Dos cartas de juventud

Cesare Pavese

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A Augusto Monti, Giaveno

Turín, 23 de agosto de 1928

 

No he ido este año a hacerle la ritual visita restauradora porque he oído decir de los amigos que usted tiene otras cosas en la cabeza y no quería fastidiarle. De cualquier modo, no puedo más y me desahogo ahora en una carta que si usted no tiene tiempo hará muy bien en no contestar y, quizás, ni siquiera leer, porque no se trata sino de las acostumbradas lamentaciones.

Es una carta enteramente inútil porque todo lo que usted pudiera decirme ya antes me lo ha dicho con toda franqueza; pero no he escarmentado.

Bastante joven y sin nada qué hacer vivo una existencia apocada, consiste de no saber cómo librarme del pantano de mi alma.

Ya no sé dónde fijar los ojos para verme un poco menos mísero.

A veces se presenta algún molesto trabajo, un trabajo literario que ya no tomo en serio.

He llegado a una situación tal que, o renovarme, o morir.

Sé lo que usted me contesta: vivir, dejar la literatura, hacerse hombre, convertirse en niño, organizar comités, y todo lo demás.

Pero la literatura me ha roído demasiado. Imagínese que he reducido el mundo a un antagonismo entre románticos y futuristas.

Y no puedo lanzarme a vivir. No puedo. Para vivir hay que tener fortaleza y comprender, saber discernir. Jamás he sabido hacer esto. No entiendo de política ni de los demás trastejos de la vida.

Emborrono cuartillas, vomito poesías para tener un asidero, un punto de apoyo para poder decir: «Soy yo». Para probarme a mí mismo que no soy nada.

Pero que, solo los futuristas crean, pero no logro entenderlos, son demasiados sanos.

Monferini ríe y asegura que incluso podre llegar a matarme pero siempre seré el buen Pavese, alumno que tiene la manía de escaparse del colegio; Stuarani me mira con ojos moribundos, pero que oculta quién sabe qué nueva invención; y Giacchero me canta cancioncitas.

A veces hasta esa mujer me exaspera, porque me doy cuenta que es otra Madame Bovary, sin siquiera ser trágica. Y en todas las novelas de humor que leo siento que se ríen de mí.

Y Ginzburg me estudia.

Para mi consuelo: «Huelga todo».

Y ahora que he terminado veo bien que no existe otra respuesta para esta carta que insolencias y patadas en el trasero.

Pero en esto no encontraría salvación. Desde pequeño mientras más me zurraban más obstinado me ponía.

Tenga esta carta como un documento humano de un exalumno suyo y no piense más en ello. No vale la pena.

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A Ponina Tallone, Alpignano

Turín, 3 de octubre de 1929

 

Ayer, con toda esa gente alrededor, tuvimos que posponer una vez más una conversación seguramente extraordinaria. Pero la tarde no se perdió en vano: le envié esas hojas. Usted me contesto con Debussy. No para hacer confrontaciones, sino para que aquello que cada uno de nosotros imaginó dentro de sí.

Después me habló usted, confusamente, entre el bullicio. Comprendí apenas las palabras; solo recuerdo sus sonidos, sus intenciones.

Se referían a esas hojas. Quisiera que usted me repitiese esas frases. Deploro el no saber escribir en su lenguaje, la música.

Pero algo en verdad empiezo a comprender. Durante la Appassionata sentía por momentos alrededor de mí el fragor de un mundo que se conmueve y arde. En la Novena una ascensión vertiginosa como de estrella en estrella y, por encima de todo, una armonía tan remota que parecía eludir por instantes hasta su creador.

Pero todo esto lo percibo por momentos, por relámpagos, pues me debato en una especie de sordidez mental exasperante.

Entonces, ¿he logrado comprender algo? Tengo la certeza de que si pudiera escucharla más, hablarle largamente, leerle mis poetas así como usted toca sus músicos, descubriríamos juntos cosas maravillosas… Pero la vida es dura, es triste, y usted está lejos; y aunque estuviese cerca de mí, seguiría aun más sombrío y triste. Soy como un piano desafinado que mientras más cerca se escucha peor suena.

Este es un período en que hago de novelista de humor, y la vacuidad de las cosas que estaba escribiendo la he comprendido hoy escuchando a Beethoven.

Quién sabe si lograré salvarme. Fíjese: desde junio no he podido escribir ningún poema, y empiezo a convencerme de que mis esperanzas de poetas están en un callejón sin salida.

Ahora espero la muerte.

El otro día un antiguo compañero mío se disparó en el corazón y «agonizaba en una charca de sangre». Y bien, así terminaremos todos.

Estoy alegre, ¿no?

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Las dos cartas de Cesare Pavese fueron traducidas por Gabriel De Santis exclusivamente para la revista Poesía y aparecen publicadas en el n°5, 1972, pp. 17-19.
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