Eduardo Moga

Muestra poética

 

[ha venido la muerte…]

Ha venido la muerte: era una furgoneta o un gorrión. Un sudor blanco ha encendido la piel donde se resquebrajaban las horas, la barba constelada de silencio, los cuchillos con que inscribía mi desaparición en la corteza del sueño.
Le he chupado la lengua a la muerte: es áspera y morada. Mis papilas han tejido con sus papilas un cañamazo de sombras. He dejado en la mesa el lápiz, el cuerpo, lo que tuviese en los ojos, para abrazar con más fuerza su helado fulgor. Y he sentido miedo.
La muerte comparece siempre que paseo, que mastico, que copulo, que llamo por teléfono, que muero. La muerte tiene treinta y ocho años y las manos con que hago la cama, con que me lavo los dientes, con que doy cuerda al reloj, con que ordeno mis libros, con que escribo, en este instante, las palabras del poema. La muerte me respira cuando hurgo en las ingles tibias y anochecidas. La muerte habla el idioma de las células y los planetas. La muerte vacía los espejos e interrumpe los huesos. La muerte, como una flecha disparada contra un agua infinita, atraviesa el bosque de las cosas y se clava en la irrealidad de las cosas. La muerte bautiza a los hijos y devora sus nombres. La muerte se llama Eduardo.
Me acuesto. Oigo el oxígeno, que resuena como una chapa golpeada por las sombras. La respiración habla, como la piel, y ocupa el espacio en que me desvanezco. El corazón habla, también, y respira, flor encarcelada, con apenas esa pausa de silencio que sutura el redoble interminable, la sepultura interminable. Lo sé ahí, en la cripta de la carne, bajo la techumbre ósea, alimentando este extravío, el letargo que nos mueve, el gélido adentrarse en la noche del tiempo; me insta a seguir, pero me recuerda que me disipo. Y me asombra que exista, su luz inaccesible y mansa, su oscuridad febril, el ritmo que es sólo e insólitamente ritmo; y me asombra existir: este mecanismo triste, pero entregado, sin porqué, al mundo.
Nacen, de pronto, los muertos: en la mesa del restaurante, en el escarabajo que se esconde entre las raíces de un árbol, en el perro que defeca junto a una tapia casi vencida, en el cielo. Y me miran, como si quisieran conducirme al fuego exhausto en el que reposan. Me mira el padre, cubierto por la hiedra de la fragilidad, cuyos ojos son pelotas de dolor que arriban, descabaladas, a mis manos. Me miran quienes confiaron en mí y fueron traicionados, quienes me vieron plantar la semilla de la ira y me entregaron después el fruto de la ira, quienes consumieron su amor en mis hogueras. Me miran hombres y mujeres convertidos en pájaros negros que atraviesan un aire negro. Me miro yo, desde el barro de mí, arrasado de perecimiento, carne en lo que carece de carne, corazón azotado por la conciencia, consumido, por el miedo, hasta la desencarnadura. Mis ojos serán también un destello lúgubre cuando otros caminen por estas calles que me impregnan de polvo y obscenidad, o cuando se pregunten por qué arde el sol o por qué nos baña el tiempo o por qué olvidamos a quienes hemos amado. Mis ojos, talados, mirarán a los vivos y harán más exactos su náusea y su latido.
La muerte es el pájaro que se posa en la rama, la mano del niño sin el niño, las pupilas abrasadas por la nieve, el exilio del oro, el oro languideciendo en un turbión de labios y explanadas, lo incomprensible.
La muerte es una rosa triste en el centro de la sangre.

