Cuando la poesía dejó de ser víspera ( II )

Una lectura de la obra de Maurizio Medo

:

Gonzalo Ramírez

:

:

xi

Más arriba hablé de poesía perturbadora. Por eso mismo, poesía viva. Poesía que se deslinda radicalmente de la autocomplacencia y logra encarnar todos los riesgos. Por eso mismo, este ejercicio de admiración, no otra cosa son estas páginas, se me ha impuesto por sí mismo.

A propósito: no perturba quien quiere sino quien puede. Y ese poder de perturbar está en relación directa, lo digo a la manera de Manuel Ballesteros, con una irrevocable capacidad de incursión peligrosa, y más aún, de colapso: se trata de una cosa extremadamente jodida porque implica estar a la intemperie y desde allí trabajar para que hablen tanto el sentido como el sinsentido. Trabajar reitero: yo diría que Maurizio pertenece al linaje de los horribles trabajadores y las horribles trabajadoras que avizorara Rimbaud y en quienes el muchachito de Charleville ponía toda su fe.

Ciertamente, para ejercer el poder de perturbar, el sujeto poético tiene que haber sido perturbado hasta el fondo, y eso tiene que sentirse en la palabra poética.

Palabra perturbada la de Maurizio Medo y que, por eso mismo, perturba, nos perturba a fondo. Unas veces nos conmueve, otras nos conmociona, nunca nos deja indiferentes. En realidad y en verdad, perturbación implica intensidad. Una intensidad que pone en juego, y vaya a qué costo, una fuerza de creación, recordemos a Lezama Lima, que se contrapone a la fuerza de destrucción que crece y avanza por todas partes.

Y perturbación también implica que en poesía nadie hace lo que quiere, sino lo que puede, luchando a brazo partido con el lenguaje.

No perturba quien quiere sino quien puede. Y para ello hace falta el estremecimiento interno que encarna la poesía de Maurizio. Leyendo Cuando el destino dejó de ser víspera, como lo ha dicho Basilia Papatamastíu de Ángel Escobar, uno puede advertir una dinámica de desarticulación de la habitual correspondencia entre el sujeto y sus acciones, los tiempos y los espacios, el adentro y el afuera, el sí y el no. Y creo necesario enfatizar algo: la poesía de Medo es fiel, enteramente fiel, a esta dinámica de desarticulación.

Si esta poesía lleva en sí una manifiesta intención experimental, mejor dicho, exploratoria, y me sigo valiendo aquí de la lucidez de Basilia Papatamastíu, ello obedece a una imperiosa necesidad, a una pulsión subjetiva que busca maximizar la intensidad de la palabra: es el intento de llevarla hacia el enigmático punto cero, más allá de si se puede alcanzar o no, en el que tanto insistió el inmenso José Ángel Valente.

Por cierto, de Valente aprendimos aquello de seguir el vuelo de los grandes y de las grandes, o morir. En mi criterio, Maurizio es un seguidor, un genuino seguidor.

Recapitulando sobre lo dicho en el párrafo anterior, quiero señalar lo siguiente: es inmensa la labor de resemantización que Medo lleva a cabo. En este punto, creo que es ineludible llamar la atención sobre la profunda huella Medusario en Maurizio. Del peso que ha tenido este libro quiero ahondar más adelante, en cuanto a la exigente y apasionada labor de resemantización, de transformación de nuestra lengua.

Quienes estamos situadas y situados a conciencia en la posteridad de Medusario, y Maurizio es una de las voces más singulares dentro de tal posteridad, hemos sentido el desafío de no quedarnos a medias, de allí que la labor de resemantización se nos impone como una necesidad, más allá de que fracasemos o no en el intento. Y a fe mía que un poeta como Medo demuestra la plena validez de este enorme desafío.

Tal labor de resemantización, en nuestro tiempo, rechaza cualquier forma de pose. Es una labor tan ardua como paciente. La poesía no ha renunciado al arte innovar aquí y ahora, pero no hay retorno posible al culto vanguardista por la originalidad.

