El acertijo de un sueño: Eugenio Montejo y las nubes

(Aproximación poética—espiritual)

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Edda Armas

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La poesía es el solitario vuelo de la fe que une
dos montañas por sobre el abismo. Nada
distinto es la vida.

Héctor Murena

 

Servir a la poesía es atravesar abismos.

Jean Aristeguieta

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Creemos en la palabra tanto como en el sonido de las chicharras, las que en verano claman impasibles por lluvias. Creemos en la poesía como el método que suma, al taladro de la intuición, el mecanismo de los sueños para conectarnos con la carga magnética del deseo personal y las claves insondables de lo enigmático, provenga de donde provenga, sea del fondo de uno mismo o de aquello proyectado por los otros. Creo que la fuerza movilizadora de la creación alimenta el diálogo de almas y nunca se detiene. A mi primer maestro, el poeta Ludovico Silva, le oí afirmar que Sin enigma no hay poesía, concibiendo a la poesía como un enigma por resolver.

Desde entonces imaginé a los poetas como seres entregados a la tarea de urdir enigmas en espacios suspendidos, conectados a los misterios desde la intuición, con la única certeza de que la poesía crea algo que nos salva. En consecuencia, entendí que la operación poética obedece a la tensión y distensión que ella misma produce, al escribirla o leerla. Montejo afirmaba que lo eterno vive de lo efímero (1) y en esta aproximación personal a su poética, este verso orienta el relato, dando espacio a la continuidad del diálogo suspendido mediante un sueño revelador y una misma pasión por las nubes.

Carl Jung, del que tanto leí en mis tiempos de estudiante de Psicología en la UCV, sustentó que acontecimientos interiores y exteriores se unen de un modo que no se puede explicar pero que tiene cierto sentido para la persona que lo observa, refiriéndose a la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido, pero de manera no causal y lo llamó sincronicidad (2). Para el poeta Rafael Cadenas, el poeta Montejo era ‹un agnóstico asombrado›, es decir, quién, sin negar la existencia de Dios, considera inaccesible para  el entendimiento humano la noción de lo absoluto (3). Hanni Ossott, por su parte, confiaba en que hay un tiempo de dejar de ser y fundirse con las formas (4), a sabiendas de que el arte es un conector de mundos sub-terrenales y sub-secretos. Estas tres premisas apuntalan mi relato, vinculado a esta afirmación luminosa de Wallace Stevens: la poesía es una búsqueda de lo inexplicable (5), lo que también creo.

 

i. La última vez que le vi

A Eugenio Montejo, nacido un 19 de octubre de 1938 bajo el signo de Libra, lo creíamos valenciano siendo caraqueño. Le alcanza la muerte apresurada a los 69 años, tras una intensa vida creativa como poeta, ensayista, profesor y diplomático, durante la cual se valió de cinco heterónimos (o seudónimos de autor literario) para la publicación de su obra poética, a saber: Tomás Linden, Eduardo Polo, Blas Coll, Sergio Sandoval. El quinto: Eugenio Montejo (pues su cédula de identidad reza Eugenio Hernández Álvarez), asumido éste como su ortónimo.

Sin sospechar que sería la última vez, a Montejo le vi en la ciudad de Mérida a finales de septiembre de 2007, durante las actividades de la «VII Bienal de Literatura Mariano Picón Salas» en la que se le impuso el doctorado honoris causa de la Universidad de los Andes. Rodeado de amigos entrañables le vimos esos días, sonreído, con Rafael Cadenas y Adolfo Castañón (quien le prologó su antología para el FCE). También estaban el poeta Francisco José Cruz y su esposa Chari, venidos de Carmona, Andalucía, editores de la Revista Palimpsesto, quienes le publicaron sus libros El taller blanco y Terredad (con prólogos de Cadenas), quienes lograron mantener contacto telefónico con Montejo hasta el último de sus días.

Al despedirnos en Mérida, le expresé al poeta mi deseo de verle en Caracas para un café y una conversación. Pidió que le llamara en octubre para fijar el encuentro. Deseaba contarle del proyecto literario sobre las nubes —en el que andaba metida de pies a cabeza— y pedirle consejo. Le llamé y tras el saludo me confió que tenía la salud quebrantada y andaba de exámenes médicos. Prometió avisarme para vernos. Cerró 2007. Amigos comunes comentaban «Eugenio no está bien». Marqué el número de su casa, distintos días, a distintas horas, sin ningún éxito. Eugenio falleció en Valencia el 5 de junio de 2008. No pude asistir a su entierro. Con su abrupta ida sentí un dolor abismal.