 

[Poema XX de Las horas y los labios]

 

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[Dime, alma, qué cincel has empleado…]

Dime, alma, qué cincel has empleado
para que sea yo tu forma,
qué sombra subyace en mi sombra,
o qué memoria soy, qué invertebrada
conciencia.
……………..¿Has moldeado el aire?
¿Asientes a mis volúmenes, a mis ojos?
Acaso sea hijo de tu luz,
y acaso ese resplandor aterido
me rescate de lo inconcebible
y me alimente de lo mortal:
tu fiebre me unce al ser.
¿Qué extraña potencia, alma,
constituyen mis manos?
¿Son las tuyas?
¿Tienes tú manos?
……………………… ¿Ven?
Dime, oh, alma, si es tuyo este silencio
o si son los engranajes de mi cuerpo;
dime si dictas tú mi sangre
o es mi sangre la que te articula;
dime si eres mortal
o sólo sucumbes al azar.
¿Existes, alma?
…………………..¿Existo yo,
o soy un arañazo de la nada?
Te hablo, y no sé a quién.
¿Por qué es tu transparencia
mi opacidad?
…………………¿Por qué desconozco tu idioma,
si en mí converge cuanto hay,
y me iluminan soles dispares,
y recae en mi piel el peso de lo que se aleja?
¿Por qué no te veo, alma,
si advierto las hondonadas celestes,
los remolinos de la fragilidad?
Me oigo anochecer, y morir,
y construirme;
te niego, alma: niego tu azul
y tus guadañas;
 ……………………niego tus células,
en las que cunde lo incomprensible.
Y oigo tu levedad,
que me atenaza; y aquilato
tu soplo homicida,
el fluir de tu ausencia
por mis capilares
y mi ropa.
…………….¿Eres, alma?
¿Determinas mi latitud y mi penumbra?
¿Coses mis latidos?
¿Me acunas?
………………..¿Por qué no recalas
en mis signos, y fotografías mis miedos,
y me ratificas en tu hoguera sin causa,
ajena al tacto, despojada de tildes,
pero que siento en el fondo de mi nombre,
derramada,
derramándose?
…………………… ¿Por qué no lloras?
¿Qué mar es el tuyo, alma?
¿Te poseo
…………….. o soy yo tu objeto?
¿Qué abstracciones, pájaros,
estragos
son tu carne,
o la mía? […]

 

[De Soliloquio para dos (fragmento: vs. 1-67)]

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:

Los haikús del ciego y el perro

 

El ciego mete
al lánguido mastín
bajo el asiento.

:

El perro quiere
salir, pero el ciego
es inflexible.

:

El ciego ve
otras oscuridades.
También el perro.

:

Se mueve el perro
y, minuciosamente,
se mueve el ciego.

:

¿Transcurre el tiempo
entre el paso del perro
y el del ciego?

(Y un corolario afín)

 

:El tuerto ¿ve
tan sólo la mitad
de lo que existe?

 

 

[De Los haikús del tren]

 

 

[No sé de dónde vienes…]

