Cuando la poesía dejó de ser víspera ( I )

Una lectura de la obra de Maurizio Medo

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Gonzalo Ramírez

 a la memoria luminosa de Enrique Bacci, poeta, hermano

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I

Dijo René Char para ayer, para hoy y para siempre: Lo que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni consideración, ni miramientos, ni paciencia. En un sentido muy genuino y, por eso mismo, en un sentido conflictivamente contemporáneo, la poesía de Maurizio Medo (1965) es inequívocamente perturbadora. En la relación de lectura que tengo con ella, me ha interpelado: me ha movido la piso y de qué manera. Es por eso que el devenir de la palabra poética de Medo, tal y como se nos aparece en Cuando el destino dejó de ser víspera (Poesía reunida 2005-2015), merece toda la consideración, todos los miramientos, toda la paciencia: no tengo la menor duda de que aquí nos encontramos con la poesía en una de sus realizaciones mayores dentro del actual contexto nuestroamericano.

Igualmente, no tengo la menor duda de que Cuando el destino dejó de ser víspera es un libro clave, un libro fundamental y decisivo para quienes leemos y escribimos poesía en este lado del mundo.

Antes de entrar en materia, y como inicio de este ejercicio de intervención quiero reconocer la deuda explícita que tengo con Jean Bollack en estas páginas: con su portentoso libro sobre Paul Celan Poesía contra poesía y también con todo lo dicho por este auténtico Maestro en diversas entrevistas. Puede sonar exagerado pero la verdad es que con Bollack he aprendido mucho y, a la vez, he desaprendido mucho. En todo caso, Poesía contra poesía es un libro que subvierte radicalmente nuestros modos de leer poesía. Por eso mismo, he procurado darle máxima visibilidad a la honda huella que Bollack ha dejado en mí: lo hago a conciencia y sin atenerme a criterios de autoridad. Digámoslo así: uno tiene el derecho de elegir libremente a sus amautas y Bollack es uno de los que yo he elegido.

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II

De entrada, quiero decir que no pretendo explicar este extraordinario libro que es Cuando el destino dejó de ser víspera ni dar cuenta de su intención. Eso queda descartado, o por lo menos no es algo sustantivo como disparador del deseo que me lleva a escribir estas páginas. En serio, espero no caer en las tentaciones explicativas, aunque nunca se sabe.

Lo que sí quiero o pretendo es intervenir con la mayor libertad posible, y ojalá también que con el mayor rigor, este libro porque me ha movido la admiración en este devenir de lectura a través de sus páginas. Un devenir que ha estado marcado por eso que René Char llamaba una inquietud preguntona.

En esta dinámica de intervención, el espacio a intervenir tiene voz y voto. Creo que hay que evitar rigurosamente un tentación tan arrogante como pretenciosa de una cierta y determinada manera de ejercer la crítica cuyas practicantes y cuyos practicantes son legión.  Tal tentación voy a enunciarla así basándome en Jean Bollack: a la poesía se le hace hablar o entonces no habla. Se le hace hablar, aclaro, desde el instrumental que yo manejo, haciéndole a entrar así sea a golpes dentro de él. A mí eso me parece una auténtica monstruosidad, y lo peor es que quienes la perpetran ignoran deliberadamente lo que hacen o, mejor dicho, lo que deshacen; ejercen una tremenda violencia sobre la materia de la que hablan sin que les importe. Dos versos del poeta sintetizan admirablemente esta cuestión:

Poesía se está callada, lejos, en una órbita
lejana al pago de alcabalas.

Y son muchas las alcabalas e innumerables las alcabaleras y los alcabaleros.
Vuelvo al asunto de cómo me planteo esta intervención ensayística. Sigo así: una dinámica de intervención requiere una constante puesta en abismo de la propia materia crítica. Tal puesta en abismo es condición de posibilidad de esta intervención ensayística. Por eso mismo, las digresiones y los rodeos van a ser constantes a lo largo de estas páginas.

Una puesta en abismo que parte de una premisa: en materia de poesía nada puede darse por sentado. Quiero evitar, o intento evitar, un error que se comete con demasiada frecuencia: la pretensión de creer que sabemos qué es leer poesía. Quiero o pretendo desmarcarme de tal pretensión. Como quien aprende a leer de otra manera, lejos de quienes creen que lo saben todo y se las saben todas. Es un leer exponiéndose porque la poesía de Maurizio me interpela y me conmueve.

Se trata de abrir otro espacio de diálogo desde la certeza lezamiana de que leyendo, somos leídos. Por allí va la inflexión, las inflexiones, de la opción de lectura que pretendo materializar en estas páginas. Una opción de lectura que, seguramente, no va a estar libre de contradicciones y errores, cosa que pasa cuando uno entra a explorar un territorio nuevo. Y territorio nuevo es la poesía de Maurizio Medo.

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III

Entrar a explorar un territorio nuevo qué implica cuando hablamos de poesía: implica muchas cosas, ciertamente, y primero que nada nos pone ante la tremenda exigencia de aprender a leer nuevamente y de otra manera. Estar dispuesto o a dispuesta a aprender a leer es un elemento de aproximación que cuenta mucho. Diría más: es un elemento de aproximación ineludible. De ello se deriva otro valioso elemento de aproximación: la gran poesía crea sus propias condiciones de lectura; creer que es uno quien puede imponérselas es una falla en la que suele caer la mentalidad académica: se trata, por supuesto, de un ejercicio bastante estéril.

