Cualquier intento de luz

Diez apuntes mínimos acerca de Atrios

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Luis Eduardo García

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1.

El sol haría hebras los cantos,
pero no hay sol ni los gallos cantan,
un viento como arenizca nos pega sobre el rostro

Estos tres versos son el comienzo de Atrios, de Silvia Eugenia Castillero.  Tres versos que funcionan como una advertencia, como un aviso de lo que está por venir. No cabría un principio más adecuado: muy temprano y de golpe descubrimos que en lo sucesivo nos moveremos por zonas de penumbras.

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2.

Las palabras de Atrios parecen tener peso, materialidad. Sentimos casi la presencia física de lo que se nombra: piedras, cuchillos, pezuñas, raíces, astillas, huesos, garras. Sentimos su filo.

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3.

En algún punto de Una mosca en la sopa, libro de memorias de Charles Simic, el poeta serbio-estadounidense menciona su preferencia por aquellos poemas que permanecen en un estado de apertura, que no poseen límites definidos o arbitrarios, que no cierran del todo. Se trata de textos que guardan siempre un espacio para la ambigüedad; en ellos, la incertidumbre y lo incierto cobran una relevancia particular. Los textos de Atrios se comportan precisamente de esta manera. No hablamos de poemas en los que cada pieza fue colocada en su sitio con el fin de lograr un lectura univoca, resistente a las desviaciones, sino de cuerpos textuales abiertos al mundo —y al lector—, que permiten múltiples interpretaciones. A pesar de su concreción, son poemas en los que hay suficiente espacio para que podamos movernos con libertad:

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Más allá un campo de batalla.
Desparramada la hierba
en tímidos brillos
vacila;
escapa.
Los huecos se suceden
como seres sigilosos

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4.

En “Enigma”, uno de los últimos poemas del libro, hay un verso que dice: “En medio de la selva tu nombre es un jeroglífico de piedra”. Hay, cruzando de cabo a rabo el cuerpo de Atrios, una membrana opaca que hace del conjunto una criatura misteriosa, nocturna. Sin embargo, me parece que la clave en la obra que nos ocupa no es develar ni aclarar algo. Gran parte de su fuerza radica en ese ocultamiento. Viene a mi mente un poema del rumano Lucian Blaga (la traducción es de Dario Novâceanu):

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La luz de los otros
ahoga el hechizo de lo desconocido que se esconde
en las profundidades de la oscuridad,
pero yo,
yo con mi luz aumento el misterio del mundo.
Así como la luna con sus blancos rayos
no disminuye, sino, temblorosa,
aumenta más el secreto de la noche,
así enriquezco yo también el oscuro horizonte
con flores de sagrado misterio
y todo lo que es incomprensible
cambia en misterio más grande todavía

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5.

Cito a Silvia Eugenia:

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Río abajo esta oscuridad
me horada el corazón,
hunde su garra metálica.
Afilados sus cuchillos,
congela cualquier intento
de luz, cualquier anuncio
de bálsamos.

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Poco tengo que añadir acerca de “Luto”, poema del que proviene este fragmento, pero me parece importante resaltarlo porque es un punto de alta intensidad en Atrios. De un lirismo potente, aunque equilibrado, se trata de un poema que da cuenta a la perfección de ese estado en el que mundo y sujeto parecen haberse disociado. La luz no puede penetrar en la burbuja.

El gran poeta francés Jacques Roubaud, en un libro de luto por la muerte de su esposa, la fotógrafa Alix-Cleo, escribió: Lo negro cae / de los rincones como polvo.

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6.

Acantos, acacias, floripondios, tréboles, ipomeas, pirules, girasoles, daturas, hortensias. Un libro que también es un jardín.

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7.

Y aun siendo un libro que acontece en una especie de semioscuridad, la luz cobra un papel crucial. Añorada en ocasiones, evadida en otras, es convocada una y otra vez, con urgencia.  ¿Pero por qué es tan importante la luz en un mundo que se desdobla, en buena medida, al reverso de ella? Tal vez porque sin su presencia no podríamos ver las sombras.

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8.

Quizá la pregunta más importante que podríamos hacernos al acometer un poema es: ¿qué es lo que está en juego en él? Es decir, ¿qué es lo que mueve ese poema, qué es lo que quiere hacer, hacernos? En este caso, mi impresión es que lo que se juega es la constitución de una determinada densidad. Atrios construye un mundo a caballo entre lo sagrado y lo profano, bebe un poco de ambos territorios, aunque su lugar está en el umbral, en el límite entre uno y otro. En esa brecha caminamos.

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9.