No sé de dónde vienes. Abro los ojos, y no sé de dónde vienes,
pero ahí está tu cuerpo, ocupando un lugar cierto,
un lugar geológico
y matemáticamente corporal
en la realidad, que es un camino,
aunque no sepa de dónde vienes
y ese camino no discurra por la tierra
y solo sea la proyección instantánea
…………………………………………………de tu estar indudable,
de tu estar mientras pasas, sin piedra ni mundo
ni tiempo
…………….ni tú.
Pero tú estás, ciertamente,
………………………………..mineralmente,
en la provisionalidad de un cuerpo que fue azul
antes de adquirir este matiz de tierra vertebrada, este coágulo
de uñas que vuelan y, no obstante, me acarician,
esta solidificación abstracta
de carne
…………..y de ti.
Pasas frente a los libros que acumulo con la misma voluptuosidad
con que te he querido, desnuda en la penumbra
desnuda, y observo, apenas abiertos los ojos,
que el camino pasa por tu vientre,
que el camino es tu vientre.
No hay atajos,
sino un sendero que se bifurca
………………………………………..a ambos lados de tu cuello,
se incurva en las semiesferas de los hombros,
y desciende por las estribaciones de los omoplatos,
y vuelve, por fin, otra vez, al vientre de donde
ha salido como algo transitorio,
como algo sin origen
……………………………y sin cuerpo,
pero que se hunde en el cuerpo,
en sus silbidos y su hiel,
como se hunden los cuerpos en el agua.
Muda, desnuda,
…………………….caminas por el camino que eres,
y recorres tus muslos, que cimientan el tronco blanco
que te sostiene, y se deslíen en una blancura
plural, fundida
en un abrazo transparente
……………………………….con la oscuridad,
y palpas el aire con los dedos, y se vuelven aire
tus dedos, derramados en su movimiento
de búsqueda
………………..e introducción,
y ofreces a mis ojos recién nacidos
tus ojos antiquísimos,
el diámetro ácueo de tus caderas,
la erupción aluvial de tus pechos,
la cavidad excedente de tus nalgas:
lo que se endereza, y se extingue, y perdura,
lo que es doble, como tu camino
y el mío, como tus pies, que se adentran en mis ojos,
estrepitosamente brotados del sueño,
y en los tuyos,
…………………..como la sangre,
que es de ambos, pero de un solo cuerpo,
abrasadamente tuya.
Tu cuerpo ha caído en una plenitud atardecida,
pero está entero,
………………………abrumado de claridad.
Tu cuerpo multiplica mi cuerpo, asustado
por los insectos y los truenos,
vívido de abatimiento.
………………………………Recorro los ángulos
aún tajantes que lo dibujan, y se ciernen luces,
florecen húmeros, digo objetos con una lengua
menos ardua, con otra lengua,
entumecida de latidos, liberada de las formas
que me subyugan
con su permanencia.
……………………………Hiendes la tiniebla
por la que pasas, y yo la acaricio como si fuera materia,
como a una resina exudada
…………………………………….por su árbol, y palpo la tibieza
que sugieres, y sé de la cordialidad de tus huesos.
Todos mis poros son manos. Te oigo con los ojos
que te huelen. Te intuyo con el ruido que me
crece en la sangre, o con el silencio
que bracea hasta la médula. Percibo
cuando tocas las sábanas, para volverte a acostar,
como la araña percibe la vibración de la tela
en la que se ha enredado otro cuerpo, la convulsión
de un organismo que va a ser amortajado por labios,
la muerte aleteante
………………………….de algo tan vivo como el espejo que me devuelve
a los ojos apenas ojos la totalidad de tu columna, como la hoguera
claroscura de tus pasos hacia la cama, como
el renacer de la piel dormida en el tiempo,
olvidada de ti
………………….y de tus brazos,
que tantean la almohada hasta dar con mi mirada,
y me ahogan con la indefensión de un moribundo,
y se cierran alrededor de mi sueño
como un vientre sobre otro vientre.
Ya no veo entonces tu cuerpo,
pero lo sé dentro de mis ojos.
No sé de dónde vienes,
………………………………pero has venido a mí.

 

[De Insumisión]

 

 

[Tengo años cuarenta y nueve…]

Tengo años cuarenta y nueve,
que es lo mismo que decir
media vida sin reír
o tengo cuarenta y nieve.
No Eduardo: me llamo llueve,
y me inquina una tormenta
meticulosa, una lenta
casi nada que me guía,
con precisión de gumía,
a un ataúd de cincuenta.

 

[Te arrodillas, lo capturas…]

Te arrodillas, lo capturas,
bajas, subes, miras, bajas,
no cedes, no te relajas,
lo acometes, te saturas,
lames alto y bajo, apuras
el tallo y mascas la flor,
chupas, muerdes sin dolor,
y logras que estalle, y tragas,
y es gloria que todo lo hagas
con ese aire de candor.

