Desviada para siempre

Yanuva León

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«Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol,
haciéndola aprender a hablar… a ella,
ella, la bella nadadora, desviada para siempre
de su rol acuático y puramente acariciador»

Vicente Huidobro

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a g u d a  d e  t i e r r a 

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Matraz

Bajo la luna llena mi ciudad es de níquel.
Por paredes, calles y escaleras emergen sombras. Brea sobre cal.
De qué alquimia resulta que un hombre atraviese el corazón
de otro hombre. Así como decir su propio corazón, su mismo
aullido rojo, su latir de angustias.
Cuántos hermanos se comerán entre sí esta noche, a la hora
precisa del placer, la fecundidad, los mesones desbordados.
Cuántas hermanas se comerán entre sí mañana,
a la hora exacta del café.
La ciudad hierve en un cuenco de vidrio. De noche hierve.
De día hierve. El fuego, cada vez más azul,
no cesa.
Bajo la luna nueva mi ciudad es de hierro. La sombra se funde
entre la sombra. Brea contra brea.
Qué ciencia oscura mezcla metales
con ardores
en un vaso de vidrio.

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Ajedrez 

El tiempo es un bucle del tiempo con innumerables fallas.
Tiene sentido intentar muchas veces el mismo juego,
si se calculan variantes.
¿Qué somos si no un espejo de aburridas repeticiones hasta que
la excepción adviene?
¿De qué otro modo sería posible la ciencia?
Pequeña muerte
divina cadena de excepciones
punto de quiebre que desvía las líneas de fuga en líneas rectas
hacia nuevos puntos de quiebre.
Tropezamos incansablemente con una piedra hasta dominarla y
sacarle fuegos de ingenio.
Me gusta el desplazamiento oblicuo, zarpazo diagonal como
navaja por los costados. Me gusta el salto, la embestida
perpendicular. La celada.
Lucha de inteligencias desnudas no es asunto de dioses.
Tanto detalle sensual
ha de ser cosa de diablos.

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l l a n a  d e  a g u a 

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Llovizna

Entonces nada era nuevo, solo nosotras que recién llegábamos,
recién abríamos los ojos y los brazos y la boca para conocer los
misterios que a nadie sorprendían.
La casa era una ciudad que fundamos sin arcabuces, la más
grande y mejor poblada del mundo.
El mundo era un cuento bueno que a veces leíamos, donde
todos los juegos terminaban en tragedia a pesar de Dios.
Dios nos daba risa, como los malos chistes, como los apodos
que poníamos a los vecinos.
Los vecinos nos odiaban porque el golfo era de ellos y no de
Colombia
y porque mis abuelos decían banano en vez de cambur.
A las dos nos encantaba que cayera agua del cielo para armarnos
con paraguas, salir a la intemperie,
sentarnos juntas sobre un tronco
y ver cómo se mojaba todo.

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Albatros

Realmente somos del cielo. En un maderamen de nubes aguarda
el planisferio de nuestro destino.
Decir destino suena tan hueco como decir Hombre. Una se pone
de puntillas, se asoma al borde del sentido, grita, golpea voces
contra muros circulares de una posible acepción, y al final, lejos,
la palabra se repite. Al fondo alguien se burla de nosotros.
Por más vaciados que estén los términos, aquello que designan
persiste. Fantasmas sin nombres.
Buscamos el verdadero espacio de nuestra naturaleza porque
sabemos que perdemos significado. Desespero colectivo
volteando la mesa una y otra vez.
Animales del mar
del cielo
y de la tierra
inventando espacios
para seguir irremediablemente perdidos.

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Marea

Subo las escaleras del barrio de mi madre. Subo como las aguas
atraídas por el ojo nocturno del cielo. El mismo ojo resplandece
en la Antártida o en Isla de Pascua. La misma luna iluminó
Macedonia, su arquitectura militar bizantina, su Mezquita
Pintada, y hoy brilla sobre la escalinata que hace décadas recibió
el peso muerto del hermano de mi madre
abaleado por la espalda.
Aquí las casas son cajitas destartaladas, unas encima de otras,
apiñadas por niños gigantes.
La fealdad casi nunca es tierna, pero si logra serlo no hay nada
más tierno, ni real ni imaginario.
A la misma hora de la tarde me alcanza el hedor
de hombres rotos,
de mujeres descosidas.
Todos suben, todos vienen de sostener la ciudad,
de dar cuerda a los relojes.

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e s d r ú j u l a  d e  a i r e 

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Hálito

Pudo ser sicómoro de sombras, frontispicio barroco,
antigua Pompeya en llagas,
pero habló.
Soltó la voz para decir que los sicómoros son hermosos a las tres
de la tarde, y entonces ya no fue árbol. Fue mujer y fue palabra.
Soltó la voz frente al cristal del sueño, murmuró que la angustian
sus bóvedas de crucería, sus ábsides, sus contrafuertes,
aunque no es la Catedral de Astorga se angustia.
Fue mujer y fue palabra.
Soltó la voz, jauría contra la farsa, admite que abrigó una ciudad
cubierta de costras, que sepultó a un par de amantes en su
momento de espasmos, que no es buena, que no es mala.
Fue mujer y fue palabra.
Si se vacía de voz pierde el sentido.
La palabra es el vapor que activa su locomotora.

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Calígine

Antes de la palabra no está el silencio ni el vacío ni la nada.
Tampoco el abismo de la locura. No está Dios soplando,
jugando a ser Dios con maíz o con barro. No está el principio.
No está el fin.
En el filo previo al lenguaje hay un caos luminoso,
la magia del entendimiento,
percepción y sentido.
Espejo en continuo espiral donde todo es lo que es y también
sus infinitos dobles.
Allí el ave que aletea mientras liba la flor puede ser elfo de las
abejas, adorno para un sombrero, picoespada,
puede ser mi corazón atribulado,
la imagen de un exlibris y
además
colibrí.

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Ráfaga

Llega enfurecido soplando un cuerno vikingo a media noche
cuando la cuadra entera descansa.
Desajusta la puerta de un trancazo.
Yo presiento que viene cuando la cabeza me da vueltas como
una mariposa embobada de luz.
Es más fuerte que diez espartanos en plena Batalla de
Termópilas, feroz como la palabra iracunda del Dios de los
judíos. Desbarranca una montaña de libros, muerto de risa.
Promete cataclismos.
La primera vez que me embistió lloré de pánico. Mi estómago se
comió a sí mismo de puro miedo.
Me juzga. Me exige. Me acongoja. Destruye mi palabra a
martillazos, mis palabras,
queridas palabras,
lo único que tengo.
Nada es suficiente para su dignidad de crítico mordaz.
Grita que todo es malo, que comience de cero
y desaparece.

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Yanuva León. Miranda, Venezuela, 1983. Poeta, narradora y editora. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Sus escritos han sido publicados por diversas revistas y periódicos del país. Durante varios años se desempeñó como coordinadora editorial de la Fundación Editorial El perro y la rana, especialmente de obras de los diversos géneros literarios e infantiles. En 2007 fue merecedora del primer lugar del Festival Literario Ucevista, mención poesía, y del tercer lugar en el mismo concurso, mención narrativa. Es coautora, junto a Katherine Castrillo, del libro de dramaturgia infantil Las ridículas aventuras de Lord MacArrón y Lord Van Idoso, el cual se encuentra inédito. Asimismo es coautora, junto a Dannybal Reyes, del libro infantil Niza y el misterio de la luz, también inédito. Ha publicado Como decir cántaro (2014) y Desviada para siempre (2019).

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