Daemon

Fedosy Santaella

:

Este libro de Fedosy Santaella, como bien lo anuncia su título, está poblado de daemons. En sus páginas habitan los que acompañaron a los músicos que inspiran y protagonizan estos poemas, están también los daemons que se quedaron flotando (qué belleza y qué fortuna para nosotros) en su música, son también esos daemons musicales poniéndose en contacto con el daemon personal del poeta, y es finalmente el daemon del poeta –portador de todo ese cúmulo de mensajes, sonoridades, silencios y susurros– invitando a tender puentes con los del lector.

José Urriola

Los textos de Santaella no pretenden competir con la música de quienes recorren este libro; son más bien su acompañamiento, su correlato. Están inscritos en un lugar arduo, poseen la modulación fina y difícil de lo que ha sido tocado por el milagro diario de la melodía. Se acerca a la música y al mito trayendo la palabra escrita como una suerte de ofrenda, haciendo honor a su nombre, al daimón griego, esa criatura a medio camino entre lo mortal y lo divino, esa voz que nos susurra al oído y que contiene la suma de nuestra fortuna, que lleva a cuestas nuestro destino. La poesía puede ser ese intermediario, nos dice, entre lo mítico y nosotros, entre la música y nosotros. Daemon nos recuerda, de este modo, algo fundamental: lo que nos resta del mito pervive en la música.

Adalber Salas Hernández

:

:

:

:

:

I Want To be Evil

 

El precio que pagamos por ser fieles
a nosotros mismos, vale la pena.

Eartha Kitt

.

Mala, quería ser mala,
fugarse con sangre y piel en las uñas,
atrapando luces en el aire.

Mala, gata mala. Ir hacia las miradas
con sigilo, acariciando muebles,
paredes, espaldas, lamiéndose
con su lengua de serpiente de agua.

Ser peligrosa, una pradera de leonas.
De sus amantes coleccionar costillas.

Vomitar algodón, escupir tachuelas,
orinar las esquinas, andar desnuda,
toda dueña de su cuerpo,
ella libre, ella mala.

:

:

:

:

Nickajack, Tennessee, 1968

El mundo que encuentres allí nunca
será el mismo que el mundo que dejaste.

Johnny Cash

.

Que hay una cierta pasión por la vida
que también mata.

Que nadie es dueño de la muerte
y justo al borde, la revelación,
dígase el miedo, rescata.

Que luego se predica con voz de desierto
y una vez más se peca con el goce arruinado.

Así en las manos con un libro de salmos,
en devoción penitente y aferrados,
a la salida nos vamos llevando.

De la caverna, se dice,
no se vuelve intacto.

Ahíto, sereno, afuera cegado,
agujero, pero en la luz,

pero en la luz.

:

:

:

:

Call me

Debbie Harry me llama en las madrugadas,

justo al borde del revólver y las luciérnagas.

Me cuenta historias que son espejos rotos,

pasillos de una casa quemada y huérfana.

Suele repetirme que nació de la cabeza

de David Lynch cuando Lynch tenía apenas

un año. También que Marilyn encarnó en ella.

Es decir, en 1945, año en que Debbie Harry

dejó las aguas unánimes del gran bosque,

el apetitoso cuerpo de Marilyn

empezó a andar por el mundo ya sin alma.

Debbie Harry nunca pidió ser famosa.

Si hubiese querido el exiguo reverbero

del boato, habría sido asesino en serie,

o víctima envuelta en plástico y con auge

de quince minutos en Netflix.

Una vez Ted Bundy intentó secuestrarla.

Era guapo el desgraciado, ¿cierto?, me dijo

el día que me contó la historia,

y también: Seguro un mal polvo.

Debbie Harry estaba por el arte

y se dejó fotografiar por Warhol,

que no sé si estaba muy completo

por el arte, pero no es la idea discutirlo.

Debbie Harry, la divina, me llama

en las madrugadas, tal es el asunto.

Me cuenta sus sueños mojados con Anthony Kiedis.

Me cuenta que el Red Hot Chilli Chico

le pidió matrimonio. Del Studio 54

y de los giros en el aire con LSD en la lengua.

De Jim Morrison corriendo desnudo

por los bosques. De ella bruja, sacerdotisa,

ahorcada. Me cuenta que Blondie era arte.

Que la conoció en persona, a Blondie, sí,

que era hermosa, que se fue a la cama

con aquel cuerpo de piernas como pistas

de Indianápolis, de Le Mans, de Suzuka.