Bastante lejos estamos ya del pequeño dios huidobriano, más allá de los sedicentes esfuerzos por resucitarlo con otras máscaras y sin la fuerza expresiva del gran Vicente. Incluso la misma noción de autoría ha quedado rebasada. La lealtad al oficio mayor reside hoy, para quien lo ejerce sin pose, más bien en la conciencia de ser un performador o una performadora. Tal performatividad tiene en Medo a un practicante de excepción, capaz de renovar la apuesta sin condiciones por la poesía. Desde siempre hemos sabido, con Pascal, que el verdadero caballero apuesta a perder.

:

:

xii

Hay unas palabras del ensayista español Jorge Rodríguez Padrón que suscribo enteramente porque precisan muy bien lo que acontece a la hora de leer poesía, a la hora de recorrer un territorio poético, a la hora de ser leídos por la palabra de un gran poeta: Vamos (vagamos) hacia donde nos oímos de otra manera.

Ciertamente, yo me oigo de otra manera en y a través de la voz de Maurizio Medo. En el ir y en el vagar por los caminos, por las sendas y por las trochas de este extraordinario libro que es Cuando el destino dejó de ser víspera tal audición en que me reconozco otro ha sido, en muchos sentidos, un reto y un desafío: no se puede entrar a estas páginas impunemente porque aquí encontramos a un sujeto que se la ha jugado sin trampas, de verdad verdad, a todo riesgo, sin la menor complacencia, sin la menor autosatisfacción.

En el ir y en el vagar por este territorio Medo donde me oigo de otra manera, me han pasado cosas. Cosas pasan, sí, por ejemplo: un replanteamiento del sentido de la poesía que se está escribiendo en la Patria Grande.

Un replanteamiento que no se queda, como suele suceder, en una mera ambición declarativa, en una pretenciosa declaración de intenciones: un replanteamiento que Medo ha venido realizando palabra a palabra y que no es un proceso concluso. Se trata, entonces, de un replanteamiento en devenir, pero que ya es una dimensión alcanzada. En muchos sentidos, Maurizio es uno de los poetas que en nuestra lengua y desde esta orilla, encarna el proceso de imaginar lo nuevo. Un proceso que nunca concluye, al que necesariamente hay que darle continuidad. Tal continuidad cuaja en la poesía de Medo de una manera personalísima, única.
Y esta continuidad, implica un enorme grado de obstinación en medio de la incertidumbre. Tal y como lo dice el mismo Medo:

Pero algo nos obliga eternamente a recomenzar

Algo imprecisable pero que obliga. Como si ese algo nos impusiera una tarea, como si ese algo convirtiera a la vida en tarea.

Reitero: vamos (vagamos) en la voz de Maurizio hacia donde nos oímos de otra manera. Vamos (vagamos) a través de un decir que suele ser expansivo, sin perder tensión, aunque Medo también ensaya admirablemente la cortedad del decir. Expansión del decir, cortedad del decir: un decir más con más y un decir más con menos.

En el tremendo combate verbal que acontece y nos lee en estas páginas, en la puesta en palabras inequívocamente conflictiva de cada poema y de cada libro en Cuando el destino dejó de ser víspera, nos interpela el presente, la actualidad en desplazamiento, pero también nos interpela la futuridad. La voz de Medo pertenece al salto, como quería Char, y no al festín, su epílogo.

:

:

xiii

Haciéndome eco de un añejo y precioso ensayo del Maestro José Lezama Lima quiero decir lo siguiente: nadie atraviesa impunemente la calle Rimbaud. Hay que conservar el terreno ganado tal y como lo hace un poeta como Maurizio Medo. No hay retroceso posible.

Pretender que se avanza a través de invariantes es una mentira del todo burda y del todo idiota. Y como bien dice el poeta argentino Jorge Alejandro Boccanera: No es que la poesía mienta, es que los mentirosos quieren hacer poesía.

Cuando los mentirosos quieren hacer poesía suelen adscribirse a una suerte de adocenamiento comunicativo para justificar su chatura expresiva, su incurable banalidad. El diálogo genuino es otra cosa y se genera en otras condiciones.

Ciertamente, la comunicación es una cuestión que siempre hay que problematizar en materia poética. Insisto, por eso, en la premisa del diálogo genuino que, de entrada, descarta el diálogo fácil. Aquí vale la pena traer a cuento y tener en cuenta aquel contundente aserto de Carlos Barral: poesía no es comunicación. Ciertamente, como bien decía Barral, la comunicación en poesía, si se la toma una suerte de obligante a priori: no pasa de ser un fantasma teórico. Todas y todos sabemos, además, que el término comunicación está de suyo políticamente entrampado desde hace demasiados años, y en sus dominios siempre está al acecho la razón instrumental.

