Eduardo Moga: concensos y disensos de un bogavante

Por Ernesto Lumbreras

Mi primer contacto con Eduardo Moga (Barcelona, 1962) fue un encuentro estrictamente literario tras leer, con gozo y complicidad, una reseña de su autoría sobre una fingida y presuntuosa antología —Poesía ante la incertidumbre (Visor)—, publicada en la revista Letras Libres  en el número de diciembre del 2011. Lectura gozosa por lo bien escrita: prosa ágil y punzante, además, firmemente argumentada con concepto claros y juicios sin ambigüedad ni ensañamiento frente a tal desmesura. La sintonía anímica, por otra parte, residía en el logrado afán por desmontar una mascarada literaria que se ostentaba como la toma de la Bastilla de la Poesía, en un día feriado por supuesto y con mosquetones que disparaban un pañuelo bordado con la onomatopeya «Pum».  Después de concluir la muy justa y lapidaria crítica, una duda muy oronda apareció en mis cavilaciones: ¿el comentarista existía o era el heterónimo de un escritor?

El origen de mi vacilación tuvo como sospecha el apellido del crítico: toda liviandad bogavante y luz mediterránea. Cuando colegas cercanos a la revista me aseguraron su existencia real, mostrándome otras colaboraciones suyas en la edición española de la revista, me propuse saber un poco más de sus libros y andanzas. En esas investigaciones bibliográficas supe que los buenos oficios de Eduardo Mosches, editor de la Universidad de la Ciudad de México, habían dado con un fichaje de lujo para su catálogo con la publicación De asuntos literarios de Eduardo Moga aparecido en el 2004.  En muchos sentidos, este título es hermano del que ahora edita la Universidad Autónoma Metropolitana bajo el nombre, tan largo como la cordillera de los Andes, de: Apuntes de un español sobre poetas de América (y algunos de otros sitios). Ambas colecciones de ensayos y reseñas dan cuenta del trabajo, constante e ininterrumpido, que el crítico barcelonés ha realizado en publicaciones preponderantemente españolas desde 1997 a la fecha.

Además de contar con el ojo clínico y la prosa amena del periodista literario, Eduardo Moga es poeta de altos vuelos, traductor ejemplar y editor riguroso. En la suma de tales atributos, sus trabajos de crítica diseccionan el objeto de estudio con conocimiento de causa sobre las particulares del lenguaje poético y de las tradiciones lingüísticas  y líricas que lo enmarcan. El conocimiento y dominio de obras y figuras de la poesía moderna y contemporánea en lengua española, en las dos orillas del Atlántico, lo colocan como un espíritu de una curiosidad infrecuente. El estudio de poéticas extramuros, en la línea de Enrique Diez Canedo, José Moreno Villa y Luis Cernuda o, en fechas más recientes, José Ángel Valente, José-Miguel Ullán, Juan Malpartida y Andrés Sánchez Robayna, se prolonga en los afanes de Eduardo Moga por indagar las aguas y los territorios de la poesía de otras latitudes, la mexicana de una manera puntual y relevante. Obviamente, las calas y exploraciones a ciertas piezas de nuestra poesía —como las de otros ámbitos hispanoamericanos y europeos— no son tanteos de paseante ocasional o salidas al paso después un encargo institucional con los inevitables párrafos políticamente correctos.         

La respuesta sensorial e intelectual del texto comentado, o la ausencia de la misma, marcan los derroteros de la lectura y el análisis de Eduardo Moga. El lector in fabula que persiste en el crítico español, no impone sus gustos y su biblioteca a la obra intervenida como una circunstancia ineluctable. El instrumental y los referentes críticos aplicados a sus lecturas rebasan sus afinidades poéticas, aunque no las margina del todo en el ejercicio hermenéutico. Las predilecciones del crítico no se plantan como una imposición sino, en el mejor de los casos, se asume a modo de diálogo, examen y prolongación del texto comentado. La crítica así concebida amplía el extrarradio de la obra siendo algo más que una resonancia o una imantación. La labor del crítico, también, abre puertas, ventanas y claraboyas, y especialmente pasadizos secretos en el monumento de la obra. La dependencia de origen del texto crítico, en una pluma inventiva y paradigmática como la de Moga, no sucumbe al mimetismo o la subvención del texto abordado.  En varias piezas de las reuniones ensayísticas mencionadas, su autor cumple la encomienda etimológica de la palabra crítica —poner en estado de crisis y de riesgo—, situación idónea para explorar a plenitud el objeto de estudio.

