Derek Walcott

Trad. León Félix Batista

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Conclusiones

Las cosas no estallan,
se malogran, se marchitan,

así como la claridad se desvanece de la carne,
como la espuma se escurre rápido en la arena,

y ni el rayo del amor
termina en trueno

sino que muere con el sonido
de flores marchitándose cual carne

de sudorosa piedra pómez,
todo así se perfila

hasta que nos hemos ido
con el silencio que circunda la cabeza de Beethoven.

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Nuevo Mundo

Y después del Edén
¿hubo alguna sorpresa?
Claro que sí, el pasmo de Adán
ante la primera gota de sudor.

De allí en adelante toda carne
debía ser rociada con sal
para sentir el filo de las estaciones,
miedo y vendimia, júbilo que fue difícil,
pero que era, por lo menos, suyo propio.

¿La serpiente? No se apresuraría
en la horquilla de su árbol.
La serpiente admiraba el sacrificio,
no lo abandonaría.

Y los dos verían las hojas
platear en el aliso,
robles amarillando octubre,
todo convirtiéndose en dinero.

Entonces, cuando fue expulsado Adán
a nuestro Nuevo Edén, en el vientre del Arca
también se enroscó la inventiva serpiente
por solidaridad, de manera voluntaria.

Adán tuvo una idea.
La serpiente y él compartirían
la pérdida del Paraíso a beneficio.
Así crearon los dos el Nuevo Mundo.
Y se veía bastante bien.

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Agosto negro

Tanta lluvia, tanta vida como el cielo hinchado
en este Agosto negro. Mi hermana, el sol,
empolla en su amarilla habitación y no piensa salir.

Todo se va al infierno; las montañas humean
como una tetera, los ríos se desbordan;
y aun así, ella no saldrá ni apagará la lluvia.

Está en su pieza acariciando cosas viejas,
mis poemas, revisando su cuaderno. Aunque
el trueno caiga como platos desde el cielo

ella no sale.
¿No sabes que te amo y que no tengo esperanza
de reparar la lluvia? Pero aprendo poco a poco

a amar los días grises, los picos neblinosos,
el aire con mosquitos murmurando,
y a sorber la medicina del encarnizamiento,

para cuando emerjas, hermana mía,
separando los colores de la lluvia,
con tu frente de flores y tus ojos de misericordia

nada será como era antes, pero será verdad
(ellos, lo sabes, no me dejan amar
como quisiera), porque, mi hermana, entonces

yo habré aprendido a amar los días grises tanto como
los claros, la lluvia negra y las colinas blancas,
cuando antes amaba únicamente a ti y a mi felicidad.

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Uvas de playa

Aquella vela que en la luz se apoya,
cansada de islas,
una goleta batiendo el Mar Caribe

para llegar a casa, podría tratarse de Odiseo
con rumbo al Mar Egeo;
aquel anhelo de esposo y padre

bajo rugosas uvas agrias
es como el nombre adúltero de Nausicaa
oído en el clamor de las gaviotas.

Esto a nadie apacigua. La antigua guerra
entre obsesión y responsabilidad
no tendrá fin, y siempre ha sido igual

para el que vaga por el mar o para aquel
que ahora en tierra se zafa las sandalias
para andar hasta su casa, desde que Troya
escupió su última flama,

y el canto rodado del gigante volteó la artesa
de cuyo mar de fondo los enormes hexámetros
concluyen en exhaustos oleajes.

Los clásicos consiguen consolar. Pero no lo suficiente.

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María Concepción y el libro de los sueños

Fragmento 9 del poema La Goleta «Vuelo» (The Schooner Flight)

 

El jet que chillaba sobre la Vuelo
abría una cortina hacia el pasado.
«¡Dominica adelante!»
«Todavía allí hay caribes».
«Un día van solo aviones, no más botes».
«Vince, Dios no hizo a los negros para volar por los aires».
«El progreso, Shabine, de eso se trata.
El progreso dejando atrás todas las pequeñas islas».
Estaba yo al volante, Vince sentado junto a mí
bromeando. Crujiente y brioso día. Un mar alto.
«El progreso es algo por lo que preguntar a los caribes.
Los matan por millones, algunos en la guerra,
otros por trabajo forzado muriendo en minas,
buscando plata, después de aquellos negros; más
progreso. Hasta que vea signos definitivos
de cambios en la humanidad, Vince, no quiero oír.
El progreso es una broma sucia de la historia.
Pídele a esa triste isla verde que se acerque».
Islas verdes, como mangos encurtidos en salmuera.
En esa sal feroz deja que cure mi herida.
Yo, en mi frescura como un marinero.