De paso, cada vez que se ha esgrimido el término comunicación como una especie de bandera poética, se ha caído en un impasse, se ha entrado de lleno en una dinámica regresiva. El planteamiento de Barral, que es de la década del cincuenta del pasado siglo, mantiene plena vigencia: la poesía no es comunicación, es conocimiento. Otra cosa es que la poesía sea conocimiento emocional de la realidad y, por tanto, conocimiento transmisible, compartible.

Quiero reiterarlo una vez más: no hay forma de avanzar a través de invariantes. Y ello no va en desmedro del hecho de que la poesía es la memoria de la lengua. Memoria viva y activa, generadora de aperturas, propiciadora de innovación.

Vale decir: Medo afinca en el presente pero se desmarca de la novelería, de la moda. En este punto decisivo su poesía es un gesto radical: una radicalidad que nos reta como lectoras y lectores. Capta plenamente eso que el Maestro Noé Jitrik llama la vibración del presente, haciendo un uso creativo de la memoria: memoria de la lengua, esto es, memoria histórica o, mejor dicho, memoria plena de historicidad. Y todo ello desde un flujo subjetivo que ha ido ganando la más sólida consistencia.

Cómo ha elaborado Medo tal flujo subjetivo. Pienso ahora en unas palabras de Lezama Lima que siento muy próximas al hacer de nuestro poeta: Es un trabajo también sobre la materia que no fija su último deseo. Y no fija, no puede fijar su último deseo, porque ello equivaldría a cancelar o desconocer todo aquello que la poesía tiene de riesgo, de aventura, de jugársela en condiciones de indeterminación.

En el caso de Maurizio, la manera o, mejor dicho, las maneras de concebir y realizar el poema tienen como punta de partida una experiencia específica e intransferible de lo indeterminado. Se trata del tipo de cosas que generan una diferencia abismal entre la poesía y la literatura. Por eso mismo, también difieren abismalmente los modos de aprehensión y apropiación de la poesía y la literatura.

Valga esta nueva y necesaria digresión. Como bien lo señalaba mi Maestro Saúl Yurkiévich, la exégesis poética es otro cantar. Se trata de oír y captar el acento de una voz, de la voz de Medo en mi caso: el acento que la aproxima y, a la vez, la diferencia de otras voces. Pasa con demasiada frecuencia, y aquí vuelvo a Bollack, que la crítica al uso no escoge los modos de aproximación adecuados. Y pasa, por supuesto, que la poesía no entra por el aro y mucho menos cuando quieren meterla a la fuerza. La poesía no soporta que le hagan violencia.

Retomo la cuestión del flujo subjetivo en Maurizio Medo. A partir de mi posicionamiento como lector y desde mi propia experiencia, puedo identificarme o no con este flujo subjetivo. Y aquí quiero subrayar que lo importante no es tanto la identificación o la desidentificación que suscita sino la potencia con la que se proyecta en su devenir libro a libro. Tal potencia nunca me ha dejado indiferente a lo largo de la lectura de Cuando el destino dejó de ser víspera. No es poca cosa.

Pienso que la potencia de este flujo subjetivo diferencia notablemente la voz de Maurizio Medo dentro del contexto actual de la poesía del Perú y, más aún, de la poesía de la Patria Grande.

:

:

xiv

Estamos ante una poesía construida sobre la base de la intertextualidad. Pero no de cualquier intertextualidad sino de una de amplio espectro y que demuestra una notable asimilación de lo leído y una no menos notable capacidad de incorporarlo como impulso a la propia voz. En este sentido, quiero reiterar algo que dije un poco más arriba para ampliarlo un poco más: Maurizio Medo es un magnífico performador, un artífice de la performatividad.