Debbie Harry me dice que ella no es más

que un experimento fraguado

por las corrientes subterráneas de la tierra.

Que detesta la palabra revolución.

Debbie Harry es interminable.

La elegancia y el sexo salvaje

en los ojos de una rubia de mirada antártica.

Una nave espacial con alienígenas

secuestrados por ella.

Una pasarela que se va hundiendo

en los abismos a medida que ella avanza.

¿De dónde viene esta mujer

devastadora y devastada?

Me responde que del lugar

donde se esconden los pájaros

cuando la lluvia arrecia.

Debbie Harry me llama en las madrugadas.

Llora al teléfono y ríe a carcajadas,

se masturba y me deja convertido

en polvo interestelar.

Aunque en realidad soy yo quien la llama.

Ella me pidió que lo hiciera.

Pero nunca responde.

¿Por qué habría de hacerlo?

Ella es Debbie Harry,

es el arte y vive ocupada.

:

:

:

El susurro

I am from heaven and I am from hell.

Wendy McNeill

.

¿Por qué he de temerte?
Más aún, ¿por qué habría
de huir de este miedo
que me lleva hacia ti?
Me quedo en tus ojos de invierno,
me trasvaso en la córnea, en la sangre.
Tus lobos se parecen a mis lobos,
tus bosques a mis bosques,
la luz de tu pradera a la mía.
Venimos de vuelta,
de la cañada profunda venimos,
de ese río revuelto.
Merodean gatos en los árboles.
Te conozco de antes,
ahora lo recuerdo.
No habíamos resucitado.
Pesaba el talego, lleno de guijarros,
nos hundíamos. El agua al cuello.
La verdad (¿cuál verdad?)
se nos iba de las manos,
fuegos fatuos
en el aire.
Te veía bailar.
Éramos altivos y valientes,
del cielo y del infierno,
siempre hermosos.

:

:

:

:

Radio OMSI

Ask where they’re going
They’ll tell U nowhere
They’ve taken a lifetime lease
On Paisley Park

Prince and The Revolution

.

Había heredado de mi abuelo su viejo tocadiscos tres en uno, y mis padres me regalaron el Álbum Blanco de los Beatles. Comenzaban a crecerme las islas y las memorias del futuro. Comenzaba quizás a salvarme (de aquel chorlito feroz que sería algún día). El afiche de los Beatles estaba en la pared, frente a mi cama. Lennon me miraba por las noches desde su melancólico rencor de muerto (tendría un par de años de haber sido asesinado) y no me dejaba dormir. Terminé quitando el afiche; lo doblé, lo escondí en el clóset, no lo vi nunca más. Por las tardes, quizás luego de la tarea, escuchaba música a todo dar en mi cuarto, a veces con mi hermano y su alegría infinita de seis años. Habíamos inventado una emisora de radio. Se llamaba Radio OMSI: Onda Musical Sí Identificada. Poníamos «The Continuing Story of Bungalow Bill». Con los Beatles allí en el estudio, en vivo. Yo era Lennon, mi hermano la voz del coro de niños —que yo creía era de niños. Cantábamos desgañitados. En ocasiones yo también era Ringo y tocaba la batería. Mi hermano saltaba por todo el cuarto, sobre la cama, sobre el sofacito, sacudía su pajal de cabello con corte de totuma. Mi abuelo me había dejado aquel tocadiscos tres en uno, mis padres me habían regalado Álbum Blanco de los Beatles. Las heridas todavía nos quedaban lejos.

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:

:

Fedosy Santaella. Puerto Cabello, Venezuela. 1970. Narrador y poeta. Ha publicado tanto cuento como novela con editoriales como Alfaguara y Ediciones B en Venezuela, con Norma en México y en España con Pre-Textos y Editorial Milenio. En 2009 fue becario del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional (Venezuela). Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del premio de novela Herralde. En 2016 se hizo acreedor del premio internacional Novela Corta Ciudad de Barbastro. En 2021 publicó la novela Hopper y el fin del mundo con Editorial Milenio. En poesía, ha publicado Tatuajes criminales rusos (2018), El barco invisible (2020), ambos Oscar Todtmann editores, y Daemon (2022) con LP5 Editora. Algunos de sus textos han sido traducidos al chino, al esloveno, al japonés, al ruso y al inglés. Las ilustraciones que acompañan los textos de Santaella fueron realizadas por ZERPA, máscara invisible.