 

ii. Un inciso

Tejer el relato me invita a incorporar un inciso para el lector, con la definición de Tiempo poético según Juan de Mairena, heterónimo del yo filosófico del poeta español Antonio Machado, tan de la admiración de Montejo. Sobre el tiempo poético afirma que la poesía es el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. Eso es lo que el poeta pretende eternizar, sacándolo fuera del tiempo, labor difícil y que requiere mucho tiempo, casi todo el tiempo de que el poeta dispone. El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos; entendámonos: de peces que puedan vivir después de pescados. Juan de Mairena, 1936. (6)

iii. El sueño y la tarea encomendada

A pocos días del funeral de Eugenio en Valencia en el que no pude estar, sintiendo su ida como un infranqueable abismo, se me apareció en el espacio onírico, o digamos que hizo presencia durante el tiempo del sueño. Según Freud, ocurriría por tenerlo presente en mi pensamiento por esos días, tal vez. Pero, toma peso la real imposibilidad del deseado encuentro y el misterio que rodea a estos sucesos. En el sueño, mirándome y con firme voz, me dijo: —Edda, busca tus cuatro palabras esenciales—, y se disipó. Al despertar reviví la escena anclada en su voz, estremecida con la frase ya alojada en mi corazón. Ocurrió cerca del amanecer. Sentí escalofríos por el tinte realista de la aparición, con certidumbre de encuentro vívido, en el espacio siempre revelador de los sueños. ¿Qué significado darle a la tarea encomendada, y cómo aclarar el acertijo que contenían sus palabras?

Comencé escribiéndole a sus poetas-amigos más cercanos para saber si alguna vez él les había hablado de ‹las cuatro palabras esenciales› o algo similar, sin resultados alentadores. Solo una respuesta, justo la del poeta Francisco José Cruz, en su e-mail del 9.11.2017, despertó mi curiosidad: «Por cierto, Eugenio nunca nos habló de su búsqueda de las cuatro palabras esenciales, aunque siempre nos hacía hincapié en el cuidado formal del poema y que, en aras a la precisión expresiva, las palabras estuvieran en su sitio». Aunque tangencial, tal afirmación me puso en una ruta afortunada. Al hacerme decidir que, antes de rastrear mis cuatro palabras esenciales, debía dedicarme a inquirir las cuatro esenciales de Montejo, aquellas que por estar en su sitio marcarán simbologías personales, así que decidí repasar su obra. La tarea abría la posibilidad del diálogo, que inicié sin demoras aprovechando la antología (7) comprada en la Bienal.

 

iv. En ruta al corazón del acertijo

Dedicada con pasión a la relectura, con la brújula del acertijo, fui haciendo apuntes en lo que se convirtió en un mapa de descubrimientos. Acá algunos de los primeros hallazgos.

 

En Provisorio epitafio (de Alfabeto del mundo, 1988), Eugenio escribe:

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No me despido en una piedra / ilegible a la sombra del musgo, -voy a nacer en otra parte.

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El poema cierra con esta afirmación:

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Lo que nadie imagina es lo más práctico (8). De Guarda silencio ante el poema (De Adiós al siglo XX, 1992

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me emocionó sobremanera esta sentencia:

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Desde que nacen los hombres se congregan/y repiten en sueño sus palabras. / Es como si quedará algo sagrado/sobre la tierra todavía, /el misterio los junta a cada instante (9).

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Por la motivación que me hacía releerlo me resultaron proféticos los versos de Montejo que recita Sean Penn a Naomi Watts en el filme 21 gramos (de los mexicanos Iñárritu y Arriaga) en los que expresa: La tierra giró para acercarnos, /giró sobre sí misma y en nosotros, /hasta juntarnos por fin en este sueño. Tocada por esta anécdota ahondé en mi indagación personal. Asumí la tarea encomendada como un signo conector desde la sensibilidad entre poetas, convencida de que la poesía dispara su propio y revelador dinamismo una vez formulado el acertijo.

Otras aproximaciones fueron revelándose. Una esencial, en este fragmento de su sublime y significativo poema Al aire náhualtl (10):

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Lo que nos queda en la palabra, cuando queda;
lo que veníamos a decir, si lo decimos,
si nos alcanza el sueño,
tiene el temblor de una corola
ante el abismo,
la invicta luz que se coagula al florecer
fuera del tiempo.