Por otro lado, y esto me parece capital, asistimos a la configuración —por parte de una voz lírica— de un paisaje, de un exterior. En Atrios hay muchos momentos en los que la escritura procura dar más relevancia a lo que hay alrededor de la voz poética, a la arquitectura del mundo, que a lo que le ocurre a la propia voz. Se trata, entonces, de una lírica en la que el afuera es tan importante como el adentro.

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10.

 Cito de nuevo a la autora:

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Piedras o la fundación de un templo,
criaturas diáfanas,
reductos de algo sagrado.
De pie resisten.

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El tema del poema es la poesía, escribió un fundamental poeta neoyorquino alguna vez. Estoy de acuerdo. Y todo lo que nos dicen sobre la poesía estos cuatro versos me parece importante.

Al final, algunos ven templos, otros piedras. Pero el caso es que siguen de pie.

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p  o  e  m  a  s
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Luto

Río abajo esta oscuridad
me horada el corazón,
hunde su garra metálica.
Afilados sus cuchillos,
congela cualquier intento
de luz, cualquier anuncio
de bálsamos. Girasoles,
vitrinas rivales, girones
me acosan, me acorazan,
cobardes los negros
en mis manos,
ateridos los pasos, la luna
de espaldas balancea algo
inalcanzable. Río abajo me
hundo sin ver mi reflejo,
solo siento el trafaguear
de la negrura
sobre mi deseo.

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Boulevard

Un hombre camina por el boulevard, pregunta, voltea y
mira una calle que rezuma una y otra vez la misma historia
de un hombre que camina sin voltear atrás. La calle
vierte hombres que no miran, solo caminan, si caen
se levantan sin voltear, si miran caen y siguen.
Lo único que nos habla de verdad es el polvo,
sentimos los grumos, las piedras minúsculas nos
persiguen. Se levanta a veces un cúmulo de impurezas,
el falso espacio del vacío que se llena, se tejen
sus moléculas sobre la textura de algo que parece
un ser vivo, balbuciente en su necedad
de andar la calle. Titubea, no siente, camina y sigue.

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Una fisura de ala

Esa mancha de cielo cae
¿es una promesa?
como pájaro muerto cae.
Sobre la multitud
cae una fisura de ala
y todas las alas
se aglomeran como pezuñas
cayendo cada vez más sólidas.
Son bestias,
un camello sobre el desierto
va a zambullirse en agua turbia.
Camello atravesado por una aguja
cae sobre la gente,
va a desplomarse como fantasma, va
a convertirse en un hombre muerto.
Al destazarse sobre el suelo
se abrirán los muros indiferentes
para develar al enfermo,
¿un loco?
Desde la orilla todos los ojos
ven un cuerpo muerto.
Griterío, lágrimas.
A medio atrio una mancha.

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Oración

Ojivas blancas se balancean
como oraciones
y un tallar de diapasones se escucha
en mi garganta, hacia el bosque y más allá de mis ojos
los azules se vuelven el tímpano del templo.
Serás encantadora en esta columna casi humana,
debes salir de entre las manos pequeñas que le brotan.

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Luis Eduardo García. Guadalajara, Jalisco, México, 1984. Poeta, autor de Dos estudios a partir de la descomposición de Marcus Rothkowitz (Tierra Adentro, México, 2012; Libros Tadeys, Chile, 2015), Armenia (Filodecaballos, México, 2016), Máquinas inservibles (Hijos de la lluvia, Perú, 2018), y Bádminton (Libros Tadeys, Chile, 2018); así como de las antologías Una máquina que drena lo celeste (Zindo & Gafuri, Argentina, 2014), Poemas póstumos (Ediciones Liliputienses, España, 2018) y Un velo de bacterias (Ruido blanco, Ecuador, 2018). Recibió el Premio Hispanoamericano de Poesía Para Niños 2017 por el libro Una extraña seta en el jardín (FCE, 2018).

Silvia Eugenia Castillero. Ciudad de México, 1963. Ensayísta y poeta. Ha publicado Entre dos silencios, la poesía como experiencia (1992 y 2003) y Aberraciones: el ocio de las formas (2008), en su obra poética destacan Como si despacio la noche (1993), Nudos de luz (1995), Zooliloquios. Historia no natural (2003), Eloísa (2010), En un laúd la catedral (2011, Premio del bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz), Luz irregular (2016) y Atrios (2018). Su obra ha sido traducida al inglés y al francés. En la actualidad es directora de Luvina, revista literaria de la Universidad de Guadalajara, y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.

La imagen que ilustra este post se titula «Aire», de la artista venezolana Helami José Salas.
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