La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Aquiles Cavallaro 

Fedosy Santaella

:

Este libro de Fedosy Santaella, como bien lo anuncia su título, está poblado de daemons. En sus páginas habitan los que acompañaron a los músicos que inspiran y protagonizan estos poemas, están también los daemons que se quedaron flotando (qué belleza y qué fortuna para nosotros) en su música, son también esos daemons musicales poniéndose en contacto con el daemon personal del poeta, y es finalmente el daemon del poeta –portador de todo ese cúmulo de mensajes, sonoridades, silencios y susurros– invitando a tender puentes con los del lector.

José Urriola

Los textos de Santaella no pretenden competir con la música de quienes recorren este libro; son más bien su acompañamiento, su correlato. Están inscritos en un lugar arduo, poseen la modulación fina y difícil de lo que ha sido tocado por el milagro diario de la melodía. Se acerca a la música y al mito trayendo la palabra escrita como una suerte de ofrenda, haciendo honor a su nombre, al daimón griego, esa criatura a medio camino entre lo mortal y lo divino, esa voz que nos susurra al oído y que contiene la suma de nuestra fortuna, que lleva a cuestas nuestro destino. La poesía puede ser ese intermediario, nos dice, entre lo mítico y nosotros, entre la música y nosotros. Daemon nos recuerda, de este modo, algo fundamental: lo que nos resta del mito pervive en la música.

Adalber Salas Hernández

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I Want To be Evil

 

El precio que pagamos por ser fieles
a nosotros mismos, vale la pena.

Eartha Kitt

.

Mala, quería ser mala,
fugarse con sangre y piel en las uñas,
atrapando luces en el aire.

Mala, gata mala. Ir hacia las miradas
con sigilo, acariciando muebles,
paredes, espaldas, lamiéndose
con su lengua de serpiente de agua.

Ser peligrosa, una pradera de leonas.
De sus amantes coleccionar costillas.

Vomitar algodón, escupir tachuelas,
orinar las esquinas, andar desnuda,
toda dueña de su cuerpo,
ella libre, ella mala.

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Nickajack, Tennessee, 1968

El mundo que encuentres allí nunca
será el mismo que el mundo que dejaste.

Johnny Cash

.

Que hay una cierta pasión por la vida
que también mata.

Que nadie es dueño de la muerte
y justo al borde, la revelación,
dígase el miedo, rescata.

Que luego se predica con voz de desierto
y una vez más se peca con el goce arruinado.

Así en las manos con un libro de salmos,
en devoción penitente y aferrados,
a la salida nos vamos llevando.

De la caverna, se dice,
no se vuelve intacto.

Ahíto, sereno, afuera cegado,
agujero, pero en la luz,

pero en la luz.

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Call me

Debbie Harry me llama en las madrugadas,

justo al borde del revólver y las luciérnagas.

Me cuenta historias que son espejos rotos,

pasillos de una casa quemada y huérfana.

Suele repetirme que nació de la cabeza

de David Lynch cuando Lynch tenía apenas

un año. También que Marilyn encarnó en ella.

Es decir, en 1945, año en que Debbie Harry

dejó las aguas unánimes del gran bosque,

el apetitoso cuerpo de Marilyn

empezó a andar por el mundo ya sin alma.

Debbie Harry nunca pidió ser famosa.

Si hubiese querido el exiguo reverbero

del boato, habría sido asesino en serie,

o víctima envuelta en plástico y con auge

de quince minutos en Netflix.

Una vez Ted Bundy intentó secuestrarla.

Era guapo el desgraciado, ¿cierto?, me dijo

el día que me contó la historia,

y también: Seguro un mal polvo.

Debbie Harry estaba por el arte

y se dejó fotografiar por Warhol,

que no sé si estaba muy completo

por el arte, pero no es la idea discutirlo.

Debbie Harry, la divina, me llama

en las madrugadas, tal es el asunto.

Me cuenta sus sueños mojados con Anthony Kiedis.

Me cuenta que el Red Hot Chilli Chico

le pidió matrimonio. Del Studio 54

y de los giros en el aire con LSD en la lengua.

De Jim Morrison corriendo desnudo

por los bosques. De ella bruja, sacerdotisa,

ahorcada. Me cuenta que Blondie era arte.

Que la conoció en persona, a Blondie, sí,

que era hermosa, que se fue a la cama

con aquel cuerpo de piernas como pistas

de Indianápolis, de Le Mans, de Suzuka.