Un territorio nuevo en poesía no se conforma de la noche a la mañana. Este libro abarca una década de trabajo poético sostenido, consistente, riguroso. No creo exagerar al decir lo siguiente: la voz de Medo se ha convertido en una referencia sólida e indiscutible dentro de la poesía peruana e, igualmente, dentro de la poesía de Nuestra América. Por eso mismo, la aparición de Cuando el destino dejó de ser víspera es, en mi criterio, un acontecimiento que debe ser celebrado por todo lo alto.

No aparecen libros de tan importantes como éste todos los días: libros que nos plantean y replantean preguntas tan fundantes y decisivas sobre este oficio y vicio absurdo que es la poesía; libros que van a seguir acompañándonos en el tiempo por la potencia que llevan dentro de sí; libros que nos señalan de manera inequívoca que la poesía de este lado del mundo sigue pidiendo ser leída con la misma pasión con la que ha sido escrita.

Claro: hay que leer por fuera, al margen de las aduanas del conocimiento que tanto la academia como la institución literaria establecen. En tales aduanas la pasión brilla por su ausencia. Y quienes ejercen dentro de ellas tienen la vana pretensión de domesticar a la poesía. En este preciso sentido, no tengo la menor vocación de aduanero.

Tengo la plena certeza de que la viva y espléndida praxis poética que está llevando a cabo Maurizio Medo se desmarca radicalmente de estas aduanas del conocimiento: habla desde una intemperie que estas desconocen y en la que nunca podrán entrar. Las aduanas del conocimiento le huyen a la intemperie y, por eso mismo, pretenden que lo tienen todo claro y en orden.

Desde allí, desde la intemperie, Maurizio, como nuestras poetas y nuestros poetas más valiosos, viene dando una pelea vital y textual en función de un replanteamiento del sentido y el quehacer de la poesía de este lado del mundo en la presente hora. Un replanteamiento, aclaro, del todo tentativo; un replanteamiento movedizo y mudadizo porque, en fin de cuentas, la poesía nunca se queda quieta; es una dinámica de inestabilidad. En diversos sentidos, la poesía nos pone en un estado de transición permanente.

Este estado de transición permanente es una radical experiencia del no saber. Y con toda su sensibilidad, su conciencia y su memoria a cuestas, un poeta como Maurizio Medo oficia desde tal experiencia.

Dice Maurizio:

Nunca sabremos si desaparece la belleza.

Imaginemos sólo por un instante que la belleza –no como categoría estática sino como presencia viva– desapareciera. Nunca sabremos– y esto está más allá y más acá de cualquier dimensión racionalmente discursiva– pero la posibilidad de su desaparición existe y queda insinuada en este verso. Pero, por igual y de manera tentativa, queda insinuado que puede no desaparecer. Por todo ello, este nunca sabremos se vuelve, no hallo otra forma de decirlo, muy potente en su verdad tan frágil, tan vulnerable, tan indefensa.
En esa zona del no saber –pienso especialmente en San Juan de la Cruz en este momento– la poesía tiene otras medidas. Es una zona donde se sondea y se bucea, con una lucidez otra, descartando pretendidas seguridades. En muchos sentidos, quienes vivieron y padecieron la experiencia mística nos siguen interpelando. Maurizio no es un místico pero lleva en sí esta interpelación: en su poesía está la honda huella de las maestras y los maestros del no saber.

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IV

Valga el siguiente comentario que va a darle cuerpo a  este cuarto fragmento: son legión quienes editan poesía de cualquier manera en el ámbito de nuestra lengua. Editan sin una pizca de cuido, de amor. Pero afortunadamente hay grandes y admirables excepciones como Ediciones Liliputenses del Perú. En este preciso sentido, quiero resaltar la impresionante calidad de esta edición.
Todo el reconocimiento le es debido a José María Cumbreño por la magnífica factura de Cuando el destino dejó de ser víspera: así es que se edita poesía.

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V

Desde Proemio: imagos a Dime novel, desde el punto de partida hasta el provisional punto de llegada, estamos ante un singular proceso poético: la lectura de este libro se convierte a ratos en un devenir Medo y a ratos en un devenir con y en Medo, un devenir dentro de una visión del mundo nómada, transterrada. Tal devenir se nutre tanto de una dinámica de afinidad como de una dinámica de diferencia. Espero explicar mejor esto más adelante.

Lo importante es que ambas dinámicas impulsan un devenir de lectura que está bajo el signo de la más franca admiración; un devenir de lectura que me ha empujado a intentar sacudirme de hábitos y rutinas adquiridas.

En realidad y en verdad, este libro nos pone ante una poesía sobrecogedoramente lúcida, plena de memoria histórica y cultural y, al mismo tiempo, plena de coraje en la medida de que es también una inmersión en lo oscuro; estamos ante una poesía que se despliega desde una subjetividad que ha conocido y padecido la experiencia de los límites; una poesía capaz de llevar en sí su propio pathos y que, por eso mismo, toma distancia contra los sucedáneos exhibicionistas.

Una cosa es que una experiencia creadora tenga una fuerte impregnación patética y otra muy diferente dejarse llevarse por el patetismo como forma de autocomplacencia. De tal forma de autocomplacencia está a salvo la poesía de Medo porque la lucidez y la pasión se convierten en los extremos constituyentes de una alianza del todo necesaria: una alianza que le confiere a esta voz su específica hondura y su impresionante poder de ahondamiento.

