DREAM – FUGUE

Trad. Drina Hočevar

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Introducción a «La prosa apasionada de Thomas De Quincey»

El escritor inglés Thomas De Quincey (1785-1859), mejor conocido por sus escritos autobiográficos, Confessions of an English Opium-Eater (Confesiones de un opiómano inglés), crea un nuevo género de prosa poética o «musical», a la que este autor se refiere con el nombre de «impassioned prose» («prosa apasionada«»). La influencia de De Quincey sobre la literatura francesa fue considerablemente mayor que la que ejerció sobre la literatura inglesa. Alfred de Musset tradujo las Confesiones, (Confessions) en 1828, y Honoré de Balzac, Théophile Gautier, y Baudelaire hicieron un uso más o menos extenso de las imágenes contenidas en ellos (British Writers; 1981). El «Sueño de Fuga» es la tercera sección y el clímax de la obra The English Mail-Coach (El Coche de Correo Inglés), en la que De Quincey explora el territorio onírico en el arte, en el modo de la prosa apasionada, reconstruyendo conscientemente el sueño y el recuerdo de sus causas: «El peor de sus síntomas era una incontrolable secuencia de sueños pavorosos, que lo tiranizaban no sólo durante el sueño sino también durante toda su vida despierta.» (Idem, 152) Y es en la descripción de estos sueños donde De Quincey se alza decisivamente por sobre lo prosaico, con su propia y única clase de ‹prosa apasionada›. «El estilo refleja su largo y cuidadoso estudio de la prosa como un medio artístico, y sobre todo su sentido de la analogía con la música». De Quincey no se interesaba en la escritura de los sueños por sí mismo; más bien, éstos constituían para él «el material especial sobre el que basaba su estudio del crecimiento del espíritu humano». (Idem, 153) Es posible ver y sentir en el «Sueño de Fuga», cómo el ritmo está fuertemente conectado con los sentimientos y las emociones. Según Oliver Elton, el mayor secreto del arte de De Quincey es el «manejo apto y expresivo del ritmo». «Misteriosa es la vida…», dice De Quincey, «…que conecta todas las formas pasionales con el ritmo» (Elton; 1912/1965: 329). Es interesante como el lector es conducido a una atmósfera de sueño o pesadilla, obteniendo la sensación de la lógica del proceso primario freudiano, aunque al mismo tiempo, éste sea el producto de un trabajo consciente realizado por el poeta; es decir, que es filtrado o traducido a la lógica del «proceso secundario». El movimiento rítmico sintáctico en la prosa apasionada de Thomas De Quincey tiene su origen en la oratoria latina, que sigue la ley del balance verbal, y que representa el movimiento que recurre en la prosa apasionada o exaltada de De Quincey. Aquí encontramos la tradición ciceroniana inglesa de cláusulas balanceadas, pero como De Quincey mismo ha sostenido, ello representa una demostración de un nuevo arte – un nuevo modo de «prosa apasionada».

Drina Hočevar

 

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Referencias:

BRITISH WRITES. 1981. The British Council. Ian Scott-Kilvert (General Ed.) Volume IV. New York: Charles Scribner’s Sons
ELTON, Oliver. 1912/1965. A Survey of English Literature. (vol. 2) Edward Arnold Publishers.

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S U E Ñ O   D E    F U G A

Basado en el tema precedente de muerte súbita

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Thomas de Quincey

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De donde el sonido
de instrumentos que melodiosamente tintineaban,
se oyó, de arpa y órgano; y quien hacía las
pausas y acordes fue visto; su toque ligero,
instinto en todas sus dimensiones, alto y bajo
huyó y prosiguió transversalmente la resonante fuga.

El paraíso perdido, libro XI, 558-63

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Tumultuosísimamente

            ¡Pasión de muerte súbita! ¡Que una vez en la juventud leí e interpreté por las sombras de tus elusivos signos!-rapto de pánico tomando la forma (como entre tumbas en iglesias he visto) de mujer reventando sus ataduras sepulcrales-de mujer jónica (887) Inclinándose hacia adelante tratando de salir de las ruinas de su tumba con pie arqueado, con la mirada levantada hacia el cielo, con las manos unidas en oración-esperando, mirando, temblando, rogando por el llamado de la trompeta para levantarse del polvo para siempre! Oh, visión espantosa de humanidad temblando al filo de abismos todopoderosos-visión que empezaste a retroceder, a enrollarte como un papiro, encogiéndote ante la furia del fuego volando en las alas del viento! ¿Epilepsia tan breve de horror, por qué no puedes morirte? Si pasas tan de repente a la oscuridad, ¿por qué todavía viertes tus tristes males funerarios, de origen desconocido, sobre los esplendorosos mosaicos de los sueños? Fragmento de música tan apasionada, escucha una vez y nunca más, ¿qué te acongoja, que tus profundos y rodantes acordes surgen a intervalos por todos los mundos de sueño, y después de cuarenta años, sin haber perdido ningún elemento de horror?