Ciertamente, aquello que Mijail Bajtin definió como dialogismo y luego Julia Kristeva redefinió, a partir del mismo Bajtin, como intertextualidad, en no pocas ocasiones obedece a una especie de prurito exhibicionista, y no pasa de allí. Es claro que hay mucha intertextualidad de segunda mano, comprobadamente facilona, sin gracia, sin hondura; hay mucha práctica de la intertextualidad que se deduce de una memoria reproductora. Por el contrario, en la poesía Medo es constatable la presencia de una memoria creadora, plena de eso que los antiguos llamaban dynamis; una memoria muy potente.

Cuando se practica la intertextualidad como lo hace Maurizio Medo, ésta, la intertextualidad, deja de ser un problema –como lo es aún para cierta anquilosada visión académica. Todo lo contrario: la intertextualidad, lo digo con Julieta Campos, se convierte en un factor fundamental para darle mayor riqueza a la palabra poética y la abre a un horizonte dialógico mucho más abierto y más amplio. La práctica intertextual ya no es problema a resolver: se convierte en posibilidad, en infinita posibilidad.
Este es uno de esos casos en que la intertextualidad demuestra ser fecunda porque no obedece a servilismos imitativos. En Medo la intertextualidad responde a la más genuina necesidad expresiva.

Claro: tal ejercicio tan lúcido y fecundo de la intertextualidad, permite afirmar que la palabra poética de Medo que tiene un enorme grado de autoconcencia. Enorme grado, reitero, porque, en mi criterio, no hay autoconciencia absoluta en materia poética.

La práctica creadora e imaginativa de la intertextualidad en Maurizio inserta a su poesía en un campo poético, cultural y político muy amplio, de muy vasto alcance, de una, cómo decirlo, fascinante pluralidad. Un mundo poético, es el caso de Maurizio, se va configurando también a través de sus referencias: referencias que le dan impulso y empuje a una voz.

Por cierto, aquí quiero permitirme disentir con mi admirada Alicia Genovese: no estoy tan seguro de que a medida que la propia subjetividad se abre paso, las influencias se invisibilizan, pasan a un segundo plano, y ya no importan. Tengo para mí que la huella de lo que leemos con pasión, y nos influencia de muchos modos, sigue allí, y precisamente la práctica intertextual es una forma para que la propia subjetividad se abra paso.

Valga el siguiente ejemplo puede que digresivo: Gonzalo Rojas ya era un poeta con una trayectoria señera cuando se encontró con la obra de Paul Celan, y nunca dejó de señalar cuánto lo influenció Celan cuando ya el poeta chileno había arribado a eso que llaman madurez. En el caso de Rojas, la influencia de Celan no pasó un segundo plano, y vaya que importa, por señalar un hito, a partir de un libro como El alumbrado.
Pero volvamos nuevamente a la fecunda práctica intertextual que se visibiliza en la poesía de Maurizio Medo.

Un buen ejemplo de cómo funciona la intertextualidad en Medo está en el texto Escena 36: Ciertos árboles de Dime novel. Aclaro que es un ejemplo entre muchos, y lo selecciono por su admirable decantación verbal:

Esa vez los árboles trataron de contármelo

Recordé a Ashbery
«Somos su simple estar ahí»

Contentos por no tener
que reinventarnos

No quiero dejar de apuntar también que la modalidad poética de Medo se abre también a una dimensión hipertextual. En esto somos hijas e hijos de nuestro tiempo y el ciberespacio ha dejado una huella indeleble en nosotras y nosotros.

:

:

xv

Quiero poner sobre el tapete un tema que ha sido motivo de conversación entre Maurizio y este servidor. Y lo hago de esta manera, formulando una pregunta: ¿qué ha pasado con nuestra generación en la Patria Grande, esto es, con quienes nacimos entre 1960 y 1970? Según Maurizio, y creo recordar bien su argumentación, nuestra generación no ha producido obras de una solidez indiscutible, y eso debería obligarnos a generar una discusión tan abierta como rigurosa.

Muchas cosas se pueden aducir con respecto a este tema que abre un horizonte polémico. En mi criterio, nos marcó la infame década del 80 del siglo pasado: década infame que estuvo marcada por el auge de la devastadora lógica neoliberal que trajo como consecuencia una lamentable balcanización cultural de la Patria Grande.