Una fuerte impregnación patética he dicho. Al mismo tiempo hay en esta poesía una no menos fuerte impregnación ética. Una ética sin condiciones, enteramente libre que no depende de premio y castigo, de sanción y recompensa.

Reitero: una fuerte impregnación ética y de ella se deriva un ejercicio de impugnación del sentido facilón y banal de la poesía. Se trata de una lucha sin tregua contra las diversas variantes de su trivialización. Una lucha que de pronto Maurizio enuncia así:

Ya no habrá un solo pájaro en el poema

 No habrá candor

Ausencia de candor porque este es éticamente inadmisible. Es cierto que nos sigue llamando la búsqueda de un país inocente como quería Ungaretti, pero tal búsqueda descarta de entrada candideces extemporáneas y candores del todo bobos.

Claro: esta lucha sin tregua busca la constitución del sentido de la poesía apostando por la intensificación máxima y por la radicalidad.

Valga la interrupción en este momento, a propósito de esta asunto fundamental de la constitución del sentido: es posible, como dice Bonnefoy, que la poesía no sea sino un llamado. Y aquí me hago la misma pregunta del Maestro francés: ¿se trata de un llamado sin privilegio, sin porvenir? En el caso de que sea así, en el caso de que carezca de privilegio y porvenir, seguirá siendo un llamado necesario. De allí que el proceso de constitución del sentido, esa lucha sin tregua, busca prolongar y, en la medida de lo posible, multiplicar ese llamado necesario.

Ahora bien, lo importante es que este proceso de constitución del sentido se realiza en el poema y no se distingue de él. Aquí es necesario subrayar que Medo trabaja en función de densificar las condiciones verbales de constitución del sentido: sentido no como algo que se conoce de antemano; sentido que se intuye y se siente. Entonces, densificar las condiciones verbales de constitución del sentido implica un trabajar tanteando en lo oscuro, sin falsas seguridades.

Finalizando este cuarto fragmento, no puedo dejar de consignar aquí una apreciación personal: de entre mis amigas y mis amigos que practican el oficio mayor, Maurizio es uno de los que me ha permitido visualizar con mayor nitidez cuánto de gracia, cuánto de condena y cuánto de fatalidad tiene la poesía

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V

Cerca de Baudelaire desde mi propia perspectiva: invoco aquello de confiar en un lector, o en una lectora, a quien la poesía ponga en dificultades. Y vaya que Cuando el destino dejó de ser víspera nos pone en dificultades.

Uno no puede sino elogiar calurosamente este ser puesto en dificultades. En muchos sentidos, funciona como un oportunísimo y necesario antídoto: no se olvide que la atmósfera que respiramos consagra tanto el facilismo como la insignificancia. Allí, en tal atmósfera, la poesía no respira: se asfixia irremediablemente.
Si un libro de poesía como éste logra ponernos en dificultades, se trata entonces de una experiencia de lectura que vale la pena, que deja huella. Por eso mismo, exige un acto de recepción tan apasionado como respetuoso con su espíritu y su letra, un atender con esmero a las condiciones verbales de constitución del sentido, un oír la poderosa interpelación que aquí se proyecta.

Es oportuno matizar: dije poderosa interpelación pero en la misma medida en que pide ser atendida. Tengamos presente que el sujeto que la porta se expone y, por tanto, es vulnerable. Si confía en un lector o una lectora al que la poesía pone en dificultades es porque él habla desde ellas: el camino que nos pide recorrer es el mismo que el poeta ya ha recorrido. No hay engaño entonces. Por el contrario, el engaño es propio de la poesía premasticada, la que busca halagar al lector, y no hace otra cosa que irrespetarlo.

Ciertamente, la poesía, cuando nos pone en dificultades como en este caso, se convierte en un camino hacia sí misma; un camino que por momentos pareciera borrarse; un camino por el que hay que ir paso a paso; un camino que vale la pena hacer.

Este estar dispuesto a que la poesía de Maurizio me ponga en dificultades ha sido mi apertura de base para ir elaborando esta intervención ensayística. Cuando digo estar dispuesto digo capacidad para exponerse.
Que la poesía nos ponga en dificultades: he aquí un punto de partida que considero óptimo. Porque, la verdad –y aquí, como en tantas cosas, sigo a Jean Bollack– nunca estamos preparados realmente para leer a un gran poeta como Maurizio. Y esto es, en mi criterio, un factor que aviva la pasión lectora.

Lo que me pone en dificultades como lector de Maurizio se me aparece como una fuerza y una energía indomesticables e inclasificables que actúan para vivificar el oficio mayor. Si no me pusiera en dificultades, no estaría escribiendo este ensayo. È vero Lezama: sólo lo difícil es real y verdaderamente estimulante; sólo lo que nos pone en dificultades modifica favorablemente nuestra propia experiencia de la lengua, esto es, nuestra propia experiencia del mundo.