 

[He perseguido el amor…]

He perseguido el amor
de los otros para amarme
e, insomne, multiplicarme,
y eludir este sopor
funeral, este dolor.
Pero en esta hora, abrumado
de vigilia, he alcanzado
otra conclusión: morir
solo nos mata; vivir
consiste en no ser amado.

 

[De Décimas de fiebre]

 

Multitudes (I)

En el espejo que soy
………………………….este fragor se vuelve silencio.
Es el ruido de un fuego con muchos brazos,
de ojos engarzados en una cadencia medusina
pero indiferente,
………………………de sexos y espíritus y columnas vertebrales
que comparten lo informe del enjambre,
la trepidación ilimitada
de cuanto carece de cuerpo, pero se aúna,
se endurece,
y me insta a respirar.
……………………………Abrazo este asfalto
que me expulsa: me sumo a él como el cuervo
se entrega a su graznido.
Y abrazo a quienes lo pisan
como si espesamente levitaran,
o como si no aplastasen otra uva
……………………………………………que los racimos inalcanzables de los muertos.
El que pasa hablando en francés con otro que habla un idioma incomprensible.
El mendigo cuya única elevación es la de la cabeza que se alza del suelo
……..para pedir educadamente una moneda.
El carnicero que corta la carne como si cortara un río.
El taxista que se enamora de un pasajero tuerto.
El que arroja piedras al recuerdo y descalabra la nada.
El que golpea y nunca yerra el golpe: da en sí.
El que amenaza con estrangular a un gorrión con la corbata.
El que me pisa creyendo que ha subido un peldaño al cielo y no oye mi reniego,
………porque nunca oye nada.
El que escala montañas, porque las montañas tienen sed.
El poeta que escribe novelas.
El novelista cuyo principal desafío es seguir escribiendo
………sin saber si lo que lleva escrito es una mierda.
El que no habla inglés y aún espera que amanezca cada día.
El que se asombra de que exista la inocencia.
……………………………………………………………El que acapara bibliotecas y humillaciones.
El que solo escucha la ferocidad fluvial del tiempo, el ensañamiento
maquinal de su pasar.
El policía que languidece bajo un casco de piedra.
El saltimbanqui que toma prozac.
…………………………………………….El traje que pasa sin hombre.
La familia de campo abrumada por la grandeza de los edificios y la incomprensibilidad
………de los símbolos.
…………………………….Las ratas que corren por debajo de donde pisamos. (Las ratas
han construido una ciudad especular, en la que se desdoblan nuestros chillidos
y nuestras enfermedades. Pero las ratas también somos nosotros, que sobrevolamos esa ciudad).
El transeúnte que habla solo, con un auricular metido en la oreja, y al que responde
……….alguien que habla tan solo como él.
El que mira escaparates y no reconoce a quien lo mira desde el escaparate.
Los artefactos que tienen cara,
las caras mecánicas,
…………………………..los mecanismos sin cuerpo,
los cuerpos que proyectan una sombra fosforescente,
el terciopelo huidizo de los animales,
el roce de lo paralelo, y estallado,
e incomprensible, porque es parecido a mí,
o porque difiere de mí, porque es otro cuerpo,
que soy yo, que es este fragor silenciado en mi azogue
y que deseo absorber con la carne que me atormenta,
pero que huye, estrangulado por su propia plenitud, y se adentra en ella,
y persigue su alambrada,
…………………………………el plexo de los ojos,
que quieren ser ojos, pero que solo alcanzan
a ser miedo,
……………….y todo es uno e infinito:
