Del poema vagabundo

A propósito de «Moridor & otros poemas»

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Rodrigo Flores Sánchez

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Moridor significa, según el diccionario, «tenaz». Pero esta palabra, como nos hizo ver un autor combativo y suspicaz, José Revueltas, no únicamente quiere decir intransigencia. En su caso, saber leer «lo moridor» es elegir una alternativa crítica de representación: «Este lado moridor de la realidad, en el que se la aprehende, en el que se la somete, no es otro que su lado dialéctico: donde la realidad obedece a un devenir sujeto a leyes, en que los elementos contrarios se interpenetran y la acumulación cuantitativa se transforma cualitativamente». Para Revueltas no hay un «realismo espontáneo, sin dirección» –y yo agregaría, tampoco lirismo impoluto o vanguardismo programático– que sea capaz de aprehender la realidad más allá de lo evidente, sino que la labor de un escritor consistiría en discernir «la dirección fundamental» dentro de «ese torbellino que se nos muestra en su apariencia inmediata».

El enunciador de Moridor & otros poemas, de Willy Gómez Migliaro, además de ser próximo a la concepción dialéctica del autor de Los muros de agua, despliega algunas estrategias vitales del voyeurista Charles Baudelaire. Como en los Pequeños poemas en prosa (1869) del poeta dandy, el libro de Gómez Migliaro debe leerse, no como una colección más o menos estable, ordenada y temática, sino como un paseo que anuncia nuevas luchas desde el lenguaje, pero también frente a él. En estos poemas vemos a Debussy ofreciendo violines en un restaurante. Además, percibimos sangre fría, calles, cáscaras de plátano, fiestas de cumpleaños, edificios de una ciudad que se debate entre las ruinas y los laberintos, pero también desplazamientos, titubeos y enigmas. Como dice uno de los poemas «No quiero ser hablador, pero todo puede ser movido./ Aunque te hagan quedar como un idiota, no eres más/ que un perro amistoso en el fondo del habla».

Si en el poema «El extranjero», Baudelaire adopta la refracción ante el mundo y niega amar a su familia, los amigos, la patria, la belleza, el dinero y la religión, optando en cambio por las nubes que pasan, es decir, el cambio, el devenir y lo fugitivo, Willy Gómez en el primer poema, que opera como una declaración de principios, da cuenta de su lucha. Su modelo es el de las «reconstrucciones a través de asignar nuevas batallas a uno dentro & fuera entre la ilusión de decir todo o nada». Gómez Migliaro no desea elegir entre una estética pacifista o una turbulenta, sino descubrir en el lenguaje lo extranjero, lo flexible, lo insólito, que le permitan designar una realidad cada vez más inasible y escurridiza, a la manera de Rubén Darío quien hace más de cien años escribió: «Que lo que diga la inspirada boca/ Suene en el pueblo con palabra extraña;/ Ruido de oleaje al azotar la roca,/ Voz de caverna y soplo de montaña».

Las palabras, como mecanismo proteico por antonomasia, permiten acceder a la experiencia de lo que Walter Benjamin, en relación con el flaneur, llama «el tiempo desaparecido», lo que no es otra cosa que el espejismo mnemotécnico. Dice el autor de El libro de los pasajes: «Para él –o sea, para Baudelaire– todas las calles descienden, si no hasta las madres, en todo caso sí hasta un pasado que puede ser tanto más físicamente fascinante cuando no es su propio pasado privado […] la calle sigue siendo siempre el tiempo de una infancia […] En el asfalto por el que camina sus pasos despiertan una asombrosa resonancia». Este apunte del filósofo alemán está en sintonía con la poética de de Moridor, pero también de otros títulos del autor, como Construcción civil (2013), donde el recorrido es no únicamente itinerario obligado sino un surtidor de experiencias donde la memoria puede ser «el manantial donde empezaremos a emerger con el detalle de cualquier cosa haciéndose pronunciación».