Aquella noche, con las chispas del cielo escarchadas con fuego,
corrí como un caribe a través de Dominica,
mis fosas nasales taponadas con memoria de humo;
escuché los gritos de mis hijos quemándose,
comí cerebros de hongos, la seta de la sombrilla
del diablo bajo blancas, leprosas rocas;
mi desayuno fue hojas mustias en bosques rezumantes,
con hojas grandes como mapas, y al escuchar el ruido
del paso de los soldados por el follaje denso,
me levanté y corrí, si bien me reventaba el corazón,
entre los filos de las heliconias más cortantes que lanzas;
con la sangre de mi raza, yo corrí, muchacho, yo corrí
con velocidad de musgo, como un pájaro pintado;
entonces caí, pero caí en un arroyo helado
bajo frías fuentes de helecho, y un loro gritador
atrapó las ramas secas y hasta que al fín me ahogué
en grandes piras de humo; entonces al pasar aquel océano
de humo negro, y el cielo se volvió blanco,
nada quedaba sino Progreso, si el Progreso es una
iguana inmóvil como una hoja nueva bajo el sol.
Lloro por María y su Libro de los Sueños.

Ello ancló en sus sueños, aquella Biblia imsómnica,
un sucio opúsculo naranja con centro de ojo
de cíclope, de la República Dominicana.
Sus bastas hojas eran negras con símbolos
usuales de profecía, en entusiasta castellano;
una palma abierta hacia arriba, seccionada y numerada
como un cuadro carnicero, pronosticó el futuro.
Una noche, en una fiebre, radiantemente enferma,
ella dijo: «traedme el libro, este es el fin.»
Ella dijo: «he soñado una tormenta y ballenas,»
pero el libro no tenía explicación para ese sueño.
Una noche siguiente yo soñé tres ancianas
monótonas como gusanos de la seda, cosiendo mi fe,
y les grité que salieran de mi casa,
y traté de alejarlas a escobazos,
pero al tiempo que salían se arrastraban hacia adentro,
hasta que empecé a llorar y a gritar, mi carne
lloviendo de sudor, y ella destruyó el libro
por el símbolo del sueño y no había nada;
mis nervios se licuaron cual medusa –y ahí me derrumbé-
me hallaron alrededor de la sabana, aullando:

Ustedes me ven hablando con el viento, así que me creen loca.
Bueno, Shabine ha frenado los caballos del mar;
me ven mirando el sol hasta chamuscar mis ojos,
así que ustedes, locos, ven demente a Shabine,
pero ninguno conoce mi fuerza, ¿escuchan? Los cocos
de pie en sus regimientos de amarillo caqui,
esperan que Shabine se apodere de estas islas,
y todo lo que temen es el día en que me cure
de ser humana. Todos sus destinos en mi mano
ministros, hombres de negocios, Shabine te tiene, amigo,
esparciré sus vidas como un puñado de arena,
¡yo que no tengo otra arma que no sea la poesía y
las lanzas de palmeras y el brillante escudo del mar!

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Derek Walcott. Santa Lucía, 1930-2017. Poeta, dramaturgo, artista visual y profesor de literatura. Ha escrito alrededor de quince libros de poesía y cerca de treinta obras de teatro así como también obras narrativas. El trabajo crítico sobre su obra destacan el libro Omeros (1990), un poema épico, el drama teatral Sueño en la montaña del mono (1970) y el El reino del caimito (1979). Ha recibido numerosos premios, como el Grinzane Cavour, el T. S. Eliot, el W. H. Smith o, sobre todo, el Premio Nobel de Literatura de 1992 con el que se vio reconocida toda su obra.

 

León Félix Batista. Santo Domingo, República Dominicana, 1964. Poeta y traductor. Ha publicado El Oscuro Semejante (1989), Negro Eterno (1997), Vicio (1999), Burdel Nirvana (2001),  Se borra si es leído – Poesía 1989/1999 (2000), (libro que recoge su obra inédita y publicada y en donde vienen también incluidas sus traducciones de poetas angloparlantes con el título de Los rombos de la red), Mosaico Fluido (2006), Pseudolibro (2008), Delirium semen (2010), Caducidad (2011), Un minuto de retraso mental (2014) y Música ósea (Cascahuesos, Perú, 2014).  Está incluido en más de una decena de antologías de poesía publicadas en diversos países. Ha traducido a David Antin, John Ashbery, Guy Davenport, Derek Walcott, entre otros.

La imagen que ilustra este post es cortesía de The New York Times.

 

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