En De asuntos literarios disfruté varios ensayos y artículo, el dedicado a uno de los libros postreros de Francisco Pino, los asedios a los obra de Jorge Eduardo Eielson, Alejandra Pizarnik y José Kozer, las exploraciones meticulosas a las obras también meticulosas de Charles Simic y de Antonio Ramos Rosas, sus comentarios «halógenos» —el adjetivo es mogadiano— a los poetas de Contemporáneos, el descubrimiento de la poeta canadiense Anne Michaels y del poeta francés Évariste Parny, figura estelar del siglo XVIII. Con semejante saldo a favor,  Apuntes de un español sobre poetas de América (y algunos de otros sitios) amplía el índice de autores de los diversos meridianos y paralelos de la poesía hispanoamericana y de la lírica norteamericana, aunque también, incorpora en sus lecturas e impresiones a un grupo de poetas británicos y franceses. Más allá del diario de lecturas o del almanaque bibliográfico, el presente volumen proyecta un corpus de afinidades —y en un grado menor, de fobias y disensos— que cancela cualquier azar o circunstancia. Como en De asuntos literarios, los poetas y las obras sometidos a revisión en estas páginas están conectados por una conciencia y una práctica poéticas de búsqueda y mudanza, de revisionismo y desmarcaje del canon, de radicalidad en la experiencia del lenguaje y de renovación de los legados literarios. En la elección de este tipo de libros y autores existe, inevitablemente, una predilección estética y crítica de la que es responsable el propio Eduardo Moga y no el azar o las oficinas de difusión de las editoriales que remiten sus novedades a las mesas de redacción de suplementos y revistas.

Bajo tal arco de preferencias, poetas como Vicente Huidobro, Oliverio Girondo, Nicanor Parra, Octavio Paz, Humberto Díaz-Casanueva, Tomás Segovia, Rafael Cadenas, Roberto Juarroz, Severo Sarduy o Rodolfo Hinostroza levantan un aparte extraordinario que Moga explica y desglosa a propósito de ediciones y compilaciones recientes aparecidas en el mercado librero español. En el rubro de la renovada tradición, los libros de Óscar Hahn, Orlando González Esteva y Hugo Mujica, corroboran ese afán de continuidad alerta y curiosa que no necesita dinamitar la tradición para encontrar una reluciente pepita de oro de buena ley. Más cercanos a nuestro caótico presente, los comentarios y prólogos a libros de Rei Berroa, Rafael Courtoisie, Luis Armenta Malpica o Ana Franco Ortuño subrayan la asimilación del impulso rupturista del primer grupo por parte de estos autores para, incorporando otros referentes, actitudes frente al canon y estrategias formales, destacar su particulares discursos y aventuras.

El segundo apartado de Apuntes de un español sobre poetas de América (y algunos de otros sitios) se dan cita poetas norteamericanos y canadienses. Como traductor de poetas de lengua inglesa, Eduardo Moga conoce las diferencias y semejanzas del «inglés americano» respecto del escrito en las islas británicas.  El siglo XX sería para la poesía norteamericana el momento cimero cuando, en distintos frentes, varios poetas se propusieron dotar de acentos, sintaxis, atmósferas y fraseos particulares a sus poemas; suponían que el legado de Edgar Allan Poe, Emily Dickinson y Walt Whitman les otorgaba el basamento fundacional para levantar un nuevo edificio —y por qué no una ciudad o una nación— en el reino de la lengua inglesa. Las reseñas a libros de  Hart Crane, Sylvia Plath, Anne Sexton, Jack Kerouac, John Ashbery, James Merrill, Anne Carson, entre otros, incluyen en su discurrir crítico —conservando la marca de la casa: amenidad y lucidez— una poética de la traducción dispuesta fragmentariamente y en un segundo plano. Pero la leemos, aquí y allá, en una serie de recomendaciones sobre errores comunes en dicha práctica o  vía reflexiones aforísticas sobre la teoría y el oficio del traductor.

