D.H. Lawrence

Prefacio a la edición americana de New Poems

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Al oír una alondra cantar nos parece como si el sonido estuviese corriendo hacia el futuro, corriendo tan rápida y despreocupadamente, de frente a lo futuro. Y al oír un ruiseñor oímos la pausa y el ritmo rico y penetrante del recuerdo, el pasado perfeccionado. La alondra puede sonar triste, con la tristeza hermosa y recayente que es casi un desmayo de esperanza. El triunfo del ruiseñor es un himno, pero un himno de muerte.

De igual modo sucede en la Poesía. La poesía es, por regla general, ya la voz del futuro lejano, exquisita y etérea, ya la voz del pasado, rica y magnífica. Cuando los griegos escuchaban La Ilíada o La Odisea, escuchaban su propio pasado llamando a sus corazones, como los hombres tierra adentro a veces escuchan el mar y los sobrecoge un pesar, una nostalgia maravillosa; o bien su propio futuro palpitaba a través de la sangre mientras seguían el proceso penoso y fascinante del hombre de Itaca. Eso fue Homero para los griegos: su pasado espléndido, con victorias y muerte, y su futuro, la mágica errancia de Ulises a través de lo desconocido.

Con nosotros sucede lo mismo. Nuestros pájaros cantan en los horizontes. Cantan desde el azul, más allá de nosotros, desde la noche extinguida. Cantan el alba y el ocaso. Sólo los pobres, estridentes canarios domesticados cantan mientras hablamos. Los pájaros salvajes comienzan antes que despertemos, o al sumergirnos en la oscuridad, fuera de la vigilia. Nuestros poetas se sientan en los portales, unos al este, otros al oeste. Cuando entramos o salimos brotan respuestas de nuestros corazones. Pero mientras estamos en medio de la vida, no los oímos.

La poesía del comienzo y la poesía del fin deben tener esa finalidad exquisita, esa perfección propia de todo cuanto se halla lejano. Es el reino de todo lo que es perfecto. Pertenece a la naturaleza de todo lo pleno y consumado, y ese estado completo, esa consumación, la finalidad y perfección se trasmiten en forma exquisita. La simetría perfecta, el ritmo que vuelve sobre sí mismo como una danza donde las manos se dan, se sueltan y vuelven a darse para el momento supremo del fin. Momentos perfectos ya idos, momentos perfectos en el titilante futuro, son eso las líricas de Shelley y Keats, atesoradas como joyas.

Otra clase de poesía existe, sin embargo: la de aquello que está a mano, el presente inmediato. En el presente inmediato no hay perfección ni consumación, nada está acabado. Todos los hilos están volando, temblando, trenzándose en la red, las aguas estremecen la luna. No hay redonda, consumada sobre la faz del agua corriente ni en la de la ola inacabada. No existen joyas del plasma viviente. El plasma viviente vibra de modo inexpresable, inhala el futuro, exhala el pasado, es lo vivo de ambos y sin embargo no es ninguno de los dos. No existe finalidad plasmada, nada cristalizado, permanente. Si tratamos de fijar el tejido viviente como los biólogos lo fijan dentro de una formación, logramos sólo un trozo endurecido del pasado, la vida ya ida bajo nuestra observación.

La vida, presente siempre, no conoce finalidad ni cristalización. La rosa perfecta es sólo una llama que corre, emergiendo y desbordándose, pero jamás en reposo, estática, acabada. Allí reside su encanto superior. La marea completa de todo tiempo y toda vida brota de pronto y surge ante nosotros como una aparición, una revelación. Miramos verdaderamente al blanco lo vivo de la creación naciente. Un nenúfar se eleva del torrente, mira en torno, brilla y se esfuma. Hemos visto la encarnación, lo vivo del torrente arremolinado. Hemos visto lo invisible. Hemos visto, hemos tocado, compartido la verdadera sustancia del cambio creador, la mutación creadora. Si me habláis del loto, habladme de nada sin cambio o eterno. Habladme del misterio de la inagotable chispa creadora, siempre por desplegar. Habladme de toda revelación encarnada del flujo, mutación en flor, risa y decadencia perfectamente abierto en el tránsito, desnudo en su movimiento ante nosotros.