 

1

¡Mira!, es verano-¡verano todopoderoso! Los eternos portones de la vida y el verano están abiertos; y sobre el océano, tranquilo y verde como una sabana, la desconocida dama de la terrible visión, y también yo, estamos flotando-ella sobre un botecillo de hadas y yo sobre un buque de guerra inglés. Somos vendavales festivos cortejándose en los dominios de nuestro país compartido, dentro de ese antiguo parque acuático, en el océano no hollado, donde Inglaterra caza por placer de invierno a verano, desde la salida hasta la puesta del sol. Oh, qué inmensidad de belleza floral yacía escondida, o se reveló de pronto, sobre las islas tropicales por donde iba el botecillo, y sobre la cubierta, qué conjunto de flores humanas: mujeres jóvenes cuán hermosas, hombres jóvenes cuán nobles, juntos bailaban y lentamente flotando hacia nosotros ente música e incienso, entre flores selváticas y entre magníficos racimos de uvas, entre cantos naturales y ecos de dulces risas juveniles, lentamente el botecillo se acercó a nosotros, nos saludó con alegría y silenciosamente desapareció bajo la sombra de nuestra poderosa proa. Pero entonces, como obedeciendo una señal del cielo, la música, los cantos y los dulces ecos de risas juveniles-cesaron. ¿Qué mal ha destrozado la nave desafiándola o sorprendiéndola? ¿Yacía la ruina de nuestros amigos en nuestra propia y espantosa sombra? ¿Era nuestra sombra la sombra de la muerte? Miré por sobre la proa buscando respuesta, y he aquí ¡el botecillo había sido destruido, la juerga y los juerguistas habían desaparecido; la gloria del viñedo era polco y los bosques con su belleza fueron abandonados sin dejar testigo alguno sobre los mares. ‹Pero, ¿dónde?›, dije, dirigiéndome a la tripulación – ‹¿dónde están las hermosas doncellas que bailaban bajo la empalizada de flores y racimos de uvas?› No hubo repuesta. Pero de repente el hombre en el mástil, oscureciéndosele el rostro, alarmado gritó: ‹a barlovento, viene hacia nosotros; ¡en setenta segundos también se hundirá!›

 

2

Miré de cara al viento y el verano se había ido. El mar se mecía y agitaba con creciente furia. En la superficie descansaban nieblas todopoderosas agrupándose en forma de arcos y largas naves catedráticas. Por una de éstas, con carrera ardiente de flecha, venía una fragata hacia nosotros, ‹¿están locos?› Exclamó una voz desde cubierta. ‹¿Acaso busca la muerte?› Pero al momento, ya encima de nosotros, un impulso proveniente de alguna corriente en dirección contraria al curso de la nave o un vórtice local, le dio un giro repentino desviando su curso, evitando así el choque. Al pasar velozmente por un lado de nosotros, en lo alto, entre las cuerdas del mástil, vimos de pie a la dama del botecillo de hadas. A lo lejos las profundidades se abrían con malicia para recibirla, la espuma creciendo como torres corría tras ella, las olas ardían por alcanzarla. Pero a lo lejos fue arrojada a espacios desiertos de mar; mientras la seguía con la mirada, ella corría delante del vendaval perseguida por furiosas aves marinas y por enfurecedoras olas; aún la veía pasar veloz por un lado de nosotros, de pie entre los cordeles del mástil con su ropaje blanco ondeando al viento. Allí estaba, con su cabellera desgreñada aferrada con una mano a las cuerdas-levantándose, hundiéndose, agitándose, temblando, orando; allí durante leguas la vi, de pie, levantando a intervalos una mano hacia el cielo, en medio de las crestas ardientes de las perseguidoras olas y el furor de la tormenta, hasta que al fin, al escucharse a lo lejos el sonido de risas maliciosas y burlonas, todo se escondió para siempre bajo fuertes aguaceros; y después, pero cuándo no lo sé, ni cómo.

 

3

Dulces campanas funerarias que se oían desde una incalculable distancia lamentándose por los que mueren antes del alba, me despertaron mientras dormía en un bote anclado en alguna costa que me era familiar. El alba apuntaba desde el crepúsculo extendiendo oscuras revelaciones, por las que vi a una joven adornada con una guirnalda de rosas blancas alrededor de la cabeza para algún festival que corría por la playa desierta con extrema precipitación. Su correr era el del pánico; y miraba con frecuencia hacia atrás como huyendo de algún terrible enemigo. Pero cuando salté a la orilla y seguí sus pasos para prevenirla de un peligro más adelante, ¡ay!, de mi ella huyó como de otro peligro, y en vano le grité que evitara las arenas movedizas. Ella corría más y más; alrededor de un promontorio de rocas voló y se perdió de vista; enseguida yo también volaba alrededor, sólo para ver las traicioneras arenas cubriendo su cabeza. Ya sepultada, sólo la hermosa y joven cabeza y la diadema de rosas blancas que la ceñían, permanecían visibles bajo los cielos compadecidos y por último, sólo era visible un brazo blanco de mármol. Yo veía por la temprana luz del crepúsculo la bella cabeza a medida que se hundía en la oscuridad-veía el brazo de mármol elevarse sobre la cabeza y la traicionera sepultura, agitándose, titubeando, elevándose, pareciendo agarrar una falsa y engañosa mano extendida desde las nubes-vi este brazo de mármol balbucear su esperanza moribunda y luego su agónica desesperanza. La cabeza, la diadema, el brazo-todo se hundió; al fin sobre éstos, las crueles arenas movedizas se cerraron, y ningún monumento conmemorativo de la bella joven quedó sobre la tierra, excepto mis propias lágrimas solitarias y las campanas funerarias de los mares desiertos que alzándose de nuevo, más suavemente, cantaban u réquiem sobre la tumba de la joven sepultada y sobre su aurora malograda.