En los ochenta ocurrió un apagón del que apenas hemos comenzamos a salir, del que apenas hemos comenzado a recuperarnos. Todavía esa realidad histórica que llamé balcanización cultural tiene un espesor histórico-concreto enorme, difícil de superar, más allá de que a través la web, y específicamente las redes sociales, hemos ido abriendo brechas. Valga el ejemplo puntual extraído de mi relación afectiva con el poeta: mi primer contacto personal con Maurizio fue a través de Facebook.

Nuestro balance generacional deja mucho que desear y ponerse a buscar justificaciones sería mentirnos. Puede ser también que  no nos hemos tomado la poesía con la pasión y, más aún, con la devoción que ella pide; con el rigor y la humildad que deberían serle consustanciales.

Ahora bien, yo me hallo bastante de acuerdo con el punto de vista de Maurizio, pero creo que convendría matizar. Existen cierto número de excepciones y una de ellas es la poesía del mismo Maurizio, una excepción de veras notable, de veras admirable. Sé que seguramente Maurizio me refunfuñaría y me refutaría, pero de verdad que pienso que Cuando el destino dejo de ser víspera pasa sobradamente la prueba de la lectura más exigente y más rigurosa. Esto requiere de una explicación más detenida: para allá voy.

Puede que esté pecando de exagerado y nuevamente voy a matizar. Pongámosle, valga el mexicanismo, que todavía este libro no señale ya hacia esa dimensión plenamente alcanzada que es una obra, pero estoy seguro, absolutamente seguro, que es un camino cierto hacia ella. Dicho de otra forma: Cuando el destino dejó de ser víspera reafirma la importancia decisiva del trabajo poético de Maurizio Medo. En el fondo, creo que es una cuestión secundaria si ya podemos hablar o no de obra en este caso. En cambio, es una cuestión principalísima destacar todo lo que aportan estas páginas.

Dentro de nuestra generación, y me valgo aquí de unas certeras palabras del Maestro Eduardo Milán, Maurizio Medo ha alcanzado una altura de difícil emulación. Y tal altura se conjuga, vallejianamente hablando, con una intensidad que no es nada frecuente. Es por eso que a lo largo de la lectura de Cuando el destino dejó de ser víspera fue reafirmándose en mí la certeza de estar oyendo la voz de un gran poeta. Y la voz de Maurizio me ha permitido oírme de otra manera. Pasa que cuando uno lee un libro de tan desusada calidad como éste, leyendo somos en realidad y en verdad leídos.

Yo no sé si este sea un libro representativo, en realidad no me importa si lo es o no lo es, y recuerdo en este momento la filosa ironía de Guillermo Sucre con este término. Ciertamente, toda representatividad es, por decir lo menos, sospechosa, más allá de esa inclinación, igualmente sospechosa, que sentimos hacia todo lo que lleva el sello de lo representativo. Creo que hay libros como éste que, desde su propia intensidad, nos confrontan abiertamente: replantean y problematizan nuestra relación con la poesía y, por tanto, se desmarcan radicalmente de la tentación de la representatividad. Por eso mismo, estamos ante una poesía que, en mi criterio, va a resistir cualquier tentativa de canonización.

Todas y todos sabemos que la institución literaria y la academia, salvo contadísimas excepciones, operan bajo las mismas premisas canonizadoras. La institución literaria y la academia tienen una tendencia funesta hacia los dominios de la representatividad por razones de pereza mental y comodidad intelectual. Hoy por hoy, creo que lo más valioso de nuestra expresión está en aquellas voces que no entran por el aro de esta lógica domesticadora.

Son voces que encarnan, y aquí retomo algo a lo que ya me referí, su propia diferencia, y que no ceden ante el vetusto chantaje de la universalidad. Sabido es que la institución literaria y la academia apuntalan tal chantaje. Hago la salvedad de que dentro de la academia hay quienes toman distancia frente a esta imposición bastante autoritaria de lo universal. No abundan ciertamente, pero, de una u otra manera, dan la pelea a favor de otros modos de leer.

Sí, ya lo sé: la institución literaria y la academia –entendiendo por academia eso que Lezama Lima llamaba el bachillerismo internacional- son capaces de instrumentalizar cualquier cosa, pero confío en que la voz de Medo, una voz contundentemente refractaria, no va a dejarse atrapar; que va a continuar desmarcándose de las dinámicas de canonización al uso que, en realidad y en verdad, no acompañan a las voces que están revitalizando a nuestra poesía sino que pretenden instrumentalizarlas de acuerdo con sus inconfesados fines. Hablo de una deleznable voluntad de saber, vacía o ayuna de toda promesa, que no responde sino a una no menos deleznable acumulación de capital curricular, carente del espíritu crítico y creativo necesario para acompañar el devenir de nuestra poesía y sus instancias más genuinas y fecundas.