Dejadme sentir el barro y el cielo en mi loto. Dejadme sentir el absorbente barro sedimentado, la hilandería de los vientos celestes. Dejadme sentirlos a ambos en el contacto más puro, la desnudez del absorbente peso, el esplendor que pasa desnudo. No me deis nada dijo, establecido, estático. No me deis lo infinito o lo eterno, nada de la infinitud, nada de la eternidad.

La incandescencia y frialdad del momento encarnado: el momento, lo vivo de todo cambio, rapidez y oposición, el momento inmediato, el presente, el Ahora. El momento inmediato no es una gota de agua que corre en el arroyo. Es la fuente y la irrupción, el brote del arroyo. Aquí, en este preciso momento, el arroyo del tiempo mana desde los pozos futuros hacia los océanos del pasado. La fuente, la irrupción, lo viviente creador.

Existe una poesía de este presente inmediato, poesía instantánea, así como una poesía del pasado infinito y del futuro infinito. La hirviente poesía del Ahora encarnado es suprema, lo es incluso más allá de las joyas imperecederas del antes y el después. Sobrepasa en su momentaneidad lo cristalino, la joyería tan dura como las perlas, los poemas de las eternidades. No pidáis las cualidades de las joyas eternas que no se empañan. Pedid la blancura que es el hervor del barro. Pedid esa incipiente putrescencia que es el cielo cayendo, pedid la vida misma que jamás cesa y se detiene. Debe haber mutación, más rápida que la iridiscencia; apuro, no descanso; vaivén, no fijeza; lo inconcluso, la inmediatez, la cualidad de la vida misma sin desenlace ni término. Debe haber la rápida asociación momentánea de las cosas que se encuentran y siguen hacia el viaje de la creación, siempre incalculable: todo abandonado a su propia relación fluida con el resto de las cosas.

Tal es la inasible poesía del puro presente, poesía cuya verdadera permanencia reside en su tránsito similar al viento. Whitman es el mejor poeta de esta clase. Sin comienzo ni fin, sin base ni frontón alguno, pasa libre para siempre como un viento en flujo permanente, desencadenado. Whitman en verdad miraba antes y después, pero no suspira por lo que no existe. La verdad de toda su expresión reside en la apreciación pura del momento instantáneo; la vida misma que mana hacia la expresión en su propia fuente. La eternidad es solo una abstracción del presente actual. El infinito solo es un reservorio del recuerdo, o un reservorio de la inspiración: hecho por el hombre. La hora presente, temblorosa y ágil, es lo vivo del Tiempo. La inmanencia. Lo vivo del universo es el yo carnal y vibrátil, misterioso y palpable. Así es siempre.

Respetamos a Whitman y le tememos porque él llevó esto profundamente en su poesía. No le temiésemos si solo hubiese cantado «las viejas, lejanas cosas infelices», o las «alas de la mañana». Nos atemoriza porque su corazón palpita con el Ahora urgente e insurgente, que se haya siempre sobre nosotros. Él está por eso cerca de lo vivo.

Es obvio, de acuerdo con lo anterior, que la poesía del presente instantáneo no puede tener igual cuerpo ni igual movimiento del antes y el después. No se puede someter nunca a las mismas condiciones. Nunca se haya acabada. No hay ritmo que vuelva sobre sí mismo, no hay serpiente de la eternidad que se muerda la cola. No existe perfección estática, nada de esa finalidad que encontramos tan satisfactoria porque somos tan temerosos.

