Destruir la destrucción: sobre «Despojo», de Michela Lagalla

Daniel Arella

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Libertad me sugiere vuelo, me sugiere aire, me sugiere amplitud, me sugiere posibilidad, multiplicidad, variación. Creo que es sumamente importante intentar, paradójicamente, despojarse de todo para liberarse completamente o al menos así creerlo. Es importante afrontar la vida con desnudez. La verdad está siempre desnuda.

Entrevista a Michela Lagalla, El Nacional
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La poesía destruye al hombre

Leopoldo María Panero

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La experiencia de la nada en un poeta joven es deconstructiva, radical, patológica; no tener rostro, acceder al cielo en un asalto y cubrirse con la omnipresencia de ser nadie, lleva a la locura y al suicidio; sin embargo, es la puerta estrecha al umbral de la verdadera poesía, bautizada por el infierno y la intemperie, paradójicamente, lo único que salva. Es el amor y la muerte lo que nos duele más allá de toda medida, esos dos pilares que sin ello la belleza sería sólo lo contemplativo, pero no el peso implacable de lo terrible. En su pacto con la revelación profética y los poderes marginales de la iluminación, la videncia de la poesía es peligrosa, aunque necesaria,  impostergable para el que ya se sabe enfermo; camino que el joven poeta ha elegido con honor, bella esperanza entre todas, curarse con poemas y los dones de su sagrado desenfado: los venenos, el erotismo, la venganza (son los demonios que se volverán traslúcidos por la palabra), pero también las succiones, las folladas, los moretones, las rayas en el alma, la locura, los agujeros que deja el cigarrillo en la ropa, quemaduras en la piel, posturas inconcebibles, cadenas hiriendo las muñecas, los vampiros en el cuerpo, el vicio, la protervidad, la paranoia, la soledad, la lujuria, el aguijón, la salsa, el exilio, la tristeza, el perro amor caraqueño, el suicidio, la amistad y la Nada: “pero la nada/ también sufre/ la nada/ también sangra, nos recuerda Michela a todos, como en otro giro ontológico de la corporeidad. Así como en las pinturas de Francis Bacon, en los poemas de Michela Lagalla (Caracas, 1994) en su primer poemario, Despojo (2023),  presiente un rapto geométrico de la metamorfosis, aún en el despojamiento formal de su expresión verbal . Atlas lingüístico del dolor, por la transparencia entre cuerpo y sintaxis, entre piel que es lenguaje que cubre la Nada, envoltura que inunda con sus in-límites ríos la pulsión de la angustia, sabiendo esa voz de Antonio Porquia que remata: “Nada no es solamente nada. Es también nuestra cárcel”. La nada en Lagalla es asfixia, paroxismo, ataraxia del desastre: llaga. La nada deja de ser sagrada, es sangrada,  la convierte en cuerpo de ceniza, memoria: «deshacerme / desprenderme / desasirme /depurarme /descomponerme /fragmentarme /desdentarme /fracturarme / dividirme / en pequeños / pedazos / de nada».

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Así lo vemos en su apretada sintaxis poética –como un coito, fricción del vértigo- nos otorga la sensación de cascada, de oscilantes círculos concéntricos de la caída, narrativa de un despojamiento, de una iluminación súbita, pornoerótica, blasfema: se origina en el cuerpo y desde sus incandescentes fracturas, lesiones, quemaduras, rayaduras, se sumerge en la pregunta simétrica de lo riguroso, insaciable desmesura del para qué de Unamuno: «¿cómo me quito / el vicio / de desear /  sin saber qué? ». O en otro poemas más adelante cuando se increpa: «¿Qué se puede/ hacer/ cuando ya no se/ puede/  hacer / nada? /¿es que se puede/  hacer algo?/ ¿es que hay/ algo/ por hacer/ hacer y deshacer/ deshacer haciendo/ destruir la destrucción». Destruir la destrucción, verso letal, fórmula negra de la alquimia, esperanza apocalíptica, única certeza. Michela nombra el mundo que la atraviesa y la transforma, pero no la destruye, la inteligencia  –esa soledad en llamas como diría José Gorostiza– la salva, en medio de los más terribles peligros le brotan las certezas que son epitafios, tatuajes, oráculos.