Me senté y lloré en secreto las lágrimas que han derramado siempre los hombres en memoria a los que han muerto antes del alba y por la traición de la tierra, nuestra madre. Pero de repente, las lágrimas y las campanas funerarias fueron acalladas por el grito que parecía provenir de muchas naciones, y el rugir de artillería de algún gran rey, que avanzaba rápido por los valles y se escuchaba a lo lejos a través de los ecos de las montañas. ‹¡Shhh!› dije mientras inclinaba el oído hacia la tierra para escuchar- ‹¡shhh! -o es la verdadera anarquía de la contienda, o bien› -y entonces escuche más profundamente y murmuré a medida que levantaba la cabeza-‹o bien, ¡oh cielos! Es la victoria final que devora toda contienda›.

 

4

Inmediatamente, en trance, fui transportado sobre tierra y mar hacia algún reino en la distancia, y montado en un carro triunfal, entre compañeros coronados de laurel. La oscuridad haciéndose más densa hacia la medianoche, cobijaba toda la tierra, escondiendo las poderosas muchedumbres tejiéndose incansablemente alrededor nuestro como centro: las oíamos pero o las veíamos. En una hora, habían llegado nuevas, de una grandeza que sobrepasada el paso de los siglos; tan llenas de pathos estaban, tan llenas de alegría que no podía expresarse en otro lenguaje que las lágrimas, con himnos interminables y Te Deums que reverberaban desde los coros y orquestas de la tierra. Nosotros que descansábamos sobre el carro laureado, tuvimos el privilegio de publicar estas nuevas a todas las naciones. Y ya, por signos audibles a través de la oscuridad, por ronquidos y pataleos, nuestros rabiosos caballos que desconocían el cansancio, nos recriminaban la demora. Por qué nos demorábamos? Esperábamos la palabra secreta que daría fe de la esperanza de las naciones, como se había logrado ahora para siempre. A medianoche la palabra secreta llegó: dicha palabra era- ¡Waterloo y Vuelta al Cristianismo! La terrible palabra brillaba con luz propia; avanzaba delante de nosotros elevándose por sobre las cabezas de nuestros líderes, despidiendo una luz dorada sobre los caminos que cruzábamos. Cada ciudad, al sentir la presencia de la palabra secreta abría sus puertas. Los ríos cobraban conciencia al cruzarlos. Los bosques a medida que los recorríamos por sus márgenes temblaban en homenaje a la palabra secreta. Y la oscuridad lo comprendió. (888)

Dos horas pasada la medianoche nos aproximábamos a una iglesia imponente. Sus puertas que se elevaban hacia las nubes estaban cerradas. Pero cuando la terrible palabra que avanzaba en la delantera llegó hasta ellas con su luz dorada, silenciosamente giraron sobre las bisagras, y con un golpe veloz nuestro carro entró en la nave catedralicia. Precipitado era nuestro paso; y en cada altar, en las capillas y oratorios a derecha e izquierda de nuestro recorrido, las lámparas de luz muriendo y apagándose, revivían en simpatía por la palabra secreta que pasaba veloz. Quizás habíamos avanzado cuarenta leguas en la catedral y aún no habíamos sido tocados por la fuerza de la luz matutina, cuando delante de nosotros vimos las galerías aéreas de órgano y coro. Cada pináculo del calado, cada sitio de avance en la tracería estaba coronado por coralistas en mantos blancos que cantaban pidiendo salvación, que ya no derramaban lágrimas como las que derramaron sus padres; pero a intervalos cantaban juntos a las generaciones diciendo:

«Cantad alabanzas al Salvador en todas las lenguas»,

y recibían respuesta desde lo lejos:

«Tales como las que una vez cantaron en la tierra y en el cielo».

…………Y sus cantos no tenían fin; y en nuestro precipitado paso no había pausa ni demora.