Debbie Harry me dice que ella no es más

que un experimento fraguado

por las corrientes subterráneas de la tierra.

Que detesta la palabra revolución.

Debbie Harry es interminable.

La elegancia y el sexo salvaje

en los ojos de una rubia de mirada antártica.

Una nave espacial con alienígenas

secuestrados por ella.

Una pasarela que se va hundiendo

en los abismos a medida que ella avanza.

¿De dónde viene esta mujer

devastadora y devastada?

Me responde que del lugar

donde se esconden los pájaros

cuando la lluvia arrecia.

Debbie Harry me llama en las madrugadas.

Llora al teléfono y ríe a carcajadas,

se masturba y me deja convertido

en polvo interestelar.

Aunque en realidad soy yo quien la llama.

Ella me pidió que lo hiciera.

Pero nunca responde.

¿Por qué habría de hacerlo?

Ella es Debbie Harry,

es el arte y vive ocupada.

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El susurro

I am from heaven and I am from hell.

Wendy McNeill

.

¿Por qué he de temerte?
Más aún, ¿por qué habría
de huir de este miedo
que me lleva hacia ti?
Me quedo en tus ojos de invierno,
me trasvaso en la córnea, en la sangre.
Tus lobos se parecen a mis lobos,
tus bosques a mis bosques,
la luz de tu pradera a la mía.
Venimos de vuelta,
de la cañada profunda venimos,
de ese río revuelto.
Merodean gatos en los árboles.
Te conozco de antes,
ahora lo recuerdo.
No habíamos resucitado.
Pesaba el talego, lleno de guijarros,
nos hundíamos. El agua al cuello.
La verdad (¿cuál verdad?)
se nos iba de las manos,
fuegos fatuos
en el aire.
Te veía bailar.
Éramos altivos y valientes,
del cielo y del infierno,
siempre hermosos.

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Radio OMSI

Ask where they’re going
They’ll tell U nowhere
They’ve taken a lifetime lease
On Paisley Park

Prince and The Revolution

.

Había heredado de mi abuelo su viejo tocadiscos tres en uno, y mis padres me regalaron el Álbum Blanco de los Beatles. Comenzaban a crecerme las islas y las memorias del futuro. Comenzaba quizás a salvarme (de aquel chorlito feroz que sería algún día). El afiche de los Beatles estaba en la pared, frente a mi cama. Lennon me miraba por las noches desde su melancólico rencor de muerto (tendría un par de años de haber sido asesinado) y no me dejaba dormir. Terminé quitando el afiche; lo doblé, lo escondí en el clóset, no lo vi nunca más. Por las tardes, quizás luego de la tarea, escuchaba música a todo dar en mi cuarto, a veces con mi hermano y su alegría infinita de seis años. Habíamos inventado una emisora de radio. Se llamaba Radio OMSI: Onda Musical Sí Identificada. Poníamos «The Continuing Story of Bungalow Bill». Con los Beatles allí en el estudio, en vivo. Yo era Lennon, mi hermano la voz del coro de niños —que yo creía era de niños. Cantábamos desgañitados. En ocasiones yo también era Ringo y tocaba la batería. Mi hermano saltaba por todo el cuarto, sobre la cama, sobre el sofacito, sacudía su pajal de cabello con corte de totuma. Mi abuelo me había dejado aquel tocadiscos tres en uno, mis padres me habían regalado Álbum Blanco de los Beatles. Las heridas todavía nos quedaban lejos.

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Fedosy Santaella. Puerto Cabello, Venezuela. 1970. Narrador y poeta. Ha publicado tanto cuento como novela con editoriales como Alfaguara y Ediciones B en Venezuela, con Norma en México y en España con Pre-Textos y Editorial Milenio. En 2009 fue becario del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional (Venezuela). Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del premio de novela Herralde. En 2016 se hizo acreedor del premio internacional Novela Corta Ciudad de Barbastro. En 2021 publicó la novela Hopper y el fin del mundo con Editorial Milenio. En poesía, ha publicado Tatuajes criminales rusos (2018), El barco invisible (2020), ambos Oscar Todtmann editores, y Daemon (2022) con LP5 Editora. Algunos de sus textos han sido traducidos al chino, al esloveno, al japonés, al ruso y al inglés. Las ilustraciones que acompañan los textos de Santaella fueron realizadas por ZERPA, máscara invisible.