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Al releer su obra poética, encontré tendidas razones que validaban una y otra vez, la importancia que Montejo otorgaba a la palabra. Por ello, y no por azar creo ahora, intituló Algunas palabras (11) a su tercer y muy substantivo poemario, también en guiño con Antonio Machado, quien afirma que La poesía es la palabra esencial en el tiempo. 

En este mismo sentido, reveladora respuesta le da Montejo a Julio Ortega, para el cuestionario del libro Hacer poético (12), al resaltar a la palabra como ‹el humo de la boca›, tal y como lo dice:

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Hoy me inclino a creer que lo único que quedará de nosotros, si algo puede quedar, es el alfabeto, digamos la forma particular que toma ese alfabeto en cada hombre. Se trata de algo más suyo que su propio esqueleto, algo que está dentro y fuera de él a la vez, algo que por lo tanto, tiene menos posibilidad de ser borrado. La palabra, «el humo de boca» según el ideograma chino, «el aire herido» según dijo el sevillano Fernando de Herrera, no obstante ser acaso lo más leve y fugitivo resulta paradójicamente lo más permanente y duradero.

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Montejo establece que «la poesía es anterior a la escritura», pero hace énfasis en que la palabra es la que logra su cometido supremo y que en la poesía la palabra alcanza su ápice. El poeta le replica a Mallarmé y éste reafirma su sentencia: pienso que el poema se hace ciertamente con palabras. Al reflexionar sobre el poema afirma: «Cada poeta se vale de sus palabras de todos los días, pero el verdadero hallazgo se encuentra al sintonizar, a través del vocabulario plural de las diversas lenguas, aquellas palabras secretas que componen las voces comunes a todos los hombres.» (13), subrayando que la respiración y la visión en el poema dependen de la conexión interna de la palabra con su fuente verdadera. (14).

A la luz de estos hallazgos, sentí la importancia de haber atendido la tarea de buscar las cuatro palabras esenciales de Montejo —entendidas estas como ‹humo de la boca para el poeta›— pues se abrían significados inesperados que daban mayor sentido a lo que me fuera revelado en el sueño, interpretado como la vía a un diálogo que la muerte no interrumpe. Dar continuidad a nuestro diálogo se hizo también motor de búsqueda para la relectura de su obra, proceso que, sin proponérmelo, me llevó a la postulación de las que creo son cuatro de las palabras claves en su obra.

v. Tres de las cuatro palabras esenciales de Montejo

En el afán de lectora de una obra reveladora, iluminante, como nos resulta cada vez más la obra de Montejo, en relación a tres de las cuatro palabras esenciales/claves de Eugenio Montejo, aspiraría a hallar consenso (entre críticos y lectores) a mi propuesta de que la primera palabra es tierra.

Sustenta mi afirmación el trascendente hecho de que Montejo fue quien acuñó la palabra Terredad (admitida por el DRAE) afianzada en sentimientos del cosmos y la temporalidad. Según el DRAE, Terredad es «nombrar la condición tan extraña del hombre en la tierra, de saberse aquí entre dos nadas, la que nos precede y la que nos sigue». Sobre esta definición, el maestro Cadenas acota: «entonces se le ocurrió esa palabra para decir de nuestra condición de efímeros y al mismo tiempo lo que nos impulsa naturalmente a la confraternidad, a la convivencia y a socorrernos unos a otros como toda religión (…)» (15).

De segunda palabra, sin más vueltas, apuesto a árbol —en vínculo estrecho a Terredad— dialogantes, y de tercera, sin dudar, a pájaro.

Sobre estas tres palabras he concluido que son esenciales en su poética al constatar que Tierra, Árbol y Pájaro son arraigadamente substanciales en su obra, con una altísima frecuencia de menciones encontradas desde el primero hasta su último libro. Las entendemos como tres palabras pilares, interconectadas entre sí en el tramado de toda su obra, para significar en el plano alto: el vuelo del pájaro, en el plano bajo: la tierra asociada a nuestras raíces ancestrales, y en el plano medio: al tronco del árbol, entendido como el gran conector de esos tres planos, en ascenso y descenso, por donde fluye la savia del mundo en espejo a la sangre de los seres de la naturaleza, como plano (o lugar) de gestación en la creación.