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En Despojo destaca el erotismo y la amistad como la única esperanza de justificar la destrucción, su peligro es alimento de la fantasía y la ternura, pero su vaciamiento es su desaparición, su grieta. Despojo es un libro del tiempo, de la muerte, son versos del devenir, en las distintas capas de la destrucción del libro se revelan las vísceras del lenguaje. Y estamos ante un libro que increpa con preguntas desde el reflejo de una condición humana  en ruinas que se revela, o que está condenada a transformarse en el mismo instante de su descubrimiento, movimiento erótico de lucidez, caricia fatal, peligro, belleza y latido. Cada poema de Michela es una confrontación sincera que investiga –en la dialéctica de su destrucción– la verdad profunda de lo humano –más allá que el efecto estético–, sus fondos inconfundibles que lo llevan al límite de sí mismo, que lo arrancan de su propia naturaleza. Estamos ante una poesía comprometida con la verdad en el sentido de Kierkegaard cuando dice: sólo creo en la verdad cuando en mí se hace vida, de allí su desnudez. La vida asciende en los poemas de Lagalla como el brillo de un cuchillo que se mueve ante la luz reflejada del sol, ya que la estructura rítmica y visual de Despojo se emparenta con esa síntesis que hace Charles Baudelaire sobre un asunto capital, anotado en sus diarios: “El mal es la alegría del descenso”. Los poemas de Michela son vórtices de descensos, caídas rigurosas; le canta al vicio, al sexo, a los posesos, a los venenos, se abre la carne como una Dakini  y nos muestra el lenguaje de las reverberaciones, su desesperación y su más íntimo reconocimiento ante la nada,  una nada que se vuelve llaga o padecimiento del amante en la cima del placer. Michela lleva una lucha artaudiana, pero sin la violencia masculina que se vuelve ridícula en el límite de su mudez, de su desencanto feroz; en Despojo, la mujer es victoriosa porque acaece y renace en ese caos germinal “destruyendo la destrucción”.

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La poesía venezolana, a mi parecer, se ha destacado más por sus mujeres poetas que por sus hombres poetas –no lo digo en alusión al recién coronado Premio Cervantes, Rafael Cadenas, que es sólo una punta mínima del iceberg de una tradición amplia y rica que se sigue explorando, ampliando y conociendo en mi propio país–; me refiero al libro precoz de Mariela Álvarez, Textos de anatomía comprada (1978), por el mismo ejercicio de transustanciación del cuerpo en transgresión con los poderes alienantes y opresores del patriarcado y la sociedad represiva, presente también en Despojo (2023) de Michela Lagalla, que alcanza una depuración formal del lenguaje que tiene su secreta pero sólida tradición en la poesía escrita por mujeres en la nación: Martha Kornblith, Ida Gramcko, Miyó Vestrini, María Auxiliadora Álvarez, Emira Rodríguez, Hanni Ossott, Karelyn Buenaño, Yolanda Pantin. Sin embargo, en los poemas de Michela Lagalla, lectora de Charles Bukowski, Leopoldo María Panero, Allen Ginsberg, Cesare Pavese, Andrés Caicedo, Anne Sexton, y traductora de Silvia Plath, se presiente una nervadura del lenguaje en su depuración; queda el cuerpo en su obligada otredad, nombrando dimensiones de éxtasis, pero su expresión no es desmesurada, es contenida, está hecha de pensamiento, vértigo y destrucción, en una simetría. Sus ruinas están pulidas, son ovaladas. El lenguaje poético de Michela Lagalla recupera el tono  y la imagen justa en el devenir de una sintaxis puñalera que construye poemas que se vuelven testimonios, gritos, certezas, preguntas, manifiestos, oraciones, murmullos, depuraciones del horror de existir; pero a diferencia de Cioran, condenado para siempre, en Despojo, la Nada consiste en una autodestrucción genésica cuyo fulgor  sobrevive por el de poder de la mujer, la poesía, el erotismo, y la amistad.

Medellín, 13 de mayo del 2023

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D.

Daniel Arella. Caracas, 1988. Poeta, narrador y ensayista. Licenciado en Letras mención Lengua y literatura Hispanoamericana y Venezolana por la Universidad de Los Andes. Magíster en Filosofía por la misma casa de estudios. Ha publicado: Al fondo de la transparencia (2009); El loco de Ejido (2013); El andrógino ebrio en el Haitón (2017). Es autor de varias antologías críticas literarias, entre ellas, Los relatos pioneros de la ciencia ficción latinoamericana (El perro y la rana, 2015). En el 2015 recibió el XIX Premio Iberoamericano de Poesía por Concurso «Ciro Mendía» (Casa Municipal de la Cultura del Municipio de Caldas Departamento de Antioquia, Colombia) con su poemario Anatomía del grito. Textos suyos han sido publicados en varias páginas web y revistas digitales nacionales como internacionales. Pertenece al equipo de la Revista POESIA de la Universidad de Carabobo, Venezuela. Anatomía del grito (LP5, 2020) es su libro más reciente.

La obra que ilustra esta publicación se titula greeting desde el otro lado, y fue realizada por el artista venezolano Juan Ballesteros

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