En muchos sentidos, la poesía, cuando es digna del nombre de tal, implica un proceso de lectura con otra lógica de sentido: uno aprende a leer de otra manera. Se trata de un arte de leer despacio. Un libro como Cuando el destino dejo de ser víspera no puede sino leerse detenidamente, y se queda aguardando la relectura. Yo estoy seguro que volveré, una y otra vez, a estas páginas que me conmueven y me estremecen.
A propósito de este ponernos en dificultades, y como para ampliar su onda de irradiación quiero retomar algo que dice con lucidez Basilia Papatamastíu a propósito de la poesía del inmenso poeta cubano Ángel Escobar: hay poesía que parece intransmitible e inabordable en su diferencia, y qué bueno que sea así. La verdad es que nunca estamos preparados del todo para recibir lo que es diferente: hace falta tiempo, un tiempo que es inmedible.

No olvidemos que quien dice diferencia dice conflicto, la diferencia es absolutamente antagónica con todo lo que pacifica, y también dice herida. La herida Medo habla, me habla desde su singularidad irreductible, desde su compleja diferencia peruana y nuestroamericana. Se trata de una diferencia ejemplarmente inestable y, por eso mismo, capaz de hacerse cargo de todos los riesgos y capaz de ponerse siempre más allá de la buena conciencia.

Y es también una diferencia que se ha nutrido de otras diferencias, que dialoga fecundamente con ellas. Un buen ejemplo está en el poema Escena 16: Disrafia de Dime novel en el que Maurizio construye una lúcida relación intertextual con el gran poeta estadounidense Amiri Baraka. (De la presencia de la intertextualidad en esta poesía hablaré más adelante.) Veamos cómo la diferencia Medo se apoya en la diferencia Baraka para extremarse:

No somos ciudadanos, amigo, parecemos un coro
fantasma de nigger minstrels Aún más silencioso
que la nocturna confesión de las hayas ¿Qué otra
cosa resta por hacer, sino quedarnos?

Y eso no podemos, salvo como una
eternidad que no marca el horario
por despreciar el tiempo

Somos el blues, hondo y pasajero
o, como recitaba el gran Baraka,
las actuales Guineas

No tenemos nada que perder,
salvo los dientes,

cuando enfrentamos a la muerte
para arrancarle el corazón

de su viejo disfraz de calavera

Una diferencia que se afirma desde otra diferencia en medio de la fiera y desigual batalla contra la muerte. Baraka, el afrodescendiente, se convierte en un aliado sustancial para Medo que lleva en sí una aglomeración de identidades: en Maurizio conviven un italiano, un croata, un yugoeslavo, un judío, un peruano.
En especial, hay que subrayar el peso que tiene el mito del judío errante, como se ha encargado de recordarlo el propio Medo,  en Dime novel: un mito que el poeta lleva en sí con toda su carga existencial, con toda su densidad imaginaria. Vale la pena evocar aquellas palabras de Marina Tsvetaeva que Paul Celan hizo enteramente suyas: Todos los poetas son judíos.

Pero, insisto, junto al rol protagónico de este judío errante, y no sólo en Dime novel, conviven otros en una fecunda aglomeración de identidades. Entre las riquezas indiscutibles de la poesía de Medo está la presencia de una multiplicidad psíquica que, en mi criterio, le es constitutiva.

Tal multiplicidad psíquica dispara, como bien lo decía Cortázar en Rayuela, una búsqueda de puntos de mira que excentraran al mirador o a lo mirado. Yo reconozco la voz de Medo en esta búsqueda y son incontables los momentos en que alcanza esta excentración tanto del mirador como de lo mirado.

Vemos, entonces, que su diferencia parte de solicitaciones diversas y de conflictos no menos diversos. No es extraño entonces que pueda reconocerse en la otredad radical que encarna Baraka.

Diferente es, entonces, la voz de Medo. Cabe acotar que se trata además de una diferencia en proceso: una diferencia en gestación que libro a libro se reinventa a sí misma; una diferencia que hace suya, enteramente suya, desde otro tiempo y otro lugar, aquella lúcida premisa de Charles Olson: la voluntad de cambio es lo inmutable. Una diferencia que a través de sus poemas nos reconoce y en la que nos reconocemos. Intenso y complejo reconocimiento es éste porque a través de él, devenimos otros.

No sé si voy a contradecirme, y si me contradigo ni modo, al pensar esta cuestión decisiva de la diferencia: uno puede tener una relación de afinidad grande con un poeta. Pero hay un matiz que quiero subrayar: mucho más que la separación, aquí disiento levemente con el Maestro Bollack, hay que preservar celosamente la diferencia. Simplificando al máximo: la diferencia Medo, la herida Medo, interpela e ilumina la diferencia específica que cada una y cada uno somos como lectoras y lectoras, pero no habla en nombre de, nos deja enteramente libres.

Necesito señalar algo más al cerrar este fragmento: preservar celosamente la diferencia no es fácil. Ello implica para mí no caer en una tentación que es demasiado usual para el ejercicio crítico: me refiero a la tentación de determinar pretenciosamente los contenidos de la experiencia poética de la que Medo es responsable. Si se cae en esta tentación sucede algo que Bollack precisa muy bien: un bloqueo de la lectura; un bloqueo además que se ignora a sí mismo en tanto que tal al creer que está abriendo un horizonte de comprensión.

Es muy posible que a lo largo de estas páginas, yo caiga en tal tentación, pero soy consciente de ella, y trataré por todos los medios de evitarla. Ojalá lo logre.