Así a medida que corríamos como torrentes-así mientras arrasábamos con éxtasis nupcial sobre el Camposanto de las tumbas de las catedrales (889) De repente divisamos una vasta necrópolis alzándose a lo lejos sobre el horizonte-una ciudad de sepultureros, construida dentro de la santa catedral para los guerreros muertos que descansaban de sus feudos sobre la tierra. De granito morado era la necrópolis; y sin embargo, al primer minuto yacía como una mancha morada en el horizonte. Tan vasta la distancia! Al segundo minuto, temblando a medida que sufría muchos cambios, se transformaba en terrazas y torres de asombrosa altitud: tan vasto era el paso! Ya al tercer minuto con nuestro terrible galope entrábamos en sus suburbios. Vastos sarcófagos se alzaban a cada lado y tenían torres y torrecillas que sobre los límites de la nave central, avanzaban con intrusión altanera, y retrocedían como sombras poderosas penetrando en nichos replicantes. Cada sarcófago mostraba muchos bajorrelieves de batallas y de campos de batalla; batallas de épocas olvidadas, batallas de ayer: batallas que hacía mucho tiempo la naturaleza había sanado y reconciliado con el dulce olvido de las flores; campos de batalla aún enfurecidos y rojos de carnicería. Allí donde corrían las terrazas, allí corríamos; donde las torres se curvaban, allí nos curvábamos. Cual vuelo de golondrinas nuestros caballos arrasaban precipitadamente alrededor de cada ángulo. Como ríos desbordados volando en derredor de promontorios, cual huracanes irrumpiendo en los secretos de los bosques, más rápido de lo que alguna vez la luz destejiera las madejas de oscuridad, nuestro carro volante cargaba pasiones terrenas, encendidos instintos guerreros, en medio del polvo que nos rodeaba-polvo a menudo de nuestros nobles padres que habían dormido en Dios desde Crécy a Trafalgar. (890) Y ahora habíamos alcanzado el último sarcófago, nos encontrábamos frente al último bajorrelieve. Ya habíamos recobrado el vuelo de flecha de la interminable nave central, cuando viniendo a nuestro encuentro, divisamos a lo lejos a una niña en un carruaje frágil como de flores. La niebla delante de ella escondía los venaditos que la llevaban, pero no podía esconder las conchas y flores tropicales con las que jugaba-pero no podía esconder la encantadora sonrisa con la que demostraba su confianza en la imponente catedral, y en el querubín que la miraba desde los imponentes fustes de los pilares. Cara a cara venía nuestro encuentro, cara a cara avanzaba como si no hubiese peligro. ‹Oh, niña›, exclamé, ‹¿acaso debes ser tu el rescate de Waterloo? ¿Debemos nosotros quienes llevamos nuevas de gran alegría a todos los pueblos, ser mensajeros de tu ruina?› Con horror de sólo pensarlo me levanté, pero luego, con horror de sólo pensarlo, se levantó uno que estaba esculpido en un bajorrelieve-un Trompetista Moribundo. Solemnemente, desde el capo de batalla, se puso de pie y tomando la trompeta de piedra la llevó a sus pétreos labios en su angustia mortuoria-sonándola una vez y luego una vez más; proclamación que en tus oídos, ‹oh, niña› hablo desde los almenajes de la muerte. Inmediatamente sombras profundas se interpusieron entre nosotros, y un silencio aborigen.

El coro había cesado. Los cascos de los caballos, la terrible matraca de nuestras guarniciones, los quejidos de las ruedas no alarmaban ya a las tumbas. Por horror el bajorrelieve había recobrado la vida. Por horror nosotros, tan llenos de vida, hombres con nuestros caballos, sus antepiernas de fuego elevándose en el aire para el galope eterno; fuimos congelados en un bajorrelieve. Luego por tercera vez sonó la trompeta, se quitaron los sellos de los pulsos, la vida y el frenesí de vida brotó nuevamente a sus canales; de nuevo se oyó el coro esplendoroso como surgiendo de tormentas y oscuridad; de nuevo el retumbar de los caballos llevaba la tentación a las tumbas. Un grito surgió de nuestros labios, a medida que las nubes, retirándose de la nave, la dejaron despejada delante de nosotros-‹¿adónde ha ido la infante?-la niña ¿habrá ido a Dios?› ¡Mira! A lo lejos, en una extensa planicie se alzan tres impresionantes ventanales hacia las nubes; y en la cumbre, a una altura inalcanzable para el hombre, surgió un altar de alabastro puro. En la cara oriental temblaba una gloria carmesí. ¿Surgía ésta del alba enrojecida que ahora entraba como torrente por los ventanales? ¿O acaso de los mantos carmesí de los mártires pintados en las ventanas? ¿O de los sangrientos bajorrelieves de la tierra? Ahí de repente, en esa radiación carmesí surgió la aparición de una cabeza de mujer. Aferrada a los cuernos del altar permaneció silente-hundiéndose, elevándose, delirando, desesperándose: y detrás del volumen de incienso, que noche y día se elevaba desde el altar, a media luz veíase la pila bautismal ardiendo en llamas, y la sombra del terrible ser que debió bautizarla con el bautismo de muerte. Pero a su lado se arrodillaba el ángel guardián, ocultándose el rostro con las alas, el ángel que lloraba y rogaba por ellas; que oraba porque ella no podía; que intercedía ante los cielos llorando por su salvación; y también, a medida que alzaba el rostro inmortal desde las alas, pude ver, por la gloria en sus ojos, que ante los cielos había ganado al fin.

 