Una deleznable voluntad de saber que es marcadamente autoritaria y, por eso mismo, suele partir de una premisa aterradora que ya apuntaba páginas atrás: a la poesía se le hace hablar o entonces no habla. Afortunadamente, así lo creo, la poesía no se deja, y se lleva muy mal que los regímenes discursivos que pretenden imponerle sus lecturas.

Ciertamente, para quienes quieren pensar y acompañar a la poesía de otra manera, la batalla parece estar perdida de antemano, pero uno no se da por vencido frente a tantos intereses deleznables y tantas costumbres que son francamente inanes; uno no se da por vencido porque la presencia de voces como la de Medo nos permiten resistir.

:

:

xvi

En esta hora de nuestra poesía, la variable Medo nos plantea una sacudida de veras necesaria. Es, lo digo y lo afirmo, uno de los códigos más radicales con los que contamos para seguir reafirmando la validez del oficio mayor. Una voz como la de Maurizio ilumina eso que Jorge Rodríguez Padrón llama un principio radicalmente poético y nuestro. Nuestro repito: de quienes hoy leemos y escribimos desde este lado del mundo, desde Nuestra América.

Para decirlo con el verbo evangélico desde Lezama: seguimos llevando un tesoro en un vaso de barro. Y nos toca ejercer la tremenda responsabilidad de ser sus custodios y sus custodias.

Principio radicalmente poético y nuestroamericano reitero nuevamente: no es en vano, entonces, como quería el entrañable Walter Benjamin, que hemos sido esperados aquí.  Y pienso ahora en una cuestión planteada por Blanchot para darle un giro: cuando aparece una voz distintiva, como la de Maurizio, ella expresa un sujeto que es el último pero también el primero en hablar.

El último y el primero en hablar. Ciertamente, todas y todas somos poetas de transición pero ello no significa que todas las voces pertenecen al dominio de lo indistinto: hay voces que se elevan por encima de este dominio; hay voces que encarnan cima y sima. Y hay sujetas poéticas y sujetos poéticos que proyectan su voz a través de este gesto magnífico, audaz y, por qué no decirlo, insensato de ser la última y la primera en hablar, el último y el primero en hablar: ellas y ellos han pagado el precio, que es muy alto, de llevar en sí esta condición. Una condición que rechaza de plano todo forma de poder, que precisa de humildad y de modestia.

Si hablamos de resultados, en el caso del último y el primero en hablar, no queda otra que seguir a nuestro Eduardo Milán: el resultado es procesual, contradictorio, discontinuo. Y ello es así porque el devenir poético de Maurizio continúa abriéndose paso: continúa avanzando en procura de generar las condiciones verbales de constitución del sentido, sabiendo que nada nos asegura de antemano la transparencia del sentido. Y claro estamos ante un devenir poético tan abierto como desobediente.

Qué maravilla es, valga la confesión, poder admirar a seres así, a seres como Maurizio Medo. En ellas y en ellos brilla, a la par de la humildad y la modestia, una rara honestidad y un espléndido no conformismo. Y también una tremenda obstinación para persistir en la labor de darnos signos del estar, de nuestro estar.

Cuando oímos al último y el primero en hablar vivimos una experiencia tanto de revelación como de estremecimiento. Tal ha sido mi experiencia de lectura de Cuando el destino dejó de ser víspera.

:

:

xvii

En muchos sentidos, la poesía de Maurizio nos permite recuperar el espíritu díscolo, desobediente, refractario, rebelde, de la vanguardia poética nuestroamericana. Recuperarlo, entiéndaseme bien, para el aquí y el ahora, fuera de nostalgias pasatistas que no conducen a ningún lado; recuperarlo como potencia creadora y transgresora. Tal recuperación no va en desmedro de la diferencia que la voz de Medo encarna, al contrario la cualifica y, por decirlo así, la afila.