La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Aquiles Cavallaro 

Fedosy Santaella

:

Este libro de Fedosy Santaella, como bien lo anuncia su título, está poblado de daemons. En sus páginas habitan los que acompañaron a los músicos que inspiran y protagonizan estos poemas, están también los daemons que se quedaron flotando (qué belleza y qué fortuna para nosotros) en su música, son también esos daemons musicales poniéndose en contacto con el daemon personal del poeta, y es finalmente el daemon del poeta –portador de todo ese cúmulo de mensajes, sonoridades, silencios y susurros– invitando a tender puentes con los del lector.

José Urriola

Los textos de Santaella no pretenden competir con la música de quienes recorren este libro; son más bien su acompañamiento, su correlato. Están inscritos en un lugar arduo, poseen la modulación fina y difícil de lo que ha sido tocado por el milagro diario de la melodía. Se acerca a la música y al mito trayendo la palabra escrita como una suerte de ofrenda, haciendo honor a su nombre, al daimón griego, esa criatura a medio camino entre lo mortal y lo divino, esa voz que nos susurra al oído y que contiene la suma de nuestra fortuna, que lleva a cuestas nuestro destino. La poesía puede ser ese intermediario, nos dice, entre lo mítico y nosotros, entre la música y nosotros. Daemon nos recuerda, de este modo, algo fundamental: lo que nos resta del mito pervive en la música.

Adalber Salas Hernández

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I Want To be Evil

 

El precio que pagamos por ser fieles
a nosotros mismos, vale la pena.

Eartha Kitt

Mala, quería ser mala,
fugarse con sangre y piel en las uñas,
atrapando luces en el aire.

Mala, gata mala. Ir hacia las miradas
con sigilo, acariciando muebles,
paredes, espaldas, lamiéndose
con su lengua de serpiente de agua.

Ser peligrosa, una pradera de leonas.
De sus amantes coleccionar costillas.

Vomitar algodón, escupir tachuelas,
orinar las esquinas, andar desnuda,
toda dueña de su cuerpo,
ella libre, ella mala.

:

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:

Nickajack, Tennessee, 1968


El mundo que encuentres allí nunca

será el mismo que el mundo que dejaste.

Johnny Cash

Que hay una cierta pasión por la vida
que también mata.

Que nadie es dueño de la muerte
y justo al borde, la revelación,
dígase el miedo, rescata.

Que luego se predica con voz de desierto
y una vez más se peca con el goce arruinado.

Así en las manos con un libro de salmos,
en devoción penitente y aferrados,
a la salida nos vamos llevando.

De la caverna, se dice,
no se vuelve intacto.

Ahíto, sereno, afuera cegado,
agujero, pero en la luz,

pero en la luz.

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Call me

Debbie Harry me llama en las madrugadas,

justo al borde del revólver y las luciérnagas.

Me cuenta historias que son espejos rotos,

pasillos de una casa quemada y huérfana.

Suele repetirme que nació de la cabeza

de David Lynch cuando Lynch tenía apenas

un año. También que Marilyn encarnó en ella.

Es decir, en 1945, año en que Debbie Harry

dejó las aguas unánimes del gran bosque,

el apetitoso cuerpo de Marilyn

empezó a andar por el mundo ya sin alma.

Debbie Harry nunca pidió ser famosa.

Si hubiese querido el exiguo reverbero

del boato, habría sido asesino en serie,

o víctima envuelta en plástico y con auge

de quince minutos en Netflix.

Una vez Ted Bundy intentó secuestrarla.

Era guapo el desgraciado, ¿cierto?, me dijo

el día que me contó la historia,

y también: Seguro un mal polvo.

Debbie Harry estaba por el arte

y se dejó fotografiar por Warhol,

que no sé si estaba muy completo

por el arte, pero no es la idea discutirlo.

Debbie Harry, la divina, me llama

en las madrugadas, tal es el asunto.

Me cuenta sus sueños mojados con Anthony Kiedis.

Me cuenta que el Red Hot Chilli Chico

le pidió matrimonio. Del Studio 54

y de los giros en el aire con LSD en la lengua.

De Jim Morrison corriendo desnudo

por los bosques. De ella bruja, sacerdotisa,

ahorcada. Me cuenta que Blondie era arte.

Que la conoció en persona, a Blondie, sí,

que era hermosa, que se fue a la cama

con aquel cuerpo de piernas como pistas

de Indianápolis, de Le Mans, de Suzuka.