5

Así concluye la pasión de la impresionante fuga. Los tubos dorados del órgano, que hasta ahora sólo habían balbuceando a intervalos-brillando entre nubes y oleadas de incienso-hacían brotar como de fuentes insondables, columnas de música que rompían corazones. El coro y el anticoro, rápido se llenaban con desconocidas voces. También tú, trompetista moribundo, con tu amor victorioso, y tu angustia que llegaba a su fin, entrabas al tumulto: trompeta y eco-adiós amor y adiós angustia-sonaba a través del terrible sanctus. (891) ¡Ah, oscuridad de tumba! Que desde el altar carmesí y desde la pila bautismal ardiente fuiste visitada y escudriñada por la efulgencia en los ojos del ángel-¿eran esos tus hijos? Pompas de vida que desde los funerales en el recorrido de los siglos, alcanzaban de nuevo la voz de perfecta alegría, ¿mezclábase realmente en los festivales de la muerte? ¡Mira! Al mirar a setenta leguas en la impresionante catedral, vi a vivos y muertos que cantaban junto a Dios, juntos que cantaban a las generaciones de los hombres. Todas las huestes de júbilo se movían a un solo paso, como ejércitos que van en persecución. A nosotros, que con la cabeza laureada salíamos de la catedral, se adelantaron, y como un manto nos envolvieron con truenos más poderosos que los nuestros. Juntos caminábamos como hermanos: hacia el alba que despuntaba, hacia las estrellas que retrocedían; dando gracias a Dios en las alturas-que habiendo ocultado Su rostro durante una generación detrás de espesas nubes de Guerra, resurgía una vez más en las visiones de Paz; dándote gracias a ti, niña! A quien Dios eclipsó con Su inefable pasión de muerte, aplacándose de repente y soportando que el ángel apartara Su brazo, y aún en ti, ¡hermana desconocida! Revelándote sólo un momento para luego ocultarte por siempre, encontró una ocasión para glorificar Su bondad. Mil veces, entre los fantasmas del sueño, te he visto entrar por las puertas de la aurora dorada, con la palabra secreta volando delante de ti, con los ejércitos sepulcrales a tu espalda, te he visto hundiéndose, elevándote, delirando, desesperando: mil veces en los mundos del sueño te he visto seguida del ángel de Dios a través de tormentas, a través de mares desiertos, a través de la oscuridad de las arenas movedizas, a través de los sueños y sus terribles revelaciones; sólo para que al final, con un golpe de Su brazo victorioso pueda Él arrancarte de la ruina, y ¡ensalzar en tu redención las infinitas resurrecciones de Su amor.

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Notas:
887 Nota de la Norton Anthology: (Jónico que significa agraciado), por la columna griega jónica, que es más agraciada y femenina que la dórica, más pesada.
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888 Nota de la Norton Anthology: Eco de Juan 1:5.
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889 Notas del traductor: El mismo De Quincey señala que, las tumbas dentro de las catedrales inglesas ‹forman con frecuencia una calzada lisa sobre la cual los carruajes y caballos podían correr›.
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890 Nota de la Norton Anthology: Crécy, Francia, fue en 1346 el escenario de la Victoria de los arqueros ingleses al mando de EduardoIII sobre los escuderos franceses; en Trafalgar Cape, frente a las costas de España, el almirante Nelson destruyó en 1805 la flota de Napoleón.
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891 Nota de la Norton Anthology: La última parte del prefacio a la misa (en la que se repite 3 veces ‹santo, santo, santo›).

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D R E A M – F U G U E

Founded on the preceding theme of sudden death

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Thomas De Quincey

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Whence the sound
Of instruments, that made melodious chime,
Was heard, of harp and organ; and who moved
Their stops and chords was seen; his volant touch
Instinct through all proportions, low and high,
Fled and pursued transverse the resonant fugue.

Par. Lost, Bk. XI.

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Tumultuosissimamente

Passion of sudden death! that once in youth I read and interpreted by the shadows of thy averted signs [Footnote: «Averted signs»:—I read the course and changes of the lady’s agony in the succession of her involuntary gestures; but it must be remembered that I read all this from the rear, never once catching the lady’s full face, and even her profile imperfectly.]!—rapture of panic taking the shape (which amongst tombs in churches I have seen) of woman bursting her sepulchral bonds—of woman’s Ionic form bending forward from the ruins of her grave with arching foot, with eyes upraised, with clasped adoring hands—waiting, watching, trembling, praying for the trumpet’s call to rise from dust for ever! Ah, vision too fearful of shuddering humanity on the brink of almighty abysses!—vision that didst start back, that didst reel away, like a shrivelling scroll from before the wrath of fire racing on the wings of the wind! Epilepsy so brief of horror, wherefore is it that thou canst not die? Passing so suddenly into darkness, wherefore is it that still thou sheddest thy sad funeral blights upon the gorgeous mosaics of dreams? Fragment of music too passionate, heard once, and heard no more, what aileth thee, that thy deep rolling chords come up at intervals through all the worlds of sleep, and after forty years have lost no element of horror?

i

Lo, it is summer—almighty summer! The everlasting gates of life and summer are thrown open wide; and on the ocean, tranquil and verdant as a savannah, the unknown lady from the dreadful vision and I myself are floating—she upon a fairy pinnace, and I upon an English three-decker. Both of us are wooing gales of festal happiness within the domain of our common country, within that ancient watery park, within the pathless chase of ocean, where England takes her pleasure as a huntress through winter and summer, from the rising to the setting sun. Ah, what a wilderness of floral beauty was hidden, or was suddenly revealed, upon the tropic islands through which the pinnace moved! And upon her deck what a bevy of human flowers: young women how lovely, young men how noble, that were dancing together, and slowly drifting towards us amidst music and incense, amidst blossoms from forests and gorgeous corymbi from vintages, amidst natural carolling, and the echoes of sweet girlish laughter. Slowly the pinnace nears us, gaily she hails us, and silently she disappears beneath the shadow of our mighty bows. But then, as at some signal from heaven, the music, and the carols, and the sweet echoing of girlish laughter—all are hushed. What evil has smitten the pinnace, meeting or overtaking her? Did ruin to our friends couch within our own dreadful shadow? Was our shadow the shadow of death? I looked over the bow for an answer, and, behold! the pinnace was dismantled; the revel and the revellers were found no more; the glory of the vintage was dust; and the forests with their beauty were left without a witness upon the seas. «But where,» and I turned to our crew—«where are the lovely women that danced beneath the awning of flowers and clustering corymbi? Whither have fled the noble young men that danced with them?» Answer there was none. But suddenly the man at the mast-head, whose countenance darkened with alarm, cried out, «Sail on the weather beam! Down she comes upon us: in seventy seconds she also will founder.»