En el caso de la palabra Árbol, Montejo no solo lo nombra en genérico, sino detalladamente por nombres propios —apamate, ceiba, palmera— entre tantos, equiparándose además con ellos, hablando como ellos, asumiendo la voz y el cuerpo de ellos. Buen ejemplo de esta posesión arbórea la encontramos en su poema El hacha (dedicado a Pedro Lastra), donde expresa: Yo me quedé vestido de árbol/de pie, soñando en medio del camino/ sin ver el hacha debajo de mi sombra (16).

Montejo se proyecta árbol, se ve a sí mismo como un cuerpo con raíces, según lo admite en el poema Creo en la vida de su libro Terredad, donde abiertamente afirma:  A veces creo que soy un árbol… (17). Ese cuerpo simboliza su tenencia de raíces, es decir su estar plantado con arraigo en una tradición poética y a un paisaje de Venezuela, asumiendo la conexión irrevocable con una tierra, una lengua y un país.

Quede dicho que la sangre del poeta autor de Trópico absoluto es verde, ciento por ciento vegetal, pues fluye como savia y así llega en su poesía para conectarnos con los misterios del «árbol aéreo» que postula Bachelard en El aire y los sueños, en comunión con conceptos expresados, que él atiende a su manera en su obra, de libro a libro: «La vida imaginaria vivida simpáticamente con el vegetal reclamaría un libro entero» (18).

Puedo afirmar con propiedad que son frecuentes los poemas de Montejo en los que se anillan estas tres palabras que ahora entiendo como llaves de los universos conceptuales del poeta, convertidos en vasos comunicantes para la circularidad de sentidos con particular simbología. Con ellas se arma un andamiaje conceptual, ejemplos que encontramos en: La terredad de un pájaro (p. 60), Si vuelvo alguna vez (p. 67), Poeta expósito (p. 63), El buey (p.87), El tiempo ahora (p.96), Los árboles (48), El rezagado (p.139), Soy esta vida (p.19), Ningún amor cabe en un cuerpo solamente (59), Ítaca (p.70-71) (19). Leerlos les ampliará las certezas anunciadas con la fuerza reveladora de tan esencial poesía.

 

vi. Cuarta palabra esencial: la revelación que nos une

En relación a la cuarta palabra, sin ocultar la sorpresa y la alegría que me ha causado el hallazgo, les revelo mi apuesta por la palabra Nube. A favor de esta hipótesis, expongo la reiterada alusión a la nube que hace en tantos poemas en sus distintos libros. No sólo en su obra ortónima, sino también bajo algunos de sus heterónimos, particularmente de la pluma de Tomás Linden, con su representativo poema Las nubes. Montejo no solo escribe poemas imaginativos donde ellas son protagónicas, sino que significativamente también las nombra o hace referencias sutiles a lo que ellas simbolizan —errancia, levedad o condición de efímero— de forma abundante en toda su obra. Leamos aquí su tan expresivo de tan belleza poema Las nubes, (de su tercer poemario, Algunas palabras, 1982) (20):

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Las nubes

Las nubes me dispersan por el mundo, / de país en
país, de un puerto a otro, /a bordo de sus islas inocentes.
Las horas de mi infancia fueron nubes/ entre los árboles
de un patio, /el resto se me pierde en sus estelas.
Se va el año, cada vez somos menos, / los días encallan
:   
en sus barcos rotos, / despertamos en remotas ciudades…
:
La angustia me junta las nubes /atónito en un taxi /con
la amargura del conocimiento.
:
Yo que me las soñé fijas en casa /esa mañana vi que
derivaban / ya muy lejos de mis cuatro paredes.
Que todo lo que amamos se hace nube / y se borra en
amargo celaje / entre los ojos

:

A estas alturas del relato, deseo expresar que asomar y confirmar la cuarta palabra esencial de Montejo nos conecta con su visión de sí mismo, «Ser lo más leve y fugitivo», e ineludiblemente con la forma sucedida —entre sueños— al solicitarme la tarea de buscar mis cuatro palabras esenciales. Forma y formas a través del sueño que, de modo premonitorio, refiere impactantemente de este modo, en su poema Los ausentes:

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.… y unos y otros nos sigamos, corteses, polémicos,
contentos
de estar en la tierra y de no estar en ella,
en eternas tertulias donde, se hable o no se hable,
todo queda para después o para antes, para cuando no sabíamos que después era entonces
ni que nuestras sombras de pronto levitaban
visibles e invisibles en el aire
(21).