Mucho se ha escrito sobre el verso libre. Pero todo lo que, de una vez por todas, puede decirse, es que el verso libre debe ser expresión abierta del hombre pleno, instantáneo. Es el alma, la mente y el cuerpo que surgen al unísono, sin que nada quede. Se manifiestan en conjunto. Hay alguna discusión, alguna disonancia, pero estas solo pertenecen a la realidad, como el ruido pertenece al salto del agua. De nada sirve inventar leyes caprichosas para el verso libre, de nada diseñar una línea melódica que todos los pies deben tocar. El verso libre no toca ninguna línea melódica, no le importa el sargento. Whitman suprimía sus clisés, quizás sus clisés de ritmos como los de frases. Y esto es todo cuanto deliberadamente podemos hacer con el verso libre. Podemos desembarazarnos de los movimientos estereotipados y las viejas asociaciones trilladas de sonido o sentido. Podemos romper esos canales y conductos artificiales través de los cuales ansiamos forzar nuestra expresión. Podemos torcerle el cuello tieso al hábito. En nosotros mismos podemos ser espontáneos y flexibles como llama, podemos ver que la expresión se apreste a manar sin forma ni suavidad artificiales. Pero sin duda no podemos recomendar ningún ritmo, ningún movimiento. Todas las leyes que inventamos o descubrimos –y ello resulta más o menos lo mismo- fallarán al aplicarse al verso libre. Se aplicarán a alguna forma de restringido ilimitado verso no-libre.

Todo cuanto podemos afirmar es que el verso libre no posee la misma naturaleza del verso restringido. No es de naturaleza reminiscente. No es el pasado lo que en su perfección atesoramos en nuestras manos. Tampoco es el cristal del perfecto futuro a través del cual miramos. Su flujo no es ni la plena, anhelante corriente del deseo, ni la sobrecogedora declinación del recuerdo y la nostalgia. El pasado y el futuro son los dos topes de la emoción humana. Los dos grandes de los días humanos, las dos eternidades. Ambos son conclusivos finales. Su belleza es la belleza de la meta, acabada, perfeccionada. Belleza acabada y simetría medida pertenecen a las eternidades fijas, invariables.

Pero en el verso libre buscamos la vibración insurgente y desnuda del momento instantáneo. Quebrantar las hermosas formas del verso métrico y servir los fragmentos como una sustancia nueva, llamada verso libre, tal es el límite que no sobrepasa la mayoría de los libre-versificadores. Ellos ignoran que el verso libre tiene su propia naturaleza, que no es de estrella o perla sino instantánea como el plasma. No fija meta en ninguna eternidad. No tiene fenecimiento. No posee estabilidad que satisfaga a quienes añoren lo inmutable. Nada de ello. Es el instante, lo vivo, la verdadera fuente que brota de todo cuanto será y ha sido. La expresión es como un espasmo, un contacto desnudo con todas las influencias al unísono. No desea ir a ninguna parte. Sucede solamente.

Para tal expresión cualquier ley externamente aplicada vendría a construir simples grillos y muerte. La ley debe emerger nueva a cada vez del interior. El pájaro esta en vuelo en los vientos, flexible a cada respiro, una chispa viviente en la tormenta, sus mismos parpadeos dependen de su suprema mutabilidad y poder de cambio. La cuestión no es de donde viene ese pájaro, a donde va, de qué tierra sólida se alza y sobre cuál tierra sólida va a cerrar sus alas y establecerse. Esa es una cuestión de ante y después. Ahora, ahora, el pájaro está volando en los vientos.

Tal es la rara nueva poesía. Un reino que nunca hemos conquistado: el puro presente. Un gran misterio del tiempo en la tierra desconocida para nosotros: el instante. El misterio supremo que apenas hemos reconocido: el yo inmediato e instantáneo. Lo vivo de todo tiempo es el instante. Lo vivo de todo el universo, de toda la creación, es el encarnado yo carnal. La poesía nos dio la pista: el verso libre: Whitman. Ahora ya lo sabemos.

El ideal ¿qué es el ideal? Una ficción, una abstracción. Una ficción estática, abstraída de la vida. Es un fragmento del antes o del después. Una aspiración cristalizada o un recuerdo fijo, concluido. Una cosa relegada al gran almacén de la eternidad, al almacén de las cosas acabadas. No hablamos de las cosas cristalizadas y relegadas. Hablamos del instante, del yo inmediato, el plasma del mismo yo. Hablamos también del verso libre.

Todo esto debía venir como prefacio a Look, we are come through! ¿Pero no es mejor publicar un prefacio mucho después que el libro al que pertenece haya aparecido? Ya entonces el lector habrá tenido su buena oportunidad de encontrarse a solas con el libro.

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Prefacio a la edición americana de New Poems de D. H. Lawrence se encuentra publicado en nuestra edición impresa n.° 31 (1976: 7-11).
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