ii

I looked to the weather side, and the summer had departed. The sea was rocking, and shaken with gathering wrath. Upon its surface sat mighty mists, which grouped themselves into arches and long cathedral aisles. Down one of these, with the fiery pace of a quarrel from a cross-bow, ran a frigate right athwart our course. «Are they mad?» some voice exclaimed from our deck. «Do they woo their ruin?» But in a moment, as she was close upon us, some impulse of a heady current or local vortex gave a wheeling bias to her course, and off she forged without a shock. As she ran past us, high aloft amongst the shrouds stood the lady of the pinnace. The deeps opened ahead in malice to receive her, towering surges of foam ran after her, the billows were fierce to catch her. But far away she was borne into desert spaces of the sea: whilst still by sight I followed her, as she ran before the howling gale, chased by angry sea-birds and by maddening billows; still I saw her, as at the moment when she ran past us, standing amongst the shrouds, with her white draperies streaming before the wind. There she stood, with hair dishevelled, one hand clutched amongst the tackling—rising, sinking, fluttering, trembling, praying; there for leagues I saw her as she stood, raising at intervals one hand to heaven, amidst the fiery crests of the pursuing waves and the raving of the storm; until at last, upon a sound from afar of malicious laughter and mockery, all was hidden for ever in driving showers; and afterwards, but when I knew not, nor how.

iii

Sweet funeral bells from some incalculable distance, wailing over the dead that die before the dawn, awakened me as I slept in a boat moored to some familiar shore. The morning twilight even then was breaking; and, by the dusky revelations which it spread, I saw a girl, adorned with a garland of white roses about her head for some great festival, running along the solitary strand in extremity of haste. Her running was the running of panic; and often she looked back as to some dreadful enemy in the rear. But, when I leaped ashore, and followed on her steps to warn her of a peril in front, alas! from me she fled as from another peril, and vainly I shouted to her of quicksands that lay ahead. Faster and faster she ran; round a promontory of rocks she wheeled out of sight; in an instant I also wheeled round it, but only to see the treacherous sands gathering above her head. Already her person was buried; only the fair young head and the diadem of white roses around it were still visible to the pitying heavens; and, last of all, was visible one white marble arm. I saw by the early twilight this fair young head, as it was sinking down to darkness—saw this marble arm, as it rose above her head and her treacherous grave, tossing, faltering, rising, clutching, as at some false deceiving hand stretched out from the clouds—saw this marble arm uttering her dying hope, and then uttering her dying despair. The head, the diadem, the arm—these all had sunk; at last over these also the cruel quicksand had closed; and no memorial of the fair young girl remained on earth, except my own solitary tears, and the funeral bells from the desert seas, that, rising again more softly, sang a requiem over the grave of the buried child, and over her blighted dawn.

I sat, and wept in secret the tears that men have ever given to the memory of those that died before the dawn, and by the treachery of earth, our mother. But suddenly the tears and funeral bells were hushed by a shout as of many nations, and by a roar as from some great king’s artillery, advancing rapidly along the valleys, and heard afar by echoes from the mountains. «Hush!» I said, as I bent my ear earthwards to listen—«hush!—this either is the very anarchy of strife, or else»—and then I listened more profoundly, and whispered as I raised my head—«or else, oh heavens! it is victory that is final, victory that swallows up all strife.»

iv

Immediately, in trance, I was carried over land and sea to some distant kingdom, and placed upon a triumphal car, amongst companions crowned with laurel. The darkness of gathering midnight, brooding over all the land, hid from us the mighty crowds that were weaving restlessly about ourselves as a centre: we heard them, but saw them not. Tidings had arrived, within an hour, of a grandeur that measured itself against centuries; too full of pathos they were, too full of joy, to utter themselves by other language than by tears, by restless anthems, and Te Deums reverberated from the choirs and orchestras of earth. These tidings we that sat upon the laurelled car had it for our privilege to publish amongst all nations. And already, by signs audible through the darkness, by snortings and tramplings, our angry horses, that knew no fear or fleshly weariness, upbraided us with delay. Wherefore was it that we delayed? We waited for a secret word, that should bear witness to the hope of nations as now accomplished for ever. At midnight the secret word arrived; which word was—Waterloo and Recovered Christendom! The dreadful word shone by its own light; before us it went; high above our leaders’ heads it rode, and spread a golden light over the paths which we traversed. Every city, at the presence of the secret word, threw open its gates. The rivers were conscious as we crossed. All the forests, as we ran along their margins, shivered in homage to the secret word. And the darkness comprehended it.