Ahora bien, me parece necesario destacar es que estamos ante un libro que es un ámbito: no estamos ante una quincalla o un cajón de sastre. Un ámbito, atención, pero no un orden cerrado en busca de no se sabe qué fantomática perfección.

La imperfección es la cima como bien señala Yves Bonnefoy.  Eso lo sabe un poeta como Maurizio quien tiene plena conciencia de tener detrás de sí toda una historia poética, esto es, una memoria poética que funciona como un gran archivo dinámico. Medo puede imprimirle una orientación diferencial a la palabra no tanto porque recuerde sino porque memora, porque su hacer memoria es tan vivo como activo amén de libérrimo.

Memorar, hacer memoria, entraña convocar diversas presencias. Un poeta necesita, como decía René Char, aliados y aliadas sustanciales que lo acompañen. Las necesita y los necesita, entre otras cosas, para no desandar el camino, esto es, para exigirse al máximo.

Pensemos, por ejemplo, en la tradición poética del Perú: Maurizio sabe lo que significa escribir después de Eguren, Martín Adán, Vallejo, Moro, Wetsphalen, Eielson, Blanca Varela, Juan Ramírez Ruiz, por sólo nombrar algunas grandes referencias peruanas, y saberlo implica un enorme desafío, un tremendo nivel de exigencia, una decisión de no quedarse a medio camino. La voz de Medo tiene una fuerza rupturista y renovadora dentro de esta gran tradición poética, y, por eso mismo, ha sido capaz de darle continuidad, de prolongarla aportándole un tono nuevo, un acento diferente.

Igualmente, la poesía de Medo actúa dentro del horizonte dialógico de la poesía de Nuestra América. Aquí vale la pena indicar, y aquí retomo algo que insinué más arriba, la importancia de la poderosa dinámica de apertura y exploración que desató una propuesta de lectura tan polémica, tan necesariamente polémica, como Medusario. Medusario comenzaba por desmarcarse frontalmente de las tentaciones y pretensiones antológicas: no era un libro concebido para impartir justicia; era un libro, sí, para leer de otra manera, y de allí su carácter de muestra y no de antología.

Medusario se nos apareció afortunadamente en 1996 bajo el signo de la radicalidad: iba contra la corriente con un espléndido coraje y vaya que derribó unas cuantas barreras, moviéndonos el piso. Que sea una propuesta de lectura discutible, cuál no lo es, ese es otro cantar; pero Medusario marcó y creo que sigue marcando el devenir de nuestra expresión poética en sus líneas de fuerza más interesantes e innovadoras. No creo exagerar que su huella ha sido honda, fecunda.

Una poesía como la de Maurizio Medo puede ubicarse en la futuridad, tan radical como diversa y fecunda, que abrió Medusario. No se trata del manido asunto de las influencias, no, es otra cosa que quiero decir así: este libro modificó las condiciones existentes de comprensión de nuestra poesía. En muchos sentidos, nos orientaba certeramente pero sin aleccionarnos. Por eso mismo, creo que el curso de la historia poética de Maurizio no hubiera sido el mismo sin Medusario.

 :

: 

xviii

Voy a aprovechar una certera observación de Enrique Foffani en su magnífico prólogo a La novela de la poesía de nuestra Tamara Kamenszain: en Cuando el destino dejó de ser víspera la poesía de Maurizio va escribiendo y reescribiendo su propia novela familiar. Y las mismas zonas oscuras que constituyen a toda novela familiar plantean la necesidad, tal y como lo expresaba Felisberto Hernández, no sólo de escribir lo que se conoce sino también, y más importante aún, lo otro.  Lo otro, esto es, lo que se resiste tenazmente a ser conocido y nombrado; lo otro es lo que no se deja definir y, al mismo tiempo, nos sostiene; lo otro es lo que cuaja en la lejanía y en la soledad. Dice Medo:

Y callado, siempre callado, cerca, pero muy lejos de toda la familia, ya pensaba cómo sería eso de tener que valérselas solo, solo contigo, soledad.

