,
Sino la pobre flama de la sombra
Que, imantada, se ha alojado en mis despojos,
Y observa del gusano
Digestiones y latidos.
.

Keats:

Oh, Percival, Orfeo en la ribera
Deste mundo te recibe;
¿Nos has visto el pïadoso
Lamento de su lira?
Cenizas son los recuerdos
Y ahora esto que ves
Será el mundo que habite tu consciencia;
Sostén la mirada de los dioses
Como antaño el calor de tu cuerpo
O el sabroso peso de una manzana.
Pura y vacía es la muerte:
Para llenar esa pureza
En este trance estamos.
Dulcísimas serán las estaciones;
Inventa tú el verano
Y suprime, si apeteces,
El invierno deste místico paraje.
.

Shelley:

John, John, mis ojos son niños
Asustados, buscando,
Infatigablemente,
Un rayo de sol que los libere
De esa prisión que supone
El frío interminable.
Dame tu mano, quiero morder
La fresca grama de tus certezas.
Hoy sueño, solamente.
Voy guiado por ti,
Por la suave luz de tus palabras;
Hoy sueño que estoy muerto
Pero ya no tengo miedo,
¿Qué he de temer en el sueño
Sino ha de ser el despertarme
Confundido y sin respuesta?
Quizá mañana me levante
Buscando en el ruiseñor
Un resabio de la vida.
John, John, toma mi mano,
Quiero que siegues la tosca
Maleza del infortunio
.
.

Keats:

Duda. Pero, Percival,
No ates al mundo tu alma
Ni tu lamento.
Atrás quedó la soberbia
De la rosa y el cielo londinense.
Ya el sol no dora nuestros rostros
Ni la grave hormiga será más metáfora
De labores que han de roer
Nuestras manos y el ingenio.
Purpúreas sombras nos acogen
Como las cuevas al osezno extraviado.
Triunfa nuestro canto, allá, en el mundo;
¿No ves desde el abismo que los vientos
Corren paladeando nuestra ausencia?
¿No hueles en el velo de la luna
Un algo desprendido
De nuestros pechos?
Allá quedan las olas detenidas,
Reparando en nuestra huida de la arena,
Allá queda el abrazo de las hojas
Lloviendo bajo el nido de la alondra.
Muda ese gesto y ata tus sandalias,
Oh preclaro Percival,
Y toma mi mano. Hoy seré
Tu Virgilio que espanta a las sombras
Como si fueran hordas
De abejas lacerantes.
Huye de los juicios tan gastados
Que fueron y no son, pues la verdad
Apenas ha brotado
De nuestras torvas manos invisibles.
Ah, tus sienes desprenden cierto brillo
Ahora tan potente,
Que las hoscas abejas
Nos ofrecen sus mieles
Y rompen sus espadas.
.

Shelley:

Vaporosos los parajes
Se coagulan en mis ojos
Y voy sintiendo tu calor
Rompiendo al diamante del frío.
John, alados sentimientos
Me dicta el placer desta campaña.
Oh, vida, qué inútiles las llaves
De la belleza. Secretos
Son los caminos verdaderos,
Aquellos vacíos que nadie frecuenta.
Digo rosa, infinito, herido ciervo,
Mas son sordos e inútiles vocablos.
Hiramos a la sombra,
John, con nuestras sombras,
Que perdurable tempestad
Es esta lengua, tuya y mía
Como el viento salvaje
Del oëste. Ya veo
El fuego que apuñala a la penumbra.
Di más, no contengas
La flor de mi entusiasmo.
Ciento nueve trompas
Que succionan el veneno del recuerdo;
Y tú, John, guías mis manos
A ese arroyo que refleja
Nuestro rostro y el rostro de los dioses.
.