Two hours after midnight we approached a mighty Minster. Its gates, which rose to the clouds, were closed. But, when the dreadful word that rode before us reached them with its golden light, silently they moved back upon their hinges; and at a flying gallop our equipage entered the grand aisle of the cathedral. Headlong was our pace; and at every altar, in the little chapels and oratories to the right hand and left of our course, the lamps, dying or sickening, kindled anew in sympathy with the secret word that was flying past. Forty leagues we might have run in the cathedral, and as yet no strength of morning light had reached us, when before us we saw the aerial galleries of organ and choir. Every pinnacle of fretwork, every station of advantage amongst the traceries, was crested by white-robed choristers that sang deliverance; that wept no more tears, as once their fathers had wept; but at intervals that sang together to the generations, saying,

«Chant the deliverer’s praise in every tongue,»

and receiving answers from afar,

«Such as once in heaven and earth were sung.»

………….And of their chanting was no end; of our headlong pace was neither pause nor slackening.

Thus as we ran like torrents—thus as we swept with bridal rapture over the Campo Santo [Footnote: «Campo Santo»:—It is probable that most of my readers will be acquainted with the history of the Campo Santo (or cemetery) at Pisa, composed of earth brought from Jerusalem from a bed of sanctity as the highest prize which the noble piety of crusaders could ask or imagine. To readers who are unacquainted with England, or who (being English) are yet unacquainted with the cathedral cities of England, it may be right to mention that the graves within-side the cathedrals often form a flat pavement over which carriages and horses might run; and perhaps a boyish remembrance of one particular cathedral, across which I had seen passengers walk and burdens carried, as about two centuries back they were through the middle of St. Paul’s in London, may have assisted my dream.] of the cathedral graves—suddenly we became aware of a vast necropolis rising upon the far-off horizon—a city of sepulchres, built within the saintly cathedral for the warrior dead that rested from their feuds on earth. Of purple granite was the necropolis; yet, in the first minute, it lay like a purple stain upon the horizon, so mighty was the distance. In the second minute it trembled through many changes, growing into terraces and towers of wondrous altitude, so mighty was the pace. In the third minute already, with our dreadful gallop, we were entering its suburbs. Vast sarcophagi rose on every side, having towers and turrets that, upon the limits of the central aisle, strode forward with haughty intrusion, that ran back with mighty shadows into answering recesses. Every sarcophagus showed many bas-reliefs—bas-reliefs of battles and of battle-fields; battles from forgotten ages, battles from yesterday; battle-fields that, long since, nature had healed and reconciled to herself with the sweet oblivion of flowers; battle-fields that were yet angry and crimson with carnage. Where the terraces ran, there did we run; where the towers curved, there did we curve. With the flight of swallows our horses swept round every angle. Like rivers in flood wheeling round headlands, like hurricanes that ride into the secrets of forests, faster than ever light unwove the mazes of darkness, our flying equipage carried earthly passions, kindled warrior instincts, amongst the dust that lay around us—dust oftentimes of our noble fathers that had slept in God from Crécy to Trafalgar. And now had we reached the last sarcophagus, now were we abreast of the last bas-relief, already had we recovered the arrow-like flight of the illimitable central aisle, when coming up this aisle to meet us we beheld afar off a female child, that rode in a carriage as frail as flowers. The mists which went before her hid the fawns that drew her, but could not hide the shells and tropic flowers with which she played—but could not hide the lovely smiles by which she uttered her trust in the mighty cathedral, and in the cherubim that looked down upon her from the mighty shafts of its pillars. Face to face she was meeting us; face to face she rode, as if danger there were none. «Oh, baby!» I exclaimed, «shalt thou be the ransom for Waterloo? Must we, that carry tidings of great joy to every people, be messengers of ruin to thee!» In horror I rose at the thought; but then also, in horror at the thought, rose one that was sculptured on a bas-relief—a Dying Trumpeter. Solemnly from the field of battle he rose to his feet; and, unslinging his stony trumpet, carried it, in his dying anguish, to his stony lips—sounding once, and yet once again; proclamation that, in thy ears, oh baby! spoke from the battlements of death. Immediately deep shadows fell between us, and aboriginal silence. The choir had ceased to sing. The hoofs of our horses, the dreadful rattle of our harness, the groaning of our wheels, alarmed the graves no more. By horror the bas-relief had been unlocked unto life. By horror we, that were so full of life, we men and our horses, with their fiery fore-legs rising in mid air to their everlasting gallop, were frozen to a bas-relief. Then a third time the trumpet sounded; the seals were taken off all pulses; life, and the frenzy of life, tore into their channels again; again the choir burst forth in sunny grandeur, as from the muffling of storms and darkness; again the thunderings of our horses carried temptation into the graves. One cry burst from our lips, as the clouds, drawing off from the aisle, showed it empty before us.—«Whither has the infant fled?—is the young child caught up to God?» Lo! afar off, in a vast recess, rose three mighty windows to the clouds; and on a level with their summits, at height insuperable to man, rose an altar of purest alabaster. On its eastern face was trembling a crimson glory. A glory was it from the reddening dawn that now streamed through the windows? Was it from the crimson robes of the martyrs painted on the windows? Was it from the bloody bas-reliefs of earth? There, suddenly, within that crimson radiance, rose the apparition of a woman’s head, and then of a woman’s figure. The child it was—grown up to woman’s height. Clinging to the horns of the altar, voiceless she stood—sinking, rising, raving, despairing; and behind the volume of incense that, night and day, streamed upwards from the altar, dimly was seen the fiery font, and the shadow of that dreadful being who should have baptized her with the baptism of death. But by her side was kneeling her better angel, that hid his face with wings; that wept and pleaded for her; that prayed when she could not; that fought with Heaven by tears for her deliverance; which also, as he raised his immortal countenance from his wings, I saw, by the glory in his eye, that from Heaven he had won at last.