Lejos de un lirismo amelcochado y confesional o de un realismo sucio y ancilar, los poemas de Gómez Migliaro son objetos centrífugos, formas problemáticas y aceradas que permiten acceder al cascarón del mundo, es decir, la poesía cristaliza aquí como táctica de resistencia individual o militancia íntima, frente a la proliferación de lenguajes cada vez más pragmáticos y homogéneos. El hablante de este libro no se deja encantar por los señuelos del espacio público, las juergas, las ideologías o el poder, sino que se mantiene al margen de la celebración, como en el poema «Entre luciferianos». No se niega la realidad sino que se vigila, con la cautela de quien sabe que «la gente es seducida para fundar/ en una patria de amor,/ repúblicas de odio».

Hay una veta en la poesía peruana, tal vez más como en ninguna tradición literaria en Hispanoamérica, que se ha mantenido atenta y vigilante frente a las infatuaciones del lenguaje lírico, una veta que sospecha de las golosinas sentimentales y pseudomísticas que se ofrecen en los confiterías lingüísticas y verbales. Desde César Vallejo, pasando por Blanca Varela, y después el movimiento Hora Zero, desembocando en autores tan disímiles como Mario Montalbetti o Domingo de Ramos, lo conversacional y digresivo, en coincidencia con una vena ensayística y narrativa, es una línea trasversal en la literatura en ese país. Esto no quiere decir que no haya diferencias y contrastes entre las propuestas de estos autores, pero sí que hay un aire de familia algo pendenciera. No es casual que los poemas de este libro dialoguen explícitamente (léase el poema «Versión del amor») con algunos compatriotas de Gómez Migliaro como Antonio Cisneros, Pablo Guevara, Luis Hernández y Rodolfo Hinostroza bajo un halo de tensión e ironía, pues una tradición literaria significa justamente observar, dialogar y discutir crítica y a veces belicosamente con un corpus de obras y no simplemente subordinarse u homenajear a cierto personaje, un estilo o cualquier doctrina. «Hiedra, alguna vez llamé hiedra es ese jardín constituido/ y oscureciendo para nada en un montaje textual/ de candados y temblores./ De enorme grosería filosófica», se lee.

La autoconciencia del hablante está presente a lo largo de estas páginas, recordándonos que la poesía es una forma de representación, un instrumento que nos permite interrogar y dialogar con la realidad sin ser un objeto cerrado en sí mismo. Como quería Jack Spicer, la poesía debe aspirar a crear la realidad y trascender el mero simulacro; a que, si se nombra a un limón, éste pueda exprimirse y saborearse en los poemas, pero el enunciador de Moridor sabe que «Nuestro lenguaje forma murallas. Es una/ defensa extraña./ En un tono de «desasimiento»/ lo mítico se hace críptico». Frente a esa imposibilidad inherente a la creación, estos mismos poemas plantean una tentativa: «No importa por dónde vamos si la palabra amontona. Eso que vemos somos nosotros». Es decir, a pesar, del desdoblamiento y la máscara que porta la palabra poética, el autor parece decirnos que siempre habrá una huella testimonial.

Pero los poemas de Moridor no se remiten únicamente a la autorreferencialidad, todo lo contrario. Lo doméstico, lo urbano, lo cotidiano, la infancia, la vida en pareja, el orden político, la violencia, el capital, la familia o la paternidad son otros ámbitos en los que se entrometen, por eso es difícil hablar de un tema, sino más bien hay una mirada desencantada y lúcida, omnímoda, que abarca los distintos componentes de lo que llamamos realidad, en una ética y una estética no muy distante de la poesía esquiva practicada por el estadounidense John Ashbery. Frente al torbellino especular de las sociedades contemporáneas en Latinoamérica, el hablante descarnado, y al mismo tiempo flemático, de Gómez Migliaro es una hidra que planta cara a un mundo anfibio y difuso. En este sentido, la ironía opera como un recurso retórico que permite sortear cualquier efectismo sentimental o autocomplacencia ideológica. Por ejemplo: «Cobramos vida al sabernos silenciosos/ preocupándonos por la caída del cabello/ y la cremas de lechuga para la piel./ Así vemos venir la ayuda psiquiátrica/ cerrándose ante nosotros/ como tatuajes y helechos y burbujas de detergente». Por ejemplo: «Creamos el viñedo, el himno de paz/ y nos sumamos a otras estampidas».

