Durmientes

Sobre «23 Shots, una meditación» de Adalber Salas Hernández

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Víctor Manuel Pinto

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Es un sueño que empuja hacia otro sueño
donde la muerte come.

Carlos Osorio Granado

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Entrar al sueño es una experiencia de cariz paradójico. Debemos cerrar los ojos para ver un conjunto de insólitas representaciones del inconsciente, un reflejo de nuestra cotidianidad regido por leyes y ritmos disparatados, cuya rara sensación de verosimilitud afecta la vigilia posterior, conduciéndonos a sugestivas interpretaciones, como si esas imágenes nocturnas fueran el liminar de una inevitable predestinación.

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Esencialmente, lo que soñamos no existe; la materialidad onírica es ilusoria. Lo sabemos, en principio, por la absurda sintaxis del relato onírico, que se fragmenta y entrevera violando la legislación de la gramática del mundo racional y concreto, donde nos creemos autónomos y despiertos en la aparente lucidez que, como agua clara, parece oponerse al denso aceite de la inconsciencia; pero el sueño, su materia artificiosa, nunca se detiene, no importa que nuestros ojos estén abiertos como los de quien acaba de morir.

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¿No es acaso la interminable rumiación de nuestros nervios, deseos y ambiciones otra forma de soñar? Nuestra existencia parece estar atrapada en esas redes engañosas de Maya; ese tejido ilusorio al que se adhieren las emociones y pensamientos en medio de la confusión que produce vivir en una condición de dualidad: la fragmentación que distorsiona la percepción de nosotros mismos y el espacio. Así, dominados por imágenes fantasmales que mezclan en un mismo tubo de ensayo las sustancias del sueño y la vigilia, pareciera entonces que viajamos, inconscientemente, entre dos polos que, por disímiles que sean en su constitución teórica (realidad e irrealidad), terminan siendo lo mismo: una estación perdida en ninguna parte; el destino de un trayecto circular.

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Esto, a la luz de los conocimientos perseguidos por varias escuelas espirituales, supone una condena ineludible. No es casual que Maya sea al mismo tiempo madre de Mritiu, la sombría personificación hindú de la muerte.

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Los peligros del sueño durante un viaje han sido advertidos por los poetas desde la antigüedad. En Odisea, Homero nos revela que el puerto de la fatalidad es el destino del durmiente. Después de zarpar de la huracanada Eolia, y a solo unas leguas de la costa de Ítaca, Odiseo es vencido por el sueño y duerme sobre la negra cubierta del bajel, lo que trae consigo el desastre del odre ventoso que, de manera catastrófica, vuelve a desviarlo de casa. Más tarde, en la isla donde pacen las vacas del Sol, el rey aqueo vuelve a quedarse dormido, esta vez lejos de sus hombres, lo que es aprovechado por los hambrientos marinos para la insubordinación y la matanza del ganado prohibido, acarreando con este matadero un nuevo y mortal hundimiento. Dos veces duerme Odiseo y en ambas ocasiones su piloto, el impaciente Euríloco, es quien toma el liderazgo del grupo, como si el ansia, asediada por el ego, gobernara el curso de nuestro devenir cuando la conciencia encalla en el falso arrecife del soñar.

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Me permito el repaso de estos datos porque la obra que presentamos es un libro que viaja y sueña. Un documento provisto de una escritura que deriva de la imagen y va hacia la imagen. 23 Shots, una meditación, del poeta venezolano Adalber Salas Hernández, es poesía escrita a partir de una serie de fotografías realizadas por la artista visual Patricia van Dalen, expuestas en Miami en 2017 bajo el sugerente título de 23 Shots.

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La instalación de la zuliana consiste en 23 imágenes, dispuestas sobre un panel de madera, que nos muestran, mediante una especie de riel invisible, a un hombre, un durmiente, cuya rapada cabeza se inclina hacia la claridad invernal de una ventana.

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Patricia van Dalen, 23 Shots, 2017 | Instalación. 23 fotografías sobre panel de madera. Medidas variables. Exposición individual en Artmedia Gallery, Miami, 2017

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Estamos en un tren. Y el durmiente, de franela azul, sueña de brazos cruzados frente a una mesa desplegable sobre la que vemos un periódico doblado y devaluado por la tarde. Afuera del tren, más allá del ancho cristal, se puede observar la nieve. Oscuros pinares borroneados por la imperceptible velocidad de máquina, que avanza a través de pueblos de techos nevados; campos blancos endurecidos por el hielo; la montaña gris y afilada.

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Dentro de las categorías de la producción literaria, lo que Salas Hernández nos ofrece es una escritura de andamiaje ecfrástico, es decir, lo que leemos es la construcción verbal de una obra de arte visual. Este trabajo compositivo, propio del canon clásico, es el primero de tres aspectos que deseamos resaltar de la escritura que constituye a 23 Shots, una meditación.