Keats:

Tramontado es el paraje de la duda;
Ciertas son ahora las horas detenidas;
Ya nuestro corazón es polvo ardiendo
En una cúpula de costillas
Que la artesana muerte
En su labor confecciona.
Palpa, Percival, la etérea
Realidad deste paraje,
El suave vino que segrega
La cruel herida que ayer
Nomás dolía.
A nuestro encuentro vienen
Aquellos que admiramos,
Tan lejanos, en la vida:
El dulce Ovidio, caminando,
Cantores de Britania, nos saluda,
Tan inmenso que tiene que inclinarse;
Luciano, el que una rama de acanto acuña y pace,
Una falanja eleva,
La misma que escribió los Diálogos Marinos;
Arreando el triste Erasmo,
Su desgarbada túnica, adormecido va
Por el salmo ceroso
Del joven Amadeus;
Aquél que rasca su cabeza y ríe,
Es Rabelais, hacedor de hidrópicos monarcas;
Estotra sombra que socava sus narices
Pertenece a Li-po y a su ángel ebrio;
Allá, quien baila como un demonio
Es Shakespeare, consentido
De las musas y el macelo…
Ven, Percival, alcemos
Aquel velo que impedía
Nacer a nuestros ojos,
Pues ahora sabemos
Que era el mundo una rama
Y nosotros las hojas
Que caen para ascender.

 

 

La trama invisible
(2016)

 

 

III

No era la literatura, sino la escritura (cosa distinta) lo que me movía. No el amor, sino el instante del amor (que ya es pasado), aquello que mi alma apetecía. No el alcohol, sino mi embriaguez desplegando las visiones. Alguien debe haber dicho, hace muchos siglos, que el sabor no estaba en la fruta que comemos ni en nosotros, sino en la conjunción de ambos (luego Teitoku lo utiliza en su haiku de la niebla en primavera, Valéry en su Cimetière marin, Borges en sus conferencias, y Charles Olson y Bob Creely, creo, en las Cartas mayas, y hasta Julio Buitrón en el bar Don Lucho). Como un rostro indefinido, así las emociones encuentran su forma cuando lo instantáneo prevalece. Y así, también, las emociones se diluyen en su propia duración. Ese es su lugar en la naturaleza de lo que existe: lo que desordena.

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XII

La poesía ha consumido mi aire y es mentira. Cuando volví a verla, se asemejaba a un toro sobre el cual mis amigos se subieron y no pudieron domar. Yo me subí y caí a muchos años de entonces: la poesía. Junto al arroyo crecían las rosas, oh, sí, las rosas. La poesía peruana está devaluada y es traslúcida como un billete peruano. Mi hermano ha crecido. ¿Por qué yo no? Estoy solo. Bebo licor de arroz (mentira). Alimento mi pequeña vida con dried tubers y algunos caracoles misteriosos (esto es mentira, también). La poesía me ha estafado y yo nunca supe si escribir un verso era escribir un buen verso o e-escribir solo un verso (¿?). Todos en mi generación escriben poesía y, entonces, hay mucha competencia, todos publican, mi madre abrió los ventanales de nuestra habitación y luz, luz, luz, en medio de la oscuridad de la medianoche.