Como bien dice Didier Anzieu, la invención de una novela familiar acompaña el curso entero de la existencia. Y es una trama que en el proceso de su invención se va convirtiendo en un acumulado de presencias y fantasmas. Una trama, y valga la reiteración, que nos impide estar en paz con el lenguaje, y no es entonces extraño que una novela familiar pueda elaborarse poéticamente.
En Medo, al igual que en Kamenszain, la poesía va inventando procesualmente la novela familiar. Aquí pienso yo se establecen un diálogo vivo y abierto entre estas dos grandes voces de nuestra poesía: un diálogo que se alimenta tanto de las semejanzas como de las diferencias que existen entre estos dos mundos poéticas, entre estas dos novelas familiares.
Evidentemente, no se inventa una novela familiar desde la nada: se inventa desde una realidad que es tan personal como transpersonal, que tiene un irrenunciable sello biográfico pero problematizado por la experiencia del afuera; que nos remite al niño o a la niña que fuimos y a una determinada coloración afectiva que se gestó en la infancia.
Medo carga con su propia novela familiar a cuestas: una novela compleja porque se trata de un sujeto biográfico y poético que tiene que habérselas con unos orígenes de una enorme diversidad, unos orígenes que, en muchos sentidos, lo descentran. Bien puede decirse que en Medo se proyecta procesualmente una variante del todo específica de ese nomadismo de la identidad del que nos ha hablado con tanta lucidez Juan Carlos Lértora en el caso de Diamela Eltitt.
Aquí vale la reiteración: Maurizio Medo lleva en sí una aglomeración de identidades. En Maurizio conviven un italiano, un croata, un yugoeslavo, un judío, un peruano. Se trata, entonces, de darle voz a la novela familiar de un sujeto transterrado. Alguien que tiene que lidiar, y de qué manera, con la extrañeza y con la confusión. Por eso mismo, esta poesía libera, lo digo con Nelly Richard, un imaginario tránsfuga y ello le da tanto movilidad como itinerancia al margen que, libro a libro, ha ido forjando Medo.
Aquí es necesario acudir a Marthe Robert cuando precisa que la novela familiar es un texto no escrito, que aunque compuesto sin palabras y privado de todo público, no por ello tiene menos intensidad y auténtico sentido de creación. Se trata, entonces, de un tremendo reto a encarar en poesía, pero un reto que vale la pena.
Los enlaces compositivos de esta novela familiar, y sigo con Foffani, de esta partitura que es Cuando el destino dejó de ser víspera tienen una coherencia y una consistencia potentes. Tales enlaces compositivos son umbrales que validan el espesor temporal y espacial del proceso poético de Maurizio: un proceso inconcluso y, por eso mismo, un proceso del que hay mucho, muchísimo que esperar.

:

xix

Decía más arriba que este libro es un ámbito. Un ámbito que articula musicalmente diez años del trabajo poético de Maurizio: cada libro se nos va apareciendo a la manera de un movimiento musical. Y todos y cada uno de estos movimientos en su devenir tiene como principio compositivo la disonancia.
Cómo no pensar en Lezama Lima cuando hablaba de la confusa flora de mi desarmonía. Pero por eso mismo hablaba de disonancia: Medo lidia con obstinado rigor con su desarmonía, sabiéndola del todo irreductible, pero logrando expresarla con intensidad, con acusada singularidad. Y es demasiado evidente que a ello se llega tras una larga etapa de aprendizaje vital y verbal. Medo, de hecho, reivindica plenamente el oficio de la poesía desde la condición del eterno aprendiz.
Quiero decirlo a la manera del Maestro Ludovico Silva: desde un punto de vista generacional este es un libro de la mayor importancia para nosotras y nosotros. Es importante y nos importa por su calidad específica y porque encarna un reto y un desafío para quienes pertenecemos a la misma generación de Maurizio Medo. Medo ejemplifica cabalmente aquella apuesta lezamiana que tiene plena vigencia: intentar siempre lo más difícil. En ese intento ha perseverado y persevera y ante ello no cabe sino la más franca admiración.

:

:

;

:

 

Gonzalo Ramírez. Caracas, Venezuela, 1965. Poeta y ensayista. Ha participado en numerosos foros, seminarios y conferencias a lo largo de todo el país y el mundo. Fue director de la revista Díacrítica. Ha publicado Ciudad sitiada (2006). Poemas suyos se encuentran publicados en diversas revistas nacionales e internacionales. Forma parte del consejo de redacción de POESIA.

Contenido relacionado

Archivo

introduzca su búsqueda