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VI

Quiero valerme de una certera observación de Jean Bollack para darle continuidad a este discurrir: gracias a la tremenda energía que la habita, la poesía de Medo nos pone ciertamente en dificultades pero también obra para transmitirnos sus condiciones de comprensión. En su problemática y fecunda tensión, esta poesía no sigue una línea monológica sino dialógica, esto es, cuenta con el lector.

Una línea dialógica reitero. Pienso en Celan: los poemas están en camino hacia algo, hacia alguien. Hacia un tú audible, un tú cordial, un tú que puede llegar a ser fraterno. Hacia algo o alguien abierto al que no se trata tanto de ocupar sino de habitar. Un tú que tiene una relación viva y, por eso mismo, conflictiva con nuestra lengua. Un tú del que hablo tentativamente porque no se deja definir, se resiste a ser definido. Definir es cenizar como decía Lezama Lima. Un tú, entonces, cuya realidad abierta trasciende cualquier definición.

Claro: Medo nos propone un diálogo que es exigente, demandante. Por fuera de la cháchara en sus distintas variantes, del bla bla bla que usa muchas máscaras y que pretende pasar por poesía, el diálogo genuino –que no sólo es necesario sino insustituible– nos convoca desde voces poéticas como la de Maurizio; voces poéticas que no se resignan a ese sometimiento por el que se nos fuerza a vivir de simplificaciones: frente a tal sometimiento, la poesía, cuando es digna del nombre de tal, se levanta como un gran No; vuelve y volverá a ser la insurrección solitaria como quería Carlos Martínez Rivas.

Valga la reiteración: la poesía de Maurizio nos pone en dificultades y en mi criterio eso demuestra su calidad, su lucidez.

Lucidez que no busca el nombre exacto de las cosas, sino que busca el nombre vivo, el nombre humano, demasiado humano. Y ello ocurre dentro de una poesía que está indeleblemente marcada por una específica situación o, si se prefiere, situacionalidad histórica. Es claro que tal nombre vivo, humano, demasiado humano de las cosas, para que se nos sea dado, hay que merecerlo: quien se pone por encima de la contienda, no lo merece.

Y Maurizio lo ha merecido sobradamente en mi criterio. Entre otras cosas, porque aquí hay un sujeto que, uniendo coraje y pericia, le está dando continuidad a una labor que el devenir de nuestra poesía nos ha enseñado que es irrenunciable: avivar, diversificar, salpimentar nuestro idioma en función de ampliar al máximo lo poéticamente decible. Es una labor que es a la vez una real y verdadera lucha a brazo partido. De tal lucha sale esta poesía de tan acusada singularidad.

Se trata de una lucha que se nos presenta a lo largo de este libro de muy diversas maneras. Quiero ejemplificar con un poema que me toca y que se halla en Proemio: Imagos:

MCMCVI

Quimera el amor bajo las sábanas
se confunden con sabanas
………..y las palabras cada vez
…………..más homónimas en
un espacio donde el lenguaje
………..es la soledad
cuando amanece
………..y aún de mediodía

Y solo a veces
un sol de claridad

Qué intensa y qué conmovedora esta puesta en palabras en la que se conjugan la experiencia amorosa y la experiencia poética: el desarrollo del poema parece decirnos que tal conjugación, casi siempre, no nos da certeza, no nos sostiene, no nos ampara. Cuán dura es la siguiente constatación y cuán verdadera: un espacio donde el lenguaje/ es la soledad.  En tal espacio no se diferencian la soledad esencial y la soledad a nivel del mundo, ambas se entremezclan. Sé que Maurice Blanchot las diferenciaba, con argumentos muy sólidos, pero este poema demuestra que existen excepciones, grandes excepciones.
Pero por ese sol de claridad que aparece en el último verso vale la pena darlo todo. Más allá de que sólo a veces nos ilumina, ese sol de claridad justifica la vida.

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VII

La crítica al uso, la buena y la otra, persiste recurrentemente en un error confundir con ligereza la poesía con la lírica. Es una generalización completamente abusiva y por demás anacrónica, amén de insatisfactoria. Se habla, por ejemplo, de la lírica actual, como si no hubiera pasado nada, y aún estuviéramos en el siglo XIX.
Aclaro que no reniego de la lírica, no minimizo el peso histórico la tradición lírica: hay un poso de lirismo que siempre está allí, e incluso hay poetas que escriben desde este sentimiento del mundo. Pero ello no supone que la lírica sea omnipotente.

Valga el ejemplo que encarna la voz de Maurizio. Más allá de que en su mundo y su modo esta poesía acarrea sedimentos de lirismo, ella habla desde el afuera y allí la lírica –en tanto que monopolizadora de la experiencia poética– no la tiene fácil y, por eso mismo, no puede ejercer hegemonía. Hablamos de una voz que se inscribe dentro de una concreta situacionalidad, dentro de un contexto histórico y poético específico, donde la lírica ya no manda.

Quiero subrayar esto: la poesía de Maurizio Medo se nos presenta como una experiencia que es innegablemente histórica e inalienablemente contingente. A lo Machado, es palabra en el tiempo. Y también puede decirse que en esta dimensión la poesía de Medo afinca en la riquísima herencia de Vallejo y la renueva.