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XXXVII

Es tarde y el sol se oculta dentro de mí. La brevedad de una visión suele enterrarlo inevitablemente bajo algo más ligero que un puñado de polvo. El año que se va o las naranjas que se encienden durante muy poco tiempo sobre la mesa del comedor son, de alguna forma, lo mismo. También los meses y los días son viajeros de esa misma eternidad que, a veces, suele ser más breve de lo que pensábamos, y fluye muy lejos de nosotros como un río al otro lado del mundo, y solo en ocasiones especiales nos permite sumergirnos en su recuerdo. Sin saberlo, ya estamos de regreso al ahora inmóvil, y el agua se hace dura, vuelve a apalearnos por las mañanas y las aves cambian de plumaje mientras se balancean en silencio. Nos cuesta tanto aceptar que belleza y felicidad no son estados sucesivos, pero, igual, es suficiente. A mí mismo me cautiva la facilidad con que permanezco oculto en mi celda, acompañado únicamente por unas migajas de pan de arroz que pronto desaparecerán sobre el lomo pardo de las hormigas: sé que estoy esperando algo que nunca termino de entender, y la espera es, en sí, un camino que no requiere de piernas fuertes sino de paciencia, tanta paciencia que no cabría junta toda ella dentro de mí y el aire que me mantiene con vida. Pero sé vivir sin aire. Intuyo que hay belleza en la espera: así lo entiendo. También es cierto que la felicidad me rehúye, aunque pienso, ¿por qué deseo la felicidad si nunca podré tenerla? Luego, me echo dormir. Muchos amigos han partido, como una tormenta amable que un día decide trasladarse a otras regiones y llover sobre otras tierras. Es entonces cuando empiezo a sentirme muy viejo, e imagino que ya no soy un cuerpo sino solo memoria: y aun así es suficiente: no haber nacido sino para conquistar un espacio muy pequeño dentro de todo el espacio que uno podría desear, una parcela, una tumba, un agujero, lo suficiente, tal como Tolstói escribió en uno de sus cuentos. Y enterraremos nuestros cuerpos satisfechos, listos para volver a nacer, listos para no pertenecernos. Y sé que hay una memoria que, aunque es tarde, aún nos recuerda, una memoria que, por cierto, se alimenta de nuestra memoria, pero luego la devuelve renovada, limpia, dispuesta a volver a empezar, con el mismo deseo. Entonces aguardo, aferrado a mí desde siempre. En mi celda solo somos yo y las hormigas. Todos se han ido; yo me quedo. De cierta forma, permanezco como estos pilares de mi celda, a pesar del mal tiempo y las heladas, medio vivo medio muerto. Alguna vez soñé que el bosque se aproximaba hacia mí, por la noche. Y supe que los árboles podían perseguirme como un zorro persigue a todas esas sombras que son más pequeñas que él. ¿Quién no sabe que el mundo se sostiene por un solo pensamiento? Quizá si el zorro no pensara todo el sendero que llega hasta mi casa no existiría nada, ni yo ni mi casa ni el sendero. Y más tarde me dije: Los árboles me piensan. Era eso o debía aceptar que me estaba volviendo loco. Pero comía bien, tan bien que más hormigas llegaban hasta mí a adorarme. O bien yo era un árbol que proyectaba esta imagen que ahora escribe e imagina sus pasos —y que podrías ver si estuvieras del otro lado de mi ser—, un árbol que crece junto al río y enfría las rocas con su sombra. Y me dije: Ya no vuelvas, permanece en silencio, ya no vuelvas, que nada de lo vivido te pertenece. Detente. Siente la tierra que baila bajo tus pies. Y era yo quien me pisaba los talones, pero seguía sentado sobre la silla de arce que mandé pedir de Fairbanks. Había tinta sobre el papel, mucho silencio sobre el papel como un cielo estrellado que nada le dice a quien no desea verlo. Se aproximaba el día. Y no sabía descifrar lo que había en el papel, como le ocurría a Japhy con un haiku en una novela de Kerouac sobre hippies desnudos que van detrás del conocimiento. Más hormigas saliendo de la blancura de la nieve virgen. Mientras pensaba —en mí, dentro de mí—, escribí un poema de siete estrofas para tener ocupada mi mente o quizá fue para despreciar lo que no entendía. La primera decía así:

Nadie aparece;

Solo —detrás del arce:

Sombra y hormigas

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XLIII

La poesía es superior a la novela, pero inferior al cuento. Escribir un buen poema podría compensar varias décadas de silencio, pero una excelente novela siempre es imperfecta. Quizá la única perfección se materialice en un poema, pero éste no debe exceder los 70 versos. Luego de este límite, el poema, inevitablemente, se vuelve vulnerable al bostezo, como el Childe Harold, la Jerusalén libertada o, para aproximarnos + a nuestro espacio/tiempo, esos tediosos poemas seudocultistas tipo La comedia inmóvil [(Puaj)… (Excluyo de aquí a las epopeyas clásicas —hasta The Bridge, by Crane, se me hace tembleque por momentos)] y todos los que aún no han sido escritos pero podrían refutar/echar abajo esta observación). El cuento solo es bueno cuando nos invade la envidia luego de su lectura (claro, hablo desde el punto de vista de un escritor iniciado). El cuento no necesita ser un inventario de ingenios. Por eso admiro la tonelada de cultura que puede amasar Lezama Lima (de quien Cortázar dijo que conocía a Odiseo más que Penélope), pero una detenida lectura de su cuento Gaviotas, cangrejos (u otros, que, al fin y al cabo, son la misma vaina), me niega la envidia y siento, dentro de mí, una deliciosa compasión hormigueándome por detrás de los ojos.