Los apartados tercero y cuarto, están reservados a los sonetos de William Shakespeare y a cuatro autores disímbolos, el romántico inglés, Robert Southey, el vanguardista por excelencia, Guillaume Apollinaire, el famoso e iconoclasta novelista francés, en su faceta de misántropo poeta, Michel Houellebecq y el lírico escocés, John Burnside (1958) que se presenta por vez primera al público español por medio de una antologia.  Después de leer la reseña comentada al principio de estos párrafos, reunida por cierto en las páginas de este volumen, y el libro De asuntos literarios en un segundo momento, comprobé la existencia real del poeta Eduardo Moga en junio de 2012 durante un desayuno de cuatro tiempos en una hermosa casona de Silver Spring, Maryland; alojados ahí por nuestra gentilísima anfitriona Luz María Esparza, durante los días del Festival de Poesía «Teatro de la Luna», en la vecina ciudad de Washignton D.C. En torno de esa mesa paradisíaca de frutas en bandeja, jugos naturales, panes confitados, huevos en salsas y café humeante  conversamos en demoradas charlas —a la que se sumó el poeta español Fernando Beltrán— sobre la frugalidad de los desayunos españoles versus los pantagruélicos desayunos mexicanos o los ridículos de la vida literaria aquí, allá y acullá seguido de un anecdotario hilarante donde aparecieron, entre otros asuntos, la flatulencias de Camilo José Cela durante una cena aristocrática y los celos de José Saramago frente a la proeza verbal de Juan José Arreola ante un auditorio de jóvenes escritores iberoamericanos que lo vitoreaba como si fuera un torero que acabara de cortar las orejas y el rabo.

Pocos meses después volvimos a coincidir en el Encuentro Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer de Villahermosa, Tabasco, en febrero del 2013. De los tres o cuatro días que disfrutamos las bellezas y los alimentos de trópico, Moga escribió una crónica —mordaz, memoriosa y pormenorizada para cada uno de nuestros sentidos— reunida en La pasión por escribir. Relatos de tres viajes a Hispanoamérica (La Isla de Siltolá, 2013). Después de ese recorrido literario y vital compartido, al que he sumado la lectura de sus poemas reunidos en Las horas y los labios (DVD, 2003), Bajo la piel, los días (2010), Insumisión (Vaso Roto, 2013) y El desierto verde (Editora Regional de Extremadura, 2013), reconozco en Eduardo Moga a un espíritu reacio a cualquier complacencia y confort, en su aldea verbal y fuera de ella, con la curiosidad del expedicionario pero sin el fanatismo del conquistador, de probada agudeza y renovado ingenio para leer radiográficamente y compartir con generosidad discursiva sus lecturas y hallazgos en los asedios a «la palabra en el tiempo».

:

Ernesto Lumbreras. Ahualulco de Mercado, Jalisco, México, 1966. En el 2008 aparece Caballos en praderas magentas. Poesía 1986-1998, (Aldus), en el 2010, Numerosas bandas (Mantis Editores) y en el 2012, Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo (Bonobos). En 1992 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por el libro Espuela para demorar el viaje (Joaquín Mortiz-INBA, 1993), en 2007 el Premio Nacional Testimonio Chihuahua por La ciudad imantada. Vida de Milton Vidrio (Ficticia, 2008), en el 2013 el Premio Nacional de Ensayo Literario Malcolm Lowry por el volumen Oro líquido en cuenco de obsidiana. Oaxaca en la obra de Malcolm Lowry (UNAM, 2015) y en el 2014 el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI por el libro La mano siniestra de José Clemente Orozco (Siglo XXI/UAS/Colegio de Sinaloa, 2015). Desde el 2009 circula su antología Intersecciones. Doce poetas peruanos (Calamus-INBA). Es autor del libro El ojo del fulgor. La pintura de Arturo Rivera (CNCA, 2001). En el 2013 publicó Coordenadas para una inminente catástrofe. Cinco pintores mexicanos (Filodecaballos). Ha traducido del italiano los libros Museo de sombras de Gesualdo Bufalino (Aldus, 2009) y Antes no había nada. Después comencé a imaginar mi propio jardín de Chiara Carrer (Petra Ediciones-Conaculta, 2015).  Su libro más reciente es Donde calla el sol (Mano Santa Editores, 2016).  Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2004.

Contenido relacionado

Archivo

introduzca su búsqueda