Desde el afuera, y por fuera de las dominaciones y las creencias impuestas por el lírica, la poesía sigue creando lugares de encuentro con otras experiencias humanas. El lugar de encuentro que propicia la poesía de Maurizio Medo tiene como principio constituyente una viva e intensa praxis del contra-decir. Se trata de algo que tiene una estrecha semejanza con eso que Jean Bollack define, en el caso de Paul Celan, como proceso de refección: darle la vuelta al lenguaje poético constituido, contra-decirlo, y en la medida de lo posible, reestructurarlo. Por cierto, este mismo proceso de refección lo llevó a cabo Vallejo en el ámbito de nuestra lengua.

Valga la acotación: tan nefasta como la sobredeterminación ideológica es la sobredeterminación lírica en materia de poesía.
Aquí conviene tener presente una cuestión decisiva: la poesía de Maurizio tiene un sentido contingente, histórico; se trata de un sentido que se desmarca de simplificaciones, de reduccionismos. No olvidemos también que las simplificaciones y los reduccionismos están siempre al acecho: el lirismo suele ser presa fácil para simplificaciones y reduccionismos.

Un poema como Nocturno me parece un notable ejemplo de cómo ir más allá de la lírica, de cómo contradecir al lenguaje poético secularmente constituido. Acotemos que Medo parte de una modalidad, el Nocturno, que tiene una tradición muy ilustre dentro de la poesía lírica en nuestro idioma:

Las sombras se alborotan al mirar la atrofia de la urbe
donde no existimos en realidad

Siempre vi en ti el mar —no al tiempo —sonriente como el amor

No me preguntes cómo dorar el corazón de rojo alquímico

Cómo percibir su música operática dando una o varias veces la vuelta

Vamos, el cielo tiene playas dónde quebrar esta falsa verdad.

Es la costa donde saltan las aguas sopladas por Lezama
y los rumores se desconocen del origen

Vamos, Lu: no sabrás de otra eternidad

Es clara, por supuesto, la presencia de sedimentos líricos en este poema. Pero su centro de gravedad, el cañamazo de esta escritura, busca trascender el lirismo, y lo trasciende, subrayo esto, dentro de un poema de amor.

Un poema de amor que no quiere confirmar lo que ya sabemos sobre la experiencia amorosa sino que se plantea como una indagación sobre el lugar del amor en la experiencia subjetiva, en la constitución de una subjetividad, teniendo en cuenta que en tanto que experiencia de lenguaje el amor apunta hacia una dimensión que finalmente es supraindividual y también mediadora.

En este poema, aquí tomó un enriquecedor préstamo del gran pensador español Manuel Ballestero, la experiencia amorosa se proyecta como pluralidad pero retenida en el flujo del tiempo. Y ello es así por la espléndida pauta rítmica con la que Medo le dio vida a estas palabras.

Se trata, entonces, en Medo de un más allá del lirismo: no lo niega, no lo desconoce, pero está más allá y también más acá.

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VIII

Ciertamente, lo digo con Jean Bollack, estas páginas que estoy escribiendo tienen su historia, y llevan consigo las huellas de esa historia, su peso existencial y afectivo.

A través del tiempo, Maurizio y yo hemos construido una amistad real y verdaderamente fraterna, forjada en las coincidencias no menos que en las diferencias. Nos une la pasión por el oficio mayor y la certeza de que pertenecemos, como dice mi hermano el poeta ecuatoriano Andrés Villalba, a una bella cofradía poética que se ha ido juntando en medio de los azares infinitos: Reynaldo, Paulita, Tamara, Héctor, Cristo, Tush, Norys, Giancarlo, Vanna, César Eduardo, Willy, Nacho, Juanjo, Jessica, Emma, Roberto, Luis Carlos, Enrique, Eduardo, Gabriel, Arturo, y perdonen quienes no nombro.

Al decir cada uno de estos nombres, no dejo de pensar en aquello que decía el gran poeta argentino Raúl Gustavo Aguirre y voy a apropiarme de sus palabras: lo mejor que tiene la poesía es las amigas y los amigos que nos da. A la poesía le debo el estar acompañado por una presencia entrañable como la de Maurizio Medo.

Pienso, en este momento, en nuestro hermano del Uruguay Enrique Bacci. En el proceso de escritura de este ensayo, la mala nueva de su temprana y dolorosa desaparición física ha sido un manotazo duro, un golpe helado, un carajazo que no esperábamos. Es el primero de nuestra cofradía que se ha ido pero, ciertamente, permanece y permanecerá en medio de nosotras y nosotros como un aliado sustancial, como un compañero del alma, como una presencia acompañante que nos marca el camino de la fidelidad hacia la poesía. Enrique es y será para siempre luminosa memoria, tan luminosa como su sonrisa que no, nunca termina.

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IX

Quiero darle la vuelta a un planteamiento del gran pintor venezolano Jacobo Borges para situarlo en el aquí y en el ahora y pensando en la poesía de Maurizio.

Lo digo así: nosotros tenemos los mismos problemas de todas las poetas y todos los poetas de nuestro tiempo, pero además seguimos cargando inevitablemente con este problema decisivo: ¿quiénes somos nosotros? No se trata, aclaro, de una pregunta que remita a un esencialismo que poco o nada significa, que poco o nada nos dice. La pregunta planteada en el presente nos llama más bien a inquirir por los sentidos del estar y por las razones del pertenecer.