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Cualquier lugar es un lugar
Inédito

 

 

Las ramas doradas de la inteligencia

Otros alcanzaron las ramas doradas de la inteligencia, se encaramaron en lo alto y vieron pasar dos diluvios, treinta plagas, un lunes negro más negro que una mano que se cierra, desahucios, mudanzas, temporada y temporada de lo mismo en la tevé, dejando para el resto alas muertas, descompuestas sobre el terreno feliz de los sueños que aún podrían suceder. Y el sol ascendió súbitamente —¿lo olvidaste?— y nada pudo ser menos amable que su amable precisión, nos dejó ver la forma de las cosas, la terrible escena de una existencia que está ocurriendo. Alguien que está sufriendo también podría hacerte sonreír —recuerda aquellas flores que pisaste entre la grava endemoniada—, el tacto de unos ojos que, a pesar de todo, están dispuestos a amar: las últimas fuerzas que quedaban en ti y tú las usas para ir de un lado a otro, tragando un mar de saliva que acabará por no saciarte. Sólo Seymour, bajo un cielo miserable que lo ignora, mete una mano entre el hielo inconstante, buscando la última cerveza de la tarde, y lo que encuentra es otra mano que, igualmente, desde otra dimensión, busca lo mismo.

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La muerte de la tragedia

Más temprano: Seymour teme mirarse en el espejo. No quiere despertarlo y que él lo refleje de mala gana. «Éste podría ser el mejor truco de todos los tiempos», le dijo a Dana. «Un águila rompió la cabeza de Esquilo con una tortuga», se burló su mujer. «¡Intenta superarlo!».
La ciudad había caído con gran suavidad. Me gustaría señalarte dónde, pero las uñas se me han desprendido y mi lengua no es lo suficientemente larga.

 

 

Mucha gente consideraba el poema en prosa un fraude.
Charles Simic

 

Otro famoso pronunciamiento de R. Edson, aunque este no lo cita el antólogo P. Johnson —por razones profesionales bastantes obvias— en su Introducción: «Lo que hace que nos guste tanto el poema en prosa es su torpeza, su falta de expectativa y de ambición. Cualquier forma de escritura que aísle al escritor de la aceptación del mundo le ofrece la mayor eficiencia creativa. El aislamiento de otros escritores y el aislamiento de la publicación fácil».
David Foster Wallace, «Lo mejor del poema en prosa», en En cuerpo y en lo otro

 

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Notas:
[3] En 1652, Milton (1608-1674) pierde la vista, posiblemente a causa de glaucoma.Viéndose en esas circunstancias, optó por componer en su mente los versos del Paradise Lost durante la noche, los cuales dictaba a sus hijas por las mañanas. En su Defensio Segunda, el poeta decía: «ahora tengo el mismo espíritu, la misma fuerza pero no los mismos ojos. […] Tampoco es cierto que mi cuerpo o mi piel se hayan marchitado».
[4] John Keats murió en el año de 1821, a causa de una tuberculosis fulminante. Un año después moriría su gran amigo P. B. Shelley, en un naufragio, luego de visitar a Byron y Hunt en Livorno. Ambos jóvenes (Shelley de 30 y Keats de 26 años), nuestro Señor los recibió en su gloria.

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Cristhian Andrés Briceño Ángeles. Lima, Perú, 1986. Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado en poesía: Breve historia de la lírica inglesa (2012) y La trama invisible (2013, 2016), y el libro de relatos La literatura en Alaska (2013). En el año 2013 obtuvo el Copé de Plata en la XVI Bienal de Poesía del Premio Copé, organizado por PETROPERÚ, con el libro de poemas La comedia inmóvil. Ha sido incluido en El fin de algo. Antología del nuevo cuento peruano 2001-2015, antología realizada por Víctor Ruiz Velasco y Diego Trelles Paz. Actualmente cursa una maestría en Literaturas Extranjeras y Literaturas Comparadas en la Universidad de Buenos Aires.

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