Debbie Harry me dice que ella no es más

que un experimento fraguado

por las corrientes subterráneas de la tierra.

Que detesta la palabra revolución.

Debbie Harry es interminable.

La elegancia y el sexo salvaje

en los ojos de una rubia de mirada antártica.

Una nave espacial con alienígenas

secuestrados por ella.

Una pasarela que se va hundiendo

en los abismos a medida que ella avanza.

¿De dónde viene esta mujer

devastadora y devastada?

Me responde que del lugar

donde se esconden los pájaros

cuando la lluvia arrecia.

Debbie Harry me llama en las madrugadas.

Llora al teléfono y ríe a carcajadas,

se masturba y me deja convertido

en polvo interestelar.

Aunque en realidad soy yo quien la llama.

Ella me pidió que lo hiciera.

Pero nunca responde.

¿Por qué habría de hacerlo?

Ella es Debbie Harry,

es el arte y vive ocupada.

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El susurro

I am from heaven and I am from hell.

Wendy McNeill

¿Por qué he de temerte?
Más aún, ¿por qué habría
de huir de este miedo
que me lleva hacia ti?
Me quedo en tus ojos de invierno,
me trasvaso en la córnea, en la sangre.
Tus lobos se parecen a mis lobos,
tus bosques a mis bosques,
la luz de tu pradera a la mía.
Venimos de vuelta,
de la cañada profunda venimos,
de ese río revuelto.
Merodean gatos en los árboles.
Te conozco de antes,
ahora lo recuerdo.
No habíamos resucitado.
Pesaba el talego, lleno de guijarros,
nos hundíamos. El agua al cuello.
La verdad (¿cuál verdad?)
se nos iba de las manos,
fuegos fatuos
en el aire.
Te veía bailar.
Éramos altivos y valientes,
del cielo y del infierno,
siempre hermosos.

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Radio OMSI

Ask where they’re going
They’ll tell U nowhere
They’ve taken a lifetime lease
On Paisley Park

Prince and The Revolution

Había heredado de mi abuelo su viejo tocadiscos tres en uno, y mis padres me regalaron el Álbum Blanco de los Beatles. Comenzaban a crecerme las islas y las memorias del futuro. Comenzaba quizás a salvarme (de aquel chorlito feroz que sería algún día). El afiche de los Beatles estaba en la pared, frente a mi cama. Lennon me miraba por las noches desde su melancólico rencor de muerto (tendría un par de años de haber sido asesinado) y no me dejaba dormir. Terminé quitando el afiche; lo doblé, lo escondí en el clóset, no lo vi nunca más. Por las tardes, quizás luego de la tarea, escuchaba música a todo dar en mi cuarto, a veces con mi hermano y su alegría infinita de seis años. Habíamos inventado una emisora de radio. Se llamaba Radio OMSI: Onda Musical Sí Identificada. Poníamos «The Continuing Story of Bungalow Bill». Con los Beatles allí en el estudio, en vivo. Yo era Lennon, mi hermano la voz del coro de niños —que yo creía era de niños. Cantábamos desgañitados. En ocasiones yo también era Ringo y tocaba la batería. Mi hermano saltaba por todo el cuarto, sobre la cama, sobre el sofacito, sacudía su pajal de cabello con corte de totuma. Mi abuelo me había dejado aquel tocadiscos tres en uno, mis padres me habían regalado Álbum Blanco de los Beatles. Las heridas todavía nos quedaban lejos.

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Fedosy Santaella. Puerto Cabello, Venezuela. 1970. Narrador y poeta. Ha publicado tanto cuento como novela con editoriales como Alfaguara y Ediciones B en Venezuela, con Norma en México y en España con Pre-Textos y Editorial Milenio. En 2009 fue becario del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional (Venezuela). Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del premio de novela Herralde. En 2016 se hizo acreedor del premio internacional Novela Corta Ciudad de Barbastro. En 2021 publicó la novela Hopper y el fin del mundo con Editorial Milenio. En poesía, ha publicado Tatuajes criminales rusos (2018), El barco invisible (2020), ambos Oscar Todtmann editores, y Daemon (2022) con LP5 Editora. Algunos de sus textos han sido traducidos al chino, al esloveno, al japonés, al ruso y al inglés. Las ilustraciones que acompañan los textos de Santaella fueron realizadas por ZERPA, máscara invisible.

La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Aquiles Cavallaro 

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