¿Quiénes somos nosotros?; ¿dónde estamos?; ¿cómo nos pertenecemos? Ciertamente, son preguntas tan abarcadoras como abiertas; preguntas que se replantean permanentemente; preguntas en las que suena y resuena un redoble de conciencia; preguntas que nos incluyen y, al mismo tiempo, nos trascienden; preguntas en devenir y que recogen muchas de nuestras demandas y expectativas; preguntas que sólo tienen respuestas del todo tentativas o, mejor dicho, cuyas respuestas son otras preguntas formuladas desde la entraña misma de cada subjetividad.

No dudo que cierta frivolidad contemporánea, que ha usado y usa diversas máscaras, podrá considerar que son preguntas anacrónicas. Es evidente que existen formas de la contemporaneidad que son irremediablemente espurias e inanes y que pertenecen al dominio de la insignificancia. Por el contrario, afincar real y verdaderamente en la contemporaneidad, es el caso de Maurizio, significa tener memoria, hacer memoria: una memoria móvil,  plena de concreción sensible; una memoria lúcidamente selectiva, esto es, que sabe desechar lo que ha de ser desechado; una memoria creadora y no reproductora; una memoria que es muchas memorias y, en primer lugar, memoria de nuestra lengua; una memoria en estado de alerta contra las sobredeterminaciones sean éstas cuáles sean.

Vuelvo a las preguntas, a las grandes preguntas: ¿quiénes somos nosotros?; ¿dónde estamos?; ¿cómo nos pertenecemos? Son preguntas que plantean que la poesía es una práctica responsable en tanto que palabra en el tiempo, en tanto que la poesía es el territorio de la lengua que debe ser más celosamente preservado y defendido.

Un territorio diverso claro está. Ahora bien, si una de las propiedades constitutivas de la poesía es la variabilidad, ello no la exime de responsabilidad, antes por el contrario acentúa su condición de práctica responsable, más aún: la extrema.

Hay un poema a mi modo de ver impresionante en Homeless que habla desde el espacio de estas preguntas y lo hace conflictivamente. Voy a citarlo in extenso con epígrafe incluido:

Si ya desde entonces Lima nos parecía tan horrible a algunos de nosotros (…) era porque en ella veíamos el rostro de un organismo enfermo y postrado que se llamaba el Perú. Y esto por más que los viejos y graciosos afeites de una ciudad cortesana, quisieran ocultárnoslo. Para los demás limeños de entonces, Lima era, en cambio una ciudad civilizada, limpia y ordenada y hasta, para alguno, aristocrática. Pero aristocracia como es hoy la minoría blanca, anglosajona en Johannesburgo, en Sudáfrica, aún -hay que reconocerlo- sin la violencia racista de los afrikaners.
Jorge Eduardo Eielson

 

No busco analizar qué tipo de sangre tiene
Todas las sangres o qué color la identidad
de un país ¿tiene identidad un país? Reíste al oír

—En realidad los peruanos somos como los huéspedes de aquí:
un skinhead, dos nórdicos los turistas coreanos y otros,
no identificados, llamados a secas provincianos

…………………..La bulla en forma de algo revienta contra
………………………………toda posibilidad de análisis

 — Sí, es una antara Pero lo sonoro proviene del escozor
de una gata en celo (y puesta a punto
para robar el neumático)

Y con la bulla salpica la propolis bacteriana
de un eterno constipado ya libre de Españas
—¿Lima barroca por horror, dijiste?

Su aura respira mestiza entre telares paracas
y un vitró veneciano Como pasada,
alucina de vueltas con su albor
y besa la herida de un dios judío
¿Horror por su raíz?

Ese tajo no tatúa: hay hueso

Dijo bien Hinostroza: No es lo mismo
un cholo calato que un desnudo griego

Ya desde el mismo epígrafe del gran Eielson el poema entra en materia por fuera de los reduccionismos de las esquemáticas y las sistemáticas.

La filosa interpelación de Maurizio se dirige hacia Lima. Es Lima la Horrible –la misma de Moro, Salazar Bondy y Eielson– que ha extremado aún más su horror en el siglo XXI. En el caso del poeta, es la ciudad oriunda que no genera pertenencia y, por eso mismo, se convierte en malestar y en desesperanza que se extienden desde Lima hacia el Perú.

A través de la trama expresiva de este poema, el sentido en sí de esta interpelación se convierte en una exploración tremendamente audaz y, por ello, de una singular pertinencia crítica como corresponde a un poeta que camina su propia circunstancia por un sendero divergente.

Tal interpelación no es hecha desde afuera en esta poesía, esto es, no se formula programática y literatosamente, sino que brota desde adentro, desde más adentro, o, mejor dicho, el afuera se encuentra en la más cruda intimidad, en la más vulnerable subjetividad. No en vano a lo largo del poema se involucran intensamente lo discernible y lo confuso.

Ciertamente, se trata de un poema de una dureza mineral en el que pensar y poetizar se conjugan de manera idónea. Al leerlo y releerlo, me ha rondado persistentemente una certera observación de Jean Bollack sobre Paul Celan: la poesía como lugar de memoria y como lugar de combate. Lugar de memoria y lugar de combate que llevan la impronta de la historicidad, haciendo visibles diversos índices epocales.

Y sigo con Bollack, desde Bollack: la voz de Medo lleva consigo huellas que son manchas tal y como es inmediatamente perceptible en este poema.