:

Deseo recordar aquí que el poeta Montejo se veía a sí mismo «flotando» como estatua en las máscaras del sueño, y a nuestras sombras levitando visibles o invisibles en el aire, pues escrito lo dejó en su emblemático poema Terredad de este modo: estar aquí por años en la tierra, con las nubes que lleguen, con los pájaros, suspensos de horas frágiles (22).

La nube es referida también por otro de sus heterónimos, Blas Coll, en el Añalejo, como la belleza que viaja a una velocidad demasiado fugaz sobre la tierra. Así, hemos comprobado que las nubes están muy presentes y nombradas en su imaginario poético, conceptualizadas, como también lo están la Terredad, los Árboles y los Pájaros, en todos sus libros, incluso, y profusamente en el último libro publicado en vida, apenas un año antes de morir, Fábula del escriba (Pre-Textos, España, 2006).

Finalmente, resalto que las que creo cuatro palabras esenciales en la obra de Montejo, giran en su obra interconectadas entre sí, y a la vez sobre dos ejes fundacionales visibles de su poética: los ejes de VIDA y MUERTE, ambos en cruce con MEMORIA.

En su poema Vida, del poemario Algunas palabras, sentencia: Te pareces a las nubes pero las cambias/ para que nadie te conozca. (23). Y en Fábula del escriba, en su poema Atención a la Vida lanza la sensible solicitud de:

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No olvidemos las nubes
donde vagan los duendes disolutos,
ni sus errantes antinomias
cuando parece veloz y va despacio (24)

:

En la tarea de esclarecer el acertijo de un sueño y durante el diálogo con la obra de Montejo, encontré que ‹nube› era un conector fundacional de poderosa significación, lo que emocionalmente motorizó mi proyecto antológico sobre las nubes, dando luz incluso a mi búsqueda de cómo debía estructurarlo. La conexión sucedió, se manifestó a través de la obra que sobrevive al autor, y en el precioso libro, que creo que a él le hubiese complacido, reuní 291 poemas, de 291 poetas de 16 países. Merecidamente Montejo es el único poeta representado por dos poemas. Ambos se titulan Las nubes. Uno lo firma Eugenio Montejo, el otro Tomás Linden.

Con esta antología, concebida como un jardín flotante de poéticas, sobre errancia, fragilidad, libertad y lo fugaz que sucede en esta vida que en el alto barril del cielo (término acuñado por el poeta Luis Moreno Villamediana) se proyecta, hice pública mi obsesionada pasión por las nubes. Verificar que también ellas le apasionaban a Montejo se me convirtió en otro estímulo secreto. Rastrear la imagen de la nube en la poesía hispanoamericana da la dimensión del cómo los poetas del siglo XIX y XX la interpretaron, y muy pronto decidí que fuese el poema Las nubes de Montejo el que diera la bienvenida al lector de esta colección de nubes, al abrir el primer capítulo que intitulé Cielo y escritura, en su homenaje.

De este proyecto era que quería hablarle a mi querido poeta, pero no alcanzó el tiempo de su vida. Más, como lo dijo el surrealista Schehadé, el que sueña se mezcla con el aire, y la revelación que se nos dio a través del sueño fue la manera de continuar nuestro diálogo creativamente. Siento que le tuve cerca en la larga temporada de dar forma al libro de las nubes, impreso por editorial Pre-Textos, en la Valencia española, en 2019.

Sin enigma no hay poesía, dijo Ludovico, y hay revelaciones que confirman que algo se mueve por debajo en el tejido de las conexiones que el arte privilegia. El tramado de nudos, ramificaciones derivadas y múltiples, red de inusuales vínculos, intersecciones rizomáticas, que alimentan el diálogo que sostenemos con autores—vivos o fallecidos— y lo eterniza, a pesar de que nos resulte incomprensible en un primer momento. La poesía también se trama en el tiempo tempo de estos momentos.

Al cierre, deseo exhibir una imagen, de las tantas manifestadas con fuerza de rayo, una que coloca con premonición de epitafio al inicio de uno de sus poemas predilectos (así se lo oí decir) Pavana para una dama egipcia (25), al que pertenece por cierto su verso-clave: lo eterno vive de lo efímero: 

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Yo sé que un día aquí sobre la tierra
no estaré nunca más. Habré partido
como los viejos árboles del bosque
cuando los llama el viento. Y esto que escribo
no me lo dicta apenas una idea
pues ya se ha hecho sangre entre mis venas (p.157).

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Y… sean las nubes y los pájaros del cielo los que sigan retratándonos su perfil en el aire que respiramos, eternamente.

