Doble escritura & la mancha que no deja escribir  

Diana Moncada

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En mí escriben dos. Una para ejercer la atención, intentar comprender y buscar un cierto grado de libertad; otra para vender, convencer, engañar. Son dos quienes se disputan el tiempo. Una engaña a la otra. Una somete a la otra. Las dos se manchan y la mancha no deja escribir.

Trabajo como redactora publicitaria. Convierto las palabras en herramientas de venta. Invierto. En la publicidad sumo, en el poema resto. Sin embargo, lo residual que hay en esta operación abre un fondo y desde esa precariedad de horas improductivas, ensayo un vacío. Tomo las palabras que en la superficie tallan el intercambio y la venta, para hacerlas huecas y devolverlas a su punto de inicio: el silencio.

A las palabras que manoseo para mis clientes, durante el tiempo residual, cuando hay tiempo residual, las estudio y les retiro capa a capa sus sentidos fetichizados para volver al asombro e intentar encontrar lo que no dicen. Juego con ellas así:

Si digo «el primer proyecto inmobiliario del Perú con tecnología verde» en una pieza publicitaria, me detengo en «primer». Busco la palabra en el diccionario: «Dicho de una persona o de una cosa: que precede a las demás de su especie en orden, tiempo, lugar, situación, clase o jerarquía».

Preceder. Lo que guarda en sí lo primero es la pregunta por el vacío anterior.

En el día primero Dios separó la luz de las tinieblas para crear el día y la noche. Ese acto de separación para crear lo nuevo es la esencia de lo primero que separa lo naciente de lo que no tiene forma aún. Igual con el poema. Escribirlo es separar la luz de la bruma. La luz es el poema, la poesía es la tiniebla.

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Digo «invierte seguro…» en una campaña pandémica. Repito la operación anterior. Invertir viene del latín invertere, formada por el prefijo in– que significa hacia dentro y el verbo vertere que significa verter, girar, dar vueltas.

Me quedo con verter hacia dentro. Verter es derramar. En la poesía hay algo que se derrama. En la publicidad se retiene.

Vierto hacia adentro las palabras para encontrar su movimiento y en ese silencio torcer su destino, dejarlas sonar en su borde. Invertirlas hacia sí mismas para que toquen su vacío. Muchas veces no logro nada más que intuir algo que no puedo traducir.

«La gracia colma, pero no puede entrar más que allí donde hay un vacío para recibirla, y es ella quien hace ese vacío». Simone Weil no se refiere a la poesía pero me hace pensar que tal como se acepta el vacío para dejar entrar a Dios, se acepta el vacío de las palabras para dejar entrar a la poesía. No hay poesía sin vacío.

Los poemas que no tocan su vacío son aéreos. Los poemas que saben de su vacío conocen la pobreza y la riqueza a la vez.

«El poeta, en realidad, quiere vivir todas las figuras económicas posibles, quiere a la vez la miseria y la riqueza (…) se pasa la vida viviendo las ansias –que permanecen en él– del que quiere comprar y del que quiere vender: pero en cierto estado incalificable», Pier Pasolini, La divina mímesis.

Pienso en ese estado incalificable. ¿Qué quiere comprar y qué quiere vender el poeta? Quiere comprar vacío porque su propio vacío es una mentira llena. Quiere vender sentido, porque para escribir necesita talar, despojar, vender el sentido que interrumpe el ver a la palabra en su propio borde. Quiere pero no puede.

Y así, el tiempo residual, del que hablaba al principio, comienza a derramarse y corre lento. La escritura de mercado se ha convertido hoy en un escalón para atender a la poesía. He ganado esta vez.

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Pero pienso en hacer la operación contraria. Encontrar desde el poema algo de la publicidad que me ayude a encontrar una forma diferente de abordar este vacío. Una forma que me permita usar el clisé como verdad poética. Una sintaxis del mercado que ilumine una verdad más antigua y oculta, más simple.

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La escritura publicitaria me demanda más de 8 horas de trabajo, destinadas a encontrar lo que podría unir un producto con su consumidor, más allá del mismo producto.  El recorrido debe ser eficiente, directo, sin desperdicios. Más de 8 horas para crear el deseo, el argumento emocional, la justificación para no sentir culpa, ni quebrar la pantalla que nos mantiene cuerdos. Encontrar el clisé que nos une.

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El tiempo publicitario es instantáneo, el tiempo del poema es futuro. Leer un poema es apenas el comienzo de algo que va haciéndose. El tiempo del copy (texto persuasivo para vender) es efímero, empieza y acaba para que aparezca otro y luego otro y así hasta el infinito. El poema dura y en su duración crea un tiempo nuevo. El copy es presente, en su tiempo todos vivimos, pensamos y deseamos. Es el tiempo del mercado. Ahí estamos, queramos o no.

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Estas dos escrituras conviven manchándose y en algunos casos borrando una las posibilidades de la otra. Siempre necesito poder escribir un eslogan, para eso me pagan. No siempre necesito escribir un poema, no tengo que hacerlo, y en el poder no hacerlo, está el poema.

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«En una época inventé un eslogan, que entonces era falso y ha acabado siendo realidad, que decía: ‹Si no se me ocurre un poema, me consuelo narrando, pero en realidad narro para ver si llega el poema›».

Este es Fogwill, escritor y publicista. Pienso en ese eslogan. ¿Escribo textos publicitarios porque el poema no llega? Todo se va llenando de statements, copies, campañas, storytelling y el poema se va por falta de cinismo.

Mi eslogan sería: «Mientras más escribo, menos escribo». Al principio era falso, ahora es verdad.

Espero más de lo que escribo porque en el futuro está el poema que ahora intento escribir mentalmente con un poco de ceguera y confusión. Entre el futuro y el ahora, hay palabras, muchas palabras para vender… Una pantalla se interpone entre el poema y yo. A veces llegó a él, pantalla de por medio, a veces la pantalla desaparece y me quedo en silencio observando lo que no podré escribir nunca. Por esa imposibilidad escribo.

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Diana Moncada. Caracas, Venezuela, 1989. Poeta y periodista. Autora del poemario Cuerpo crepuscular, que resultó ganador en el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila en el 2013. Ganó mención publicación en el I Concurso Nacional Rafael Cadenas. Prologuista del libro Al filo de Miyó Vestrini, del sello editorial independiente Letra Muerta. Poemas suyos han sido publicados en revistas y antologías en Argentina, Colombia, Perú, España y Miami. Moncada forma parte del Consejo de Redacción de POESIA.

La imagen que ilustra este post  es un detalle de una obra  realizada por el artista venezolano Víctor Avellaneda.
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