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Then was completed the passion of the mighty fugue. The golden tubes of the organ, which as yet had but muttered at intervals—gleaming amongst clouds and surges of incense—threw up, as from fountains unfathomable, columns of heart-shattering music. Choir and anti-choir were filling fast with unknown voices. Thou also, Dying Trumpeter, with thy love that was victorious, and thy anguish that was finishing, didst enter the tumult; trumpet and echo—farewell love, and farewell anguish—rang through the dreadful sanctus. Oh, darkness of the grave! that from the crimson altar and from the fiery font wert visited and searched by the effulgence in the angel’s eye—were these indeed thy children? Pomps of life, that, from the burials of centuries, rose again to the voice of perfect joy, did ye indeed mingle with the festivals of Death? Lo! as I looked back for seventy leagues through the mighty cathedral, I saw the quick and the dead that sang together to God, together that sang to the generations of man. All the hosts of jubilation, like armies that ride in pursuit, moved with one step. Us, that, with laurelled heads, were passing from the cathedral, they overtook, and, as with a garment, they wrapped us round with thunders greater than our own. As brothers we moved together; to the dawn that advanced, to the stars that fled; rendering thanks to God in the highest—that, having hid His face through one generation behind thick clouds of War, once again was ascending, from the Campo Santo of Waterloo was ascending, in the visions of Peace; rendering thanks for thee, young girl! whom having overshadowed with His ineffable passion of death, suddenly did God relent, suffered thy angel to turn aside His arm, and even in thee, sister unknown! shown to me for a moment only to be hidden for ever, found an occasion to glorify His goodness. A thousand times, amongst the phantoms of sleep, have I seen thee entering the gates of the golden dawn, with the secret word riding before thee, with the armies of the grave behind thee,—seen thee sinking, rising, raving, despairing; a thousand times in the worlds of sleep have I seen thee followed by God’s angel through storms, through desert seas, through the darkness of quicksands, through dreams and the dreadful revelations that are in dreams; only that at the last, with one sling of His victorious arm, He might snatch thee back from ruin, and might emblazon in thy deliverance the endless resurrections of His love!

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Thomas De Quincey. Ensayista, crítico, periodista y poeta británico. Nació el 15 de agosto de 1785 en Manchester y muere el 8 de diciembre de 1859 en Edimburgo. Cursó estudios tanto en el Worcester College de Oxford, como posteriormente en la Universidad de Oxford. Se establece en Grasmere, en el año 1809 uniéndose al círculo de los poetas románticos: Robert Southey, William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge. Su primer libro, Confesiones de un comedor de opio inglés (1821), lo escribe en 1820 y lo publica en 1821, causando agitación en su época; igualmente escribió ensayos como Leyendo a las puertas de MacbethEl asesinato considerado como una de las bellas artes (1827), Suspira de Profundis (1845), Juana de Arco (1847), El coche correo inglés (1849) y Apuntes autobiográficos (1853). Entre sus obras destacan, Confessions of an English Opium Eater, (1822); On the Knocking at the Gate in Macbeth (1823); Walladmor (1825); Murder Considered as One of the Fine Arts (1827); Klosterheim, or The Masque, (1832); Lake Reminscences, (1834-40); Revolt of the Tartars, (1837); The Logic of the Political Economy, (1844); Suspiria de Profundis, (1845); The Spanish Military Nun (La Monja Alférez, 1847); The English Mail Coach, (1849); Autobiographical Sketches, (1853); Collected Writings, (1889); Uncollected Writings, (1890); The Posthumous Works, (1891-93); Memorials, (1891); Literary Criticism, (1909); The Diary, (1928).:

Drina Hočevar. Caracas, 1957-2018. Ensayista y académica venezolana. Licenciada en Lengua y Literatura inglesa por la Universidad de Los Andes, así como Magíster en Lingüística por la misma casa de estudios. Doctora en Filosofía y musicología por la Universidad de Helsinki.  se doctoró  en filosofía y musicología en la Universidad de Helsinki. Recibió importantes becas, entre ellas la famosa Fulbright 2005 y 2011 y la beca del Departamento de Estado de EE. UU., 2007. Publicó numerosos artículos literarios en revistas especializadas de universidades europeas y norteamericanas. Dirigió la revista Piedra de Toque del Grupo de Literaturas en el Mundo ULA. En el año 2003 publicó Movement and Poetic Rhythm, por la Universidad de Helsinki, y El ritmo en la poesía (Universidad de Los Andes, Consejo de Publicaciones, 2007), libro filosófico y teórico fundamental sobre el tema en lengua hispana. Tradujo al español la poesía de Thomas de Quincey, Emily Dickinson, Samuel Taylor Coleridge  y John Keats. Fue directora coral en la Cantoría de Mérida entre otros coros, así como bailarina de las danzas de la ULA, y llevó a la danza al poema de  Tomas de Quincey Sueño de Fuga en el año 1986. La traducción de DREAM-FUGUE fue remitida a POESIA por Daniel Arella, miembro de nuestra redacción. La publicación de la misma cuenta con la autorización de Carlos Danez. 

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Jhonathan De Aguiar

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