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Referencias bibliográficas
(1) Montejo, Eugenio. Fábula del escriba. Verso del poema Pavana para una mujer egipcia. Editorial Pre-Textos, Valencia, 2006.
(2) Jung, Carl. https://lamenteesmaravillosa.com/no-existe-la-casualidad-existe-la-sincronicidad/
(3) Cadenas, Rafael. Citado en el prólogo de Terredad, Biblioteca Sibila-Fundación BBVA, Sevilla, España.
(4) Ossott, Hanni. Verso en Espacios para decir lo mismo. Ediciones de la Universidad Central de Venezuela. Caracas, 1974.
(5) Stevens, Wallace. Adagia. Colección Breves No. 6, Fondo Editorial Fundarte, Caracas, 1977, p. 23.
(6) Mairena, Juan de. http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/juan-de-mairena-
(7) Montejo, Eugenio. La Terredad de Todo. Una lección antológica. Selección, prólogo y notas de Adolfo Castañón. Editorial elotro@elmismo, Mérida, Venezuela, 2007.
(8) La Terredad de Todo. Ob. citada, p.58.
(9) La Terredad de Todo. Ob. citada, p.99
(10) La Terredad de Todo. Ob. citada, p.91
(11) Montejo, Eugenio. Algunas palabras. Caracas, Monte Ávila Editores, 1976.
(12) Ortega, Julio; Ramirez Rivas, María. El hacer poético, Monte Ávila Editores, Caracas, Venezuela. Vol I, p. 100.
(13) Ob. citada Ortega, p. 97
(14) Ob. citada Ortega, p.99
(15) Cita Cadenas en prólogo de Terredad, Obra citada, p. 11.
(16) La Terredad de Todo, poema El Hacha, Obra citada, p. 82
(17) La Terredad de Todo, poema Creo en la vida , Obra citada, p. 31
(18) Bachelard, Gastón. El aire y los sueños, Fondo de Cultura Económica, México, 1980. p. 251.
(19) Poemas de Montejo citados con su página en La Terredad de Todo.
(20) Montejo, Eugenio. Algunas palabras. Obra citada, p. 63
(21) La Terredad de Todo. Obra citada, del poema Los Ausentes, p. 112
(22) La Terredad de Todo. Obra citada, del poema Terredad, p. 54
(23) Montejo, Eugenio. Versos del poema Vida, en Algunas palabras. Obra citada, p. 61
(24) Montejo, Eugenio. 3era. estrofa del poema Atención a la vida, en Fábula del escriba, Obra citada, p. 25.
(25) 1era. estrofa del poema Pavana para una dama egipcia, en Fábula del escriba, p.46.

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E.

Edda Armas. Caracas, Venezuela, 1955. Poeta con obra publicada desde 1975. Psicóloga social por la UCV. Promotora cultural. Directora literaria de la Colección Dcir de Poesía venezolana. Entre sus libros más recientes: Fruta hendida (Kálathos ediciones, Madrid, 2019) y Manos (Ediciones del Taller Blanco, Bogotá 2019) Preparó para la editorial Pre-Textos la antología de poesía hispanoamericana Nubes, publicada en Valencia, España, en 2019. Autora incluida en antologías internacionales recientes: Antología de Poesía Latinoamericana de Hoy bilingüe, traducción al italiano por Emilio Coco (Rafaelli Editore, Italia, 2016), Rasgos comunes. Antología de la poesía venezolana del siglo XX (Pre-Textos, España, 2019) y A sol abierto: escribir en tiempos de pandemia (Universidad de Salamanca, 2020). Es Premio Municipal de Literatura en Poesía de la Alcaldía de Caracas 1995 por su poemario Sable, y en 2002 recibió el Premio de la XIV Bienal de Poesía J.A. Ramos Sucre por En bicicleta. Edda forma parte del consejo de redacción de Poesía.

Una versión preliminar de este texto fue presentando en la Bienal Eugenio Montejo, en Valencia a finales de noviembre 2017, bajo el título Lo eterno vive de lo efímero. Cuatro claves en la poesía de Montejo. Posteriormente sería actualizado y leído como ponencia en las Jornadas de Jóvenes Críticos en la UCAB, en una compartida con Joaquín Marta Sosa, el 7 de junio de 2018, en Caracas. Una versión definitiva sería leída en la sede de Cesta República en Madrid, el 3 de diciembre de 2019, junto a un recital colectivo de poemas referidos en el texto.
La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Christian Vinck

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