yo soy lo que veo y lo que no veo,
lo que acumulo y lo que me elude,
lo que se transfunde en mí
y lo que enveneno con mi aliento.
El que cabalga a lomos de un caballo sin patas.
El que viste una camisa de sombras.
………………………………………………..El que lleva un cadáver en la mochila.
El que sabe que apenas media distancia entre la carcajada y la desesperación.
El que bebe para olvidar que bebe.
El que se hace daño en silencio para no molestar a los vecinos.
El que todos los días saca a pasear la nada.
El mongólico que quiere ser arquitecto.
……………………………………………………El arquitecto que no sabe dibujar.
La presidenta de una sociedad literaria que escribe cartas con tinta transparente
……….y lenguaje ininteligible.
El capitán de barco cuyo uniforme han desgastado los vientos del desierto,
……….pero que aún brilla, como una luciérnaga vieja.
El esquimal que no añora el hielo.
…………………………………………….El etíope que sí lo añora.
El borracho asustado por las alucinaciones y las moscas.
El abogado que nunca ha defendido una causa justa,
……….pero que se sabe bendecido por Dios.
…………………………………………………………..El que expide lanzamientos sin dejar de sonreír
y le hace el amor a su mujer cada noche con aplicación ejemplar.
El que duerme en un saco, debajo de un puente, entre otros que duermen en un saco,
……….debajo de un puente.
El que me mira, y me juzga, y concluye que soy una babosa con barba,
………o invisible, o su hermano,
………………………………………….y yo, que le devuelvo la mirada,
porque no hay odio sin cercanía, ni amor sin destrucción,
y salto de su esfenoides a la cornisa de un edificio
alto como el desatino del mundo,
y regreso a las honduras de la superficie,
donde se amontona en lo que he dejado de creer,
los silencios que ya no atesoro,
los trozos de mí que entrego a la fiereza
de los relojes
…………………y la conmiseración de la muerte.
La muchedumbre es un endriago de un solo cuerpo.
Yo, en cambio, tengo muchos:
el del conductor de autobús que nos conduce al caos,
el de la garza que tensa al volar el cuerpo sinuoso, pero cuya sombra sigue serpenteando,
el del vigilante que solo vigila su aburrimiento,
el de la mujer que se inhuma en una negrura ambulante
……….para que sus formas no exciten la impudicia del varón, y el del varón que lo consiente,
el del empresario que cumple todas los normas, salvo la de promover la felicidad,
el de la anciana que escarabajea como una libélula,
el de quien trajina cachivaches como si él mismo fuera otro trasto,
el de la ardilla que muerde la bellota y la mano,
el de la hierba que acepta mis pies, y los pies del homicida, y los pies de todos,
que son también los míos, los ocelos de mi andar destripado,
las extremidades de esta soledad que la multitud no palía,
sino que exacerba, como el exceso de luz promueve la ceguera,
la certeza de que todo lo que me confina, me desmiente,
de que el mar de que formo parte me aísla,
de que esta arena humana, en la que se depositan los astros y la defecación, me arranca la carne,
que se apelmaza en su fluir.
Lo que he visto es mi fantasma.
………………………………………….Lo que he visto no existe.
Solo existo yo. Cargo con los hierros de esta turbulencia inmaterial
que barre los pulmones y la fraga exhausta de la memoria,
y me confirma en mi ser,
como el hambre confirma al hambriento,
como la luz revela
la aniquilación.