Huellas que son manchas en el poeta Medo y también en el narrador Medo: un narrador que anda entre apariciones y desapariciones a lo largo de estas páginas. Huellas que son manchas dentro de una poesía que es poderosamente referencial. Y huellas que son manchas en un sujeto que trabaja con extrema lucidez por fuera de la transparencia del sentido: no tanto porque la parezca inasequible, a ratos el sentido puede transparentarse, sino porque falsea nuestro estar en lo real. Huellas que son manchas entonces, y a partir de ellas, lo digo con Bollack, un mundo se constituye y va tomando forma. Huellas que son manchas: una experiencia complejamente peruana y nuestroamericana habla y calla a través de ellas.

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X

Mi historia como lector de la poesía de Maurizio comenzó con Manicomio que llegó a mí a través de unas manos amigas. Antes había leído poemas sueltos en la web y ya sentía haber encontrado una voz distinta, una voz que me tocaba. La lectura de Manicomio confirmó rotundamente esa impresión inicial.

¿Qué me atrajo tanto en Manicomio, que me conmovió y que me dio a pensar este libro impar? En sus páginas yo encontraba una excentración y extrapolación de lo poético, de lo que convencionalmente tomamos por tal, y no era una tentativa fallida como pasaba con tantos libros que partían de una ambición similar. Había un peso de experiencia vivida y padecida en Manicomio que encontraba en cada poema su encarnación formal. Tal encarnación formal respondía, en primerísimo término, a un no estar en paz con el lenguaje. La locura devenía hiperconciencia en el trance y en la traza del libro y ello era del todo necesario para expresar el orden manicomial en todo su horror.

Dicho de otra forma: se trataba de ese insomnio de la conciencia, como decía Bataille, sin el cual no se puede aspirar a la lucidez.

En Manicomio yo oía y sigo oyendo una voz que habla con el acento de la verdad. Tal acento toca al lector, lo interpela, pero no lo alecciona. Hay demasiada exposición en este libro, demasiada vulnerabilidad, y ello conlleva un poner distancia radicalmente con cualquier forma de aleccionamiento.

El acento de la verdad dije un poquito más arriba. Cierto que, como señalaba Ludovico Silva, la verdad de la poesía es de otro orden. Hablamos, entonces, en el caso de este libro de una verdad tan compleja como jodida y, a la vez, tan abierta como compartible. Ahora bien, se necesita un paladar fuerte para atravesar estas páginas escritas con sumo dolor.

Un poema como El mandril, la locura y la muerte ejemplifica la fuerza de Manicomio, una fuerza que tiene mucho de imprecación:

Mandril, ¿puede una madre ser cobijo
si ve a sus hijos endurecer como el sílice?

Mira, a la Quispe.
¿Es locura llamar Tulio al peluche
que acuna vidriando los ojos?
¿Es el amor anomalía, perversión
o amor, solamente?´

El del 28 levanta su dedo grande en el aire,
llora su mano, ¿baba o espuma?, sobre
un papel más duro que la roca.´

Si te dijera: mono estás muerto
¿Me arrastrarías hacia el cuarto del Relámpago?

 Dame agua, el psicotrópico mis labios reseca.
¿Los mojarás con hiel hasta que los verbos mueran?

¿No soy una lombriz para tus ojos?
¿Lombrices que reptan sin razón, no somos?

Sí, la Brivio se ha exaltado.

Esas tabletas son el maná del báratro, mas,
así y todo, puedo tomar el té del Sombrerero,
quien dio a Hölderlin su chistera de alabastro.

 Shhhh, tiene ahí a tu dios acuchillado
—ni que te vea — el pecado es fruto amargo
de la más dulce razón.

 Ey, Méndez, ven aquí por Adonai.
¿Por qué sangra Francesca,
por qué yace gimiente sobre el catre
gritando: no, no, no?

Perro maldito.

Creo que es inmediatamente perceptible la dureza mineral de este poema. Tal dureza mineral logra una conexión viva entre lo íntimo y lo común. El tumor de la conciencia y la irritada lepra sensitiva que nos transmiten estos versos son una forma de estar en lo real, una forma ciertamente extrema, extremada.
Releyendo este poema, e igualmente durante el proceso de relectura de Manicomio, no he dejado de pensar en estas palabras de Artaud que me marcaron desde siempre: Tengo para curarme del juicio de los otros, toda la distancia que me separa de mí.  Precisamente, la voz de Medo habla desde esa distancia artaudiana, desde esa separación que precisara y verificara en sí el gran desollado: separación no con el yo, sino con sus trampas, sus imposturas y sus mentiras. Por eso mismo, también no he dejado de pensar en algo que dice mi amigo el poeta venezolano Armando Rojas Guardia: la locura es todo lo contrario a un refugio, y sólo es creadora cuando deviene intemperie.

Tal devenir intemperie nos plantea inmediatamente una pregunta: cómo devenir intemperie de verdad verdad. Para ello no hay caminos, a lo más trochas, picas, sendas que no van a ninguna parte. En buena medida el poeta se convierte en un zapador y su avance es lento, difícil y angustioso. No es cualquier zapador: es uno que no sabe si alguna vez saldrá a la llanura.

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Gonzalo Ramírez. Caracas, Venezuela, 1965. Poeta y ensayista. Ha participado en numerosos foros, seminarios y conferencias a lo largo de todo el país y el mundo. Fue director de la revista Díacrítica. Ha publicado Ciudad sitiada (2006). Poemas suyos se encuentran publicados en diversas revistas nacionales e internacionales. Forma parte del consejo de redacción de POESIA.

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