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Otro punto de relieve es más bien el señalamiento de una operación de contraste estilístico. Ciertamente, el lenguaje de la écfrasis, amén de ajustarse a requerimientos estructurales, referenciales, dialógicos, selectivos y autorreflexivos con relación a la imagen generativa (requerimientos con los que 23 Shots está en solvencia), tiende a ser una escritura que reclama autonomía semántica. Esquemáticamente, el vector de la écfrasis parte de A hacia B, pero la grafía de esta no se limita a ser un mero reflejo, sino que busca convertirse ella misma en una nueva imagen; en fuente de sentidos propios. Esto la convierte, la mayor parte de las veces, en escritura presta al aspaviento subjetivo del lirismo, o a la excavación de entramados verbales que sirvan para el contrabando de sustancias surrealistas, empaquetadas con el lenguaje automático y asociativo alterado por la experiencia contemplativa (éxtasis).

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Sin embargo, por otro lado, la poética ecfrástica de Adalber esgrime un lenguaje desprovisto de ambigüedad o excesos. De pulso sosegado, la escritura del autor caraqueño se inscribe en la tradición estilística de la concisión. El suyo (y esto lo hemos visto en trabajos previos) es un trabajo de cohesión y cortes precisos; aun cuando esgrime una aguda mordacidad, sus piezas verbales se presentan tersas y bruñidas por la inteligencia. Ya lo ha dicho él mismo, su escritura no se niega la diversidad acentual del políglota. El planeta de su poesía es iluminado por varios soles, y habitado por lenguas que ha conocido a través de innumerables traducciones del francés, el portugués, distintos dialectos del Caribe y, sobre todo, de la poesía compuesta en lengua inglesa. Lo que nos lleva al tercer punto: la identidad de estas escrituras que, en el tren de 23 Shots, viajan con doble pasaporte.

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Al igual que la traducción, la poética de este libro es un meticuloso traslado de sentidos; una cuidadosa reproducción en la que el potencial fílmico del lenguaje es llevado a sus límites, creando así una relación de continuidad de la obra original a través de imágenes móviles que nos presentan personajes anacrónicos, detectivescos y misteriosos, sabios y pasionales. La proyección de un sueño en la sala craneal. Lo que leemos es la fuga, lo invisible, lo que no podemos sino intuir, meditar. Esa ficción que escurre en la estructura del tiempo y lo filtra con un flujo de hipervínculos, rieles hacia otros discursos, túneles hacia otras imágenes, es la que nos convierte en espectadores de una realidad-irreal a lo largo de esos 23 vagones enigmáticos (des)escritos con una suerte de imagismo customizado: palabra que captura y delinea a través de la descripción, pero también palabra que piensa y ensaya, que no es únicamente imagen detenida del presente, sino un vocablo móvil, locomotor, impulsado por el vapor del pensamiento.

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La esencia de la estética imagista, importada desde la poesía asiática por Pound, y patentada como línea de creación en la célebre revista Poetry de Chicago en 1914, fue y sigue siendo transversal en la poesía contemporánea de Estados Unidos, país de origen de la poeta Robyn Myers, otra pasajera en este tren de múltiples lenguas y retratos. La traducción de Myers viene, en cierta forma, a completar la metáfora de la dualidad, como si vigilia y sueño, afuera y adentro, observador y observado consiguieran su retrato en un lenguaje revestido de otros códigos, otra sintaxis, otros acentos; como si las lenguas fueran solo vagones de un mismo tren de sentido.

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Un breve punto adicional nos lleva al final de estas palabras: La meditación.

En su Concepto de la intertextualidad, el alemán Manfred Pfister señala los requerimientos que debe traer consigo toda escritura ecfrástica (estructuralidad, selectividad, comunicatividad). Uno de ellos es el ejercicio de autorreflexión: posición meditativa del autor en torno al proceso constitutivo de su obra.

Al margen de los requerimientos colegiales de la crítica, cabe entonces preguntamos: ¿Es esta meditación de Salas Hernández, este segundo de escritura fílmica, la suma del fotograma que representa el estado letárgico en el que, semejantes al arquetipo homérico, dormimos cautivados por lo irreal?

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En la jerga ferroviaria se llama durmientes a los listones de madera que se acuestan, uno a uno, bajo los rieles metálicos de un tren.

¿Es esta la última imagen? ¿Es ese el segundo de lo que somos?

La deriva de la conciencia, mientras flotamos como oscuros maderos sobre el resplandor aturdido del sueño.

Su agua mansa.

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Valencia | xi-22

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V.


Víctor Manuel Pinto.
Valencia, Venezuela, 1982. Editor y profesor universitario. Jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, donde dirige la revista POESIA. Welserland (Kavrial, 2021) es su libro más reciente.

Este texto fue leído en la presentación de 23 Shots, una meditación (Dcir Ediciones, 2020), durante la XIX Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo.
La obra que ilustra esta publicación fue realizada por la artista venezolana Andrea d’Escriván

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