 

[Tipos humanos – 14 de septiembre de 2013]

En la espectacular heterogeneidad del paisaje humano de Londres, es posible distinguir algunos tipos recurrentes. Está, por ejemplo, la inglesa leptosómica, esa mujer escurrida, longuilínea, de piel sepulcral —aclarada, hasta casi la transparencia, por la falta de luz—, que camina siempre al borde de la catástrofe, como un espantapájaros a punto de ser derribado por el viento, pero que evita el descalabro gracias a una fuerza ascensional, a una suerte de perpetuo estiramiento. Julio Camba, mezclando la agudeza con la misoginia, como solía, la compara con un paraguas; Oliverio Girondo, con un farol. No es difícil continuar la lista de símiles: una escoba, una cigüeña, un insecto palo. (La inglesa leptosómica se opone a la inglesa negra, que despliega labios, pechos y nalgas como si pusiera pasteles a la venta, y que pasa al lado de uno como un ciclón de chocolate). Está, también, el joven de negocios, que alterna, según la época del año, el traje inexorablemente gris, entallado, de solapas estrechas y justo de piernas, y la corbata fina —como si las prendas, al igual que él, quisieran contener su presencia, estrecharse hasta el adentramiento—, y el traje sin chaqueta ni corbata, con una camisa blanca, rosa o lila, algo más holgada, y un bolso en bandolera, cuya cinta le cruza el pecho como la canana de Pancho Villa. Está el rudo combatiente, ya sea del ejército, de un equipo de rugby o de una empresa de mudanzas: un sujeto paralelepipédico, roturado por tatuajes indescifrables, cuya mandíbula sobresale como un pecho, cuyo inglés no se distingue del swahili, y que bebe cerveza como quien come palomitas. Y está, por fin, el personaje excéntrico, el que va por la calle con una barretina y una falda escocesa, o con la pechera llena de medallas de la Unión Soviética, o con un guacamayo en el hombro. Esta excentricidad suele darse con más frecuencia entre los hombres, aunque, cuando se observa entre mujeres, brilla con una luz más intensa. A los varones les encantan los atavíos desmañados y las melenas canas, pero una dama excéntrica puede ir por la calle tocada con un sombrerito de los que se llevan en el derby de Epsom y un sari indio, mientras lee, caminando, un volumen húngaro de filosofía (o un volumen de filosofía húngara). Elizabeth Sitwell sabía mucho de excentricidad femenina.

 

[De Muerte y amapolas en Alexandra Avenue]

 

 

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Eduardo Moga. Barcelona, España, 1962. Poeta y abogado, es licenciado y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Ha publicado los poemarios Ángel mortal (1994), La luz oída («Premio Adonáis», 1996), El barro en la mirada (1998), Unánime fuego (1999 y 2007), El corazón, la nada (1999), La montaña hendida (2002), Las horas y los labios (2003), Soliloquio para dos (2006), Los haikús del tren (2007), Cuerpo sin mí (2007), Seis sextinas soeces (2008), Bajo la piel, los días (2010), El desierto verde (2011 y 2012), Insumisión (2013; premio al mejor poemario del año de la revista Quimera, 2013; Latino Book Award, EE. UU., 2014), Décimas de fiebre (2014), Dices (2014), El corazón, la nada (Antología poética 1994-2014) (2014) y Muerte y amapolas en Alexandra Avenue (2017). Ha traducido a Ramon Llull, Frank O’Hara, Évariste Parny, Charles Bukowski, Carl Sandburg, Tess Gallagher, Arthur Rimbaud, Billy Collins, William Faulkner, Walt Whitman y Jaume Roig, entre otros autores. Practica la crítica literaria en «Letras Libres», «Cuadernos Hispanoamericanos» y «Turia», entre otros medios. Es responsable de las antologías Los versos satíricos. Antología de poesía satírica universal (2001), Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (2004), El poeta esteta. Florilegio de poesía pectoral (2010) y Medio siglo de oro. Antología de la poesía contemporánea en catalán (2014). Ha publicado el libro de viajes La pasión de escribil. Relato de tres viajes a Hispanoamérica (2013); dos selecciones de entradas de su bitácora, Corónicas de Ingalaterra, con los títulos de Corónicas de Ingalaterra. Un año en Londres (con algunas estancias en España) (2015) y Corónicas de Ingalaterra. Una visión crítica de Londres (2015); y los ensayos De asuntos literarios (2004), Lecturas nómadas (2007), La poesía de Basilio Fernández: el esplendor y la amargura (2011), La disección de la rosa (2015) y Apuntes de un español sobre poetas de América (y algunos de otros sitios) (2016). Ha codirigido la colección de poesía de DVD ediciones desde 2003 hasta 2012. Mantiene el blog Corónicas de Españia (eduardomoga1.blogspot.com.es). Es director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura.

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