Frente a una literatura cada vez más chata, promovida desde la opaca moralidad de las redes sociales, en la cual la anécdota ha sido elevada a categoría ontológica y los lugares comunes se asumen automáticamente como recurrencias inevitables; frente a un mundo difuso, donde se homogeneizan los discursos y los matices ideológicos devienen diferencias irreconciliables, en el que el capital prioriza los bestsellers y los tomadores de decisiones continúan pensando que promover la lectura es vender libros malos a bajo precio, la poesía de Willy Gómez Migliaro, sediciosa e indócil, –y este libro en particular– resulta muy estimulante.

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M O R I D O R  &  O T R O S  P O E M A S

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El rulemán golpeado

Suena una música letárgica y no es sino un
movimiento de brazos de grúas
levantando pértigas. Prosperan las construcciones.
Suena el peligro en una calle colonial, salitrosa y gris.
Hay una especie
de celebración de virgen esculpida
y de barcos que acuden a un relato
del esplendor del tiempo en boca de la gente.
Suena el mar y trae olores de caña de azúcar
y coliflor saltada.
Una banda toca desde un estrado de madera
retretas de vals dieciochescos. El músico mayor
parece cansado, es gordo, con bigotes
e hincha sus cachetes cada vez que su saxofón
percute ritmos oscuros.
Yo escribía hace años un ritmo de movimientos
parecido. Aunque debo decir
que los otoñales de este año se le parecen
si vemos detalles, más visiones de gran unidad
o la decoloración de los geranios en las bermas.
Advertí en algunos cantos este país por horas,
mi adorable pobreza
y ciertas precauciones de las cuales
ni yo mismo hago ahora algún reparo.
La nueva fortuna habrá de conducirnos
a sus estacionamientos
cuando se haga justicia con nosotros
y no quede respirando de un invierno matinal
la gracia de nuestro arribo tardío a las oficinas
y a las casas de rezo con boletos de seguros de vida.
Litigios finalmente
como palabras cayéndose o estado alterado
por unas copas demás al igualar las ganancias.
Suenan pértigas de hierro, suenan silencios
de negligencia pública.
Algo cae, alguien se cae en nuestras supervisiones
y la gente es seducida para fundar
en una patria de amor,
repúblicas de odio.

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La reintegración de Hamlet

Seguimos viendo la comedia, pero otro caso se abre.
Aunque es un escape del pasado. Una luz
de estrellas después
la lluvia o el aire que siempre llega a las cafeterías.

Porque ya de nuestro amor nada se sabe,
de la máscara solo esa reintegración de Hamlet bastante seductora
que inhibe y niega la única solución posible al ser
«que venía arando el camino
con su oxidado automóvil verde, solo para asegurarse
de que todo estaba bien».          

Y todo estaba bien para alguien que no prefería ser abrazado en su distinción y lujo,
sino enriquecer su devoramiento interior
y dar un paso sobre nuestra ambición de ser claros,
cuando sabíamos que por el brazo subía
sabor a oscuridad toda la mañana de su presentación
en que amamos un líder.

Creo que habló de construir templos modernos
y de nuestra condición
de fantasmas ante una solución irreal.

Era una dimensión de nuestra lengua
el desarrollo de esa identidad en la sala. Entonces,
fuimos ayudados a conocer un camino
cuyo infierno mecánico eran los dobles a ganar
en un juego de indiscreciones.

Mañana tras mañana lo aceptamos.
Tal vez su estrella brilló más que la nuestra,
pero era un componente del habla
lo que deseaba ser movido.
Era una oración con todas las reglas del juego
al principio incomprensibles,
luego claras con los dictados contra la corriente.

No habíamos cargado sino el campo de juego
y la ilusión de lo aprendido toda la vida. Y toda la vida
como sombra de noche en los estacionamientos
alguien surtía nuestros alimentos.

Tal vez salimos de la confesión casi prometeos.
Salimos de las palabras para actuar
si esparcía lo que no fijaba
o igualaba el valor de querer ser
la imagen distante y confusa
de ciertos desplazamientos en perfecto orden

al negar un bello poniente en descomposición.

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Casi Prometeos

Miles de arrodillados en la oscuridad
incubaban la expresión moderna actual.
Y las divisiones de un frente occidental se desplazaban
en orden. Una a este lado:
……………………………………………….arriba y abajo.

La constelación del orden político se ocultaba
al llevar uno la división
como por las noches cuando nos enjuagábamos la
boca con un poco de listerine frente al espejo,
y el soporte de luz propiciaba
………………………………sus interpretaciones apocalípticas.

Se multiplicaba un signo definitivamente
y estábamos con él,
y conformamos la imagen sin lustre arriba. Sabíamos
de ello y fuimos irreconocibles.

¿Qué hubo aquí dentro?
Resurrección después de lo conquistado,
cerebro de la noche, germen de la derrota, llanto
y golpe, en fin, un lavadero de las mismas obsesiones.

Ahora se procede a descubrir las hazañas
en nuestra colonia,
a dar buen puntaje al barítono obligado a engordar
y a seguir el entrenamiento
…………………………….para un juego de nunca ganar.
Una reintegración de Hamlet
o juego del animal desnudo parecen vivir
nuestros vecinos en la intimidad. Y lo dicen todo
con demasiado silencio.

Son específicas sus alienaciones y borro
lo que no deseo ser conmigo
sino con él. Es un astro que se peina.

Dos años antes había superado el paludismo
entre los cilindros de un país olvidado.
Su actuación era disimulada. Se ufanaba al final.

Hoy tiene oportunidades
con esa mueca de chico pobre
y lanza pelotas y firmas en contra del crimen,
y llena de alivio la TV
como no pudo hacerlo en su gallinero.

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Últimas letanías

Extensión de cortinas rojas de Libia
con notas de música de fondo,
mientras una mujer pedalea en una máquina de coser.
Dolor de la mariposa Sheng Ming
cruzando la avenida, Cristo entre sus fieles
detrás de la pared del restaurante,
y finalmente, el estómago del avestruz,
obra teatral cerrándose cada noche
por grupos de jóvenes universitarios en un pub.
Situaciones o series desechables
al tocar las revistas de los días sábados.
Engrase del azul en nuestras habitaciones
con poliedros que parecen resistir la avalancha
y el acto continuo e irresistible
de sentir una asociación.
Puede todo esto ser parte de un descubrimiento
o de una devaluación del objeto
que quisimos una tarde y desapareció.
Una evocación de ensaladas y frutería
mientras entregamos nuestro CV y la foto
en una dependencia de trabajo.
Cielos, si nos aceptan
viviremos para compartir
un poder de ilusión y desaparición.
Hoy debe ser un día tan bueno como cualquier otro,
aunque ya estamos buscando cielos
o toldos de hule para cuidarnos
de las radiaciones de la luz.
Parece que entre tanta repartición de carne de pavo
dentro de los restaurantes,
Debussy ofreciera violines.
Al otro lado las heladerías huelen a lúcuma.
Pero debajo del tumulto nuestra imagen
crea su verdor de espuma
ante la intoxicación y el mal gusto.
Esta noche también somos célebres en una tienda
cualquiera que no pretende resistirse
a la gran liga italiana, a los decorados
franceses y a la arquitectura de línea y punto
propugnada por los brasileños.
Ligeramente decorosos participamos del escándalo
hasta escupir champaña y pisar vidrios rotos.
Ya veo, cobra mayor importancia el acontecimiento
de un momento que no lo era;
y hay que entender, también, nuestra ceguera
o el viento que hace girar una página
del libro de las buenas costumbres
y pone a salvo nuestra sangre fría.

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Rodrigo Flores Sánchez. Ciudad de México, 1977. Autor de los libros de poesía Tianguis (Almadía, 2013), Zalagarda (Mano Santa, 2011), estimado cliente (Lapsus, 2005 y Bonobos/Setenta, 2007) y baterías (Invisible, 2006). Escribió con Dolores Dorantes el libro colaborativo Intervenir (Ugly Duckling Presse, 2015) Su obra fue recogida en el libro biautoral Flores + Espina (Fondo de Animal, 2012), en conjunto con la de Eduardo Espina. Antologó La noche. Una cartografía de la Ciudad de México (Auditorio Nacional-Conaculta, 2013).

Desde Perú recibimos este texto crítico sobre el trabajo poético de Migliaro.
La imagen que ilustra el post es un fragmento de la obra «Una montaña» de la artista venezolana Ivette Díaz Espín

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